Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

ROYCE

Estoy intentando procesar lo que acaba de pasar y no lo consigo.

Drake (mi hermano pequeño, el donjuán que cambia de mujer como de camisa, el tipo que no recuerda el nombre de la mitad de las personas con las que se acuesta) acaba de anunciar que se va a casar.

Con Hannah Gray.

La mujer del callejón.

La mujer que hace veinte minutos me ha dicho que iba a conocer al idiota del hermano de su mejor amigo.

La misma mujer que ahora está sentada frente a mí con una sonrisa que parece pintada y los ojos demasiado brillantes, agarrada a Drake como si fuera su tabla de salvación.

No tiene ningún sentido.

Cojo la copa de agua y bebo, intentando que mi expresión no delate nada de lo que estoy pensando.

Porque lo que estoy pensando es: esto es una puta locura.

Drake me ha hablado de su mejor amiga americana. Hannah. La chica con la que estudió en Columbia, con la que se junta para cenar, con la que va a bailar y se divierte.

La amiga. Solo eso.

Nunca, ni una sola vez en todos estos años, me ha dicho que estuviera enamorado de ella.

Y ahora resulta que llevan meses saliendo en secreto y quieren casarse en tres meses.

Tres meses.

Miro a Drake. Está sonriendo, relajado, con el brazo apoyado en el respaldo de la silla de Hannah como si fuera lo más natural del mundo.

Y ella…

Ella lo mira con lo que se supone que es adoración, pero a mí me parece más bien pánico apenas contenido.

Algo no encaja.

Toda la escena chirría.

Pero Richard Gray está radiante. Ha perdido la compostura por completo y no para de hablar sobre lo feliz que está, lo aliviado que se siente, lo perfecto que es Drake para su hija.

Y Drake responde con esa soltura suya. Cuenta historias. Hace reír a Richard. Actúa como el yerno perfecto.

Aprieto la mandíbula y aparto la vista, concentrándome en el menú que tengo delante aunque no estoy leyendo ni una sola palabra.

Porque lo que realmente me está molestando no es que Drake se case.

Es que creía que el amor estaba vetado para nosotros.

Los dos crecimos en la misma casa tóxica. Vimos a nuestros padres destrozarse durante años. Peleas, gritos, infidelidades, desprecios. Amor que se pudría hasta convertirse en odio.

Y yo saqué la conclusión obvia: el amor no existe. O si existe, es peligroso. Es una trampa. Es algo que te destruye desde dentro.

Pensé que Drake había llegado a la misma conclusión.

Por eso se acostaba con todo lo que se movía. Por eso nunca se quedaba con nadie más de una noche. Por eso construyó esa armadura de ligón despreocupado.

Porque era más seguro que arriesgarse a sentir algo de verdad.

Igual que yo construí mi armadura de hielo.

Dos hermanos, dos formas distintas de protegerse de lo mismo.

¿Y ahora resulta que se ha enamorado?

¿Que ha encontrado a alguien que ha atravesado esa armadura como si no existiera?

No me lo creo.

Pero tampoco puedo decir nada. Porque Richard Gray está contando una historia sobre cuando Hannah era pequeña y quería ser escritora, y Drake se está riendo, y Hannah está sonriendo con una sonrisa que vuelve a removerme por dentro de una forma incómoda.

Y yo…

Yo no puedo dejar de mirarla.

Es un problema.

Un problema serio.

Porque debería estar mirando a mi hermano. Debería estar analizando su lenguaje corporal, intentando descifrar si esto es real o si es otra de sus locuras.

Pero en cambio la estoy mirando a ella.

A la forma en que se recoge el pelo detrás de la oreja. A cómo se muerde el labio inferior cuando su padre dice algo que la incomoda. A esa risa suave que suelta cuando Drake cuenta algo gracioso.

Es luminosa.

No hay otra palabra para describirla.

Luminosa hasta el punto de que todo lo demás en la habitación parece más oscuro.

Y cuando sonríe, cuando sonríe de verdad, es como si el sol saliera en mitad de la oscuridad.

Puedo entender que Drake se haya fijado en ella.

Puedo entender que alguien tan… así… sea imposible de encontrar dos veces en la vida.

La punzada en el pecho me obliga a llevarme una mano al esternón.

¿Qué coño es esto?

¿Qué demonios me está pasando?

No lo sé. Y no me gusta no saberlo.

Me obligo a bajar la vista al plato. El filete está en su punto, poco hecho como lo pedí, pero apenas puedo saborearlo.

Porque sigo pendiente de ella.

De cada movimiento. De cada palabra. De cada vez que Drake le toca la mano y ella da un pequeño respingo antes de relajarse.

De la forma en que él la mira con esa confianza profunda de alguien que conoce cada detalle de la persona que tiene al lado.

Y tengo que mirar a otro lado.

Porque algo en esa imagen me molesta, y prefiero no preguntarme por qué.

La cena continúa. Traen los platos principales. Richard pide una botella de vino para brindar. Drake cuenta más historias sobre su relación secreta, sobre cómo se dieron cuenta de que eran algo más que amigos, sobre el momento exacto en que supo que quería casarse con ella.

Es todo perfecto.

Y yo sigo sin poder quitarle los ojos de encima a Hannah.

Juega con la servilleta. Bebe agua cada treinta segundos, como si tuviera la boca seca. Y de vez en cuando le lanza a Drake una mirada que pide ayuda en silencio.

No está cómoda.

Lo veo en cada línea de su cuerpo. En la tensión de sus hombros. En esa sonrisa demasiado ancha, demasiado radiante.

Está actuando.

¿Pero por qué?

No tiene sentido.

A menos que…

No.

Aparto ese pensamiento a medio formar.

Porque si voy por ahí, si empiezo a cuestionar la autenticidad de este compromiso, tendré que enfrentarme a preguntas que no quiero responder.

Como por qué me importa tanto.

Como por qué la idea de esta relación me molesta más de lo que debería.

Como por qué no puedo dejar de mirarla.

Richard levanta su copa otra vez.

—Por Hannah y Drake —dice, con la voz cargada de emoción—. Que tengáis la misma felicidad que tu madre y yo tuvimos, cariño.

Hannah traga saliva y sus ojos se llenan de lágrimas que no llega a derramar.

—Gracias, papá.

Brindamos. El tintineo de las copas resuena en el silencio.

Y cuando Hannah levanta la vista y nuestros ojos se encuentran, siento cómo se me contrae el estómago.

Aparto la vista otra vez y me concentro en mi plato.

El resto de la cena se me desdibuja.

Y yo me limito a estar ahí, en silencio, observando.

Siempre observando.

Cuando por fin terminamos, cuando Richard pide la cuenta y Drake insiste en pagar aunque Richard se niega, siento un alivio tan grande que casi me marea.

Necesito salir de aquí.

Necesito aire. Espacio. Distancia de esta situación y de los ojos dorados de Hannah Gray, que no dejan de buscarme como si quisiera saber qué estoy pensando.

Nos levantamos. Richard abraza a Drake. Luego abraza a Hannah con tanta ternura que desvío los ojos porque me duele verlo.

—Estoy tan orgulloso de ti, cariño —le dice—. Tu madre estaría tan feliz.

Hannah se queda rígida en sus brazos y cuando se separan, veo las lágrimas brillando en sus ojos.

—Gracias, papá.

Richard se vuelve hacia mí y me tiende la mano.

—Royce, ha sido un placer. Espero que podamos vernos más a menudo ahora que vas a ser parte de la familia.

Familia.

La palabra me cae encima como una losa.

—El placer ha sido mío, Richard. —Estrecho su mano, manteniendo mi expresión neutral—. Gracias por la velada.

—Gracias a vosotros por compartir esta noticia maravillosa.

Drake me mira, esperando que diga algo.

Algo como «enhorabuena». O «estoy feliz por vosotros». O «bienvenida a la familia, Hannah».

Pero no puedo.

No puedo pronunciar esas palabras.

—Hasta pronto. —Es lo único que consigo decir.

Y luego salgo del restaurante antes de que nadie pueda detenerme.

El aire húmedo de la noche me golpea la cara y respiro hondo, intentando aclarar mi cabeza.

¿Qué coño acaba de pasar?

No lo sé.

Lo único que sé es que tengo que largarme de aquí antes de hacer o decir algo que no pueda retirar.

Camino rápido por la acera, sin rumbo fijo; solo necesito moverme.

Diez minutos después estoy frente a The Legacy.

Mi hotel. Mi santuario. El único lugar en esta ciudad donde todo tiene sentido.

Pero en lugar de subir derecho a mi suite como suelo hacer, me desvío hacia el bar del vestíbulo.

Necesito una copa.

Necesito algo que calme esta inquietud que me está corroyendo desde dentro.

El bar está medio vacío, con música suave de fondo y las luces tenues de un ambiente íntimo.

Me siento en la barra y el camarero se acerca de inmediato.

—Señor Harris. ¿Qué le apetece tomar?

—Whisky. Solo. Sin hielo.

—Enseguida.

Me trae la copa y bebo un sorbo. El líquido quema al bajar por la garganta, pero es lo que necesito.

Calor. Dolor. Algo que me ancle a la realidad.

Porque la noche que acabo de vivir ha sido surrealista.

Mi hermano se casa.

Con una mujer preciosa a la que conocí en un callejón donde me llamó idiota sin saber quién era.

—¿Estás solo?

Levanto la vista.

Hay una mujer a mi lado: rubia, con un vestido ajustado y sonrisa insinuante. Atractiva de esa forma genérica que no deja huella.

—Sí.

—¿Quieres compañía?

—No.

Ella parpadea, sorprendida por la brusquedad de mi respuesta.

—Solo quería…

—Ya sé lo que quieres. —Bebo otro sorbo—. Y no estoy interesado.

—¿Tienes novia?

—No.

—¿Entonces?

La miro de frente, con esa frialdad que llevo años puliendo.

—Entonces no tengo nada dentro que ofrecerle a nadie. Así que ni te molestes.

Ella se queda callada un momento, procesando mis palabras, y luego se aleja sin decir nada más.

Bien.

Me termino el whisky de un trago y dejo un billete en la barra.

Cuando salgo del bar y subo a mi suite, la ciudad se extiende bajo mis pies a través de los ventanales.

Manhattan de noche. Luces, rascacielos, millones de vidas que no me importan.

Me quito la chaqueta, la corbata, y me quedo ahí de pie, mirando la oscuridad.

Mi hermano se casa.

Mi hermano ha encontrado algo que yo nunca encontraré.

Algo que ni siquiera quiero encontrar.

Porque el amor no existe.

O si existe, es solo para idiotas demasiado confiados que no aprendieron la lección que nuestros padres nos enseñaron.

Que el amor te destroza. Que el amor te pudre desde dentro. Que amar es la forma más rápida de perderlo todo.

Drake no lo ha aprendido.

O lo ha aprendido y ha decidido ignorarlo.

Yo sí lo he aprendido.

Y por eso estoy aquí. Solo. En lo alto de mi torre de cristal y acero, mirando una ciudad que he conquistado pero que nunca me ha importado de verdad.

Solo.

Siempre solo.

Y no pasa nada.

Porque el amor es solo para idiotas demasiado confiados.

Y yo dejé de ser un idiota hace mucho tiempo.