Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

HANNAH

Unos minutos antes…

Salgo disparada del callejón.

El corazón me late en los oídos, las piernas me tiemblan y tengo que obligarme a respirar por la nariz para no hiperventilar en mitad de la acera.

Vamos, Hannah. Puedes con esto.

Cruzo la calle hacia donde Drake me espera, apoyado contra una farola con las manos en los bolsillos y esa sonrisa tranquilizadora que suele calmarme pero que ahora mismo no me hace ningún efecto.

Porque voy a conocer a Royce Harris.

El témpano. El hermano perfecto. El hombre que no sonríe y que va a descubrir nuestra mentira en treinta segundos.

Y lo peor, lo peor de todo, es que voy a tener que mentirle a mi padre. Mirarlo a los ojos y decirle que estoy enamorada de Drake cuando ambos sabemos que eso es imposible.

A mí nunca se me ha dado bien mentir. Se me nota todo en la cara. Cada emoción, cada pensamiento, cada mentira piadosa que intento colar.

¿Cómo voy a convencer a alguien de que esto es real?

Si casi se lo cuento todo a un desconocido.

La imagen del hombre del callejón me viene a la mente sin que pueda evitarlo.

Su silueta oscura contra la pared de ladrillo. Su voz grave al preguntarme si estaba borracha. Esos ojos grises que apenas pude ver en la oscuridad pero que me miraron con una intensidad que hizo que se me olvidara respirar.

Era… impresionante.

Masculino de una forma que ninguno de los idiotas que mi padre me ha presentado lo será nunca. Su forma de moverse, de hablar, de ocupar el espacio: todo en él gritaba hombre de verdad.

Y por un momento estúpido, cuando nuestros ojos se encontraron, sentí algo que no he sentido en ninguna de esas diecisiete citas desastrosas.

Atracción.

Real. Visceral. Aterradora.

¿Por qué no me ha presentado mi padre a un hombre como ese? ¿Por qué todos los candidatos son Brandon-o-Brian con sus Porsches y sus casas en los Hamptons y cero personalidad?

Si mi padre me hubiera presentado a alguien como el hombre del callejón, ahora mismo no estaría en este aprieto monumental.

—Gray. —La voz de Drake me saca de mis pensamientos—. Respira. Todo va a salir bien.

—Mentira. —Llego hasta él y me agarro a su brazo como si fuera un salvavidas—. Nada va a salir bien. Tu hermano va a descubrirnos, mi padre va a tener un infarto y vamos a acabar en las noticias como los peores mentirosos de Manhattan.

—No va a pasar nada de eso. —Me envuelve la mano con la suya—. Royce es un témpano, pero no es adivino. Tu padre te quiere tanto que va a creerse cualquier cosa que le digamos. Y nadie más tiene por qué enterarse de nada.

—Estás loco. Mañana todo Nueva York va a saber de nuestro compromiso.

—Probablemente. —Sonríe—. Pero ya estamos aquí. Así que vamos a hacerlo bien.

Respiro hondo. Una vez. Dos. Tres.

Vale. Puedo con esto. Soy Hannah Gray. He saboteado diecisiete citas sin despeinarme. Puedo fingir estar enamorada de mi mejor amigo durante una cena.

Puedo.

Empezamos a caminar hacia el restaurante y con cada paso intento convencerme de que esto va a funcionar.

Drake me cuenta algo gracioso sobre un cliente del hotel. Yo me río. Suena casi natural.

Me aprieta la mano. Yo se la aprieto de vuelta.

Somos una pareja. Estamos enamorados. Esto es real.

Casi me lo creo.

Hasta que llegamos a la entrada del restaurante y veo al hombre que está esperando en la puerta.

Y toda la fuerza que había conseguido insuflarme se evapora de golpe.

Porque el hombre al que Drake acaba de llamar «Royce» es el hombre del callejón.

El mismo hombre al que le he dicho hace diez minutos que iba a conocer al idiota del hermano de mi mejor amigo.

No.

No, no, no, no, no.

Esto no está pasando.

Me quedo paralizada en mitad de la acera, con los pies pegados al suelo y el corazón latiendo desbocado. Creo que voy a desmayarme.

Drake me mira, confundido.

—Gray, ¿estás bien?

No puedo hablar. No puedo moverme.

Porque Royce Harris, el mismísimo témpano en persona, me está mirando con esos ojos grises que ahora veo con claridad bajo la luz de las farolas.

Me doy cuenta al segundo de que me reconoce.

Por supuesto que me reconoce. Casi le he insultado en la cara. Por no hablar de que estaba en un callejón actuando como una auténtica loca.

Y va a decir algo.

El pulso se me dispara.

—¡Hannah! —La voz de mi padre resuena desde el otro lado de la calle.

Jamás en mi vida me he alegrado tanto de ver a Richard Gray.

Acabo de ser salvada de pasar una vergüenza monumental.

Mi padre cruza la calle con esa energía que lo caracteriza, con el pelo plateado sin un mechón fuera de sitio. Llega hasta nosotros con una sonrisa enorme.

—Drake, hijo. —Le da un abrazo a mi amigo y luego se vuelve hacia Royce, tendiéndole la mano—. Y tú debes de ser el hermano mayor. Richard Gray, encantado de conocerte por fin.

Royce le estrecha la mano, tenso como una cuerda de violín.

—Royce Harris. Un placer, señor Gray.

—Richard, por favor. —Mi padre sonríe con ese entusiasmo que reserva para la gente que le cae bien—. Drake me ha hablado mucho de ti. Y la cadena Harris Legacy tiene una reputación impecable. Es un honor tenerte en Nueva York.

—Gracias. —La respuesta de Royce es cortés pero fría.

Drake se aclara la garganta y me aprieta un poco más fuerte del brazo.

—Royce, esta es Hannah. Hannah Gray. Mi mejor amiga de la universidad. Te he hablado en muchas ocasiones de ella.

Por fin Royce me mira directamente.

Y cuando nuestros ojos se encuentran bajo la luz de las farolas, veo un destello de algo en su mirada.

Sea lo que sea, desaparece tan rápido que casi creo haberlo imaginado.

—Señorita Gray. —Me tiende la mano.

La cojo, intentando que no me tiemble.

—Señor Harris. Es un placer conocerle.

Su mano es grande, cálida, firme. Me la estrecha una vez y luego la suelta como si quemara.

—El placer es mío.

Su voz no delata nada. Ni un atisbo de que hace diez minutos estábamos hablando en un callejón.

Actúa como si fuera la primera vez que me ve.

No sé si sentirme aliviada o insultada.

—Bueno, entremos. —Mi padre me estrecha contra su costado—. Tengo hambre y mucha curiosidad por saber qué es eso tan importante que Drake quería contarnos.

Entramos al restaurante en una procesión extraña: mi padre delante, radiante; Drake y yo detrás, agarrados del brazo como si fuéramos de camino al patíbulo; y Royce cerrando la marcha, silencioso como una sombra.

El maître nos guía a una mesa al fondo, junto a una ventana con vistas a la calle. Privada, discreta, perfecta para una conversación que va a cambiarlo todo.

O para un desastre monumental.

Lo segundo, casi seguro.

Me siento al lado de Drake. Mi padre se sienta frente a mí. Y Royce…

Royce se sienta justo enfrente, con esos ojos grises clavados en mí como si pudiera leer cada pensamiento que pasa por mi cabeza.

Dios.

Es todavía más impresionante con luz.

Es alto, de hombros anchos, con una mandíbula dura que parece esculpida en piedra. El traje de tres piezas, de corte impecable, debe de estar hecho a medida, porque se le ajusta al cuerpo de una forma casi indecente.

Y esos ojos.

Grises como una tormenta. Fríos. Calculadores.

Pero también…

Hay algo en ellos que no sé nombrar. Como si debajo de todo ese hielo quedara un rescoldo.

Sacudo la cabeza.

Concéntrate, Hannah. No es momento de analizar lo atractivo que es tu cuñado.

El camarero viene, nos trae agua, nos deja las cartas.

Y en la mesa se instala un silencio incómodo.

Mi padre mira a Drake con expectación. Drake me mira a mí. Yo miro la carta como si fuera lo más fascinante del mundo.

Y Royce no aparta los ojos de mí.

—Bueno. —Mi padre junta las manos sobre la mesa—. Drake, nos has citado aquí para contarnos algo importante. ¿De qué se trata?

Drake respira hondo, me aprieta la mano por debajo de la mesa y suelta:

—Hannah y yo nos vamos a casar.

Silencio.

Un silencio de plomo. Puedo oír mi propia respiración.

Y entonces mi padre…

Mi padre pierde la compostura.

Por completo.

—¿QUÉ? —Casi grita, con los ojos como platos y una sonrisa tan enorme que parece que se le va a partir la cara—. ¿Casaros? ¿Vosotros dos?

—Sí, señor. —Drake sonríe, todo encanto y seguridad—. Llevamos saliendo en secreto varios meses y… bueno. Nos hemos dado cuenta de que no queremos esperar más.

Varios meses.

Esa es la historia que hemos preparado. Varios meses saliendo en secreto porque queríamos estar seguros antes de contárselo a nuestras familias.

Suena creíble.

Casi.

—Hannah. —Mi padre me mira con los ojos brillantes—. Cariño, ¿es verdad?

Trago saliva.

Di algo. Di cualquier cosa.

—Sí, papá. —La voz me sale firme, no sé de dónde—. Es verdad. Drake y yo… nos queremos. Y queremos casarnos.

Las palabras me suenan falsas hasta a mí.

Pero mi padre no parece darse cuenta.

Se levanta de la silla, rodea la mesa y me abraza con una fuerza que no le conocía.

—No sabes lo feliz que me haces. —Su voz se quiebra—. No sabes cuánto he esperado este momento.

Y dios.

Tiene lágrimas en los ojos.

Mi padre (Richard Gray, el hombre que nunca pierde la compostura) está al borde de las lágrimas de pura felicidad.

Y yo soy la razón.

Yo, con mi mentira. Con mi farsa. Con este matrimonio falso que va a hacerle creer que por fin he encontrado lo que él quería para mí.

La culpa me retuerce el estómago.

¿Qué estoy haciendo?

Mi padre se separa, me besa la frente y se vuelve hacia Drake.

—Cuida de mi niña, ¿de acuerdo? Es lo más importante que tengo.

—Lo haré, señor. —Drake le estrecha la mano—. Se lo prometo.

Mi padre vuelve a sentarse, limpiándose los ojos con una servilleta, y se ríe de sí mismo.

—Perdonad. Es que… es que estoy tan feliz. Tan aliviado. Hannah, cariño, ya sé que he sido muy pesado con lo de las citas, pero es que… solo quería que encontraras a alguien bueno. Alguien que te quisiera de verdad. Alguien que te cuide cuando yo… falte.

—Lo sé, papá.

—Y Drake… —Mira a mi mejor amigo con orgullo, o algo muy parecido—. No podría haber elegido mejor. Eres un buen chico. De buena familia. Y sé que vas a hacerla feliz.

—Haré todo lo posible.

La conversación continúa. Mi padre pregunta cómo pasó, cuándo nos dimos cuenta, si ya hemos pensado en la fecha.

Y Drake se hace cargo de todo.

Con esa labia suya, cuenta una historia preciosa sobre cómo una noche, después de uno de nuestros paseos por la ciudad, se dio cuenta de que estaba enamorado de mí.

Es mentira. Todo es mentira.

Pero suena tan real que casi me lo creo.

Casi.

Y entonces Drake dice, tan tranquilo como si estuviera hablando del tiempo:

—Queremos casarnos en tres meses.

Me atraganto con el agua.

—¿Cómo que en tres meses? —Lo digo sin pensar—.

Drake me mira, sereno.

—Ya hemos esperado suficiente, ¿no crees, cariño? No tiene sentido alargar más el compromiso.

Cariño.

Me ha llamado cariño.

Delante de mi padre y de su hermano.

Y yo no puedo desdecirme. No puedo decir que tres meses es una locura, que necesitamos más tiempo, que esto está yendo demasiado rápido.

Porque estamos actuando. Y en esta obra, somos una pareja enamorada que no puede esperar para casarse.

—Tres meses —repito, intentando que mi voz suene emocionada en lugar de aterrada—. Claro. Perfecto.

—¡Maravilloso! —Mi padre alza su copa de agua como si fuera champán—. Por Hannah y Drake. Por el amor. Por el futuro.

Brindamos.

Y en medio del tintineo de las copas, en medio de la sonrisa radiante de mi padre y la actuación perfecta de Drake, mis ojos se encuentran con los de Royce.

Y lo que veo en ellos me deja sin aliento.

No es felicidad. No es aprobación.

Es algo más oscuro. Más intenso.

Como si me estuviera estudiando. Catalogando. Buscando las grietas en nuestra fachada.

¿Cómo puede un hombre ser tan masculino y atractivo y aterrador a la vez?

¿Sonríe alguna vez?

¿Cómo pueden ser Royce y Drake hermanos si son tan diferentes?

Porque Drake es luz. Risas. Encanto fácil.

Y Royce es…

Oscuridad. Control. Una presencia que espesa el aire de la habitación.

Es demasiado. Demasiado imponente. Demasiado duro. Demasiado atractivo.

Y me está mirando como si yo fuera de cristal.

Aparto la vista, concentrándome en mi plato, en mi servilleta, en cualquier cosa que no sean esos ojos grises que parecen poder leer cada uno de mis secretos.

La conversación continúa a mi alrededor.

Mi padre pregunta por la ceremonia, por la lista de invitados, por si ya hemos pensado en el lugar.

Drake responde con esa facilidad suya, improvisando respuestas que suenan de lo más razonables.

Y yo…

Yo apenas soy consciente de lo que está pasando.

Porque lo único en lo que puedo pensar es:

¿Qué demonios acabo de hacer?

Acabamos de empezar hoy con este compromiso falso y ya sé, con una certeza que me cala hasta los huesos, que va a acabar mal.

Muy mal.

La velada avanza. Mi padre cuenta historias sobre cuando yo era pequeña. Drake se ríe en todos los momentos adecuados. Royce permanece en silencio, observando.

Siempre observando.

Y yo intento sonreír, asentir, actuar como la prometida enamorada que se supone que soy.

Pero por dentro…

Por dentro estoy cayendo en un abismo del que no sé cómo voy a salir.

Porque mi padre está feliz. Más feliz de lo que lo he visto en años.

Y todo se basa en una mentira.

Una mentira que acabo de confirmar delante de dos de las personas más importantes de mi vida.

Y no hay forma de deshacerlo.

El camarero trae los entrantes. Risotto para mi padre, carpaccio para Drake, ensalada para mí que apenas toco.

Royce pide un filete poco hecho.

Cómo no.

Mi padre levanta su copa otra vez.

—Por Hannah y Drake —repite, con los ojos todavía brillantes—. Que seáis tan felices como vuestra madre y yo lo fuimos.

Y eso…

Eso me parte en dos.

Porque mi padre amaba a mi madre. La amaba de verdad. Y cuando ella murió, algo en él murió también.

Y ahora piensa que he encontrado ese mismo amor.

Piensa que voy a ser feliz.

Piensa que todo va a estar bien.

Y es mentira.

Todo es mentira.

Brindo con él, con una sonrisa pegada en la cara que duele de lo falsa que es.

Y cuando vuelvo a mirar a Royce, sus ojos siguen clavados en mí.

Atentos. Analíticos. Implacables.

Como si supiera lo que estoy pensando.

Como si pudiera ver la mentira flotando entre nosotros como un fantasma.

Y por primera vez desde que Drake me propuso esta locura, me pregunto:

¿Y si no podemos hacerlo?

¿Y si Royce nos descubre?

¿Y si todo esto explota y acabo perdiendo no solo a mi padre, sino también a mi mejor amigo?

La respuesta me aterra tanto que tengo que bajar la vista.

Porque ya es demasiado tarde.

Ya he dicho que sí. Ya hemos anunciado el compromiso. Ya hemos mentido delante de las dos personas para las que estamos actuando.

Ya no hay vuelta atrás.

Solo queda seguir adelante.

Y rezar para que no nos estrellemos antes de llegar al final.