Capítulo 18
—Clara, pásame la carpeta azul.
Míriam está nerviosa.
—Los informes tienen que estar listos para el día ocho, me dijo Miguel.
Intento tranquilizarla.
—Todavía nos quedan unos cuantos días.
—¿En qué día de la semana cae el ocho, Clara?
Abro el móvil y miro el calendario.
—En jueves. Estamos a lunes. ¿Ves? ¡No tienes que estresarte tanto!
Miro el móvil de nuevo. Lunes, 5 de agosto. Y me doy cuenta de que algo no cuadra. Empiezo a contar los días.
—No puede ser... —murmuro para mí.
Míriam levanta la vista.
—¿Pasa algo, Clara?
—Nada... —digo distraída, y vuelvo a contar.
Han pasado uno, dos, tres…
Mierda, no puede ser.
Ahora mismo me doy cuenta de que mi menstruación debería haberme venido hace ocho días.
Siento cómo mi corazón empieza a palpitar con fuerza.
—¿Estás bien, Clara?
La miro. No sé si decírselo o no.
Vuelvo a la lista de correos que hay que contestar, pero me resulta imposible concentrarme.
Quizá sea por el estrés de los últimos días. O por el calor.
Seguro que no es nada. No tengo por qué preocuparme.
Vuelvo a los correos, pero la duda sigue rondándome la cabeza.
Al día siguiente, por la mañana, voy al baño nada más levantarme.
Nada.
Y me siento normal. Ni dolor de cabeza ni el mal humor que me entra a veces unos días antes de la menstruación.
Cojo el móvil y vuelvo a mirar el calendario.
Desde la última vez que estuve con Adrián han pasado ya algo más de dos semanas.
Así que, teóricamente, podría ser que estuviera...
No me atrevo ni a pensar la palabra.
¿Y qué pasa si...?
Clara, mantén la calma. Seguro que solo es un pequeño retraso.
Inspiro hondo, pero por mucho que respiro no se me quita el nudo que siento en el pecho.
En la oficina mi mente se va una y otra vez.
—Te veo algo distraída hoy —me dice Míriam.
—Es que he dormido mal.
Y no es mentira. Me desperté varias veces durante la noche por la preocupación.
A la hora de comer, en la cafetería, Míriam ya no se conforma con las excusas que le doy.
—Bueno, ¿me quieres contar qué te pasa? Desde ayer tienes esa cara de angustia.
Quizá debería sincerarme con ella.
Sé que puedo confiar en Míriam. Siempre intenta darme buenos consejos para todos los líos en los que me he metido hasta ahora.
Pero este es un lío gordo.
Cojo aire.
—Llevo un retraso... —suelto finalmente—. De nueve días.
Míriam me mira como si no entendiera bien.
—¿Un retraso de qué?
—No me retrasé con los informes de ventas, Míriam —le digo impaciente.
Y, bajando la voz, como si le confiara un secreto, añado:
—Mi menstruación. No me llega.
A Míriam se le abren los ojos.
—No me estarás diciendo que...
Agacho la cabeza.
—¿Te acuerdas de hace un poco más de dos semanas, cuando no vine a la oficina?
—Sí, cuando estuviste enferma.
Levanto la vista y la miro a los ojos.
—Pues no lo estaba. Estuve con Adrián.
—¿Con el señor Velasco?
La sorpresa se nota en su voz.
—Sí... Y el fin de semana siguiente también lo pasamos juntos.
—Pero entonces...
Míriam me mira con cara de no poder creérselo.
—¿Me estás diciendo que podrías estar embarazada del señor Velasco?
Lo ha dicho.
La palabra que no me atrevía ni a pensar.
Embarazada.
De Adrián.
Ahora que todo terminó entre nosotros.
Me quedo callada.
—Bueno, vamos a pensar con la cabeza fría.
Míriam me agarra de la mano.
—Quizá sea por el estrés. Podría ser normal. Llevamos las últimas semanas con mucho trabajo.
La miro, pero sus palabras no consiguen tranquilizarme.
—¿Has pensado en hacerte un test?
—Debería..., pero me da pánico. ¿Y si de verdad estoy... embarazada?
Casi no me sale la palabra.
—Imagínate el lío que sería.
—Pero ¿tú y el señor Velasco os seguís viendo? —me pregunta.
Entonces le cuento nuestro último fin de semana juntos, los días increíbles en el yate y lo desastrosamente que terminó todo.
—Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
—Pero tienes que contárselo —insiste Míriam—. Al fin y al cabo, él también es responsable de esto.
Me quedo callada.
—Lo más importante ahora es tener certeza —continúa Míriam—. Hoy, cuando terminemos de trabajar, te acompañaré a la farmacia a comprar el test. Así sales de dudas.
Se lo agradezco.
Porque ir sola no creo que fuera capaz.
Míriam y yo estamos haciendo cola en la farmacia.
Cuando llega mi turno, de repente me quedo paralizada.
No consigo dar ni un solo paso hacia delante.
Míriam me da un pequeño empujón con el codo.
—Clara, te toca.
La dependienta nos mira.
Como no reacciono, al final Míriam se acerca al mostrador.
—¿Me puede vender un test de embarazo, por favor?
—Por supuesto.
La dependienta se gira, saca una cajita de un cajón y se la entrega con una sonrisa, de esas que solo se dedican a alguien que está en buena esperanza.
Míriam paga, se da la vuelta hacia mí y me da la cajita.
Creo que estoy a punto de hiperventilar.
Míriam me coge de la mano y me saca de la farmacia.
—Tranquila. ¡Respira!
Empieza a frotarme la espalda.
Me recompongo mientras Míriam saca su abanico del bolso y me da un poco de aire.
—Te voy a acompañar a tu casa.
—No hace falta. Creo que puedo ir sola.
Intento aparentar calmada, pero la voz me tiembla.
—Ni hablar —contesta Míriam—. Voy contigo.
Míriam me ofrece ir en su coche.
Llegamos a mi casa.
Antes de subir veo a Ana en la terraza de la cafetería. Nos saluda desde lejos, agitando la mano. Le devuelvo el saludo y le hago un gesto de que pasaré más tarde.
Míriam y yo subimos a casa.
Saco la cajita del bolso y la abro. Es la primera vez que tengo algo así en las manos.
Míriam ve que soy una novata con los test de embarazo y me indica lo que tengo que hacer.
—Ahora tienes que ir al baño.
Cuando salgo del baño, dejo el test sobre la mesa.
Ahora hay que esperar cinco minutos.
Van a ser los cinco minutos más largos de mi vida.
Estamos sentadas a la mesa. Míriam mantiene la mirada fija en el test, esperando algún cambio.
Yo no me atrevo ni a mirar. Mis dedos se retuercen nerviosos.
—Ahora se ve una raya.
Contengo la respiración.
—¿Solo una? Eso es bueno, ¿no?
Los segundos pasan.
Miro de reojo el test.
Al cabo de los cinco minutos, Míriam lo coge.
Se ve claramente una raya.
—Ya está. No tendrías que haberte preocupado —me dice con una sonrisa.
—Espera...
Le quito el test de las manos.
Lo giro hacia la luz.
—¿Y eso?
Al lado de la raya me parece ver el reflejo casi invisible de una segunda.
Míriam vuelve a coger el test y se acerca a la ventana, girándolo hacia la luz del sol.
Las dos nos quedamos mirándolo.
—¿Y esto qué quiere decir? —pregunto, confusa.
Efectivamente, hay una segunda raya al lado de la primera, casi imperceptible.
Pero ahí está.