Capítulo 15
Al día siguiente me despierto con el ligero balanceo de las olas. A través de las ventanillas del camarote ya entra la claridad del día. Adrián sigue durmiendo a mi lado y me levanto despacio para no despertarlo.
Subo a la cubierta. El sol acaba de salir y parece una bola naranja justo por encima del horizonte. Ante mí se abren unas vistas espectaculares, como jamás había contemplado.
A lo lejos se distingue la silueta de la isla envuelta en la bruma que, con la cálida luz del amanecer, parece brillar como si tuviera un halo.
Me estiro e inhalo el aire marino. Sobre mí, a lo lejos, veo a las gaviotas volando en círculo. Parece que están celebrando un ritual para dar la bienvenida al nuevo día.
Doy unos pasos hasta la barandilla y me quedo mirando el mar, que sigue en calma. Desde aquí se ve de un azul tan oscuro que parece no tener fondo. El suave ir y venir de las olas rompe contra el casco del yate.
De repente escucho unos pasos y enseguida siento los brazos de Adrián envolviendo mi cintura.
—Buenos días, cariño —me dice al oído.
Me giro hacia él con una sonrisa y nos besamos despacio.
—¿Quieres desayunar? —me pregunta—. Avisaré al chef para que nos prepare el desayuno.
Mientras tanto nos acomodamos en las hamacas junto a la piscina. En cuanto empezamos a notar el olor a café, bajamos.
La mesa parece casi el bufé de un hotel.
Me sirvo huevos revueltos y pan que parece recién salido del horno.
—¿Te quieres divertir un rato? —me pregunta Adrián cuando terminamos el desayuno.
Miro a mi alrededor. Estoy en un yate con piscina en medio del mar Mediterráneo, al que he llegado en helicóptero. ¿Hay algo todavía más emocionante que esto?
Adrián pone cara de travieso.
Recogemos la mesa y me lleva a la cabina desde donde se gobierna el yate. El capitán ya nos está esperando.
—Vamos a dar una pequeña vuelta. —Adrián me guiña un ojo.
Le indica al capitán que él se pondrá al mando y le da la orden al marinero de levar el ancla.
Después pone en marcha los motores y un potente rugido rompe el silencio.
El yate comienza a avanzar. Adrián acelera poco a poco y la proa empieza a cortar las olas.
El agua salpica por ambos lados mientras navegamos a gran velocidad por la costa.
Suelto un grito de alegría al sentir la adrenalina recorriéndome el cuerpo.
Después de unos minutos reduce la velocidad y nos acercamos a una cala rodeada de acantilados cubiertos de pinares, con una pequeña franja de arena blanca.
—Aquí el mar está más en calma. Y estaremos tranquilos —me explica.
Bajamos de la cabina y nos acomodamos en las hamacas junto a la piscina, untándonos crema solar, dándonos chapuzones y tomando unos batidos de fruta que nos preparó el chef.
¡Esto es vida! Mucho mejor que pasar el día encerrada en la oficina, bajo la luz artificial y con montañas de papeles por redactar.
Menos mal que hoy es sábado y no tengo que dar explicaciones por no haber aparecido en el hotel.
Desde el barco puedo ver gente bañándose en la orilla. Al fondo, en medio de un pequeño pinar, se distingue un chiringuito. Incluso alcanzo a ver algunas personas sentadas en las mesas, comiendo y bebiendo.
Este sitio no es como las demás playas de la isla que he visto hasta ahora, repletas de sombrillas y hamacas, y rodeadas de hoteles. Aquí estamos en plena naturaleza. Ni siquiera se ve una casa cerca. Solo pinares, arena y agua turquesa... Casi como si estuviéramos en el fin del mundo.
Adrián me mira y, de repente, dice:
—¿Te gustaría ir allí?
Se levanta de la hamaca y le indica algo al marinero, que está al fondo limpiando la cubierta.
—Vamos, cariño.
Adrián me estrecha la mano y me lleva hasta popa, donde el marinero ya está preparando una lancha neumática.
—¿Pero no será arriesgado? —le pregunto—. ¿Y si alguien te reconoce?
—Tranquila, cariño. Nadie sabe que estamos aquí.
Se pone una gorra y unas gafas de sol negras a modo de incógnito y subimos a la lancha. Adrián me indica que me agarre y el bote se pone en marcha rumbo a la orilla.
Llegamos a un pequeño muelle de madera, donde desembarcamos.
Caminamos sobre la arena blanca y llegamos al chiringuito, que es justo como siempre lo había imaginado. Es una casita de piedra y, delante, tiene un techo de hojas de palmera que nos da sombra. Un camarero nos invita a sentarnos en una de las mesas y nos trae la carta.
Adrián pide una jarra de sangría y nos decidimos por una paella de marisco.
Doy unos sorbitos a mi bebida bien fresquita y hundo los pies en la arena.
Delante de mí se extienden las vistas más hermosas al mar, que hoy luce un turquesa espectacular.
Adrián está sentado frente a mí, mirándome con sus ojos oscuros, y parece que el paisaje le da igual. No me quita los ojos de encima.
El camarero trae la paella y nos sirve el arroz.
Así es exactamente como siempre he soñado unas vacaciones en Ibiza. Y con Adrián a mi lado, ese sueño no solo se ha cumplido, sino que ha superado todas mis expectativas.
Nos quedamos allí hasta el atardecer, viendo cómo el sol desaparece detrás del horizonte. El cielo se tiñe de un intenso color naranja hasta que oscurece y las primeras estrellas empiezan a brillar.
Cuando el chiringuito cierra, nos sentamos en la arena abrazados, escuchando el sonido de las olas rompiendo en la orilla.
Ojalá aquel momento pudiera durar para siempre, porque todo es perfecto.
Finalmente, Adrián llama al marinero para que venga a recogernos con la lancha y regresamos al yate.
Ya sentados en la terraza, mirando el mar, Adrián me sirve una copa de vino. Le doy un sorbo y no puedo evitar pensar en cómo será todo cuando volvamos a Madrid.
Me encantaría quedarme aquí, en este paraíso, con él, lejos de todo y de todos. Pero sé que, tarde o temprano, tendremos que regresar a la realidad.
—Adrián... —se me escapa de repente—. ¿Qué pasará cuando volvamos?
Su mirada se vuelve seria al instante. Aparta la vista, como si no quisiera tener esa conversación.
Por un momento dudo en seguir, pero necesito tener claridad.
—¿Vamos a tener que vernos siempre a escondidas?
Adrián se gira hacia mí y me mira sin decir una palabra. En sus ojos veo algo que me estremece por dentro. No es preocupación ni tristeza. Es la mirada de alguien que no encuentra una salida, de alguien que está a punto de rendirse.
—¿Qué pasa, Adrián?
Siento un nudo en el pecho. Algo dentro de mí me dice que no debería haber empezado esta conversación.
Adrián baja la mirada y, al final, suelta:
—Ella me puso una condición.
Su voz ya no suena igual. Noto el tono quebrado con el que pronuncia cada palabra.
—No quiere firmar el divorcio hasta dentro de cinco años. De lo contrario perderé la mitad de los hoteles.
Mis ojos se abren de golpe. No sé muy bien qué significa aquello.
Adrián gira la cabeza hacia otro lado, evitando mirarme. Duda unos segundos antes de continuar.
—Y tengo que quedarme en el domicilio familiar. Si no lo hago, utilizará las fotos para hacerme perderlo todo.
Mi cuerpo se paraliza. De repente siento un calor que me invade, a pesar de la brisa fresca.
—¿Qué me quieres decir con eso? ¿Que vuelves con ella?
—No es eso, cariño.
Me mira de reojo y ya no es el Adrián seguro de sí mismo. De repente parece más un niño asustado.
—Viviremos en la misma casa hasta que se firme el divorcio.
El nudo que antes sentía en el pecho ahora parece una bola de sentimientos confusos que no deja de crecer y está a punto de explotar.
Necesito unos instantes para asimilarlo todo. Respiro hondo en un intento de serenarme, pero estoy demasiado confundida.
—¿Me estás diciendo que, cuando estés conmigo, después volverás a casa con ella?
Intento contener las lágrimas que, de repente, me llenan los ojos.
Adrián guarda silencio, con la mirada clavada en un punto del suelo.
Pasan varios minutos sin que ninguno de los dos diga una sola palabra.
El día que había sido perfecto acaba de convertirse en una pesadilla, en un callejón sin salida.
Adrián levanta la mirada e intenta explicarse.
—No puedo perder los hoteles. Mi familia nunca me perdonará si pierdo la herencia de mi padre.
Me levanto despacio y me acerco a la barandilla. Las olas golpean suavemente el casco y el agua se ve tan oscura como la noche, insinuando una profundidad que parece querer tragarme.
Me daría exactamente igual estar ahora mismo con Adrián en mi pequeño apartamento en Madrid. No me importaría que no tuviera yates, villas ni decenas de hoteles. Lo único que quiero es estar a su lado y compartir mi vida con él.
Sé que no puedo pedirle que renuncie a todo por mí. Pero también sé que una relación así, teniendo que escondernos del mundo y sabiendo que cada noche volverá a casa con su esposa, no la quiero.
Vuelvo a sentarme a su lado y apoyo la cabeza en su hombro. Adrián me rodea con los brazos y permanecemos en silencio.
Cuando la noche empieza a refrescar, Adrián me coge de la mano y nos vamos al camarote. Nos quedamos en la cama abrazados, besándonos y acariciándonos. Entre miradas tiernas y caricias infinitas hacemos el amor lentamente, como si ninguno de los dos quisiera que ese momento terminara.
Cuando Adrián por fin se duerme, me quedo un buen rato acariciándole el pelo y escuchando su respiración. Quiero recordar cada detalle de esta noche porque sé que este momento no volverá, y mañana ya nada será igual.