Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 19
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Capítulo 19

Míriam se fue y yo estoy sentada mirando el palito del test que tengo en la mano.

¿Y ahora qué? Míriam estaba segura de que el resultado es positivo.

Yo todavía no me lo quiero creer y empiezo a buscar en Internet.

Google me dice que también podría ser una línea de evaporación.

O que esté en mis primeros días de embarazo y aún no haya suficientes hormonas para que la línea se vea definida.

Genial. Ahora estoy igual que antes.

Para calmar los nervios decido salir de casa a dar una vuelta. Camino hasta el parque, donde a esta hora ya hace más fresquito. Me pongo los auriculares para escuchar música y consigo relajarme un poco.

De lejos veo a una pareja caminando de la mano. Parecen enamorados... Se acercan y veo que ella tiene una barriga de embarazada enorme. La chica debe de haberse pasado ya de los nueve meses.

¿Será verdad lo que dicen, que cuando sospechas que estás embarazada te cruzas nada más con mujeres que lo están?

Mientras tanto, YouTube interrumpe mi canción favorita para ponerme un anuncio de... ¡carritos de bebé!

Me quito los auriculares. Se acabó el paseo. Voy a ver a Ana a la cafetería.

—¡Clara! —Ana me saluda con una sonrisa—. ¿Qué te pongo? ¿Una caña y unas aceitunas?

Asiento, pero enseguida me rectifico.

—Las aceitunas sí, pero mejor una limonada.

Si estuviera embarazada, las cañas se acabaron para mí por un tiempo.

Bueno, parece que ya me estoy haciendo a la idea.

Clara, quítate eso de la cabeza, me digo a mí misma. Seguro que es una falsa alarma.

En la cafetería hay poca gente y Ana se sienta un rato conmigo.

—Cuéntame, Clara, ¿cómo va todo?

Enseguida se da cuenta de mi cara de agobio.

—¿Pasa algo?

Me acerco y le digo al oído para que nadie más me oiga:

—Me acabo de hacer un test de embarazo.

—¿Cómo?

—Llevo un retraso de nueve días —añado despacio.

A Ana de repente se le ilumina la cara.

—¡No me digas que estás embarazada! ¿Pero de quién? ¿De tu novio millonario?

—Shhh, cállate.

Me llevo el dedo a los labios para hacerle saber que nadie debe enterarse de esto.

—Pues no estoy segura...

Le cuento el dudoso resultado y lo nerviosa que estoy.

—¿Y ya has hablado con él? —me pregunta.

—Pero si no nos hablamos desde hace dos semanas. No quiero decirle nada. No quiero complicarle la vida. Él ya tiene bastante con su divorcio. Además, ¡imagínate si se entera su ex!

Me llevo las manos a la cara.

Ana pone una mueca de duda.

—Quizá exista la posibilidad de que se alegre si se lo cuentas, ¿no crees?

Me quedo pensando. ¿Cómo se tomaría Adrián la noticia? ¿Y si le hace ilusión?

Mi mente se va por un instante y me veo a Adrián y a mí paseando por el parque de la mano, yo con una barrigota enorme y él mirándome con una sonrisa... igual que la pareja que vi antes.

De repente siento un pequeño cambio dentro de mí. ¿Y si estuviera embarazada y tuviera a ese bebé...?

Qué bonito sería tener un pequeño Adrián.

Uno con rizitos oscuros y ojos negros, igual que él.

—Pero, aun así, no podremos estar juntos.

Agacho la cabeza, triste.

Ana me toma de las manos.

—Si realmente estás embarazada, cuéntaselo. No creo que sea capaz de dejarte sola en esto. Después de todo lo que me contaste, no parece ser el tipo de hombre que se desentiende de sus responsabilidades. Creo que sí le importas.

La miro. Quizá tenga razón. Había decidido no volver a hablar con él, pero parece que el destino no está de acuerdo con mi decisión. Aun así, voy a esperar hasta saberlo con seguridad.

Me voy a casa, preparo la cena y le abro una lata a Pelusa. Le traje una de sus favoritas del súper y ella ronronea y se restrega contra mis piernas mientras le lleno el cuenco.

Para mimarme un poco después del estrés emocional de estos últimos dos días me preparo mi comida favorita. Una pizza cuatro quesos con pepperoni por encima.

Tiene calorías para no tener que volver a comer en dos días, pero me da igual.

¿No será que ya empiezo con los antojos? Mi mente empieza a divagar otra vez. Clara, relájate un poco.

Por mucho que lo sobrepienses, será lo que tenga que ser...

Ahora toca pizza, sofá y una peli divertida.

En la primera interrupción publicitaria mi barriga empieza a rugir. Quizá me he pasado con la pizza. Dos trozos hubieran sido más que suficientes.

Me da un retortijón y voy corriendo al baño.

¿Por qué siempre tengo que exagerar con todo? Con la comida, en el amor... Debería tomarme las cosas con más calma.

De repente noto unas gotas de sangre en la toallita.

No será que... Evidentemente, los retortijones no eran por la pizza.

Me acaba de venir la menstruación.

Así que fue una falsa alarma.

Me vuelvo al sofá.

Debería sentirme aliviada. El problema se resolvió solo. Pero algo dentro de mí se siente triste. Agarro a Pelusa para darle un abrazo. Esta vez se deja y no sale corriendo.

Intento concentrarme en la película. La protagonista se va de viaje romántico a la nieve con su novio. La historia no ayuda a distraerme y, además, ¿por qué ponen una peli de Navidad en pleno agosto?

Decido apagar la tele e irme a la cama cuando, de repente, tocan el timbre.

No espero visitas tan tarde.

Abro la puerta solo lo justo para asomar la cabeza y veo a... ¡Adrián!

—¡Clara! —exclama nada más verme.

Lo veo sobresaltado, como si hubiera venido corriendo.

—¿Pero qué haces aquí?

—Déjame entrar, Clara... por favor.

Abro la puerta y Adrián se acerca y me abraza. Me envuelve en sus brazos y yo lo permito.

—Clara... —repite, mirándome a los ojos—. ¿Estás bien?

Asiento, sorprendida.

—Míriam me llamó. Me contó que estás...

Me suelto de sus brazos.

—Puedes quedarte tranquilo —le interrumpo, seria—. No lo estoy. Me acaba de venir la menstruación.

Agacho la cabeza.

—Clara, perdóname. Nunca debería haberte dejado sola. Y menos en un momento así. ¿Por qué no me llamaste?

—No quería preocuparte ni complicarte la vida más aún. Pero puedes estar tranquilo. Fue una falsa alarma, nada más. No tienes que hacerte cargo de nada.

—Clara... No he venido solo porque pensaba que estabas embarazada —me dice con voz seria—. Cuando Míriam me lo contó, de repente me di cuenta de algo.

Adrián se acerca y vuelve a abrazarme. Me aprieta fuerte contra su pecho.

—No puedo traicionarme a mí mismo. No puedo hacer como si no sintiera nada por ti.

Me separo un poco de él y busco sus ojos.

—Clara, me da igual lo que me diga mi familia. Me importa un carajo tener unos cuantos hoteles menos.

Hace una breve pausa.

—Pero me di cuenta de que lo que no puedo hacer es traicionarnos a nosotros. Tú me importas más que todo eso. Y no voy a renunciar a ti, aunque lo pierda todo.

Lo miro incrédula. ¿Lo va a dejar todo por mí?

Me lanzo a sus brazos y las lágrimas me salen solas. Se resbalan por mis mejillas y, con ellas, se va toda la tensión y la tristeza que llevaba acumuladas dentro de mí.

—Adrián... —susurro entre sollozos—. Has vuelto.

Nos quedamos en el pasillo abrazándonos y acariciándonos. Algo dentro de mí me dice que esta vez ya no habrá despedidas. Estamos donde siempre queríamos estar... juntos.