CAPÍTULO 4
DRAKE
Llego diecisiete minutos tarde.
Diecisiete minutos que van a parecer diecisiete horas en cuanto cruce esa puerta y mi hermano clave esos ojos grises en mí como si fuera un balance financiero que no cuadra.
Me paso una mano por el pelo, todavía húmedo de la ducha que me he dado a toda prisa, y me ajusto la corbata mientras el ascensor sube hacia la planta ejecutiva de The Legacy.
Mi reflejo en las puertas de acero pulido me devuelve la mirada: traje arrugado, ojeras que ni todo el café del mundo puede disimular, y esa cara de «lo he vuelto a hacer» que me sé de memoria.
Mierda.
Anoche fue… bueno, anoche fue justo lo que no debería haber sido.
Dejé a Hannah en su apartamento del West Village pasadas las dos de la madrugada. Ella se fue a dormir, sensata como siempre, y yo… yo debería haberme ido a casa. Debería haberme metido en la cama, haber puesto el despertador y haber llegado puntual a esta reunión.
Debería.
Pero la presión me estaba ahogando. Royce acababa de instalarse en Nueva York y eso significaba que iba a estar bajo lupa permanente: juicio constante, esa mirada que dice «otra vez no, Drake» sin necesidad de palabras.
Así que hice lo que siempre hago cuando me agobio: busqué un bar, bebí demasiado y me acosté con la primera mujer que me sonrió.
No recuerdo su nombre. Creo que era rubia. O pelirroja. Joder.
Qué más da.
El ascensor se detiene con un pitido suave y las puertas se abren.
Tranquilo, Drake. Eres un profesional. Puedes con esto.
Cruzo el pasillo hacia la sala de reuniones con una sonrisa que he perfeccionado durante años: despreocupada, encantadora, la de un tipo al que todo le resbala.
Mentira.
Nada me resbala cuando se trata de Royce.
Empujo la puerta de cristal y entro en la sala.
Hay siete personas sentadas alrededor de la mesa. Todos me miran. Y al final de la mesa, en la cabecera, con un traje de tres piezas y una expresión que podría congelar el infierno, está mi hermano.
Royce no dice nada. No tiene que hacerlo.
Me mira durante tres segundos (tres segundos en los que puedo sentir cómo cataloga cada detalle: la corbata mal anudada, el traje arrugado, las ojeras) y luego vuelve la vista hacia el informe que tiene delante.
—Siéntate, Drake.
Su voz es cortés. Fría. Letal.
Me siento en la única silla libre, al otro lado de la mesa, e intento no encogerme bajo el peso de su silencio.
La reunión continúa. Números, proyecciones, estrategias de expansión. Royce habla con esa precisión quirúrgica que lo caracteriza, dando órdenes que todos anotan como si fueran mandamientos divinos.
Yo finjo prestar atención. Asiento en los momentos adecuados. Hago un par de comentarios que suenan inteligentes pero que en realidad son puro relleno.
Y durante todo el tiempo siento la mirada de Royce volviendo a mí como un láser.
Cuando termina la reunión (después de cuarenta y cinco minutos que me han parecido cuarenta y cinco años), Royce cierra la carpeta con un golpe seco.
—Gracias a todos. Pueden retirarse. —Hace una pausa—. Drake, tú te quedas.
Joder.
Los demás salen en silencio, sin mirarme, como si supieran que van a ser testigos de una ejecución y no quisieran implicarse.
La puerta se cierra.
Y el silencio nos rodea.
Royce se levanta despacio, camina hasta la ventana y se queda ahí, de espaldas a mí, mirando Manhattan como si fuera un reino que está decidido a conquistar.
—Diecisiete minutos. —Su voz es baja, controlada—. Has llegado diecisiete minutos tarde a una reunión urgente que convoqué ayer mismo.
—Lo siento. Estaba…
—No me vengas con excusas. —Se vuelve, y el frío de su mirada es un puñetazo—. Sé exactamente por qué has llegado tarde. Otra vez.
Me quedo callado.
Porque tiene razón. Y los dos lo sabemos.
ROYCE
Miro a mi hermano, sentado al otro lado de la mesa con esa expresión de niño pillado que me pone enfermo, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no perder los estribos.
Drake es listo. Encantador. Tiene un talento natural para las relaciones institucionales que yo nunca tendré.
Pero es incapaz de tomarse nada en serio.
—¿Sabes cuál es el problema, Drake? —Camino de vuelta a la mesa y me apoyo contra ella y cruzo los brazos—.
Que tenemos problemas reales. Problemas de verdad.
El desembarco de Harris Legacy en Nueva York no está funcionando como debería y necesito que todo el equipo esté al cien por cien.
No puedo estar preocupándome también de que mi hermano salga en las noticias acostándose con todo lo que se mueve.
—No he salido en ninguna noticia. —Su voz suena defensiva.
—Todavía. —Bajo el tono medio punto, y él se encoge—. Pero es solo cuestión de tiempo. Porque sigues haciendo lo mismo una y otra vez, y no aprendes.
—Estoy aprendiendo…
—No. No estás aprendiendo. —Me froto los ojos—. Estás repitiendo los mismos errores. Llegas tarde, bebes demasiado, te acuestas con mujeres cuyos nombres no recuerdas y luego vienes aquí como si nada hubiera pasado.
—No es tan grave.
—¿No es tan grave? —Suelto una risa sin humor—.
Drake, tengo al departamento de marketing diciéndome que tengo que escribir unas putas memorias para parecer más accesible.
¿Sabes lo ridículo que es eso? ¿Sabes lo que significa?
Que mi imagen está lastrando el crecimiento de la empresa.
Y mientras yo intento arreglar eso, tú estás por ahí demostrando que los Harris no sabemos comportarnos como adultos responsables.
Se queda callado. Mira la mesa, las manos, cualquier cosa menos a mí.
Y eso me frustra todavía más.
—Eres un hombre adulto, Drake. Tienes veintinueve años. No puedes pedirme más responsabilidad y luego pasar de todo. No funciona así.
—Lo sé. —Su voz es apenas un susurro.
—¿Lo sabes? —Me inclino hacia delante—. Porque no lo parece. Porque cada vez que te doy una oportunidad, cada vez que confío en que vas a estar a la altura, me demuestras que me equivoco.
—No es eso. Yo quiero…
—¿Qué quieres, Drake? ¿Qué quieres de verdad?
—Lo miro sin parpadear—. Porque si es seguir siendo el eterno niño que se divierte sin consecuencias, adelante.
Pero no me pidas que confíe en ti profesionalmente.
No me pidas que te dé más responsabilidades cuando no eres capaz de llegar puntual a una reunión.
Nos quedamos en silencio.
Un silencio que pesa tanto que oigo mi propia respiración.
Drake levanta la vista. Sus ojos (los mismos ojos grises que los míos, pero llenos de un calor que yo perdí hace años) están cargados de culpa. O quizá de dolor.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunta—. Dime qué tengo que hacer para que confíes en mí.
La pregunta me da de lleno en un punto que creía blindado.
Porque esa es la cuestión, ¿verdad? Que Drake me importa. Es la única persona en este mundo que me importa de verdad.
Y precisamente por eso no puedo soportar verlo autodestruirse.
—Sentar la cabeza. —Lo digo más seco de la cuenta—. Confiaré en ti el día que sientes la cabeza. El día que dejes de beber hasta perder el sentido, de acostarte con cualquiera y de llegar tarde a todo lo importante. El día que empieces a actuar como el hombre que sé que puedes ser.
Me doy la vuelta y camino hacia la puerta.
—Royce…
—Esta conversación ha terminado. —No me vuelvo—. Tengo trabajo que hacer. Y tú también deberías tenerlo.
Salgo y cierro la puerta detrás de mí.
No hay nadie en el pasillo. Solo ventanas de suelo a techo, mármol bajo mis pies y un silencio absoluto.
Me apoyo contra la pared y cierro los ojos un momento.
Mierda.
He sido demasiado duro. Lo sé. Pero no puedo… no puedo verlo así. No puedo ver cómo echa su vida por la borda porque no sabe manejar la presión.
Porque es justo lo que haría yo si no me hubiera obligado a construir esta armadura de hielo.
Drake y yo crecimos en la misma casa. Vimos las mismas peleas, los mismos desprecios, la misma toxicidad envenenando cada rincón de nuestra infancia.
Pero él eligió la luz. Las risas, las fiestas, las mujeres, la ligereza.
Yo elegí el control.
Y ninguna de las dos opciones nos ha salvado del todo.
Abro los ojos y me obligo a caminar hacia mi despacho.
Tengo más reuniones, llamadas, mil cosas que resolver antes de que acabe el día.
No tengo tiempo para sentirme culpable por ser duro con mi hermano.
Aunque la culpa me persiga de todas formas.
A las cinco de la tarde, después de seis reuniones consecutivas, tres llamadas internacionales y un informe financiero que me ha destrozado los ojos, bajo al gimnasio del hotel.
Necesito despejarme. Necesito sacar esta rabia, esta frustración, esta sensación de que estoy fallándole a mi hermano mientras intento salvarlo.
El gimnasio está vacío: máquinas de última generación, espejos en las paredes y ese olor a sudor y esfuerzo que es lo más honesto que existe.
Me cambio de ropa en el vestuario: pantalón de chándal, camiseta negra, zapatillas de deporte. Me pongo los guantes de boxeo y salgo a la sala principal.
El saco está ahí, esperándome.
Golpeo.
Una vez. Dos. Tres.
Cada golpe es una palabra que no le he dicho a Drake. Cada golpe es la rabia de verlo desperdiciar su potencial. Cada golpe es el miedo de que un día se autodestruya del todo y yo no pueda hacer nada para impedirlo.
Golpeo hasta que me duelen los nudillos, hasta que el sudor me empapa la camisa, hasta que la rabia se convierte en algo más manejable.
Pero no desaparece.
Nunca desaparece.
Me quito los guantes y me siento en el banco, con la respiración agitada y el corazón latiendo demasiado rápido.
Drake es mi hermano. Mi responsabilidad. La única persona en este mundo a la que he querido de verdad.
Cuando éramos niños y nuestros padres se gritaban en el piso de abajo, yo era quien iba a su habitación, quien le ponía los cascos con música, quien le decía que todo iba a estar bien aunque no lo creyera.
Cuando Drake tenía trece años y lo mandaron a un internado porque a nuestros padres no les apetecía lidiar con él, yo era quien iba a buscarlo cada fin de semana, quien firmaba los permisos, quien actuaba como el padre que nunca tuvo.
Él no me lo pidió. Yo se lo ofrecí.
Era lo que había que hacer, sin más.
Porque si no cuidaba de Drake, nadie más lo haría.
Y ahora… ahora no sé cómo protegerlo de sí mismo.
Me levanto y me paso una toalla por la cara. No necesito mirarme al espejo para saber lo que hay: un hombre de treinta y cuatro años que parece cansado de vivir, con el pelo negro, los ojos grises y la mandíbula tensa.
La armadura perfecta.
Pero por dentro…
Por dentro sigo siendo el niño de diez años que escuchaba a sus padres gritarse que se odiaban mientras su hermano pequeño dormía en la habitación de al lado.
Sacudo la cabeza y salgo del gimnasio.
Tengo trabajo que hacer.
Siempre tengo trabajo que hacer.
Es más fácil que enfrentarse a esto.