Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 13
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Capítulo 13

Salimos de la ciudad y finalmente el coche se detiene en la entrada de un chalet vallado.

El portón automático se abre y avanzamos por un camino que conduce a una villa escondida entre los árboles.

—¿Esta es tu casa? —pregunto asombrada.

—Es una de las fincas de la familia.

¿Una? O sea que tiene varias de estas.

La casa es gigante, parece casi un castillo. Entramos y pasamos por el vestíbulo, que tiene el mismo tamaño que mi apartamento entero. Después llegamos al salón.

Todo es blanco, impecable. Los muebles parecen sacados de una de esas revistas de diseño interior. En medio hay un sofá enorme de cuero blanco. Pelusa se pondría feliz aquí afilando sus pezuñas.

Seguimos y Adrián abre una puerta cristalera que lleva a la terraza. Hay sillones cómodos y alrededor lámparas con forma de velas gigantes que bañan el ambiente con una luz suave. Delante hay una piscina enorme con luces azules y verdes que iluminan el agua.

Me invita a tomar asiento. Se pone a mi lado y, de repente, saca de su bolsillo una cajita y me la entrega.

Me quedo intrigada y la abro despacio. Dentro veo una pulsera dorada de cadena fina con piedras brillantes intercaladas. La saca de la cajita y con cuidado me la pone.

Me queda perfecta.

—Es preciosa —me sale con voz entrecortada.

La luz de las velas refleja en las piedras colores de arcoíris. ¿Serán diamantes?

Me quedo abrumada. Nadie me había regalado algo así jamás.

Adrián me da un beso largo y me coge entre sus brazos. Nos acomodamos entre los cojines mirando al cielo. Es una noche preciosa y en el horizonte se pueden ver miles de estrellas. Por un momento me parece ver pasar una estrella fugaz.

—¿Has visto eso? —le digo emocionada.

—Pide un deseo —me dice con una sonrisa.

Cierro los ojos y lo que desea mi corazón ahora mismo con tanta fuerza es que podamos pasar juntos muchos más momentos como este.

A pesar de que ya es tarde, la noche sigue siendo calurosa.

—Vamos a bañarnos —se me ocurre de repente.

Me mira extrañado.

—No he traído bañador —me contesta, algo torpe.

—¿Qué más da? Venga, un baño refrescante. ¡Será divertido!

Me levanto y, delante de él, me quito rápido el vestido y la ropa interior. Voy corriendo hacia la piscina y doy un salto que hace que el agua acabe salpicándolo.

—¡Vamos, anímate! —le grito entusiasmada desde el agua.

Se ríe y finalmente se levanta. Delante de mí se pone a desabrochar su camisa botón a botón. Me quedo mirándolo atónica. Tiene un pecho musculoso que te hace soñar. Todo está en su sitio y hasta los abdominales, iluminados por la luz tenue, se marcan y dejan ver las sombras entre ellos.

Se quita el resto de la ropa y, con cuidado, coloca sus zapatos alejados junto al sofá. Deben de ser de los caros, de piel de dragón tibetano, de esos que no se pueden mojar.

Da unos pasos hacia mí y se tira de un salto hacia delante para, unos segundos después, emerger justo delante de mí.

Nos quedamos uno frente al otro, con el pelo mojado y las gotas cayéndonos por la cara, riéndonos.

Jugando, me pongo a salpicarle con las manos. Se acerca y de pronto me levanta por la cintura para dejarme caer de nuevo al agua. Intenta escaparse nadando, pero soy más rápida y lo alcanzo.

Se gira, me agarra y se pone a darme mordisquitos en la nuca.

Acabamos enredados, besándonos con deseo. Siento cómo un fuego se apodera de mi cuerpo y mis piernas envuelven su cintura, dándole un suave apretón contra mi entrepierna.

Sus manos recorren mi piel mojada hasta posarse sobre mis pechos. Me acaricia con suavidad y, de repente, las desliza hasta mis nalgas para acercarme un poco más. Siento cómo, con delicadeza, entra nuevamente en mi interior hasta llenarme por completo.

No puedo contener la sensación y, sin pudor, dejo escapar un grito apasionado. Hasta los grillos parecen callarse por un instante para ser testigos de nuestro estallido de pasión desenfrenada.

Me agarra suavemente de la nuca y, con cuidado, tira de mi cabello hacia atrás mientras siento cómo se aceleran sus movimientos. El agua de la piscina ahora parece un océano agitado justo antes de la tormenta.

Mi mente se nubla de repente. Comienzo a sentir miles de destellos recorriendo mi cuerpo.

Acaban estallando en un espectáculo de fuegos artificiales que me impulsa hacia el cielo como un cohete.

Las estrellas parpadean con fuerza y dejan salir una energía luminosa que me atraviesa de arriba abajo.

Un agradable hormigueo se extiende por cada célula de mi cuerpo.

Y, cuando todo termina, me desplomo agotada entre sus brazos.

Nos quedamos abrazados, sintiendo la respiración del otro y acariciando nuestra piel mojada.

Cuando empiezo a tiritar ligeramente, Adrián me sube en brazos para salir de la piscina. Agarra una toalla blanca enorme y me envuelve en ella.

Nos vamos dentro y subimos a la planta de arriba hasta el dormitorio.

Entramos y veo una cama grande, redonda y vestida con sábanas de seda color crema dorado. Es más, toda la habitación parece vestida de oro.

Las paredes tienen un brillo ligero, las cortinas están hechas de una tela con hilos dorados y hasta los muebles de madera, que son del mismo tono que las paredes, tienen detalles dorados. Aquí se respira el lujo en cada rincón.

Nos metemos entre las sábanas, que se sienten suaves como una nube.

Apoyo la cabeza en su pecho. El latido leve de su corazón me relaja, mi cuerpo se rinde y finalmente caigo en un sueño dulce y profundo.

Vuelvo a meter la cabeza en la almohada blanda. Los párpados me pesan; aún quiero dormir un poco más. Me giro y busco a Adrián con las manos. Al no encontrarlo, abro ligeramente los ojos y veo que su lado de la cama está vacío.

—Adrián... —mi voz suena todavía somnolienta.

Miro el móvil que dejé en la mesita. Son las nueve y media.

—¡Mierda, llego tarde al hotel! —exclamo.

El sueño se me va de golpe.

En ese instante se abre la puerta y entra Adrián con una bandeja llena de cosas.

—¡Adrián! —exclamo preocupada—. ¡Me he quedado dormida! Me van a echar la bronca.

Doy un salto de la cama.

—Tranquila —dice guiñándome un ojo—. Te he dado el día libre.

—¿Cómo?

—He mandado que llamaran para avisar de que hoy no ibas a venir.

—Pero me van a preguntar qué me pasó. —Lo miro, desconcertada.

—Mañana, cuando llegues, les dirás que no te encontrabas bien.

Al parecer, Adrián no sabe lo que es ser empleada y tener que cumplir horarios.

—Pero seguro que me van a pedir un justificante del médico o algo…

Adrián me mira como si no entendiera mi preocupación, igual que aquel día cuando me dijo: “Mañana no vas al hotel. Vendrás conmigo a Ibiza.”

—Déjalo en mis manos. Yo me encargo —contesta, dándome un beso suave en la boca.

Ya no puedo decir nada en contra y confío en Adrián Todopoderoso para que se haga cargo hasta de mis bajas médicas.

Echo un vistazo a lo que me ha traído. Hay café, cruasanes, pan, jamón serrano, fruta...

Nos acomodamos en la cama con la bandeja en medio y desayunamos.

—¿Te levantaste temprano para preparar todo esto?

Adrián sonríe, coge una fresa y me la mete en la boca.

—He mandado que me lo trajeran.

Me quedo pensando. La vida de millonario es fabulosa. Al parecer, no tienen que preocuparse de nada. Una llamada y ya viene alguien corriendo para llevarles lo que sea.

Yo, para conseguir todo eso —fruta, cruasanes calientes y pan fresco—, sí o sí me toca bajar al súper.

Doy un mordisco al cruasán caliente e inspiro relajada. Es la primera vez que alguien me mima de esa manera, llevándome un desayuno delicioso a la cama.

El resto de la mañana nos lo pasamos en el jardín tomando el sol y dándonos un baño refrescante de vez en cuando en la piscina.

Al mediodía, Adrián hace una llamada para que le traigan carne y se pone a encender la barbacoa. Mientras tanto, comienzo a preparar una ensalada fresca para acompañar.

La cocina es flipante. Tiene una isla en el centro, electrodomésticos de los que ni sé para qué sirven y hasta una nevera de la que salen cubitos de hielo por la puerta.

—¡Alucinante! —se me escapa en voz alta mientras pienso en la cocina minúscula de mi apartamento, donde me doy un codazo cada vez que intento sacar una sartén de la estantería.

Me pongo a lavar la lechuga y cojo un aparato que tiene pinta de ser una centrifugadora de ensaladas.

Pulso un botón.

Nada.

Este cacharro no funciona.

En ese momento entra Adrián.

—¿Qué haces con la heladera? —me pregunta intrigado.

—¿La qué?

—La máquina de helados.

—Intentaba secar la lechuga.

Adrián rompe a reír.

Me pongo roja de la vergüenza.

Se acerca y me da un abrazo por la espalda mientras vuelvo a sacar las hojas de la máquina.

—¿No te apetece un rico helado sabor a lechuga de postre?

Le guiño un ojo y él me da un beso en la boca.

Después nos ponemos a comer en la terraza. El entrecot y las chuletas que preparó están riquísimos.

Adrián abre una botella de vino para acompañar. En la etiqueta pone algo de «Gran Reserva del Duque». Seguro que cuesta una fortuna.

—Por la tarde tenemos que volver al centro. Tengo unos asuntos que hacer.

Adrián pone cara seria mientras corta su chuletón.

—Mi chófer te llevará a casa.

Ya se acabó nuestra escapada romántica.

Adrián parece notar mi mirada triste y enseguida añade, sonriendo:

—Tranquila, en cuanto termine vendré a verte.

Nos quedamos mirándonos a los ojos y, mientras estamos sentados a la mesa, por un instante siento como si lleváramos toda nuestra vida juntos.

Llego a casa y Pelusa me saluda con un largo «miauuu» que probablemente quiere decir: «¿Dónde has estado toda la noche?».

Me doy una ducha y decido bajar al súper a comprar algunas cosas para cenar. Si luego viene Adrián, quiero sorprenderlo.

Una hora después vuelvo cargada de bolsas.

Para la cena he comprado pasta, tomates y marisco congelado.

Voy a hacer unos espaguetis frutti di mare; ese plato siempre me sale de maravilla.

Para beber he traído una botella de vino, de las normalitas.

Para el Gran Reserva del Jeque de Arabia no me llegaba el presupuesto.