Mi Jefe Irresistible (Jefes Insoportables nº 5) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

HANNAH

El lunes llego a The Legacy a las siete y cincuenta de la mañana con un café en cada mano, el portátil en el bolso y una ilusión absurda que me burbujea en el pecho.

Voy a escribir la biografía de Royce Harris.

No un artículo de quinientas palabras que nadie va a leer. No una columna de sociedad sobre quién llevaba qué en la gala benéfica de turno. Una biografía. Un libro de verdad con mi nombre en la portada y mi apellido valiendo por algo más que por la fortuna de mi padre.

Claire me sonríe desde recepción y me indica que siga. Royce me espera en su despacho con la puerta abierta, de pie junto a la ventana, mirando Manhattan como si la ciudad le debiera dinero. Se gira cuando entro y su mirada baja al café que llevo en la mano derecha.

—Buenos días, señor Harris. —Le tiendo el vaso—. Americano, solo, sin azúcar. He supuesto que le gusta así.

Royce coge el café sin rozarme los dedos, un movimiento calculado al milímetro.

—Ha supuesto bien. Gracias. —Le da un sorbo, asiente una vez—. Siéntese.

Me siento en una de las sillas frente a su escritorio mientras él rodea la mesa y se sienta al otro lado. Saco el portátil, abro un documento nuevo y levanto la vista, preparada.

—¿Por dónde empezamos?

Royce se recuesta en la silla y cruza las manos sobre el estómago en un gesto que ya empiezo a reconocer: es su posición de control absoluto.

—Por el principio. Harris Legacy Hotels se fundó en 1952. Mi abuelo, Thomas Harris, abrió el primer establecimiento en Londres, en Mayfair.

Y así empezamos.

Durante la siguiente hora, Royce me cuenta la historia de la cadena hotelera con la precisión de una enciclopedia.

Fechas exactas. Cifras de ocupación. Estrategias de expansión.

Nombres de socios, inversores, ciudades clave.

Lo anoto todo, con los dedos volando sobre el teclado, mientras él habla con esa voz grave y pausada de quien no espera que lo interrumpan.

Es brillante. Organizado. Aburrido a morir.

Cuando hace una pausa para beber café, aprovecho.

—Todo esto es muy útil para el contexto. Pero me gustaría saber más sobre usted. —Sonrío, intentando suavizar la petición—. ¿Cómo fue crecer en una familia con ese legado? Debía de haber mucha presión.

Royce deja el vaso sobre la mesa con cuidado.

—La presión es parte del trabajo. Siguiente pregunta.

Parpadeo.

—Eso… no es una respuesta.

—Es la única que va a obtener sobre ese tema. —Me sostiene la mirada—. Siguiente pregunta, señorita Gray.

Aprieto los dientes, vuelvo al documento y me hago una nota en mayúsculas: ROYCE HARRIS ES UN TÉMPANO ANDANTE.

—De acuerdo. ¿Qué lo motivó a estudiar Empresariales? ¿Siempre supo que quería dirigir la cadena?

—Sí.

Espero a que continúe. No lo hace.

—¿Sí… y?

—Y estudié Empresariales porque era la formación lógica. —Se encoge de hombros—. Siguiente pregunta.

Dios mío.

Esto va a ser más difícil de lo que pensaba.

El martes vuelvo a las ocho en punto, esta vez sin café. Si Royce quiere cafeína, que se la busque él.

Nos instalamos en la misma sala de cristal donde firmamos el contrato. Royce se sienta en un extremo de la mesa, yo en el otro. Hay muchos metros de distancia que no amortiguan la tensión en absoluto.

—Hábleme de su primer día como CEO. —Tengo el bolígrafo preparado, la libreta abierta—. ¿Qué sintió?

—Responsabilidad.

Una palabra. Una sola palabra.

—¿Responsabilidad? —repito, esperando que se explaye.

—Sí.

—¿Responsabilidad… y?

—Y nada más que añadir. —Royce consulta su reloj—. ¿Siguiente pregunta?

Me muerdo el interior de la mejilla con tanta fuerza que noto el sabor metálico de la sangre.

—Señor Harris, comprendo que sea una persona… reservada. Pero si no me da algo con lo que trabajar, esta va a ser la biografía más aburrida jamás escrita.

—No tiene que ser entretenida. Tiene que ser precisa.

—Tiene que ser ambas cosas. —Me inclino hacia delante—. La gente no quiere leer un informe anual. Quiere conocerlo. Entender qué lo mueve, qué lo asusta, qué…

—No me asusta nada.

Lo dice con tanta frialdad que casi me río.

—Todo el mundo tiene miedos.

—Yo no. —Se levanta, dando por terminada la conversación—. Nos vemos mañana, señorita Gray. Misma hora.

Salgo de The Legacy con las manos apretadas en puños y la certeza de que Royce Harris está llevando el concepto de hermético a niveles patológicos.

El miércoles lo intento desde otro ángulo.

—Hábleme de Drake. —Sonrío, buscando un terreno común—. ¿Cómo era de niño?

Algo asoma en la cara de Royce y desaparece al instante.

—Esa información no es relevante para la biografía.

—Su hermano es el director de Relaciones Institucionales de su empresa. Es más que relevante.

—Mi relación con Drake es privada.

—Su relación con Drake es parte de su vida. Y su vida es lo que estoy intentando documentar. —Dejo el bolígrafo sobre la mesa—. No puede esperar que escriba un libro sobre usted sin incluir a las personas importantes de su vida.

Royce me mira durante cinco segundos interminables.

—Drake era un niño feliz. ¿Siguiente pregunta?

Cierro los ojos y cuento hasta diez.

Luego hasta veinte.

No funciona.

—Señor Harris, con el debido respeto, me está poniendo esto imposible.

—No sabía que necesitara que se lo pusiera fácil, señorita Gray. —Su tono es cortante—. Pensaba que era usted una profesional.

La rabia me sube por la garganta como lava.

—Soy profesional. Por eso estoy intentando hacer mi trabajo. Que es escribir una biografía, no un catálogo de muebles de oficina.

—Si no está satisfecha con el material que le proporciono, es libre de rescindir el contrato.

Me levanto de golpe y la silla rechina contra el suelo.

—¿Sabe qué? Tiene razón. Esto es una pérdida de tiempo. El suyo y el mío.

Cojo el bolso y salgo de la sala con el corazón desatado. Llego al ascensor, aporreo el botón y espero, respirando por la nariz.

Las puertas están a punto de cerrarse cuando una mano se interpone.

Royce.

Entra al ascensor sin mirarme, pulsa el botón de la planta baja y se coloca en el lado opuesto, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa.

Bajamos en silencio.

Treinta pisos.

Veintinueve.

Veintiocho.

—No voy a hablar de mi infancia. —Su voz corta el silencio como una esquirla de cristal—. Ni de mis padres. Ni de nada que no sea estrictamente profesional.

Me vuelvo hacia él, furiosa.

—Entonces ¿de qué demonios voy a escribir? ¿De los trajes que se pone cada día? ¿Del color de sus corbatas?

Royce gira la cabeza y me clava esa mirada gris.

—Escriba sobre lo que construí. Sobre las decisiones que tomé. Sobre el imperio que levanté desde cero.

—Usted no lo levantó desde cero. Lo heredó.

El aire del ascensor se vuelve glacial.

—Heredé una cadena de hoteles respetable. La convertí en un imperio global. —Da un paso hacia mí—. Esa es la historia. Lo demás no le incumbe.

—Todo me incumbe si voy a escribir su biografía. —No retrocedo, aunque todo en mí me grita que lo haga—. No puede elegir qué partes de su vida existen y cuáles no.

—Puedo. Y lo haré.

Veintidós pisos.

Veintiuno.

Mi respiración sale entrecortada.

—Es usted imposible.

—Y usted es insistente.

—Es mi trabajo ser insistente.

—Pues yo hago mi trabajo manteniéndola a distancia. —Suena a golpe seco—. Acostúmbrese.

Las puertas del ascensor se abren en la planta baja. Royce sale primero, sin mirar atrás, y me deja con el corazón acelerado y un temblor en las manos.

El jueves llego a las ocho y cinco. Cinco minutos tarde a propósito, como una venganza infantil que no le va a importar lo más mínimo.

Claire me mira con cara de pena cuando paso por recepción.

—Sala de reuniones C. El señor Harris la espera.

Faltaría más.

Entro a la sala y Royce levanta la vista de su portátil. Me observa llegar tarde, sentarme, sacar mis cosas, sin decir una palabra sobre los cinco minutos de retraso.

—Buenos días, señorita Gray.

—Buenos días. —Abro la libreta—. Supongo que hoy tampoco va a contarme nada personal.

—Supone bien.

—Perfecto. —Dibujo un círculo en la esquina de la página y casi atravieso el papel—. Entonces hablemos de sus hoteles. ¿Cuál es su favorito?

—No tengo favoritos.

—¿Cuál visita más a menudo?

—Todos por igual.

—¿Cuál le costó más trabajo levantar?

—Todos requirieron el mismo esfuerzo.

Dejo caer el bolígrafo sobre la libreta.

—¿Sabe qué? Creo que voy a escribir la biografía más corta de la historia. «Royce Harris: un hombre que construyó hoteles, no sintió nada al respecto y murió solo rodeado de balances de cuentas.» Fin.

Por primera vez en cuatro días, Royce sonríe.

Es una sonrisa pequeña, apenas un tirón en la comisura de los labios, pero está ahí.

—Eso sería inexacto. No pienso morir solo. Pienso morir en mi despacho, trabajando.

—Genial. Así tendré un final para el libro.

—Me alegra ser útil.

Nos miramos a través de la mesa. La sonrisa de Royce se ha desvanecido, pero algo en sus ojos ha cambiado. Un asomo de humor, casi.

Casi.

—Señor Harris. —Respiro hondo—. Sé que no confía en mí. Y entiendo por qué. No nos conocemos. Soy la prometida de su hermano y probablemente piensa que voy a escribir alguna tontería sensacionalista sobre su vida para vender más ejemplares.

—La posibilidad se me había pasado por la cabeza.

—Pues no lo voy a hacer. —Me inclino hacia delante—. Quiero escribir algo real. Algo que importe. Pero no puedo hacerlo si usted me da solo respuestas de tres palabras y miradas de hielo.

Royce tamborilea los dedos sobre la mesa, pensando.

—¿Qué quiere saber exactamente?

—Todo. —Ni siquiera lo pienso—. Quiero saber por qué trabaja dieciocho horas al día. Qué lo despierta a las tres de la madrugada. Por qué mira Manhattan como si quisiera comprarlo entero. Qué pasó en su vida para que construyera muros tan altos que ni siquiera su hermano puede escalarlos.

El silencio que sigue se podría cortar con un cuchillo.

Royce se levanta despacio y camina hacia la ventana. Se queda ahí, de espaldas a mí, con las manos en los bolsillos.

—Mi vida privada no está en venta, señorita Gray.

—No estoy intentando comprarla. Estoy intentando entenderla.

—¿Por qué?

La pregunta me desarma.

—Porque… —Busco las palabras—. Porque su departamento de marketing tiene razón. La gente lo ve como un hombre frío e inaccesible. Y tal vez lo sea. Pero tiene que haber algo más. Nadie construye lo que usted ha construido sin una razón que vaya más allá del dinero.

Royce no se vuelve.

—¿Y si no hay nada más?

—No me lo creo.

—Pues debería. —Su voz suena cansada de repente—. Trabajo porque es lo único que se me da bien. Levanto hoteles porque es lo que sé hacer. No hay ningún trauma oculto. Ninguna gran revelación. Solo disciplina y control.

Me levanto y me acerco a la ventana. Me detengo a un metro de él, lo bastante cerca para ver su reflejo en el cristal.

—Entonces ¿por qué me rechaza cada vez que intento acercarme?

Royce gira la cabeza, mirándome por encima del hombro.

—Porque usted no debería estar intentando acercarse, señorita Gray. —Hay algo peligroso en su voz—. Mantenga la distancia. Es lo mejor para ambos.

El aire entre nosotros vibra.

—¿Mejor para ambos o mejor para usted?

Royce no responde. Se limita a sostenerme la mirada durante tres segundos que duran tres horas. Luego se aparta y el momento se rompe.

—Hemos terminado por hoy. Nos vemos el lunes.

—Hoy es jueves.

—Lo sé. —Coge su portátil y camina hacia la puerta—. Tómese el viernes libre, señorita Gray. Ambos necesitamos espacio.

Sale de la sala antes de que pueda replicar.

Me quedo sola junto a la ventana, con el pulso disparado y la certeza absoluta de que Royce Harris no está huyendo de mis preguntas.

Está huyendo de mí.

Esa noche, tumbada en mi cama del West Village con el portátil sobre las piernas, reviso las notas de los últimos cuatro días.

Tres páginas.

Cuatro días de entrevistas y tengo tres páginas de información útil.

El resto son respuestas de una palabra, silencios incómodos y un muro infranqueable con traje de tres piezas.

Cojo el móvil y le escribo a Drake: Tu hermano es oficialmente la persona más hermética del planeta. ¿Seguro que es humano?

La respuesta llega en menos de un minuto: Te dije que era un témpano. ¿Ya te has rendido?

Miro la pantalla, mordiendo el capuchón del bolígrafo.

Jamás.

Porque Hannah Gray no se rinde. Ni con los artículos que nadie quiere publicarle. Y desde luego no con Royce Harris, por muy hermético que sea.

Voy a romper esa coraza.

Aunque me cueste el resto de mi cordura.