Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 20
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Capítulo 20

Adrián me da besitos en el cuello mientras acaricia mi cintura.

—Buenos días, cariño.

Lo envuelvo con mis brazos y me pego a él.

Nos besamos suave y lentamente. Quiero absorber toda esa ternura, quedarme con su olor, fundirme con sus caricias.

Adrián me abraza fuerte y después me mira con ojos tiernos.

—Ya es hora de levantarnos, cariño.

—¿De verdad no nos podemos quedar unas horas más aquí? —le digo con un guiño.

Adrián se ríe y me da un beso en la boca.

—Tenemos trabajo que hacer, pero te prometo que, cuando acabemos, enseguida volveremos a esta cama.

Me da unos mordiscos juguetones en la nuca.

Nos levantamos, preparo café y hago tostadas para desayunar.

—Te llevaré al hotel —me dice mientras unta su tostada con mantequilla—. Así no tienes que ir en autobús.

Nos vestimos. Adrián se abrocha la camisa blanca y se ajusta la corbata. Se ve demasiado sexy con ese traje.

El jefe autoritario, pero en mi cama se convierte en un cachorro juguetón, pienso, y me río para mis adentros.

Salimos de la casa. Esta vez es diferente. Adrián ya no se pone gorra ni gafas de sol para pasar desapercibido. Me toma de la mano, bajamos las escaleras y salimos a la calle.

En la puerta ya nos espera la limusina. El chófer nos saluda con un amable «Buenos días» y, mientras me abre la puerta, me lanza un guiño.

Tengo la sensación de que él nunca tuvo dudas de cómo iba a acabar esta historia.

Me meto en la limusina y, de reojo, veo a la vecina del tercero, que justo llega de comprar el pan, mirándome con los ojos enormes y la boca abierta.

—¡Que tenga un buen día, vecina! —no puedo evitar dedicarle una sonrisa de oreja a oreja.

Llegamos al hotel.

Pensé que la limusina iba a parar solo para dejarme salir y que Adrián seguiría su camino. Pero, en vez de eso, le indica al chófer que aparque y sale del coche primero para abrirme la puerta.

Me toma de la mano, nuestros dedos se entrelazan y caminamos juntos hacia la entrada del hotel.

Se gira hacia mí y me sonríe.

El portero nos saluda inclinando la cabeza.

El mármol del suelo brilla hoy más que nunca, como si las chicas de la limpieza se hubieran esforzado especialmente para recibirnos. Camino con paso seguro de la mano de Adrián.

Nos acercamos a la recepción, donde las chicas nos saludan con su sonrisa perfecta y amable de siempre, aunque hoy me parece ver alguna que otra expresión de asombro en sus caras.

Míriam justo sale de la oficina. Cuando nos ve, se lleva las manos a la cara, sorprendida, para enseguida esbozar una sonrisa de oreja a oreja.

En ese momento, Miguel, el director, llega del bar del lobby después de haberse tomado su primer espresso de la mañana.

Al verlo, Adrián lo saluda con una sonrisa.

—¡Buenos días, Miguel!

Se le nota la alegría en la voz.

Miguel se queda parado, nos mira con la boca abierta y no le sale ni una sola palabra.

Al ver su cara de asombro, no puedo evitar soltar una pequeña risa.

Adrián se gira hacia mí, pone las manos en mi cintura y me da un beso largo y cariñoso para despedirse.

—Nos vemos en casa, cariño.