Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5)
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PRÓLOGO
HANNAH
Desear al hermano de tu prometido tiene que estar en el top tres de cosas que una mujer decente no debería hacer.
Lo sé. Lo tengo clarísimo. Me lo estoy repitiendo ahora mismo, mientras lo hago.
Pero es mucho más fácil de decir que de hacer, porque Royce Harris se ha quitado la corbata sin dejar de estudiar el plano de una tubería reventada, y desde ese momento exacto mi fuerza de voluntad y yo hemos dejado de dirigirnos la palabra.
Me muerdo el interior de la mejilla y finjo que anoto algo profesional en el cuaderno. Algo que no sea: «¿Será capaz el pobre botón de la camisa de Royce de aguantar todos esos músculos sin explotar?».
Vale, en mi defensa: el compromiso es falso.
Falsísimo. Un acuerdo que me parecía una buena idea hace un mes y que ahora, sentada en esta suite de The Legacy viendo cómo Royce despliega planos de tuberías sobre la mesa como si fueran mapas para ganar una batalla, va camino de ser la peor decisión que he tomado en mi vida.
Porque, por mucho que ni yo ni mi futuro marido estemos enamorados, no debería estar catalogando la forma en que a su hermano se le tensa en los hombros la tela de la camisa blanca cuando señala un punto del plano y le suelta una orden cortante a un ingeniero que acaba de entrar sudando.
—Aquí. —La voz de Royce es puro control—. Cortad el suministro de esta sección y redirigidlo por la tubería secundaria. Tenéis veinte minutos.
El ingeniero asiente tres veces seguidas y sale disparado. Royce ni siquiera levanta la vista. Vuelve al plano, se frota la nuca y, por un momento, la camisa se le abre un poco más.
Aparto la mirada.
Demasiado tarde.
Ya he visto el triángulo de piel que la corbata ocultaba: cuello, clavículas, el inicio del pecho. Si mirar el cuello de otro hombre que no sea tu prometido es pecado, que el diablo me vaya reservando una plaza en el infierno. Con vistas, si puede ser.
—¿Tiene algo que decir, señorita Gray?
Me sobresalto. Royce sigue inclinado sobre el plano, pero sus ojos grises están clavados en mí.
Los mantiene ahí un instante largo, sin ninguna prisa por soltarme.
No parpadea. Yo tampoco. El aire de la habitación se ha vuelto denso, o puede que sea yo, que he olvidado cómo funciona el asuntillo de respirar.
—No. Nada. —Consigo que mi voz suene casi normal—. Solo estaba pensando que esto nos podría dar para un capítulo estupendo. «El día que Royce Harris venció a las tuberías» —bromeo, pero a Royce no le hace ninguna gracia.
Este hombre tiene el sentido del humor de una cámara acorazada.
Baja otra vez la vista al plano sin decir nada más, pero su boca se ablanda un punto, ni sonrisa ni indiferencia, lo justo para decirme que ha pillado el sarcasmo. Y que no le ha molestado.
O puede que me lo esté inventando, porque llevo una hora entera en esta suite y el olor de su colonia me está friendo las neuronas.
Concéntrate, Hannah.
Eres una profesional. Has venido a escribir la biografía de este hombre, no a contar las veces que se remanga la camisa mientras desactiva una crisis sin despeinarse.
Hay algo obsceno en la eficacia de Royce Harris.
No debería ser sexy ver a un hombre gestionar una avería.
Pero aquí estoy, con el bolígrafo suspendido sobre el cuaderno, viéndolo movilizar a media plantilla del hotel con esa calma letal que hace que todos salgan corriendo a cumplir sus órdenes.
No grita. No tiene que hacerlo. Baja la voz medio tono y el mundo se pone firme.
Es competencia destilada.
Y yo, idiota integral, me he pasado la última media hora excitándome con un diagrama de fontanería.
Muerdo el capuchón del bolígrafo y me refugio en mis notas. «Royce Harris: hombre de acción. Resuelve problemas. No sonríe nunca. Ni siquiera cuando debería.» Subrayo lo de «nunca». Dos veces. Como si eso fuera a ayudarme.
No va a ayudarme.
Porque el problema no es que Royce sea hermético, distante y tan cálido como un contrato prematrimonial.
El problema es que todo eso, esa coraza de hielo, esa forma de no ceder ni un milímetro, hace que cada mínimo gesto parezca una concesión enorme.
Cuando se afloja la corbata, es un acontecimiento.
Cuando me mira dos segundos de más, mi estómago registra el impacto como si acabara de decirme algo importante.
Lo cual es ridículo.
Royce Harris no me dice nada importante. Apenas me habla. Llevo tres semanas intentando sacarle algo personal para la biografía y lo máximo que he conseguido es una lista de sus hoteles favoritos y una explicación detallada de por qué la competencia no entiende el concepto de «lujo atemporal».
De su familia, de su infancia o de sus emociones no le he sacado ni una palabra.
Y aun así, aquí estoy. Prometida con su hermano (prometida sin amor, que conste) e incapaz de apartar los ojos de la línea de su mandíbula mientras estudia el plano como si las tuberías le hubieran ofendido personalmente.
Alguien debería haber incluido una cláusula en el contrato que firmamos para la biografía. Algo tipo: «La parte A se compromete a no desear en secreto a la parte B bajo ninguna circunstancia, y mucho menos mientras la parte B resuelve crisis con las mangas de la camisa remangadas».
Demasiado tarde para eso.
Royce se incorpora, se revuelve el pelo con un gesto rápido, casi impaciente, y por un segundo parece humano. Cansado. Real. Entonces sus ojos vuelven a encontrarse con los míos y la máscara regresa: control absoluto, ni una grieta en su imagen.
—¿Ha apuntado algo útil, señorita Gray?
—Estoy considerando escribir un capítulo entero sobre su capacidad de liderazgo en situaciones de crisis. —Sonrío, dulce como la sacarina—. Aunque igual le cambio el título a «Frío industrial».
Esta vez sí: la comisura de su boca se mueve. Medio milímetro. Si parpadeo, me lo pierdo.
—Haga lo que considere oportuno. —Se inclina de nuevo sobre el plano—. Para eso le pago.
Para eso me paga.
Este hombre es un idiota.
Cierro el cuaderno de un golpe seco y me obligo a mirar por la ventana. Manhattan al atardecer: rascacielos, tráfico, miles de vidas que no incluyen desear al hombre equivocado en la habitación equivocada.
El aire huele a madera oscura, a dinero y a decisiones pésimas.
Y yo sigo aquí, con el cuaderno cerrado en el regazo y el pulso desbocado, preguntándome:
¿Cómo demonios he acabado en esta situación?