Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 17
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Capítulo 17

Los días pasan y Adrián no ha vuelto a llamar ni ha pasado por el hotel. Poco a poco vuelvo a mi vida normal. Paso las tardes en la cafetería de mi barrio con Ana y, durante el día, me concentro en el trabajo en la oficina.

Los recuerdos se alejan un poco más cada día y ya casi se ven borrosos. El peso que sentía al principio en el pecho se ha vuelto más ligero. Estoy segura de que, en un par de semanas más, todo habrá quedado como una historia del pasado.

Hoy toca otro día bastante atareado en la oficina. Estoy en medio de un montón de facturas que todavía hay que emitir antes de que termine la jornada. De repente, se abre la puerta y me quedo blanca.

Acaba de entrar la mujer de Adrián.

Se queda en medio de la oficina mirándome. A Míriam se le ponen los ojos como platos. Su cara delata que está pensando lo mismo que yo.

¿Qué demonios hace esta aquí?

Enseguida, la mujer se gira hacia Míriam y le dice con una sonrisa que no podría ser más fingida:

—Buenos días, Míriam. Estoy tan encantada con el bolso de la colección Himalaya que me preguntaba si no tendrías alguno más para mí.

Su tono exageradamente dulce suena como un chirrido y Míriam se queda unos instantes sin reaccionar antes de contestar:

—Miraré si en el despacho aún queda alguno.

Se levanta y se va.

Nos quedamos ella y yo solas en la oficina. Se gira hacia mí y me mira con descaro, sin decir una sola palabra. Su expresión refleja superioridad, triunfo. Como si quisiera decirme: «He ganado la batalla».

Me quedo congelada. No sé adónde mirar y finjo estar concentrada en la pantalla del ordenador, pero por dentro mi cuerpo se estremece.

Por fin vuelve Míriam y rompe el ambiente denso que casi no me dejaba respirar.

—Todavía nos quedan tres bolsos de la colección, señora Velasco. Son muy exclusivos.

La mujer coge uno y le da vueltas. Después toma otro. Lo examina unos segundos y, como si hubiera perdido el interés de repente, lo deja caer sobre la mesa.

—Bueno, me esperaba otra cosa. Avísame si tienes algo más interesante para mí.

Se gira y, sin decir una palabra, lanzándome una mirada cargada de veneno, sale de la oficina.

Los dedos me tiemblan. No puedo pronunciar ni una sola palabra.

Míriam y yo nos quedamos atónitas, mirándonos.

—¿Estás bien, Clara? Te has quedado blanca.

Intento coger aire.

—Tranquila —sigue Míriam—. No le hagas caso. Solo intenta asustarte. Pero no va a poder con nosotras.

Se acerca y me da un abrazo que calma un poco mis nervios.

No sé con qué intenciones vino esa mujer. Está claro que no era para comprarse un bolso.

¿Habrá venido solamente para restregarme que ella salió ganadora y se ha quedado con Adrián?

No puedo evitar pensar que él tiene que aguantar a esa bruja. Pero, en fin, lo eligió así.

Ahora mismo yo solo quiero alejarme de esta historia y dejarlo todo atrás.

Ya han pasado casi dos semanas y me siento mucho mejor, volviendo a mi vida de siempre. Por la oficina no han vuelto a pasar ni Adrián ni su mujer. Míriam y yo, sin embargo, hacemos cada vez mejor equipo. Además, después del trabajo ya hemos quedado un par de veces para tomar algo.

Para el fin de semana me invita a salir con unos amigos suyos.

—Así conoces gente nueva —me dice y añade con un guiño—. Quizá haya un nuevo príncipe azul para ti.

Si soy sincera, ahora mismo no estoy para enamorarme de nuevo, pero quién sabe. El amor aparece cuando uno menos lo espera, ¿no dicen eso?

La salida resulta bastante divertida. Los amigos de Míriam me caen muy bien. Pasamos una noche genial en la que no paramos de reír y bailar hasta que los pies dejan de aguantar y terminamos casi a las cinco de la madrugada.

Entre ellos no hay ningún príncipe azul para mí, pero he hecho amigos nuevos.

Por un instante me acuerdo de cuando Adrián y yo bailábamos en el chiringuito después de la cena de gala. Fue la noche en la que casi nos besamos.

Siento una pequeña añoranza al recordar aquellos momentos. Será normal que aún piense en él. Después de todo, no ha pasado tanto tiempo.

Cuando me despido de Míriam y de sus amigos, quedamos en repetir el siguiente fin de semana.

Llego a casa contenta. Me doy cuenta de que, de repente, vuelvo a sentirme ilusionada con la vida.

Subo a Pelusa a mis brazos y le doy un beso en su mejilla peluda. Me mira con sus ojos grandes y alegres. Creo que hasta ella lo nota.

La vida comienza a brillar de nuevo.