CAPÍTULO 2
HANNAH
—¿Y a qué te dedicas exactamente? —pregunta Brandon, o puede que sea Brian, con una sonrisa ensayada que seguro le ha funcionado con medio Upper East Side.
—Escribo. —Corto un trozo de tarta de chocolate y me lo meto en la boca sin cerrar los labios del todo.
Mastico haciendo ruido—. Bueno, intento escribir.
Mi padre dice que es un capricho, pero yo creo que tengo talento de verdad.
El otro día escribí un microrrelato sobre una chica que mata a su cita en un restaurante italiano y nadie sospecha de ella porque todos piensan que se ha atragantado con la pasta.
Se queda completamente callado.
Brandon-o-Brian me mira como si acabara de confesarle que colecciono uñas ajenas.
Perfecto.
—Interesante. —Bebe agua, mucha agua—. ¿Y… eso es autobiográfico?
—Todavía no. —Le dedico mi sonrisa más dulce—. Pero la noche es joven.
Se atraganta con el agua.
Punto para mí.
Llevo cuarenta minutos en este restaurante italiano (con manteles blancos, velas, camareros que susurran como si estuviéramos en misa) y Brandon-o-Brian ya ha mencionado tres veces su Porsche, dos veces su casa en los Hamptons y una vez, con falsa modestia, que su familia «tiene algunos negocios en Wall Street».
Algunos negocios.
Como si eso no significara que su abuelo compró medio Manhattan cuando todavía costaba cuatro dólares y un apretón de manos.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de las citas? —Me inclino hacia delante como si fuera a compartir un secreto. Él se anima, pobre idiota—. Descubrir si la otra persona cree en los fantasmas.
Parpadea.
—¿Perdona?
—Los fantasmas. Ya sabes. Espíritus. Apariciones.
Energías del más allá. —Agito los dedos en el aire como si invocara a los muertos—.
Porque yo sí creo. De hecho, creo que mi apartamento está encantado.
Hay un tipo del siglo XIX que se pasea por el salón los jueves por la noche y me juzga por ver reality shows.
Brandon-o-Brian abre la boca, pero no le sale nada.
—¿Es… es una broma?
—Ojalá. El fantasma tiene opiniones muy fuertes sobre mi consumo de pizza congelada.
Mira el reloj. Subtexto: ¿cuánto falta para poder salir corriendo sin parecer un maleducado?
Le doy cinco minutos.
Tardo tres en acabar con él. Solo tengo que mencionar que estoy considerando hacerme vegana pero que antes necesito despedirme de la carne comiendo una hamburguesa al día durante un mes, como si fuera un duelo apropiado.
Se levanta tan rápido que casi tira la silla.
—Ha sido… interesante, Hannah. Pero acabo de recordar que mañana tengo una reunión a primera hora y debería…
—Por supuesto. —Me limpio la boca con la servilleta, conteniendo la sonrisa—. Ha sido un placer, Brandon.
—Brian.
—Eso.
Sale del restaurante como si lo persiguiera un incendio. Yo me quedo sentada, termino la tarta con calma y, para celebrarlo, pido un café solo.
Cita saboteada: número diecisiete.
Mi padre va a matarme. O peor: va a buscarme otro candidato todavía más insoportable. Pero al menos esta noche he ganado yo.
Saco el móvil y le escribo a Drake: Misión cumplida. Brian ha huido despavorido. ¿Dónde quedamos?
La respuesta llega en cinco segundos: En El Alchemist. Trae tu mejor sonrisa y tus peores intenciones. Esta noche enterramos mi libertad.
Sonrío. Dejo un billete de más en la mesa para el camarero, que me ha visto actuar como una psicópata durante cuarenta minutos sin pestañear y se merece una propina generosa, y salgo a la calle.
El aire de Nueva York en julio es pegajoso y huele a asfalto caliente, a comida china y a las mil vidas que se cruzan en cada esquina. Me quito los tacones en cuanto doblo la esquina, los cuelgo de dos dedos y camino descalza hasta la boca de metro más cercana.
Esto, al menos, mi padre no puede controlarlo.
Las citas, sí. Los pretendientes de manual, también. Pero las noches con Drake, los bares cutres donde nadie nos conoce y la libertad de ser yo misma sin apellido ni expectativas… eso es mío.
El Alchemist está en el Lower East Side, el interior es de ladrillo visto y luces tenues, con una barra que parece sacada de una película de gánsteres y una gramola que solo funciona cuando le da la gana.
Drake está apoyado en la barra, con una cerveza en la mano y esa sonrisa de «lo he vuelto a hacer» que conozco demasiado bien.
—Gray. —Me pasa un brazo por los hombros y me besa la coronilla como si fuera su hermana pequeña—. ¿Cómo lo has hecho esta vez? ¿Le has contado lo de tu colección de muñecas decapitadas?
—Le he hablado de fantasmas. Y de veganismo extremo.
Se ríe tan fuerte que dos personas se vuelven a mirarnos.
—Eres mi heroína. ¿Cuánto ha tardado en salir corriendo?
—Tres minutos desde que mencioné el duelo carnívoro.
—Un récord. —Levanta su cerveza—. Por ti y por tu habilidad para espantar idiotas con dinero.
Brindamos. Bebo. La cerveza está fría, y por primera vez en toda la noche puedo respirar tranquila.
—¿Y tú? —Me subo a un taburete y lo miro—. ¿Qué es eso de enterrar tu libertad? ¿Te has vuelto loco y te has echado novia?
Drake hace una mueca.
—Peor. Mi hermano está en Nueva York para quedarse.
—Oh, no. Pues sí que se te ha acabado la diversión, amigo.
—Ya ves. Como si divertirse estuviera reñido con ser profesional. —Resopla—. El hombre es un témpano andante. No sonríe, no bebe, no se relaja. Creo que duerme con corbata.
Suelto una carcajada que casi me tira del taburete.
—Dios, qué horror.
—Lo peor es que, como bien sabes, tiene razón. —Drake me mira, y por un momento la máscara del ligón despreocupado se resquebraja—. Llego tarde, la lío, bebo demasiado. Y él está ahí, siendo perfecto, y yo… joder. No sé. A veces siento que nunca voy a estar a su altura.
Le aprieto la mano.
—Eres brillante, Drake. Y tu hermano es un idiota si no lo ve.
—Mi hermano no es idiota. Esa es la parte jodida. —Sonríe, pero le sale triste—. Es un genio. Y yo soy el hermano pequeño que se pasa la vida decepcionándolo.
—Pues esta noche no. —Me bajo del taburete y le tiendo la mano—. Esta noche eres Drake Harris, rey del Lower East Side, y vamos a bailar hasta que se nos olvide que existen hermanos insoportables y padres controladores.
Me mira, sorprendido.
—¿Tú? ¿Bailar? ¿La chica que prefiere quedarse en casa con un libro y palomitas?
—Por ti hago excepciones. —Le guiño un ojo—. Venga. Antes de que me arrepienta.
Drake se termina la cerveza de un trago, me coge de la mano y me arrastra hacia la pista de baile improvisada al fondo del bar.
La música es demasiado alta, la pista está abarrotada y huele a sudor, a perfume barato y a libertad.
Drake baila fatal. Yo bailo peor. Nos reímos como críos, gritamos la letra de canciones que no conocemos y cuando un tipo intenta acercarse demasiado, Drake lo aparta con una sonrisa y un «es mi mejor amiga, colega, ni lo intentes».
No hay tensión. No hay segundas intenciones.
Solo dos personas que se quieren y que esta noche han decidido mandar a paseo al mundo entero.
—¿Sabes qué es lo mejor de ti, Gray? —me grita Drake al oído por encima de la música.
—¿Qué?
—Que nunca finges. Eres la única persona que conozco que es cien por cien ella misma.
Le sonrío, con el corazón lleno.
—Tú también, idiota.
Bailamos otra canción. Y otra. Y cuando por fin salimos a la calle, sudorosos y riendo, con el pelo pegado a la frente y los pies doloridos, me siento más yo que en cualquier cena con mi padre o en cualquier cita con un Brandon-o-Brian de turno.
—Gracias. —Drake me rodea los hombros con el brazo mientras caminamos sin rumbo fijo—. Por esto. Por ser tú. Por no dejar que me hunda.
—Siempre. —Me apoyo contra él—. Aunque tu hermano sea un témpano insoportable y mi padre un controlador obsesivo, siempre nos tendremos el uno al otro.
—Amén.
Nos quedamos en silencio un momento, escuchando el rugido de la ciudad que nunca duerme.
Y en algún lugar de mi cabeza, una vocecita dice: Ojalá esto durara para siempre.
Pero nada dura para siempre.
Aunque esa noche, bajo las luces de neón de Nueva York, con mi mejor amigo a mi lado y la certeza de que al menos hay una persona en el mundo que me entiende sin que tenga que explicarme, casi puedo creerlo.