CAPÍTULO 9
HANNAH
La boda del año.
Eso es lo que pone en la portada de Manhattan Society Magazine que acabo de ver en un quiosco de la Quinta Avenida.
Y debajo, una foto de Drake y mía saliendo del restaurante Carbone hace tres días. Él me tiene cogida de la cintura. Yo estoy sonriendo.
Parecemos enamorados.
Parecemos felices.
Parecemos la pareja perfecta.
Es mentira.
Todo es mentira.
Pero todo Nueva York se lo ha creído.
He recibido cuarenta y siete mensajes de felicitación en los últimos tres días.
Amigas de la universidad que no sabía ni que tuvieran mi número.
Conocidas del circuito social. Incluso la señora Harrison, que me mandó un ramo de flores con una nota que decía: «Sabía que encontrarías a alguien especial, querida».
Mi padre me ha llamado cinco veces solo para decirme lo feliz que está.
Y Drake y yo…
Drake y yo tenemos que alimentar la ilusión.
Por eso estoy aquí, caminando por el vestíbulo de The Legacy a las doce y media del mediodía, con un vestido azul marino que me hace parecer profesional y unos tacones que me están matando los pies.
Voy a buscar a mi prometido para comer juntos.
Como haría cualquier novia enamorada.
Aunque lo único que siento ahora mismo es una mezcla de nervios y náuseas que no tiene nada que ver con el amor.
El vestíbulo impresiona, con su mármol blanco, sus arañas de cristal y una fuente en el centro que debe de costar más que mi apartamento. Todo grita lujo, poder, dinero.
Todo grita Royce Harris.
Me obligo a no pensar en él y me dirijo a los ascensores.
Planta ejecutiva. Oficinas de dirección.
El ascensor sube en silencio y yo aprovecho para repasarme en las puertas de acero pulido: moño bajo, maquillaje discreto, postura recta.
Parezco una adulta responsable.
Parezco alguien que sabe lo que está haciendo.
Mentira número mil.
Las puertas se abren con un pitido suave y salgo a un pasillo de cristal y acero que parece sacado de una película de ciencia ficción.
Todo es minimalista. Frío. Impoluto.
Como su dueño.
Sacudo la cabeza y camino hacia la recepción.
Una mujer impecable con traje negro y sonrisa profesional me saluda.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Vengo a buscar a Drake Harris.
—¿Tiene cita?
—Soy su prometida.
La palabra suena rara en mi boca. Como si perteneciera a otra persona.
Pero la recepcionista sonríe, más cálida ahora.
—Por supuesto, señorita Gray. He visto las noticias. Enhorabuena. El señor Drake está en su despacho. Tercera puerta a la izquierda.
—Gracias.
Camino por el pasillo, pasando oficinas con las puertas cerradas y salas de reuniones vacías, hasta que llego a la tercera puerta.
Está entreabierta.
Y dentro está Drake, sentado frente a su escritorio, tecleando algo en el ordenador con esa concentración que reserva para cuando trabaja de verdad.
Doy dos golpecitos en la puerta.
—¿Se puede?
Levanta la vista y su cara se ilumina con una sonrisa enorme.
—Gray. —Se levanta, rodea el escritorio y me abraza—. No sabía que venías.
—Sorpresa. —Le devuelvo el abrazo, consciente de que cualquiera podría vernos—. Pensé que podríamos comer juntos. Ya sabes. Para… alimentar la ilusión.
—Buena idea. —Se separa y me mira, orgulloso—. Estás preciosa, por cierto.
—Mentiroso.
—Nunca te miento.
—Excepto sobre estar enamorado de mí.
—Eso es distinto. —Sonríe—. Eso es una mentira para el mundo. Pero entre nosotros siempre hay verdad.
Es un buen discurso. Y casi cuela.
—¿Vamos? —pregunto.
—Espera. —Se le ilumina la cara con esa expresión que significa que acaba de tener una idea. Me echo a temblar—. ¿Y si invitamos a Royce?
Me quedo paralizada.
—¿Qué?
—A Royce —repite, como si tal cosa—. Lleva tres días encerrado en su despacho sin salir. Necesita comer. Y, además, sería bueno que pasáramos tiempo juntos. Ya sabes. Para que se acostumbre a la idea de que somos pareja.
—No creo que sea buena idea.
—Es perfecta. —Ya está caminando hacia la puerta—. Vamos. Su despacho está al final del pasillo.
No me da tiempo a objetar.
Drake sale como un vendaval y yo lo sigo, maldiciendo en silencio.
Esto es una mala idea.
Una malísima idea.
Porque Royce me afecta, y no puedo controlarlo. Estar cerca de él es muy incómodo.
Llegamos a una puerta de madera oscura al final del pasillo. Drake llama dos veces y entra sin esperar respuesta.
—Royce. Hannah y yo vamos a comer. ¿Te vienes?
Entro detrás de Drake y ahí está.
Royce Harris. Sentado detrás de un escritorio enorme, con un traje de tres piezas gris oscuro, el pelo impecable y esa expresión de «estoy ocupado y no me molestes» que parece permanente.
Levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.
Y dios.
Siento ese impacto otra vez.
Esa sensación de que el aire pesa más, de que cuesta respirar.
—No puedo. —Su voz es cortante—. Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo. —Drake se apoya contra el marco de la puerta—. Vamos, tómate un descanso. Hannah está aquí.
Como si eso fuera un incentivo.
Royce me mira de nuevo, listo para negarse otra vez.
Y entonces hago una solemne estupidez.
Levanto una ceja.
Un gesto pequeño. Casi imperceptible. Pero cargado de desafío.
Como diciendo: «Por supuesto que no vienes. Era de esperar.»
No sé por qué lo hago.
No sé qué gano con ello.
Solo sé que algo en mí no puede evitarlo cuando tengo a Royce delante.
Nuestras miradas se quedan enganchadas un instante de más.
Puedo ver el momento exacto en que él registra mi provocación silenciosa.
Puedo ver cómo se le tensa la mandíbula, solo un poco.
Y luego, contra todo pronóstico, se levanta.
—Está bien —dice, con un tono que no admite réplica—. Vamos.
Drake parece emocionado pero yo no le presto atención.
Porque Royce me sostiene la mirada un segundo más antes de rodear el escritorio.
Y en sus ojos hay algo que me deja sin aire.
Algo que parece decir: «Has querido jugar. Ahora aguanta.»
Drake nos mira a los dos con una sonrisa enorme.
—Genial. Conozco un tailandés perfecto a dos calles de aquí.
El restaurante es pequeño, acogedor, con mesas de madera y un olor a especias que me hace la boca agua.
Nos sentamos en una mesa al fondo. Drake a mi lado, Royce frente a nosotros.
Y durante los primeros diez minutos todo va bien.
Pedimos. Pad thai para mí, curry para Drake, algo picante para Royce que ni siquiera sé pronunciar.
Hablamos de tonterías. El tiempo. El tráfico. Lo buena que está la comida.
Todo muy civilizado.
Hasta que el móvil de Drake suena con un pitido.
Mira la pantalla y frunce el ceño.
—Mierda.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Email del departamento de comunicación. —Lee en voz alta—. «Alerta: empleado da declaraciones negativas sobre RH a Manhattan Times. Requiere acción inmediata.»
Royce coge su móvil de inmediato.
Lo veo teclear, abrir el correo, leer con una expresión impasible que no delata nada.
Pero puedo ver la tensión en su mandíbula.
—¿Qué dice? —Drake se inclina hacia él.
—Un exempleado. John Sullivan. Dice que soy… —lee de la pantalla— «un jefe borde, distante e imposible de complacer. Que crea un ambiente de trabajo tóxico donde nadie se atreve a respirar sin su permiso.»
—Joder.
—Exacto.
Royce cierra el móvil y se frota los ojos. Es el primer gesto de cansancio que le he visto.
—Voy a llamar a los abogados. Le pagaremos para que retire la declaración.
—No. —La palabra se me escapa.
Royce me mira con una frialdad de quirófano.
—¿Perdona?
—Que pagar para que retire la declaración es una pésima idea.
—¿Y tú qué sabrás?
Su tono es cortante, despectivo.
Y me cabrea.
—Sé bastante, señor Harris. Soy periodista. —Mantengo su mirada—. Y sé que, si pagas a ese hombre para que se calle, lo único que conseguirás es avivar más las noticias. «Magnate hotelero intenta comprar el silencio de exempleado.» ¿Te suena bien ese titular?
Se queda en silencio.
Drake nos mira a los dos como si estuviera viendo un partido de tenis.
—¿Entonces qué sugieres? —pregunta Royce, y su tono es todavía frío pero hay algo más. ¿Curiosidad?
—Que des tu versión de los hechos. Que manejes la historia. —Me inclino hacia delante—. Investiga por qué ese hombre ha hablado. Seguro que hay dinero de por medio. Alguien le ha pagado para que suelte esa declaración. Descubre quién y por qué. Y luego desbarata su discurso desde esa óptica.
Royce se me queda mirando, tres segundos largos.
Y luego coge el móvil y marca.
—Laura —dice cuando alguien responde—. Necesito que investigues a John Sullivan. Quién lo ha contactado, cuánto le han pagado, qué más ha dicho. Quiero toda la información en mi escritorio en una hora.
Hace una pausa.
—Sí, es urgente. Investiga a fondo. Quiero nombres, cantidades, todo. —Pausa, escuchando—. No me importa. Encuentra la forma.
Otra pausa.
—¿Qué? —Su tono se vuelve más cortante—. No. Ya te lo he dicho mil veces. La respuesta es no.
Drake me mira, confundido. Yo me encojo de hombros.
—Laura, que quede claro de una vez por todas: no voy a permitir que escriban mis putas memorias —dice Royce, y su voz es tan fría que casi me da escalofríos—. Encuentra otra solución.
Cuelga de un golpe.
Y clava en mí esos ojos grises.
—Gracias por la sugerencia, señorita Gray.
—De nada.
Hay algo nuevo en su tono. No es gratitud, pero tampoco desprecio.
Es… respeto.
Me sorprende tanto que tengo que bajar la vista.
—Espera. —Drake se incorpora, con esa cara de eureka que nunca trae nada bueno—. Espera, espera, espera.
—¿Qué? —Royce lo mira con recelo.
—Las memorias.
—No voy a escribir unas putas…
—No tú. —Drake me señala—. Hannah.
Me atraganto con el agua.
—¿Qué?
—Hannah puede escribir tu biografía. —Drake me mira con entusiasmo—. Es periodista. Es brillante. Y si vas a estar cómodo con alguien, es con ella. Además, ya has visto que es profesional y que conoce el mundo.
—Drake, no…
—Es perfecto. —Se vuelve hacia su hermano—. El equipo de marketing tiene razón, Royce. Necesitas suavizar tu imagen. Y Hannah puede hacerlo. Puede escribir algo que te presente como… ya sabes. Humano.
—Soy humano.
—No lo pareces.
Royce lo fulmina con la mirada.
Pero Drake no se amilana.
—Piénsalo. Hannah tiene acceso a ti porque va a ser mi mujer. Puede seguirte, entrevistarte, conocerte de verdad. Y luego puede escribir algo que te haga parecer menos… un témpano.
—No necesito parecer menos nada.
—Sí lo necesitas. Y lo sabes.
Nos quedamos en silencio.
Un silencio total. Puedo oír mi propia respiración.
Y yo…
Yo contengo el aliento y espero.
Porque parte de mí, una parte estúpida e irracional, quiere que diga que sí.
Quiere la oportunidad de escribir la biografía de Royce Harris.
De un hombre tan poderoso, tan influyente, tan… imposible.
Sería el trabajo más importante de mi vida.
Pero otra parte, la parte sensata, sabe que es mala idea.
Porque Royce me afecta.
Mucho.
Demasiado.
Y pasar tiempo con él, conocerlo de verdad, estar cerca de esa presencia abrumadora…
Es peligroso para mi cordura.
Royce me mira fijamente.
Y durante cinco segundos, el mundo se reduce a esos ojos grises fijos en los míos.
Buscando. Evaluando. Decidiendo.
—Mañana —dice por fin—. A las doce del mediodía. En mi despacho. Tendremos una reunión para pactar las cláusulas del contrato.
Drake suelta un grito de victoria.
Pero yo apenas lo oigo.
Porque Royce sigue mirándome con una intensidad que me atraviesa.
Ha aceptado.
Ha aceptado que yo escriba su biografía.
Y no sé si sentirme eufórica o aterrada.
Puede que las dos.
—Allí estaré —consigo decir, con la barbilla alta y una seguridad que no tengo.
—Bien.
Royce aparta la vista y vuelve a mirar su móvil, como si la conversación hubiera terminado.
Y yo me quedo ahí sentada, con el corazón armando tanto escándalo que temo que lo oiga todo el restaurante.
Voy a escribir la biografía de Royce Harris.
Voy a pasar horas con él. Días. Semanas.
Voy a conocerlo de verdad.
Y eso…
Eso me aterra más de lo razonable.
Porque no puedo negar que Royce me afecta.
Que cada vez que me mira siento algo que no debería sentir.
Que cada vez que habla con esa voz grave y controlada, noto un tirón en el estómago.
Y ahora voy a tener que estar cerca de él a todas horas.
Cerca de ese hombre imposible que me mira como si mis secretos estuvieran a la vista.
Cerca de ese témpano que me roba el aire con solo existir.
Es un desastre anunciado.
Lo sé.
Pero cuando llega la comida y Drake empieza a hablar de los planes de boda, cuando Royce asiente en los momentos adecuados sin dejar de mirar su móvil, cuando el camarero nos trae la cuenta y Royce insiste en pagar…
Me doy cuenta de algo.
Quiero hacerlo. Escribir esa biografía.
Demostrar que soy buena en lo que hago, demostrarle a mi padre que no soy una escritora frustrada.
Y quiero…
Quiero conocer a Royce Harris.
Al hombre que se esconde detrás de esa armadura de hielo.
Aunque eso signifique jugar con fuego.
Aunque eso signifique arriesgarme a quemarme.
Porque hacía mucho que no sentía nada parecido a la emoción.
A la expectación.
A la vida.
Y no voy a dejarlo pasar.
Aunque me muera en el intento.