Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 16
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Capítulo 16

Al día siguiente Adrián se levanta primero.

Me quedo un rato más en la cama mirando por las ventanillas.

Desde aquí puedo ver el cielo, que hoy también brilla con un azul intenso.

Pero por dentro de mí todo se siente gris, como una tristeza que me invade poco a poco.

No quiero que nuestras últimas horas juntos terminen.

—Cariño, el desayuno ya nos está esperando.

Adrián se asoma por la puerta con una sonrisa.

Me levanto y nos ponemos a desayunar. Pongo buena cara; no quiero que se dé cuenta de que por dentro me siento triste.

Adrián me pone un poco de huevo revuelto en el plato. Yo le sirvo otro café cuando se termina el primero. Siempre se toma dos por la mañana.

Las horas siguientes lo pasamos junto a la piscina. Hablamos poco. Se nota que él también está desanimado, sabiendo que nuestra despedida se acerca cada vez más.

—Voy a organizar la vuelta a Madrid —me dice.

Lo miro, pero no me sale ninguna palabra.

—Será mejor que volvamos separados. Voy a organizar que alguien te lleve al aeropuerto y desde allí puedas coger un vuelo.

Asiento en silencio.

El resto del día se nota un ambiente denso. Ninguno de los dos quiere hablar. Voy al camarote, recojo mis cosas y las meto en la maleta.

Por la tarde el yate se pone en marcha y nos dirigimos hacia un puerto más grande.

Antes de bajar del yate nos damos un último abrazo. Un abrazo largo. Nos apretamos fuerte; nos cuesta soltarnos. Me besa con suavidad y, finalmente, agarro la maleta y salgo del barco por la pasarela.

Una persona ya me espera abajo y me ayuda con el equipaje. Me giro una última vez y veo a Adrián al fondo, siguiéndome con la mirada hasta que desaparezco detrás de los barcos.

Llegamos a una limusina que me lleva directa al aeropuerto. Esta vez no hay zona VIP ni trato especial.

De repente me encuentro sola delante de una pantalla en la zona de salidas buscando mi vuelo.

Puerta 12.

Faltan pocos minutos para embarcar.

Me pongo en la cola.

La cabeza me da vueltas. Quiero olvidar todo lo que pasó entre nosotros para no sentir este dolor. El ajetreo durante el embarque me distrae un poco.

Cuando despega el avión echo una última mirada por la ventanilla.

Desde arriba veo cómo la isla se va alejando poco a poco.

De repente distingo un islote que parece una enorme roca.

Es el mismo que vi desde el yate aquella mañana, cuando me quedé mirando al mar apoyada en la barandilla.

Justo antes de que Adrián me abrazara y me diera un beso de buenos días.

El avión atraviesa una nube y, cuando sale de ella, solo se ve el cielo azul. Ibiza se quedó atrás y, con ella, también los momentos felices que pasamos juntos.

Apenas una hora después el avión aterriza. Apago el modo avión y veo que me ha llegado un WhatsApp. Es Adrián.

—Mi chófer te recogerá en el aeropuerto y te llevará a casa, cariño. Estará esperándote en la salida.

Le respondo con un breve: «Gracias».

Salgo de la terminal y veo la cara conocida del chófer de Adrián, el mismo que siempre nos llevaba.

—Señorita Campos —me saluda con una sonrisa—. La llevaré a casa.

Lo sigo hasta el Mercedes de cristales tintados y nos ponemos en marcha.

Durante el trayecto veo al chófer observándome por el retrovisor. Se ha dado cuenta de mi mala cara, por mucho que intento disimular.

—Señorita Campos —me dice finalmente—. Las cosas se van a arreglar, ya verá.

Lo miro y mi expresión delata toda mi resignación.

—El señor Velasco es un hombre de acción, y usted es importante para él. No dejará que las cosas se queden así. Lo conozco muy bien.

Le agradezco sus palabras y hasta me sale una breve sonrisa.

Pero por dentro no veo ninguna solución.

Esto será nuestro final.

Llego a casa y Pelusa me saluda rozando su cabecita contra mis piernas. No me apetece estar sola, así que decido bajar un rato a la cafetería.

El turno de Ana está a punto de terminar y me invita a dar una vuelta.

Paseamos por el barrio hasta que llegamos a nuestra terraza favorita.

—¿Te apetece una caña y unas tapas? —me pregunta.

Cualquier distracción de mis pensamientos me parece una buena idea ahora.

El camarero nos trae las bebidas. Cojo uno de los boquerones fritos, que siempre están deliciosos, y le doy un mordisco.

—Y cuéntame... —me pregunta Ana finalmente—. El viernes ni te dio tiempo de venir a despedirte.

Me guiña un ojo.

Empiezo a contarle la visita sorpresa del chófer de Adrián, cómo me dijo que hiciera las maletas a toda prisa, cómo me llevó al helicóptero y cómo terminé aterrizando en un yate en medio del mar Mediterráneo.

Los ojos de Ana se hacen cada vez más grandes, como si le estuviera contando una película.

Le hablo de nuestra tarde en la playa, del chiringuito y llego a la parte en la que todo se torció.

—¿Y ahora qué? —me pregunta Ana.

—Es que lo tengo claro.

La miro a los ojos con una serenidad que me sorprende hasta a mí misma.

—No quiero una relación con una esposa de por medio, aunque ya sea su ex.

—Lo entiendo.

Ana me coge de la mano y me da un suave apretón.

Terminamos la tarde entre el tapeo y una cerveza más. Incluso consigue sacarme alguna risa contándome las anécdotas que vive cada día en el bar.

Llego a casa más tranquila de lo que imaginaba y me pongo a deshacer la maleta que había dejado antes en medio del pasillo. Después, Pelusa y yo nos acurrucamos en el sofá y terminamos el día viendo una serie en la tele.

Antes de irme a la cama cojo el móvil por última vez y escribo:

«Gracias por estos días maravillosos juntos. Los recordaré siempre. Pero pienso que lo mejor para los dos es que esto termine aquí. Te deseo que todo te vaya bien. Adiós.»

Envío el mensaje, apago el móvil y me voy a la cama. Hundo la cabeza en la suave almohada. Ahora sí siento el cansancio del largo día y enseguida me quedo dormida.

Ya es lunes otra vez y toca cumplir con mi deber, como cualquier persona normal y corriente, de ir a trabajar. Se acabaron los días especiales y vuelvo a ser solo la becaria de la oficina.

Cuando llego al hotel, Míriam me saluda con un alegre:

—¡Buenos días!

—¿Qué tal el finde? —me pregunta.

Me lo tomo como una pregunta de cortesía y contesto simplemente:

—Bien. ¿Y tú?

Nos ponemos a trabajar, que hay trabajo de sobra, como siempre. Informes, llamadas, correos electrónicos...

Al llegar el mediodía me doy cuenta de que Adrián no contestó a mi WhatsApp de ayer.

El día se me hace pesado y largo. Cuando por fin estoy en el autobús de vuelta a casa, el móvil vibra dentro del bolso. Lo saco y veo que es Adrián llamándome. No quiero contestar aquí, en medio de la gente, así que dejo que siga vibrando y lo vuelvo a guardar en el bolso.

Llego a casa, abro la puerta y detrás ya está Pelusa esperándome. La subo a mis brazos y le acaricio la cabecita mientras ella me saluda con un suave ronroneo.

Saco un refresco de la nevera y me siento en el sofá. Por fin puedo relajarme.

Cojo el móvil y veo que me ha llegado un WhatsApp de Adrián.

«Entiendo tu decisión, Clara, y la voy a respetar. Te llamaba para despedirme y para decirte que para mí también han sido unos días maravillosos. Los voy a recordar siempre. Eres muy especial para mí y lo serás siempre.»

Mientras leo, las lágrimas resbalan por mis mejillas.

Ojalá no hubiera acabado así.

Siento que, si no tuviéramos tantos obstáculos, habríamos sido muy felices juntos. Pero ¿qué más da ahora darle vueltas? Es mejor que se quede en lo que fue: unos días preciosos que pasamos juntos y que siempre permanecerán en nuestros corazones.

Ahora me doy cuenta de que, a veces, querer a alguien no es suficiente. Y eso es, quizá, lo que más me duele.