Capítulo 13 #2
Adrián llega un poco antes de las diez. Para mi sorpresa, me tiende una rosa roja cuando le abro la puerta.
Pelusa, con toda la confianza del mundo, lo saluda rozándole las piernas y dejándole una generosa capa de pelos sobre sus pantalones de lino italiano.
Parece que le está cayendo bien el nuevo visitante.
—Te he preparado la cena —le digo entusiasmada.
Adrián me mira sorprendido y me coge en sus brazos.
—Te había echado de menos, cariño —me susurra al oído antes de darme un beso largo y suave.
Entramos al salón, donde ya tengo la mesa preparada.
He sacado las copas de vino de las buenas y las servilletas rojas que guardé desde Navidad.
En el súper encontré unas velitas de té con aroma a flores para hacer el ambiente más romántico.
No tiene nada que ver con la cena en el restaurante con la que me sorprendió ayer, pero creo que me ha quedado bastante bien.
Adrián se sienta encantado y le sirvo la cena.
—Mmm, qué ricos —me elogia mientras enrolla los espaguetis en el tenedor—. La verdad es que tengo hambre, pero no tendrías que haberte preocupado.
—Quería mimarte también un poco. Me has cuidado tan bien estos días...
Le sonrío y, al mismo tiempo, siento un agradable calor en el corazón.
Estando al lado de Adrián siento que puedo dejar de lado todas mis preocupaciones y confiar en que va a estar ahí para cuidarme y para que no me pase absolutamente nada.
Después de cenar nos acomodamos en el sofá y decidimos ver una peli en Netflix. Adrián me dice que elija la que quiera. Le pongo Novia a la fuga. Es una de mis favoritas; la he visto decenas de veces y no paro de reírme con ella.
—¿De verdad es tu peli favorita? —me pregunta.
—Estoy convencida de que te va a gustar.
Le guiño un ojo.
Y tengo razón, porque en la primera escena en la que Maggie sale huyendo de su propia boda montada a caballo, Adrián rompe a carcajadas.
En cuanto se recompone un poco, me dice de repente:
—No vayas a hacer lo mismo en la nuestra.
Me mira de reojo, como esperando mi reacción.
¿Acaba de hablar de nuestra boda? Parece que esto va más en serio de lo que pensaba.
De pronto recuerdo el día en que empecé a trabajar en el hotel y lo mal que me caía entonces.
¿Cómo he pasado de eso a estar completamente enamorada de él?
—No te puedo prometer nada. Pero, si huyo, al menos te avisaré con cinco minutos de antelación.
Le contesto con una sonrisa pícara.
Acabamos la peli acurrucados y abrazados, y cuando nos vence el sueño cambiamos el sofá por la cama. Entre caricias y besos lentos y suaves nos dormimos aferrados el uno al otro.
—Cariño, despierta...
Siento una mano acariciándome el pelo.
Me giro entre las sábanas y Adrián empieza a darme besos suaves en la nuca.
—¿Ya es hora de levantarnos? —pregunto aún medio dormida.
Adrián hace el intento de levantarse, pero enseguida le rodeo el cuerpo con mis brazos y tiro de él suavemente hacia mí.
Nos quedamos enredados y le susurro al oído:
—No te voy a dejar escapar tan rápido.
Entre besos y caricias de buena mañana casi se nos va la hora otra vez, pero finalmente nos levantamos.
Hoy sí tengo que estar de vuelta en la oficina, y no estaría mal llegar puntual.
Voy al baño y me meto en la ducha. Mientras me estoy enjabonando el pelo, siento cómo Adrián entra detrás de mí y empieza a frotarme suavemente la espalda.
Sus manos se deslizan por todo mi cuerpo: de la espalda llegan a mi barriga para subir despacio hasta mis pechos.
Después bajan hasta mis piernas; desde las pantorrillas ascienden lentamente por mis muslos hasta acabar en mi entrepierna.
Siento su mano acariciándome y la ligera presión de sus dedos me enciende como un cohete que está a punto de despegar hacia el espacio.
El agua caliente resbala por nuestros cuerpos como una caricia.
Me giro y Adrián me besa suavemente mientras levanta mi pierna con una mano hasta llevarla a la altura de su cintura.
Nuestros cuerpos mojados se pegan el uno al otro.
Despacio se abre camino hasta mi entrepierna y de mis labios escapa un suave gemido que apenas se escucha entre el rumor del agua cayendo.
Mientras su boca saborea mi cuello, siento sus movimientos suaves, que me elevan al cielo hasta dejarme flotando entre las estrellas.
De pronto, coge con delicadeza mis mejillas entre sus grandes manos y su mirada intensa se clava en mis ojos mientras se mueve cada vez más rápido.
No puedo aguantar más y estallo en un grito, liberando toda la pasión que se había acumulado en mí.
Las estrellas comienzan a parpadear en todos los colores, llenando el cielo entero, antes de descender lentamente hasta la superficie.
Adrián me coge en brazos y termina acariciando mi cabello mojado mientras mi respiración vuelve a calmarse poco a poco.
Ahora sí, la hora se nos ha ido.
Damos unos sorbos al café, que mientras tanto se ha quedado frío sobre la mesa, y Adrián sale antes que yo de casa para no levantar sospechas.
A mí me toca ir en autobús; ya nada de limusinas ni chóferes esperando en la puerta.
Me sobra un poco de tiempo para saludar a Ana antes de que salga el siguiente bus. De paso me llevaré un cruasán de jamón y queso; me lo comeré de camino al trabajo.
Entro en la cafetería y Ana me saluda.
—Ayer no pasaste por aquí. ¿Te pasó algo?
—No me encontraba bien. Al final no fui a trabajar.
—¡Pero podrías haberme avisado! Te habría llevado algo a casa para comer o lo que fuera.
Ana siempre se preocupa por mí.
—Tranquila, no fue nada grave. Ya estoy genial.
Y la verdad es que no puedo estar mejor después de estos días maravillosos con Adrián. Pero eso mejor me lo guardo para mí.
Mientras espero en la barra, noto a una mujer observándome con disimulo desde la mesa de al lado.
¿La conozco? Me suena de algo.
Ana me da el cruasán envuelto en una bolsa de papel para llevar.
Y, de repente, lo recuerdo.
Es la misma mujer que discutió con Adrián aquel día en el hotel.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y me quedo paralizada.
¡Es su mujer!
Ella sigue mirándome de reojo mientras da vueltas con la cucharilla a su café.
—Me tengo que ir —le digo a Ana, que se ha dado cuenta de mi cara de susto, y salgo corriendo por la puerta.