CAPÍTULO 6
ROYCE
Drake me ha citado en un restaurante italiano del Greenwich Village y no me ha dado ninguna explicación.
Solo: Tengo que contarte algo importante. Mañana a las ocho. En el Carbone.
Eso ha sido hace veinticuatro horas y llevo desde entonces intentando descifrar qué demonios ha hecho mi hermano esta vez que requiere un encuentro en un lugar lleno de gente.
Tiene que ser algo gordo.
Llego quince minutos antes de la hora. No porque esté ansioso (nunca estoy ansioso), sino porque la puntualidad es una forma de control y el control es lo único que tengo.
El restaurante está en una esquina discreta, con fachada de ladrillo visto y ventanas con visillos blancos que impiden ver el interior desde la calle. Es elegante sin ser ostentoso. Típico de Drake: sabe elegir sitios.
Me detengo en la acera y reviso el móvil. Tengo tres emails nuevos, ninguno urgente. Un mensaje de Laura Kendall preguntándome si he pensado en lo de las memorias.
Borro el mensaje sin contestar.
No voy a dejar que nadie escriba unas putas memorias sobre mí.
Miro el reloj. Las ocho menos catorce. Demasiado pronto para entrar. No quiero estar ahí sentado esperando como un pasmarote mientras los camareros me miran con lástima pensando que me han dado plantón.
Y no quiero tener que mantener una conversación intrascendente con nadie hasta que sea estrictamente necesario.
Bastante he tenido hoy con tres reuniones, dos crisis menores en el hotel y un contratista que me ha mirado como si acabara de pedirle que construyera la Torre de Babel cuando lo único que quería era que las tuberías del décimo piso dejaran de gotear.
Necesito cinco minutos de silencio antes de enfrentarme a lo que sea que Drake vaya a soltarme.
Veo que hay un callejón lateral junto al restaurante. Estrecho, mal iluminado, con una farola parpadeante al fondo y contenedores de basura alineados contra la pared de ladrillo.
Justo lo que necesito.
Aquí nadie va a molestarme.
Me meto en el callejón y me apoyo contra la pared y saco el móvil otra vez. La luz de la pantalla ilumina mi cara en la oscuridad y vuelvo a revisar los emails por si acaso se me ha escapado algo urgente.
Nada.
Bien.
Estoy a punto de guardar el móvil cuando oigo algo.
Un sonido suave. Casi imperceptible. Como… ¿una respiración entrecortada?
Levanto la vista.
Y la veo.
Hay una mujer al fondo del callejón, apoyada con las dos manos contra la pared de ladrillo, la cabeza hacia abajo como si estuviera a punto de vomitar o de desmayarse.
Me quedo inmóvil.
La luz de la farola parpadeante apenas la ilumina, pero puedo ver su silueta: pequeña, delgada, con un vestido que parece demasiado elegante para estar escondida en un callejón oscuro.
Durante tres segundos considero largarme.
No es asunto mío. No conozco a esta mujer. Y desde luego no tengo tiempo ni energía para lidiar con dramas ajenos.
Pero hay algo en la forma en que está apoyada contra la pared, como si se estuviera sujetando al mundo con las manos para no caerse, que me hace dudar.
Parece tan pequeña.
Tan… vulnerable.
Y eso, por algún motivo que no logro identificar, me molesta.
Guardo el móvil y camino hacia ella.
Mis pasos resuenan contra el asfalto húmedo y ella no se mueve. No levanta la cabeza. No se sobresalta.
Como si no le importara que un hombre se acerque a ella en un callejón oscuro donde nadie podría oírla gritar.
Eso me molesta todavía más.
¿Cómo puede ser tan insensata?
—¿Estás borracha? —pregunto cuando estoy a un metro de ella.
No es la pregunta más amable del mundo, pero es la única que se me ocurre.
Ella levanta la cabeza despacio, como si le costara un esfuerzo enorme, y me mira.
Y joder.
Incluso con la poca luz del callejón, incluso con las sombras oscureciendo la mitad de su cara, puedo ver que es preciosa.
El pelo largo y ondulado le cae sobre los hombros. Los ojos, grandes (no puedo distinguir el color, pero parecen claros), me miran con una mezcla de sorpresa y algo más.
—No. —Su voz es suave, casi musical, pero temblorosa—. No estoy borracha. Son los nervios.
—¿Nervios? —Arqueo una ceja—. ¿Por qué estás nerviosa?
Ella suelta una risa sin humor y vuelve a apoyar la cabeza contra la pared.
—Porque esta noche voy a conocer al hermano de mi mejor amigo y es un idiota.
Parpadeo.
—¿Perdona?
—Un idiota —repite, como si fuera lo más obvio del mundo—. Frío, cerrado, insoportable. Mi mejor amigo me ha hablado de él mil veces y cada cosa que me ha contado me da más miedo que la anterior.
La forma en que dice «idiota», con tanto sentimiento, casi me hace sonreír.
Casi.
—Y por eso te escondes en un callejón.
—Exacto. —Se aparta el pelo de la cara—. Necesitaba un momento. Solo un momento para… no sé. Respirar. Prepararme mentalmente para lo peor.
—¿Y no te asusta estar aquí sola? —pregunto antes de poder morderme la lengua—. Es un callejón oscuro. Podrían atacarte.
Ella me mira de nuevo y esta vez hay un destello de humor en sus ojos.
—Ahora mismo lo agradecería. En serio. Un buen atraco me vendría genial. Algo que me diera una excusa para no entrar ahí y enfrentarme a… —Se queda callada de golpe, como si acabara de darse cuenta de que está hablando demasiado con un desconocido.
Se aparta de la pared y empieza a caminar de un lado al otro del callejón.
Tres pasos en una dirección. Se vuelve. Tres pasos en la otra.
Sus tacones repiquetean contra el asfalto y se muerde el labio inferior como si mantuviera una conversación entera consigo misma.
Y yo…
Yo debería irme. Largarme de este callejón, entrar en el restaurante y olvidar que esta conversación ha tenido lugar.
Pero no puedo.
Porque ella (la forma en que se mueve, la energía nerviosa que desprende) me tiene hipnotizado.
Me doy cuenta de dos cosas a la vez:
Primera: es la mujer más deslumbrante que he visto en mi vida.
Segunda: parece a punto de tener un ataque de pánico.
Y yo no tengo ni puta idea de qué hacer con ninguna de esas dos informaciones.
—¿Quieres que llame a alguien? —pregunto, porque es lo único que se me ocurre—. ¿A un médico? ¿A un psiquiatra?
Ella se detiene en seco y clava la mirada en mí.
Y joder.
Me sostiene la mirada con tanta intensidad que siento que puede verme por dentro.
Como si pudiera leer cada pensamiento, cada secreto, cada verdad que he pasado treinta y cuatro años escondiendo.
Y eso me aterra.
Me aterra, y ni siquiera sé por qué.
—¿Un psiquiatra? —repite ella, y hay un toque de diversión en su voz—. ¿Esa es tu forma de ayudar a una desconocida en apuros?
—No estoy seguro de cómo ayudar —admito, con una franqueza que no me reconozco—. No suelo… hacer esto.
—¿Hablar con gente en callejones oscuros?
—Hablar con gente en general.
Ella se ríe. Una risa baja, cantarina, que hace que algo en mi pecho se remueva de forma incómoda.
—Eso lo explica todo. —Da otro paso hacia mí y la luz de la farola ilumina su cara por completo.
Y joder.
Es preciosa.
No solo bonita. No solo atractiva.
Preciosa de una forma que hace que se me olvide respirar.
El pelo castaño tiene reflejos dorados, la piel parece brillar en la oscuridad y los labios rosados se curvan en una sonrisa pequeña y temblorosa.
Y esos ojos.
Ahora sí les veo el color: marrón dorado, casi ámbar, llenos de emociones que no sé cómo leer pero que me hacen querer…
¿Qué?
No lo sé.
¿Acaso me he vuelto loco?
—Gracias —dice ella en voz baja—. Por no salir corriendo. Por… intentar ayudar. Aunque no sepas cómo.
—No he hecho nada.
—Has estado aquí. —Sonríe, y la dulzura de esa sonrisa me pilla desprevenido—. Eso es más de lo que esperaba que nadie hiciera por mí.
Nos quedamos mirándonos.
Dos desconocidos en un callejón oscuro, con el parpadeo de la farola y el sonido lejano del tráfico de fondo.
Debería decir algo. Hacer algo. Moverme.
Pero no puedo.
Estoy como… ¿fascinado?
El teléfono de ella suena de repente con una melodía animadísima que rompe el momento como un cristal.
Ella parpadea, como si despertara de un trance, y saca el móvil del bolso.
—¿Sí? —contesta, y su voz suena más firme ahora—. Sí. Ya voy. Ahora mismo.
Cuelga y me mira de nuevo.
Y cuando nuestros ojos se encuentran, cuando esa mirada dorada se clava en la mía, siento un vuelco en el corazón que no conocía.
Como si algo en mí la reconociera.
Como si…
No.
Es ridículo.
—Tengo que irme —dice ella, y esta vez el miedo se le nota en la voz.
Ella sonríe una última vez, una sonrisa pequeña y dulce que sé que no voy a poder quitarme de la cabeza, y se da la vuelta.
Y se aleja.
El repiqueteo de sus tacones se aleja hacia la salida del callejón, y yo me quedo ahí plantado como un idiota, viéndola irse.
Durante un instante siento el impulso estúpido de retenerla.
De preguntarle cómo se llama. De decirle algo, cualquier cosa, que la haga quedarse un poco más.
Pero no lo hago.
Me trago ese impulso como me he tragado tantos otros a lo largo de mi vida.
¿Qué más me da?
No la voy a volver a ver.
Es una desconocida en un callejón que ha compartido sus nervios conmigo durante cinco minutos y luego ha desaparecido.
Fin de la historia.
Sigo ahí otros treinta segundos, mirando el lugar vacío donde ella estaba hace un momento, sin entender qué demonios acaba de pasar.
Jamás me había sentido tan descolocado.
Luego sacudo la cabeza y miro el reloj.
Las ocho menos cinco.
Hora de enfrentarme a Drake y a lo que sea que haya hecho esta vez.
Guardo el móvil, me ajusto la corbata y camino hacia la entrada del restaurante.
El maître está justo en la puerta, con su traje impecable y esa sonrisa profesional que debe de ensayar frente al espejo.
—Buenas noches, señor. ¿Tiene reserva?
—Estoy esperando a mi hermano.
—Por supuesto. ¿Quiere ir pasando?
No me da tiempo a contestar, porque oigo cómo me llaman.
—Royce.
Me vuelvo.
Y ahí está Drake, caminando por la acera con una sonrisa nerviosa que no promete nada bueno, como si estuviera a punto de anunciarme que ha provocado la tercera guerra mundial.
Pero no es Drake quien capta toda mi atención.
Es la mujer que viene del brazo de mi hermano.
La mujer del callejón.
La preciosidad de ojos dorados y sonrisa dulce que hace cinco minutos me ha dicho que iba a conocer al hermano idiota de su mejor amigo.
Está ahí.
Del brazo de Drake.
Caminando hacia mí con esos ojos enormes que acaban de reconocerme.
Y en su cara veo pánico absoluto.