CAPÍTULO 3
HANNAH
El Círculo huele a dinero viejo y a secretos bien guardados.
Cruzo el vestíbulo de mármol del brazo de mi padre, con una sonrisa ensayada al milímetro y un vestido de Prada que me aprieta justo en todos los sitios donde no debería. Los tacones repiquetean contra el suelo y el eco resuena como una sentencia.
Esto es una actuación. Siempre lo es.
—Recuerda sonreír. —La voz de mi padre es baja, cortés, letal—. Y por el amor de Dios, Hannah, no menciones esa tontería de escribir delante de los Harrison. Ellos no entienden ese tipo de… caprichos.
Caprichos.
Aprieto la sonrisa hasta que me duelen las mejillas.
—Por supuesto, papá.
Richard Gray (magnate inmobiliario, una de las diez mayores fortunas de Manhattan, padre devoto y controlador de manual) me palmea la mano como si acabara de decir algo encantador.
—Así me gusta.
El salón privado del primer piso es todo ventanales, maderas nobles y vistas a Central Park. En el centro hay una mesa rectangular cubierta con mantel blanco, cubiertos de plata y flores que deben de costar más que el anticipo que jamás me pagarán por un artículo.
Los Harrison ya están aquí. Un matrimonio de setenta y tantos, él con traje azul marino y ella con perlas del tamaño de canicas. Sonríen cuando entramos. Yo les devuelvo la sonrisa.
Actuación número dos.
—Richard, querido. —La señora Harrison le tiende la mano a mi padre como si fuera la reina de Inglaterra—. Y Hannah, cariño, estás preciosa. Ese vestido es divino.
—Gracias, señora Harrison. —Me siento donde me indican, cruzo las piernas en el ángulo correcto y despliego la servilleta sobre mi regazo—. Es un placer volver a verla.
Mentira.
La última vez que vi a los Harrison fue en una cena benéfica donde me pasé dos horas escuchándola hablar de su nieto (jugador de polo, heredero de no-sé-qué, soltero) como si estuviera vendiéndome un coche de segunda mano.
El brunch transcurre tal y como esperaba: conversación intrascendente sobre el mercado inmobiliario, inversiones en el extranjero, la nueva colección de algún diseñador cuyo nombre reconozco pero cuyas prendas nunca me pondría por voluntad propia.
Yo asiento. Sonrío. Bebo zumo de naranja recién exprimido y corto la tortilla francesa en trozos microscópicos que apenas pruebo.
Soy el accesorio perfecto. La hija modelo. La heredera que sabe cuándo hablar y cuándo callarse.
Por fuera.
Por dentro estoy haciendo una lista mental de todas las formas en que preferiría estar pasando mi día: leyendo en pijama, escribiendo ese artículo sobre pequeños negocios del West Village que nadie publicará nunca, comiendo pizza directamente de la caja mientras veo documentales sobre crímenes reales.
Cualquier cosa menos esto.
—Hannah, querida. —La señora Harrison me mira con esa sonrisa de abuela que presagia problemas—. Tu padre me ha contado que sigues soltera. Una chica tan guapa y con tanto que ofrecer… Es una pena.
Aquí vamos.
—Estoy centrada en otros proyectos ahora mismo. —Mi voz sale dulce como la miel envenenada—. Ya sabe cómo es.
—Bobadas. —Ríe como si hubiera contado un chiste—. Los proyectos están muy bien, pero una mujer necesita un buen hombre a su lado. Alguien que la cuide. Mi nieto Charles estaría encantado de conocerte. Juega al polo, ¿sabes? Y tiene una casa preciosa en…
—Qué interesante. —Interrumpo antes de que pueda terminar la frase—. Aunque no estoy segura de que el polo sea lo mío. Una vez casi me mata un caballo en los Hamptons.
Se extiende un silencio incómodo.
Mi padre me lanza una mirada que podría derretir acero.
—Hannah tiene un sentido del humor muy… particular. —Su tono es ligero, pero conozco esa voz. Es la voz de «ya hablaremos luego»—. Estoy seguro de que Charles y ella se llevarían de maravilla.
No. No nos llevaríamos de maravilla.
Pero no digo nada. Solo sonrío, asiento y dejo que la conversación fluya a mi alrededor como un río en el que no tengo intención de nadar.
Cuando los Harrison se despiden (con besos en las mejillas, promesas de volver a vernos pronto que espero no cumplir jamás), mi padre espera treinta segundos justos antes de volverse hacia mí.
Su sonrisa ha desaparecido.
—¿Se puede saber qué ha sido eso?
—¿El qué? —Finjo inocencia, aunque sé de sobra a qué se refiere.
—Lo de que casi te mata un caballo. —Baja la voz, pero el enfado vibra en cada palabra—. ¿Era necesario?
—Era verdad. Aquel caballo tenía muy mala leche.
—Hannah. No solo hablo de ahora. —Se pasa una mano por la cara, ese gesto que hace cuando está a punto de quedarse sin paciencia—. No soy tonto. Sé perfectamente lo que hiciste anoche.
Se me encoge el estómago.
—No sé de qué hablas.
—Brian me ha llamado esta mañana. Me ha contado que le hablaste de fantasmas, de veganismo extremo y de un microrrelato sobre asesinatos. —Me clava la mirada—. ¿Fantasmas, Hannah? ¿En serio?
Me muerdo el labio para no sonreír.
—Fue una conversación interesante.
—Fue un sabotaje. —Se echa hacia atrás en la silla, de repente parece cansado—. Es la decimoséptima vez, Hannah. Diecisiete hombres. Todos perfectamente adecuados, todos interesados, y tú los espantas a todos como si fuera un juego.
—Porque no los elijo yo. —Las palabras salen más afiladas de lo que pretendía—. Tú los eliges. Tú organizas las citas. Tú decides quién es «adecuado». Yo solo soy el premio que tienen que ganarse.
—No eres un premio. Eres mi hija. —Su voz se suaviza, pero sigue siendo firme—. Y solo quiero lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí sería que me dejaras vivir mi vida.
—¿Vivir tu vida? —Suelta una risa sin humor—. ¿Escribiendo artículos que nadie leerá? ¿Trabajando de periodista cuando tienes más dinero del que podrás gastar en toda una vida?
Ahí está. El argumento de siempre.
—Me gusta escribir. Es lo que quiero hacer.
—Te dejé estudiar lo que quisiste. —Se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas—. Periodismo. Acepté que fueras a Columbia, que hicieras esa carrera, aunque ambos sabíamos que no la necesitabas. Hicimos un trato, Hannah. Tú estudiabas lo que quisieras y a cambio…
—A cambio me convierto en la socialité perfecta que encuentra un marido adecuado y organiza cenas benéficas el resto de su vida. —Termino la frase por él, con la boca llena de amargura—. Lo sé. Lo recuerdo.
—No es tan terrible como lo pintas.
—Para ti no.
Silencio.
Mi padre me mira con esos ojos que son iguales a los míos (marrón dorado, demasiado expresivos) y veo algo que me parte el corazón: miedo.
Miedo a que me quede sola. Miedo a que cometa un error. Miedo a perderme como perdió a mi madre.
Y eso es lo peor.
Porque si me gritara, si fuera un tirano sin más, podría odiarlo. Podría plantarle cara y marcharme dando un portazo.
Pero no puedo odiar a un hombre que me mira como si fuera lo único que le queda en el mundo.
—Hannah. —Su voz se quiebra un poco—. Solo quiero que seas feliz. Que tengas a alguien a tu lado. Que no estés sola cuando yo…
—Papá, no.
—Tengo sesenta y dos años. No soy inmortal. —Se frota los ojos—. Y cuando yo no esté, quiero saber que hay alguien cuidando de ti.
—Puedo cuidar de mí misma.
—Lo sé. Pero no deberías tener que hacerlo. —Me coge la mano—. Déjame hacer esto por ti. Déjame encontrarte a alguien bueno. Alguien que te quiera como te mereces.
Quiero gritarle que ya soy adulta. Que tengo veintisiete años y que puedo tomar mis propias decisiones. Que el amor no se encuentra en brunches organizados ni en citas con hombres que solo ven mi apellido.
Quiero gritarle que me está asfixiando.
Pero cuando lo miro —cuando veo el miedo desnudo en sus ojos— las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
—Lo intento, papá. De verdad que lo intento.
—No lo suficiente. —Aprieta mi mano—. Tienes que dejar de sabotear las citas.
Tienes que darles una oportunidad real. Y tienes que empezar a actuar como lo que eres: Hannah Gray, heredera de una de las fortunas más importantes de Manhattan.
No una escritora frustrada que se esconde en un apartamento del West Village.
Las palabras me golpean como una bofetada.
—¿Escritora frustrada?
—No he querido decir eso. —Suspira—. Solo… solo quiero que seas feliz, cariño. Y la felicidad no está en perseguir sueños imposibles. Está en aceptar quién eres y construir una vida real. Una familia. Un futuro.
Me suelto de su mano con cuidado, como si estuviera hecha de cristal.
—¿Y si mi futuro no incluye un marido elegido por ti?
—Entonces serás una mujer sola y amargada. —Su tono es suave, pero las palabras son duras—. Como esas escritoras que acabas admirando en tus libros. Solas en apartamentos llenos de gatos y sueños rotos.
Me levanto.
Las piernas me tiemblan, pero consigo mantenerme firme.
—Necesito aire.
—Hannah…
—Necesito aire. —Repito, más fuerte esta vez.
Salgo del salón privado antes de que pueda detenerme, antes de que las lágrimas que me escuecen en los ojos decidan salir.
El pasillo está en silencio: ventanas altas, cortinas de terciopelo, ese olor a dinero y poder que lo impregna todo en El Círculo.
Me apoyo contra la pared y cierro los ojos.
Respira, Hannah. Respira.
—¿Hannah?
Abro los ojos de golpe.
Autumn Rivers, la directora de El Círculo está frente a mí, con un vestido verde esmeralda que realza su pelo pelirrojo y una expresión de preocupación en esos ojos que parecen verlo todo.
—Autumn. —Consigo esbozar una sonrisa temblorosa—. Hola.
—¿Estás bien? —Se acerca y me estudia—. Te he visto salir del salón como alma que lleva el diablo.
—Algo así.
Me mira un momento más y luego asiente, como si hubiera tomado una decisión.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
—Que vengas conmigo. —Me coge del brazo con firmeza—. Necesitas un respiro y yo necesito compañía. Así salimos ganando las dos.
Me dejo arrastrar, demasiado cansada para resistirme.
Autumn me lleva a uno de los salones más pequeños, con ventanas que dan a Central Park y sofás de cuero tan cómodos que parecen abrazarte. Cierra la puerta y me señala uno de los sofás.
—Siéntate.
Me siento.
Ella sirve dos copas de vino tinto de una botella que, conociéndola, costará una fortuna y me pasa una.
—Bebe.
Bebo. El vino es suave, complejo, perfecto.
—¿Es por tu padre? —pregunta sin rodeos.
Asiento.
—Siempre es por él.
—¿Te está presionando otra vez para que te cases?
—Sí, siempre, constantemente. —Doy otro sorbo—. A veces creo que su único objetivo en la vida es convertirme en la señora de Alguien Importante antes de que cumpla los treinta.
Autumn se sienta a mi lado y suspira.
—Malditos padres. Tienen una habilidad especial para hacerte sentir que nunca eres suficiente.
La miro, sorprendida.
—¿Tu padre también?
—Mi padre quería un hijo varón que dirigiera El Círculo. Le tocó una hija que siempre se ha negado a hacer lo que él quiere. —Sonríe sin humor—. Digamos que no soy exactamente la heredera de sus sueños.
—Pero eres la directora ejecutiva. Eso tiene que contar.
—Cuenta. Pero nunca es suficiente. —Bebe un sorbo de vino—. Nunca lo es.
Nos quedamos en silencio un momento, dos mujeres atrapadas en jaulas de oro que ellas mismas no construyeron.
—Gracias —digo al fin—. Por rescatarme. Por el vino. Por… por entenderlo.
—De nada. —Autumn me sonríe, y esta vez es real—. Las mujeres tenemos que cuidarnos entre nosotras. Sobre todo cuando nuestros padres insisten en tratarnos como si fuéramos piezas de ajedrez en sus tableros particulares.
Brindo con ella y, por primera vez desde el brunch, noto que los hombros se me destensan.
Puede que no pueda romperle el corazón a mi padre.
Puede que no pueda gritarle que soy una mujer adulta que decide por sí misma.
Pero al menos, en este momento, con Autumn a mi lado y una copa de vino en la mano, no estoy del todo sola.
Y a veces, solo a veces, eso es suficiente.