Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

HANNAH

Llevo tres horas escribiendo el mismo párrafo.

Tres horas intentando encontrar la forma de describir cómo la dueña de una librería del West Village consiguió mantener su negocio a flote durante la pandemia sin que suene a artículo inspirador de autoayuda barata.

Borro la última frase por decimoséptima vez y aparto la vista de la pantalla.

Quizá mi padre tenga razón. Quizá esto de escribir sea un capricho absurdo de una niña rica que no sabe qué hacer con su vida.

No.

Sacudo la cabeza y vuelvo a escribir. Una palabra. Otra. Una frase entera que casi no suena horrible.

Llaman a la puerta.

Tres golpes rápidos, una pausa, dos golpes más. El código de Drake.

Sonrío a pesar de todo y me levanto del sofá, descalza y con el pijama que tiene estampados de libros voladores porque Hannah Gray, heredera del imperio inmobiliario Gray, duerme en pijamas ridículos y no le importa quién lo sepa.

Abro la puerta.

Drake está ahí, con dos bolsas enormes de comida tailandesa y esa sonrisa de «la he vuelto a liar» pintada en la cara.

—Gray. —Entra sin esperar invitación—. Necesito tus habilidades de terapeuta amateur y tu capacidad infinita para decirme que no soy un desastre.

—Hola a ti también. —Cierro la puerta—. ¿Qué has traído?

—Pad thai, rollitos de primavera, curry verde, cervezas y esos dulces de coco que te gustan. —Deja las bolsas en la mesa de la cocina—. También he traído mi drama existencial, pero ese va de postre.

Me río y saco platos del armario.

—¿Qué ha pasado?

—Mi hermano. —Se desploma en el sofá como si llevara el peso del mundo en los hombros—. Royce ha pasado. Otra vez.

Nos sentamos en el suelo, con la comida desplegada entre nosotros como un festín improvisado, y Drake me lo cuenta todo: la reunión a la que llegó tarde, la bronca monumental, la mirada de decepción que Royce domina como nadie.

—Me ha dicho que confiará en mí el día que siente la cabeza. —Pincha un trozo de pollo con más violencia de la necesaria—. Como si fuera tan fácil. Como si pudiera… cambiar de la noche a la mañana. Dejar de ser quien soy y convertirme en él.

—No tienes que convertirte en él. —Le paso los rollitos de primavera—. Eres bueno en tu trabajo, Drake. Relaciones institucionales es tu fuerte. La gente te adora.

—Eso da lo mismo. Tiene razón en todo, Hannah. Soy un desastre. —Suelta el tenedor.

—Eres mi desastre favorito. —Le sonrío—. Y tu hermano es un témpano insoportable que necesita relajarse.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Comemos en silencio un momento. El pad thai está delicioso, el curry tiene el punto justo de picante y los rollitos crujen como deben.

Pero yo no puedo concentrarme en la comida.

Porque lo de esta mañana con mi padre sigue sonando en mi cabeza como un disco rayado.

—Yo también he discutido con mi padre. —Dejo el plato—. Esta mañana. En El Círculo.

Drake me mira, expectante.

—Me ha dicho que soy una escritora frustrada. —No consigo decirlo sin amargura—. Que estoy persiguiendo sueños imposibles en lugar de aceptar quién soy y construir una vida real. Una familia. Un futuro.

—Joder.

—Y lo peor es que lo dice porque me quiere. Porque tiene miedo de que me quede sola cuando él muera. —Cierro los ojos un segundo—. Usa su viudez como arma emocional y yo no puedo… no puedo enfadarme con él porque sé que lo hace por miedo.

—Eso es manipulación, Gray.

—Lo sé. —Suspiro—. Pero no puedo romperle el corazón. Es lo único que tengo. Somos lo único que tenemos el uno al otro.

—Y por eso te atosiga con citas que no quieres y hombres que no eliges.

—Exacto.

Nos quedamos callados. Los dos estamos bien jodidos.

Drake coge un rollito, le da un mordisco y de repente se queda inmóvil.

—Espera.

—¿Qué?

—Espera, espera, espera. —Deja el rollito, me mira con los ojos muy abiertos y esa expresión de «acabo de tener la mejor idea de mi vida»—. Creo que acabo de resolver todos nuestros problemas.

—Drake…

—¿Y si nos casamos?

Me atraganto con el pad thai.

—¿QUÉ?

—Escúchame. —Se inclina hacia delante y habla tan rápido que las palabras se atropellan—. Tú y yo. Nos casamos. Fingimos estar enamorados. Tu padre deja de atosigarte con pretendientes. Royce ve que he sentado cabeza y empieza a confiar en mí. Matamos dos pájaros de un tiro.

Lo miro como si me hablara en otro idioma.

—Estás loco de remate.

—No, escucha…

—No. —Me levanto, necesito espacio—. Drake, ¿cómo va a solucionar eso lo que me pasa? Yo no me quiero casar. No quiero un marido elegido por mi padre ni un marido falso. Quiero encontrar a la persona que ame yo sola. Sin presión. Sin mi padre por medio. Quiero…

—¿Qué? —pregunta con suavidad.

—Quiero lo que todo el mundo quiere —digo en voz baja—. Quiero enamorarme de verdad. Quiero que alguien me elija a mí, no a mi apellido ni a mi cuenta bancaria. Quiero una historia real, no un acuerdo de negocios disfrazado de boda.

Silencio.

Drake me mira con esos ojos grises suplicantes.

—Lo sé, Gray. Y lo siento mucho. Pero tienes que saber que… —respira hondo— yo no estoy enamorado de ti.

—Lo sé. —Me siento a su lado—. Yo tampoco estoy enamorada de ti. Te quiero, Drake. Eres mi mejor amigo. Pero no de esa forma.

—Exacto. —Se anima—. Por eso es perfecto. No hay expectativas. No hay sentimientos que puedan complicarse. Solo dos amigos ayudándose a salir de situaciones imposibles.

—Es una locura.

—Es brillante.

—No es brillante. —Me paso las manos por el pelo—.

Drake, piénsalo. Si hacemos esto, tendríamos que hacerlo de verdad.

No es una broma. Tendríamos que casarnos.

De verdad. Con certificado, con ceremonia, con todo.

Somos de familias muy conocidas. Va a estar en todos los medios.

Todo el mundo lo va a saber. Y luego no podemos… romperlo sin más. No es tan fácil.

—¿Y qué más da? —Se encoge de hombros—. Nos casamos. Vivimos juntos como amigos. Hacemos vida normal. Y cuando tú encuentres al amor de tu vida… porque lo vas a encontrar, Gray, sé que lo harás… nos divorciamos y todos tan felices.

—¿Todos tan felices? —Suelto una risa sin humor—. Drake, el divorcio no es un trámite sencillo. Y menos cuando hay dinero de por medio.

—Hacemos un acuerdo prenupcial. Blindado. Cada uno se queda con lo suyo. Sin complicaciones.

—Siempre hay complicaciones.

—No si lo hacemos bien.

Me levanto y camino hasta la ventana.

Esto es una locura.

Una locura total.

Y aun así…

—¿Y si funciona? —La voz de Drake suena más cerca. Se ha levantado, está detrás de mí—. Piénsalo, Gray. Tu padre deja de presentarte candidatos porque ya tienes marido. Puedes dedicarte a escribir sin que te esté presionando constantemente. Consigues tu libertad.

—Y tú consigues que Royce confíe en ti.

—Exacto.

Me vuelvo a mirarlo.

—Es que no entiendes lo que significa. Drake, si hacemos esto, nos casamos de verdad. Delante de nuestras familias. Delante de medio Manhattan. No podemos echarnos atrás en mitad de la ceremonia.

—No vamos a echarnos atrás.

—Y tu hermano. —Levanto las manos—. Dios, Drake, con todo lo que me has contado de Royce… tengo pánico de conocerlo. Según tú ese hombre no sonríe nunca y es capaz de oler una mentira a kilómetros de distancia. ¿De verdad crees que vamos a poder engañarlo?

Drake se queda callado un momento.

—Royce es… complicado —admite—. Pero si lo hacemos bien. Si somos convincentes. Si actuamos como una pareja de verdad…

—¿Sí actuamos como una pareja de verdad? —Suelto una risa histérica—. Drake, nos conocemos desde la universidad. Hemos visto lo peor el uno del otro. Todo el mundo sabe que somos mejores amigos. ¿Cómo vamos a convencer a nadie de que de repente nos hemos enamorado perdidamente?

—Porque la gente quiere creer en el amor. —Se acerca, me coge las manos—. Sobre todo en el amor que nace de la amistad. Es la historia perfecta, Gray. Los mejores amigos que de repente se dan cuenta de que están hechos el uno para el otro. A todo el mundo le encanta esa mierda.

—Pero es mentira.

—¿Y qué? La mitad de los matrimonios de nuestra clase social son mentira. Al menos nosotros nos queremos de verdad. Como amigos. Eso ya es más de lo que tienen la mayoría.

Tiene razón.

Dios, tiene razón.

Le suelto las manos y vuelvo al sofá. Me siento, cojo mi plato de pad thai y como sin saborear nada.

Drake se sienta a mi lado y espera.

—Es una receta para el desastre —digo al fin.

—Probablemente.

—Vamos a liarla monumentalmente.

—Es muy posible.

—Tu hermano nos va a descubrir y nos va a matar a los dos.

—Puede ser.

—Y mi padre va a sufrir un disgusto tremendo si se entera de que todo ha sido una farsa.

—Por eso no se va a enterar. —Drake me mira—. Nadie se va a enterar, Gray. Porque vamos a hacerlo tan bien que ni siquiera nosotros vamos a recordar que es falso.

Lo miro. Mi mejor amigo. El chico que me hizo reír en el primer día de universidad cuando estaba tan nerviosa que casi vomito. El chico que me ha apoyado en todas las citas desastrosas, que me ha rescatado de todos los eventos insoportables, que me conoce mejor que nadie en este mundo.

Si tuviera que casarme con alguien…

—¿Con quién te podrías casar mejor que con tu mejor amigo? —Drake sonríe, esa sonrisa suya que desarma cualquier defensa.

Y ahí está.

La pregunta que no tiene respuesta lógica pero que aun así tiene todo el sentido del mundo.

—Esto es una locura —repito, pero mi voz suena menos convencida.

—Las mejores ideas siempre lo son.

—Vamos a necesitar reglas. —Se me escapa—.

—Por supuesto.

—Y tiene que ser temporal. En cuanto yo encuentre… ya sabes. El amor real. O tú lo encuentres, aunque digas que no crees en eso…

—Por supuesto que no creo. —Me interrumpe—. El amor es un cuento de hadas, Gray. Pero tú sí crees. Y cuando lo encuentres, te juro que seré el primero en aplaudir y en firmar los papeles del divorcio con una sonrisa.

—¿Y si no lo encuentro nunca?

—Lo encontrarás —dice con una certeza que yo no siento—. Eres Hannah Gray. Eres brillante, divertida, preciosa y tienes un corazón enorme. Algún idiota con suerte va a darse cuenta algún día. Y cuando eso pase, yo me haré a un lado.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Nos quedamos mirándonos. Dos amigos a punto de tomar la decisión más estúpida de sus vidas y ambos lo sabemos.

—Pero lo de tu hermano sigue siendo un problema —insisto—. Nunca lo he conocido en persona, Drake. Ha vivido en otro continente desde siempre. ¿Cómo vamos a convencerlo de que llevamos meses enamorados en secreto?

—Royce acaba de llegar a Nueva York. Está instalándose, tiene mil cosas en la cabeza con el hotel. —Drake se encoge de hombros—. Si se lo contamos ahora, si le presentamos esto como un hecho consumado… como algo que ha pasado mientras él estaba en Inglaterra…

—Seguirá sospechando.

—Entonces tendremos que ser muy convincentes. —Me aprieta la mano—. Muy, muy convincentes. Nada de miradas raras. Nada de distancia. Cuando estemos delante de él, somos una pareja locamente enamorada. ¿Crees que puedes hacerlo?

Pienso en Royce Harris. El témpano. El hermano perfecto. Pienso en todas las cosas terribles que Drake me ha contado sobre él.

—Va a ser un desastre.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque es verdad.

—¿Pero lo harás? —Drake me mira con esos ojos de cachorro que usa cuando quiere algo de verdad—. ¿Te casarás conmigo, Hannah Gray?

Debería decir que no.

Debería levantarme, echar a Drake de mi apartamento y olvidar que esta conversación ha tenido lugar.

Debería ser sensata, razonable, adulta.

Pero cuando pienso en mi padre diciéndome que soy una escritora frustrada, cuando pienso en otra cita con otro Brandon-o-Brian, cuando pienso en todos los años que me quedan por delante atrapada en esta jaula de oro…

—Está bien. —Es apenas un susurro—. Está bien. Lo haré.

Drake me da un abrazo que casi me rompe las costillas.

—Vamos a liarla monumentalmente —dice contra mi pelo.

—Ya lo sé. —Me río, aunque suena un poco histérico—. Pero al menos la vamos a liar juntos.

—Los mejores amigos contra el mundo.

—Los mejores amigos contra el mundo —repito.

Y cuando Drake se separa y me mira con esa sonrisa enorme, cuando brindamos con las cervezas medio vacías por la peor idea que hemos tenido nunca, una vocecita en mi cabeza susurra que esto va a salir fatal.

Pero la ignoro.

Porque, después de meses, siento que tengo algo de control sobre mi vida.

Aunque sea un control ilusorio construido sobre una mentira y un matrimonio falso con mi mejor amigo.

Pero oye, nadie dijo que la libertad fuera fácil.

—¿Cuándo se lo decimos? —pregunto.

—Mañana. —Drake cierra la última caja de comida—. Lo mejor es hacerlo cuanto antes.

Me río.

Porque tiene razón.

Tenemos que hacerlo rápido, aunque va a ser un desastre absoluto.

Pero va a ser nuestro desastre.

Y eso, de alguna forma retorcida, me parece perfecto.