Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 12
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Capítulo 12

Salgo de casa y, antes de coger el autobús, paso rápido por la cafetería.

—Ana, ponme un desayuno para llevar. Llego tarde hoy...

Mientras prepara el café, se vuelve hacia mí.

—Te veo muy bien hoy. Pareces contenta.

—Por fin he podido dormir bien.

Intento disimular, pero me resulta imposible evitar que se me ruboricen las mejillas.

—¿Pasó algo?

Ana pone cara de intriga y me sonríe.

Dudo si contarle lo de mi visita nocturna, pero mi cruasán y el café para llevar ya están listos. Los cojo y salgo por la puerta.

—Nada especial. ¡Hablamos luego!

Me voy deprisa a la parada.

Mientras estoy en el autobús, me pongo a buscar una excusa por llegar tarde. ¿Qué sonará más creíble?

El despertador no sonó... Mi gata se puso mala de repente... Adrián no me dejó salir de la cama...

Sonrío para mí al recordar la noche.

Aunque el director vaya a echarme en cara el retraso, me da igual. Ahora mismo estoy en una nube de felicidad y nada podrá bajarme de ahí.

Entro en la oficina sin aliento por haber corrido desde la parada. Míriam está sentada en su escritorio.

—Tranquila, Miguel aún no ha llegado.

Me guiña un ojo.

Respiro hondo para recuperar el aliento. Menos mal. Me voy a ahorrar el discurso del director.

El día en la oficina pasa tranquilo. Al mediodía, Míriam y yo vamos a comer fuera como siempre.

Me cuenta su última cita con su entrenador del gimnasio y entra en demasiados detalles.

—Perdón —me mira de repente—. No debería hablarte de nuestro lío sabiendo lo mal que lo estás pasando por el señor Velasco.

—Tranquila, ya se me pasó —contesto sonriendo, aunque, si soy sincera, por dentro me muero por contarle lo que pasó anoche.

Por la tarde sigo redactando informes, pero mi mente está en otra parte. El director acaba de poner otra carpeta sobre mi mesa para que la revise cuando, de repente, se abre la puerta.

Entra Adrián con paso firme, serio e intocable como siempre.

—¡Señor Velasco, qué sorpresa tenerle por aquí de nuevo!

—Solo venía a por el contrato con el nuevo proveedor.

—Enseguida se lo busco, señor Velasco.

El director entra en su despacho.

Adrián se queda delante de mí, mirándome, y de repente se le escapa una ligera sonrisa.

Le devuelvo la mirada y me quedo clavada en sus ojos, que tienen un efecto hipnótico sobre mí. Veo cómo se muerde ligeramente el labio inferior mientras sigue observándome sin disimulo.

Mi cara se pone roja como un tomate. No tengo remedio. Al parecer, Adrián tiene un don para ponerme nerviosa.

Entonces me doy cuenta de que deja caer de su mano un papelito doblado sobre mi mesa como si no tuviera importancia.

—Aquí tiene el contrato, señor Velasco.

El director le entrega unos papeles.

Adrián los coge y, antes de desaparecer por la puerta, se vuelve y me lanza un guiño.

El director se dirige a Míriam.

—Este otra vez por aquí. ¿No te parece extraño?

—Pues sí, un poco —contesta Míriam—. ¿No había revisado ya el contrato la semana pasada?

Mientras hablan, agarro con disimulo el papelito y lo guardo en el bolsillo de mi falda.

—Será que sigue con la evaluación del hotel. Espero que no. Ya nos tuvo a todos bastante nerviosos la última vez...

Diciendo eso, el director se mete en su despacho con una evidente expresión de preocupación y cierra la puerta.

Míriam me mira al ver que me he quedado con una sonrisa tonta.

—¿Me he perdido algo?

Borro la sonrisa de mi cara y vuelvo a ponerme seria.

—Nada... Solo se me vino a la mente una travesura de Pelusa de esta mañana.

No sé si la excusa sonó convincente.

Míriam sigue tecleando en su ordenador como si nada, pero sé que se huele algo.

En cuanto me encuentro sola en la oficina —Míriam ha salido a llevar unos papeles a recepción—, saco el papel de mi bolsillo y lo abro.

Ponte algo bonito para esta noche. Paso a buscarte a las nueve.

Mi corazón da saltitos.

No me esperaba eso. Pensaba que nuestro encuentro de anoche se iba a quedar en algo esporádico que quizá podría repetirse algún día.

Pero no.

Quiere verme esta noche.

¿Adónde me llevará? ¿Y cómo hará para que nadie nos vea juntos?

Llego a casa un poco más temprano de lo normal. Aún falta más de una hora para las nueve.

Abro el armario y saco algunos de mis vestidos.

El verde no. Parece demasiado formal. Quiero sorprenderle.

El rojo tampoco. Con ese ya me vio en la cena de gala durante el viaje.

De repente veo el vestido rosa fucsia que me compré el año pasado en las rebajas de verano y que aún no he estrenado.

Es perfecto.

Tiene un toque romántico, casi juguetón. Es ajustado, cortito para realzar mi figura, con un escote que insinúa más de lo que muestra.

Puntual a las nueve, suena el timbre.

Abro la puerta y delante de mí hay un señor uniformado. Reconozco su cara. Es la misma persona que me recogió para llevarme al aeropuerto.

—Señorita Campos, ¿está lista?

Agarro mi bolso y salgo.

El chófer me lleva unas calles más abajo de mi casa. Finalmente nos detenemos delante de un Seat y me abre la puerta trasera.

—Esta vez no hay limusina, señorita Campos. La llevo en mi coche personal.

El chófer me guiña un ojo. Parece que, aparte de su trabajo, también hace de confidente de su jefe.

Subo al asiento trasero y, unos minutos después, el coche se detiene frente a un edificio discreto.

Bajo del coche y le sigo.

Llegamos a una puerta que parece la entrada trasera de un local.

El chófer me abre y entro en un pasillo lleno de estanterías con cajas de vino y otras bebidas.

—No se preocupe, señorita Campos. Es el protocolo de seguridad.

Se ha dado cuenta de mi cara de sorpresa.

Nos dirigimos al fondo. Se detiene delante de una puerta, me la abre y se despide.

Entro en una sala grande que está completamente en silencio.

Parece que no hay nadie.

Las mesas están vacías, excepto una en el centro, decorada con velas y flores.

Me acerco y entonces veo a Adrián salir del fondo de la oscuridad, avanzando lentamente hacia mí.

Se detiene frente a mí y, sin decir una palabra, pone su mano en mi mejilla, me acaricia suavemente y me regala un beso largo y dulce.

Con un gesto elegante aparta la silla de la mesa y me invita a sentarme.

Nos quedamos en silencio, uno frente al otro, mirándonos y sonriendo.

Desde el fondo empieza a sonar música suave.

Un camarero aparece de la nada y nos entrega la carta.

—¿Has reservado el restaurante para nosotros solos?

No puedo ocultar mi asombro.

Siempre había soñado con que alguien me sorprendiera así, con una cena romántica, a solas y a la luz de las velas.

Aunque el pequeño detalle de que todo esto deba mantenerse en secreto no estaba incluido en mi sueño.

—El dueño es amigo mío —dice con un guiño.

El camarero nos sirve champán y brindamos.

—¿Qué celebramos? —pregunto en broma.

Se queda pensativo un momento.

—Justo hoy hace dos semanas que nos besamos por primera vez. Ya es motivo suficiente para celebrar, ¿no crees?

—¿Y cuando tengamos nuestro primer aniversario con qué me vas a sorprender? —digo riéndome.

Pero al mismo tiempo surge una duda en mi interior.

Clara, ¿de verdad crees que llegaremos a un año? Si ni siquiera podemos salir juntos a la calle sin escondernos.

—Te prepararé una sorpresa mucho más grande todavía.

Me mira a los ojos y sonríe.

—Ojalá —digo despacio.

Me observa sorprendido.

—¿No me crees? Te apuesto algo a que la sorpresa te va a encantar.

—Seguro que sí.

Le sonrío, pero enseguida bajo la mirada.

—¿Qué te pasa, Clarita?

Me coge suavemente de la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos.

—Me refería a que ojalá lleguemos a estar un año juntos.

La tristeza se nota en mi voz.

Soy consciente de que lo nuestro tiene que mantenerse en secreto.

Adrián se queda unos segundos callado antes de responder.

—Sé que las cosas ahora mismo son complicadas. Y, si te soy sincero, aún no sé muy bien cómo voy a solucionarlas.

Inspira hondo antes de continuar.

—Pero sí sé una cosa. Me importas demasiado y no pienso renunciar a ti, Clara.

Me pierdo en su mirada y algo dentro de mí me dice que habla con sinceridad.

El camarero trae el aperitivo.

—Vamos a disfrutar de esta noche especial.

Asiento.

Quiero saborear cada instante, entregarme a todas las sensaciones, recordar la mirada de Adrián y su rostro iluminado por la luz de las velas. Grabar en mi memoria cada momento y cada palabra.

Adrián pincha con el tenedor una de las gambitas rebozadas y me la acerca para que la pruebe.

Le doy un pequeño mordisco.

Una delicia.

Una gota de mayonesa de lima se me queda en el labio y Adrián acerca la servilleta para limpiarme con cuidado.

—Eres preciosa.

No aparta la mirada de mí.

Al fondo empieza a sonar una canción que llevo meses escuchando en la radio.

Es una bachata romántica y lenta.

Sin darme cuenta, empiezo a susurrar la melodía.

A Adrián se le escapa una sonrisa y de pronto se levanta y me tiende la mano.

—Señorita, ¿me concede este baile?

Sonrío sorprendida y me levanto.

Me coge entre sus brazos y, con una habilidad sorprendente, me guía por la sala al ritmo de la música.

—No sabía que también se te dan bien los bailes latinos —le digo con admiración.

Nos dejamos llevar por la música.

Adrián levanta mi brazo para hacerme girar y enseguida me rodea la cintura para acercarme a su pecho.

Nos besamos lentamente y siento sus manos recorriendo mi espalda hasta detenerse en la curva de mi cintura.

Veo de reojo al camarero apartar la mirada discretamente hacia el otro lado de la sala.

La canción termina y seguimos con el aperitivo.

Entre comida deliciosa, champán, bailes espontáneos y miradas profundas, la noche pasa casi sin darnos cuenta. Salimos del restaurante entre risas, abrazados el uno al otro.

En la salida ya nos espera el chófer con su viejo Seat.

Nos abre la puerta y nos acomodamos en la parte trasera sin soltarnos.

Esperaba que nos llevara de vuelta a mi casa, pero me doy cuenta de que se dirige a otra parte.

—¿Adónde vamos?

Adrián entrelaza sus dedos con los míos y sonríe.

—Confía en mí.

Su sonrisa me dice que aún no ha terminado de sorprenderme.