CAPÍTULO 1
ROYCE
Un mes antes…
Llevamos cuarenta y dos minutos de reunión y todavía no han dicho nada que merezca la pena escuchar.
Me apoyo contra el respaldo de la silla, de cuero italiano, diseño danés, comprada a propósito porque es imposible ponerse cómodo en ella, y observo a los cuatro miembros de mi departamento de marketing mientras trato de determinar si pertenecemos a la misma especie.
Llevan diez minutos intentando reunir el valor para ir al grano.
—Señor Harris. —Laura Kendall, directora de marketing, se aclara la garganta por tercera vez. Tiene las manos cruzadas sobre la carpeta que ha traído y no la ha abierto todavía—. Hemos analizado exhaustivamente los datos del último trimestre y…
—Y los resultados no son los esperados. —Termino la frase por ella porque esta lentitud me está poniendo de un humor infernal—. Lo sé. Por eso estamos aquí.
Laura parpadea. A su izquierda, Marcus (subdirector, treinta y dos años, demasiadas presentaciones en PowerPoint) traga saliva de forma audible.
Patético.
—Exacto. —Laura recupera la compostura con esfuerzo—. The Legacy Hotel está funcionando bien en términos operativos. Las críticas son excelentes, la ocupación es alta y el servicio está a la altura de nuestros estándares. Pero…
Espero. No digo nada. He descubierto que el silencio presiona más que cualquier pregunta.
—Pero su imagen pública está lastrando el potencial de crecimiento.
Ahí está.
Me inclino hacia delante y apoyo los codos en la mesa. Laura se pone rígida. Marcus mira hacia la ventana como si estuviera considerando tirarse por ella.
—Continúe.
—El mercado americano es… diferente al británico. —Las palabras salen atropelladas ahora, como si se las hubiera aprendido de memoria—. Aquí la accesibilidad es clave. Los consumidores de lujo quieren sentir que conocen a las personas detrás de las marcas. Quieren cercanía. Quieren…
—¿Quieren qué, señorita Kendall?
Ella se humedece los labios.
—Quieren que usted les caiga bien, señor Harris.
Me quedo en silencio.
Un silencio tan denso que puedo oír el sonido del reloj suizo en la pared y la respiración acelerada de Marcus.
—Entiendo. —Mi voz sale más fría de lo normal, lo cual significa que sale exactamente como pretendía—. ¿Y cuál es su propuesta? ¿Sonreír más en las entrevistas? ¿Fingir que me importa la opinión de un crítico de hoteles que no distingue un Chesterfield de un sofá de IKEA?
—No exactamente. —Laura abre por fin la carpeta. Dentro hay gráficos, estudios de mercado, análisis de percepción de marca. Todo inútil—. Hemos identificado tres estrategias que podrían suavizar su imagen pública de forma efectiva.
Suavizar.
Como si mi forma de ser fuera un problema de relaciones públicas que se soluciona con una campaña bonita y una sonrisa de dentífrico.
—Estoy escuchando.
Laura mira a Marcus. Marcus mira a Jennifer, la becaria que ha tenido la mala suerte de que la incluyan en esta reunión. Jennifer mira sus zapatos.
Idiotas. Les pago una fortuna y actúan como si estuvieran a punto de comunicarme que tengo una enfermedad terminal.
—La primera opción. —Laura respira hondo—. Sería… una relación pública. Una pareja. Alguien que suavice su imagen. Una mujer con carisma, accesible, querida por el público. Que aparezca en eventos con usted, que humanice su…
—No.
La palabra sale cortante como un cristal roto. Laura se calla a mitad de frase.
—Señor Harris, si me permite explicar los beneficios…
—He dicho que no, señorita Kendall. —Me levanto, camino hasta la ventana y miro Manhattan extendiéndose bajo mis pies como un imperio por conquistar—. No voy a convertir mi vida personal en un circo mediático para vender habitaciones de hotel.
Lo que no digo: no voy a repetir los errores de mis padres.
Lo que no digo: he visto lo que pasa cuando dos personas se juntan porque es conveniente, porque es lo que se espera, porque hay dinero y apellidos y contratos de por medio.
Lo que no digo: he pasado mi infancia entera escuchando portazos, infidelidades susurradas al teléfono, desprecios lanzados como cuchillos en cenas familiares donde la palabra «familia» era la mentira más grande de todas.
Mi padre odiaba a mi madre. Mi madre odiaba a mi padre. Y ninguno de los dos tuvo nunca la decencia de fingir que nos querían a nosotros.
El amor es un cuento para idiotas que creen en los finales felices. Yo construí un imperio precisamente porque aprendí a no creer en nada que no pueda controlar.
Y desde luego no voy a empezar ahora.
Me vuelvo hacia Laura. Tiene la boca apretada en una línea fina y las manos aferradas a la carpeta como si fuera un salvavidas.
Está claro que le molesta mi negativa.
No podría importarme menos.
—Siguiente opción.
Ella intercambia una mirada rápida con Marcus. Él apenas asiente, y Laura cuadra los hombros como un soldado que se prepara para la batalla.
—Eventos. Asistir a los eventos clave de la alta sociedad neoyorquina. Galas benéficas, subastas, partidos de golf en los clubs privados. Dejarse ver. Hacer networking con las personas adecuadas. Construir relaciones personales con…
—¿Con quién? —La interrumpo—. ¿Con herederos que no han trabajado un día en su vida? ¿Con inversores que piensan que el golf es una habilidad profesional? ¿Con mujeres que ven un apellido antes de ver a una persona?
Laura no responde. No hay respuesta posible.
Porque sabe que tengo razón.
Porque en el fondo todos en esta sala saben exactamente lo que pienso de la alta sociedad americana: es un circo de apellidos, dinero y conversaciones vacías donde todos sonríen y nadie dice la verdad.
Crecí en ese mundo. En Inglaterra es igual: fiestas en mansiones y cenas interminables donde mi madre coqueteaba con el socio de mi padre mientras él fingía no darse cuenta, demasiado ocupado planeando su siguiente affaire.
Juegos de poder disfrazados de educación. Crueldad envuelta en buenos modales.
No, gracias.
—Pero es necesario, señor Harris. —La voz de Marcus suena temblorosa—. Aquí las cosas funcionan así. Si quiere que lo acepten, tiene que jugar según sus reglas. Aunque sea temporalmente.
Lo miro. Aparta la vista en menos de dos segundos.
—¿Cuál es la tercera opción?
Laura cierra los ojos un momento, como si estuviera rezando, y luego vuelve a abrirlos con determinación renovada.
—Escribir un libro. Sus memorias. Una biografía autorizada que cuente su historia. De dónde viene, cómo construyó el imperio, qué lo motiva. Algo que permita al público conocerlo de verdad. Ver el lado humano detrás del empresario.
Me quedo inmóvil.
—¿El lado humano?
—Exacto. —Laura se anima, como si por fin hubiera dado con algo que tiene sentido—.
Controlaría la narrativa por completo. Elegiríamos al escritor, supervisaría cada capítulo, nada se publicaría sin su aprobación.
Pero sería una ventana. Una forma de mostrar que hay una persona detrás de Harris Legacy Hotels.
Alguien con una historia, con valores, con…
—¿Con sentimientos? —Termino la frase por ella, y mi tono es tan gélido que Jennifer se estremece—. ¿Quieren que les cuente a perfectos desconocidos cómo me siento?
—Queremos que conecten con usted. —Laura no retrocede, hay que reconocérselo—. La gente no reserva habitaciones en hoteles, señor Harris. Reserva experiencias. Historias. Y las historias necesitan un narrador en el que puedan confiar.
La miro durante cinco segundos.
Ella sostiene mi mirada durante dos segundos más de lo que esperaba.
Quizás no sea tan idiota como pensaba.
Pero sigue equivocada.
—Déjenme ver si lo he entendido bien. —Camino de vuelta a la mesa despacio, con las manos en los bolsillos, y mi voz baja medio tono—.
Quieren que encuentre una mujer que finja quererme para las cámaras.
O que pase mis fines de semana en clubs de campo fingiendo que me importa el hándicap de golf de un inversor texano.
O que me siente con un escritor y le cuente mi infancia como si fuera terapia de grupo.
Silencio.
—¿Esas son las tres opciones que me traen después de seis semanas de análisis?
Laura abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.
—Señor Harris, con el debido respeto…
—No. —Cojo la carpeta de la mesa, la cierro de golpe y se la devuelvo—. Con el debido respeto, señorita Kendall, les pago una fortuna. Una fortuna considerable. Y esto… —señalo la carpeta— es basura.
Me dirijo hacia la puerta mientras siento tres pares de ojos clavados en mi espalda, tres respiraciones contenidas esperando el golpe final.
Me detengo en el umbral y me vuelvo a medias.
—Tienen una semana. Quiero soluciones reales, no cuentos de hadas sobre relaciones falsas y biografías lacrimógenas. Quiero estrategias que funcionen sin convertir mi vida en un reality show. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor Harris. —La voz de Laura suena baja, derrotada.
Bien.
Salgo y cierro la puerta tras de mí con un clic suave que resuena como un disparo.
El pasillo está en silencio. Ventanales de suelo a techo, mármol italiano bajo mis pies, el logo de Harris Legacy Hotels grabado en acero pulido en la pared del fondo.
Esto es lo que importa. Esto es lo que controlo.
Piedra, acero, contratos, números. Cosas sólidas. Cosas que no mienten, que no te traicionan, que no te prometen amor eterno y luego te destrozan mientras sonríen.
Saco el móvil del bolsillo y reviso los emails mientras camino hacia mi despacho. Me han llegado diecisiete mensajes nuevos en los últimos cuarenta minutos. Tres requieren respuesta inmediata, cinco pueden esperar hasta mañana, el resto es ruido.
Archivo, respondo, delego.
Eficiencia. Control. Resultados.
Todo lo demás es una distracción.
Entro en mi despacho y cierro la puerta. Silencio absoluto. Así me gusta. Me aflojo la corbata, el único gesto de relajación que me permito, y me acerco a la ventana otra vez.
En algún lugar ahí abajo están los herederos idiotas y los escritores que creen que pueden conocer a alguien haciéndole preguntas incómodas.
En algún lugar ahí abajo está la solución que necesito y que mi departamento de marketing es incapaz de encontrar.
Tiene que haberla.
Siempre hay una solución. Solo es cuestión de tiempo, análisis y estrategia correcta encontrarla.
Y si tengo que asistir a alguna gala ridícula o sonreír en alguna entrevista para conseguir lo que quiero, lo haré.
Pero bajo mis términos.
Nadie (ninguna mujer, ningún escritor, ningún inversor con hándicap de golf) va a acercarse lo suficiente como para ver las grietas en mi armadura.
Porque no las hay.
Me he asegurado de ello.