Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 14
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Capítulo 14

Durante el camino al trabajo me asaltan mil pensamientos. ¿Qué hacía esa mujer en la cafetería de al lado de mi casa? ¿Me estará vigilando? ¿Y si sabe que acabo de pasar la noche con su aún marido...? No puedo ni imaginarme las consecuencias que tendría eso.

Consigo entrar puntual a la oficina. Míriam ya ha llegado antes.

—Hola, Clara. ¿Ya te encuentras mejor? —me saluda—. Pues muy buena cara no tienes.

Del susto se me habrá ido todo el color del rostro.

—Deberías haberte quedado un día más en casa. Ya sabes... si no, una nunca termina de recuperarse.

—Sí, quizá tengas razón —le contesto despacio, con la mente en otra parte, mientras me siento en mi escritorio.

El trabajo se me ha acumulado por el día que falté y empiezo a redactar informes.

Pero, aun así, no consigo distraerme. Los miedos siguen ahí. No me fío en absoluto de esa mujer. ¿Y si está tramando algo? Tengo que hablar con Adrián.

Espero a que Míriam salga a por un café de la máquina y agarro el móvil.

“Adrián, vi a tu mujer esta mañana en el bar de al lado de mi casa. ¿Crees que sospecha algo?”

Míriam vuelve con su café. Yo guardo el móvil y continúo trabajando como si nada.

Las horas pasan y Adrián no responde.

Al menos podría contestarme algo, aunque fuera un simple «ok». No sé si enfadarme o preocuparme.

Llego a casa tarde, casi de noche. La cafetería está cerrando y camino deprisa mirando hacia los lados. No vaya a ser que la ex de Adrián me esté esperando escondida en alguna esquina. Ya me estoy volviendo paranoica.

Me preparo algo rápido para cenar y miro el móvil por undécima vez. Ningún mensaje de Adrián.

Pasadas las once decido irme a la cama, aunque no me siento cansada. Mi cabeza sigue dando vueltas a lo ocurrido esa mañana.

Voy pasando reels de Instagram con la esperanza de que me entre sueño cuando, por fin, recibo un WhatsApp de Adrián. ¡Doce horas ha tardado en responder!

Lo abro y leo:

“Hoy no podré venir a verte. Lo siento.”

Lo sabía. Su ex le ha metido presión y ya pasa de mí.

Enfadada, apago el móvil.

Quizá haya sido un error dejarme llevar por mis sentimientos, por los momentos bonitos, las cenas y las noches juntos.

Empiezo a preguntarme por qué siempre acabo metida en relaciones complicadas.

Y no solo eso, ahora encima con una ex de por medio.

Una ex que parece estar chiflada y con ganas de venganza.

Es que no tengo remedio. Ana tenía razón. Cada vez que me enamoro parece que mi parte racional se apaga. Dejo de pensar con claridad y termino metida en situaciones absurdas como esta.

Mis pensamientos van a mil por hora y, cuando por fin consigo dormirme, ya son las dos de la madrugada.

Al día siguiente voy al hotel sin ganas. El entusiasmo que sentía durante los últimos días ha desaparecido de golpe, sustituido por el desánimo.

La rutina vuelve a abrirse paso y el día se me hace más gris de lo normal, a pesar del solazo que hace fuera.

La mañana transcurre normal entre informes y facturas. Al mediodía almuerzo con Míriam y, por la tarde, me toca preparar una reunión del director con varios proveedores.

Salgo un poco antes del trabajo y paso por el supermercado para comprar la cena antes de volver a casa.

Ya nada de champán ni comida sofisticada. Hoy tocan otra vez alitas precocinadas. De postre me compro un cubo grande de helado de cheesecake. Necesito algo dulce en mi vida.

En casa caliento las alitas, abro una lata de tinto de verano que encuentro en la nevera y me acomodo en el sofá mientras pongo Netflix.

Las alitas están riquísimas, con sabor a salsa barbacoa. Estoy chupando el último hueso cuando, de repente, suena el timbre.

¿Quién vendrá a estas horas? Ana siempre avisa antes de venir y hoy no me ha dicho nada.

Abro la puerta y me encuentro con una cara conocida.

El chófer de Adrián.

—¿Qué hace usted aquí tan tarde? —pregunto sorprendida.

—Señorita Campos, he venido a buscarla —contesta con seriedad—. Lleve una maleta pequeña con lo imprescindible: algo de ropa y sus artículos de higiene personal.

¿Una maleta? ¿Qué sorpresa me tendrá preparada esta vez?

—La espero aquí fuera.

Pelusa me mira como si ya intuyera que va a quedarse sola otra vez.

Empiezo a preparar algunas cosas, aunque por dentro sigo enfadada. Ayer Adrián estuvo todo el día sin hablarme y ahora manda a su chófer a buscarme sin ni siquiera avisarme.

Aun así, lleno obediente mi maleta de mano con algunos vestidos de verano, el neceser y poco más.

Enseguida le mando un mensaje a Ana para que mañana temprano pase a darle de comer a Pelusa. Le acaricio una última vez la cabecita para despedirme y salgo.

Esta vez el chófer ha venido con un Mercedes oscuro de cristales tintados, que ha dejado aparcado justo delante de mi edificio. Me abre la puerta trasera, entro y nos ponemos en marcha.

Después de unos minutos circulando por la ciudad, me doy cuenta de que salimos hacia las afueras.

Llevamos ya más de una hora conduciendo cuando abandonamos la autovía y entramos por una carretera privada rodeada de árboles.

Junto al camino hay una caseta con un vigilante de seguridad que nos deja pasar tras levantar una barrera automática.

Finalmente, el chófer detiene el coche frente a una plataforma donde espera un enorme helicóptero.

—¿Voy a montarme en eso? —exclamo sorprendida mientras los ojos se me abren de golpe.

El chófer sonríe e inclina la cabeza.

Nunca he montado en helicóptero. El calor me sube de repente a la cabeza y noto cómo las manos empiezan a sudarme.

—¿Y Adrián?

Miro a mi alrededor, pero no lo veo por ninguna parte.

—Va a viajar sola, señorita Campos.

¿Sola? ¿Y adónde me llevan?

Ya está. Adrián quiere deshacerse de mí y me manda lejos para que no le dé más problemas.

El chófer percibe mi cara de espanto e intenta tranquilizarme.

—No se preocupe, señorita. El señor Velasco la está esperando en el destino.

Al oír eso me calmo y lo sigo hasta el helicóptero.

Dentro ya espera el piloto. Me indica que me abroche el cinturón y me entrega unos auriculares.

Nada más ponérmelos siento la vibración de las aspas que empiezan a girar. El zumbido se convierte enseguida en un estruendo y escucho la voz del piloto.

—Listo para despegar.

Siento cómo nos elevamos con una suavidad que me sorprende mientras el suelo se va quedando poco a poco más abajo.

Mientras ascendemos veo las luces de los coches en la autopista que se alejan cada vez más.

El helicóptero avanza en la noche y lo único que aún se distingue en la oscuridad son algunas estrellas brillando a lo lejos.

¿No será peligroso volar de noche?

Estaba convencida de haberlo pensado solo para mí, pero escucho al piloto responder por los auriculares.

—No se preocupe, señorita. Los helicópteros del señor Velasco están equipados con la última tecnología de navegación para vuelos nocturnos. Es completamente seguro.

Bueno... si él lo dice.

El vuelo se me hace largo. El constante zumbido del motor acaba dándome sueño y, por momentos, se me cierran los ojos.

De repente noto cómo el helicóptero empieza a descender y me sobresalto.

—¿Ya hemos llegado? —pregunto por los auriculares.

Fuera solo veo oscuridad.

—Sí, señorita. Mire hacia abajo.

Bajo la vista y veo unas luces que, al principio, me parecen las de un barco.

El helicóptero sigue descendiendo y no puedo creer lo que aparece ante mis ojos.

Lo que yo pensaba que era un simple barco resulta ser un yate gigantesco con su propio helipuerto en la cubierta superior.

El helicóptero aterriza con suavidad. Los motores se apagan y, cuando las aspas empiezan a detenerse, el piloto abre la puerta y me ayuda a bajar.

Y entonces veo a Adrián esperándome al fondo, con una sonrisa en los labios. Incluso diría que hay alivio en su expresión.

Voy corriendo hacia él y me tiro a sus brazos.

—¡Adrián! —Apoyo la cabeza en su pecho.

—Pensaba que ya no me querías ver más. —Me pego a su cuerpo como buscando refugio.

—¿Pero por qué piensas algo así? —Adrián me acaricia el pelo.

—Como ayer no viniste y no me dijiste nada más...

Adrián me aprieta con fuerza entre sus brazos. Se queda unos instantes en silencio.

—Perdóname... Ayer tuve un día complicado.

Me suelta y me mira a los ojos.

—Ven, que te tengo algo preparado.

Me coge de la mano y lo sigo.

—¿Tendrás hambre?

Bajamos a la cubierta inferior y llegamos a una terraza donde Adrián ya tiene la cena preparada.

Me invita a sentarme a la mesa y empieza a servirme un pescado a la plancha de una bandeja.

Al lado hay varias guarniciones: patatas, pimientos asados, diferentes salsas y ensalada.

La botella de vino ya está descorchada. Me llena la copa y brindamos.

—Es una lubina —me explica—. La he pescado yo.

Noto cierto orgullo en su expresión.

—¿También sabes pescar? —pregunto sorprendida.

La lubina está riquísima. Adrián me ayuda a sacarle las espinas porque yo no tengo ni idea... Estaba a punto de destrozar al pobre pescado.

—Y qué rico te ha salido todo esto —lo elogio mientras me sirvo un poco más de pimiento asado.

A Adrián se le dibuja una pequeña sonrisa.

—Gracias, pero lo preparó el chef.

Me quedo mirando a mi alrededor. Desde que llegué no había visto a nadie más en el barco.

—Está en la zona de la tripulación —añade Adrián—, junto con el capitán y el marinero.

Los ojos se me abren sorprendidos y asiento con la cabeza, como si fuera lo más normal del mundo tener un megayate con tripulación que se ocupa de absolutamente todo.

En mi mente me imagino al chef y a los otros dos varias cubiertas más abajo, sentados en un comedor estrecho, sin una triste ventana, como los fogoneros del Titanic, esperando a que terminemos de cenar para repartirse las sobras.

Después de cenar, Adrián me enseña el barco. Descubro que en la cubierta de popa incluso hay una piscina. Para Adrián, al parecer, ningún lujo es demasiado.

El interior es alucinante. Es como su villa del campo, pero en pequeño.

Después nos acomodamos en el sofá de la terraza con una copa de vino, contemplando las estrellas. El mar está en calma y se siente una brisa ligera. A lo lejos se distinguen unas luces que podrían ser de casas.

—¿Dónde estamos, Adrián? ¿Adónde me has traído?

—Estamos en la costa sur de Ibiza. Mañana verás lo bonitas que son las vistas desde aquí. Casi se puede ver la isla entera.

Apoyo la cabeza en su hombro y nos quedamos abrazados.

Aquí, en medio del mar, el mundo parece estar en paz.

No hay esposas alocadas ni reporteros pesados.

Estamos solos Adrián y yo, y no necesito nada más.

Ojalá pudiera detener el tiempo.

Porque, de repente, tengo una sensación rara. Como si este momento fuera demasiado bonito... y, en cualquier momento, pudiera torcerse.