Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 9
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Capítulo 9

El resto del día en la oficina pasa atareado, pero las palabras de Míriam se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Cuando por fin llego a casa, me siento y me pongo a reflexionar.

Ahí ya no tengo nada que esperar. Y más me vale no meterme en una historia complicada. Además, entiendo que para Adrián yo soy una simple becaria y que mantener su imperio hotelero es más importante que yo.

Quizás hubiera reaccionado de la misma manera si estuviera en su situación.

Lo que pasó quedará definitivamente en un recuerdo, en una anécdota que contaré a mis nietos.

"He pasado una noche romántica con el propietario de la cadena hotelera más importante del país. Y casi le echo a perder su fortuna."

Quizás la historia no sea apta para oídos de nietos pequeños e inocentes, así que lo descarto. Quedará en mis recuerdos, nada más.

Me meto en la cama intentando reconciliar el sueño. Con tantas emociones y todo lo que pasó hoy, mi cabeza todavía da vueltas. Pelusita viene y se acurruca a mi lado. Su ronroneo tiene un efecto ansiolítico natural para mí y finalmente caigo rendida en un sueño profundo.

Un murmullo de gente hablando en la calle me despierta. Miro la hora y ya son más de las nueve. Hoy es sábado, por fin un día solo para mí.

Pelusa ya se ha dado cuenta de que abrí los ojos y me saluda con un miau. Ya sé lo que significa: tengo hambre.

Me levanto y, antes de ir a la cocina para abrirle su lata de desayuno, me acerco a la ventana y miro hacia abajo. Hay una decena de personas en la puerta del edificio hablando entre ellas.

—Pero qué bullicio tan temprano, ¿habrá pasado algo?

Mientras preparo la comida de Pelusa, decido:

Voy a disfrutar de este día. Tomaré el desayuno en la cafetería con Ana y después me iré al centro a dar una vuelta.

Me pongo un vestido bonito, un poco de maquillaje para refrescarme la cara —que nunca se sabe dónde te esperará el próximo pretendiente— y bajo.

Salgo por la puerta de entrada y las personas que vi antes por la ventana de repente se abalanzan sobre mí. Uno me mete un micrófono directamente en la cara y otros se acercan rápido con cámaras.

—¿Eres la nueva novia del magnate hotelero Velasco? —¿Desde cuándo mantenéis una relación? —¿Es cierto que él se está separando por ti?

Me bombardean con preguntas.

Durante unos segundos me quedo paralizada, con los ojos abiertos de par en par, congelada por el susto sin saber cómo reaccionar.

Ellos siguen.

—¿Qué les dirías a quienes te llaman "cazafortunas"? —¿Hay planes de boda?

La advertencia de Míriam me viene de repente a la cabeza:

Clara, mantén la boca cerrada.

Por fin consigo reponerme. Pongo cara de indiferencia y contesto:

—Lo siento, no tengo ni idea de qué están hablando. Se han equivocado de persona.

Me vuelvo a meter dentro y cierro rápido la puerta. El corazón me palpita a mil por hora. Me quedo de espaldas, apoyada en la pared. Siento que es lo único que me sostiene porque las piernas me tiemblan como flanes.

Inspiro hondo y suelto el aire despacio en un intento de deshacer el nudo que siento en el pecho.

Por fin consigo subir las escaleras. Me meto en mi apartamento, doy doble vuelta a la llave y echo las cortinas de todas las ventanas. Enseguida me siento en el sofá y me derrumbo. Las lágrimas salen solas y lloro desconsoladamente.

No sé cómo todo esto se ha podido ir de las manos de tal manera.

Iba a salir a disfrutar de mi día y ahora estoy encerrada en mi casa, con una manada de reporteros en mi puerta acosándome.

Si hubiera sabido lo que me traería aquel beso, nunca me habría dejado llevar. No le habría devuelto sus miradas intensas. No me habría fijado en sus ojos oscuros ni en su sonrisa encantadora que me hacía dar un vuelco al corazón. No me habría dejado besar y nunca me habría enamorado de él.

Ahora lo reconozco por primera vez.

Lo que empezaba a sentir por él era más que un simple "me gusta" o un "es un tío bueno".

En sus brazos me había sentido tan segura y amada. Y en la manera en que me miraba me sentía vista y valorada.

Pero ahora se ha ido todo a la mierda.

Doy un puñetazo al cojín del sofá. Pelusa da un salto y me mira desconcertada.

—Pelusita... —la llamo con la voz quebrada y entre lágrimas.

No se acerca. Ella también está asustada y no sabe lo que está pasando... igual que yo.

Me acurruco en el sofá con las rodillas encogidas y me tapo con la manta hasta esconder la cara. Me da igual el calor que hace. Solo quiero desaparecer.

Las lágrimas recorren mis mejillas y el cojín que abrazo acaba empapado de tristeza.

No sé cuánto tiempo me quedo así cuando de repente suena el teléfono. Miro la pantalla y es Ana.

Qué raro, pienso. Ana no suele llamarme. Ella es más de mandar mensajes, a no ser que sea algo importante.

Descuelgo.

—¡Clara! —exclama, sobresaltada—. ¡Estás saliendo en la tele!

—¿Cómo? —respondo incrédula.

—¡Pon Telecinco! ¡Estás en el programa La Crónica Rosa!

Agarro el mando y pulso el botón.

Es verdad. Salgo yo en pantalla con mi cara de susto, balbuceando unas palabras que antes me habían parecido pronunciadas con tanta serenidad.

Apago la televisión. No quiero ver más.

Ahora el país entero me ha visto y me relacionará con el magnate hotelero Velasco.

Mejor pido cita con un cirujano plástico y me cambio de cara.

—¿Es verdad lo que cuentan? ¿Que estás de novia con ese tipo? —escucho la voz de Ana salir del teléfono, que se ha quedado sobre la mesa.

Unos sollozos se me escapan. Quiero sincerarme con mi amiga, contarle todo lo que pasó y pedirle consejo para saber qué hacer con semejante lío.

Pero recuerdo el consejo y la mirada seria de Míriam.

Me callo, respiro hondo y finalmente contesto:

—No sé de qué están hablando, tía. Me tienen que haber confundido con otra persona.

—¡Menudo lío! Pero ven, bájate un rato y te tomas un café aquí conmigo.

Con cuidado abro un poco las cortinas. La entrada está despejada. Los reporteros se han ido.

Aun así, decido ponerme unas gafas de sol grandes y una gorra antes de salir.

Cuando entro en la cafetería, Ana me saluda riéndose.

—¡Clara, no exageres! Pareces una de esas famosas que no quieren que se les vea la cara. Anda, quítate esas gafas, que te quedan fatal.

Tiene razón. No me favorecen precisamente.

Me las quito despacio, girando la cabeza de un lado a otro para asegurarme de que no haya nadie escondido con una cámara. Parece que los periodistas se conformaron con mi respuesta y se esfumaron.

Ana se sienta conmigo a la mesa.

—¿Estás bien? Te veo preocupada.

Dudo un momento qué decir.

—Me asusté cuando los vi rodeándome con sus cámaras.

—Tranquila, ya pasó. Se dieron cuenta de que te confundieron con alguien.

En vez de un café, Ana me sirve una tila para que me relaje un poco. Le doy vueltas a la infusión con la cuchara para enfriarla cuando suena mi móvil.

Un número que no conozco.

Ahora mismo no estoy para llamadas, así que pulso el botón rojo. Al instante vuelven a llamar.

Qué pesados, pienso. Seguro que es alguien intentando venderme un seguro.

A la tercera descuelgo.

Y escucho la voz de Adrián.

—Clara.

Me quedo callada.

—Clara, ¿me escuchas?

Con voz baja para que nadie me oiga, respondo nerviosa:

—¿Pero para qué me llamas? ¿No se ha armado ya bastante lío?

—Lo sé y te pido disculpas. Pero te llamaba para agradecerte lo que dijiste, que negaras todo ante las cámaras.

—No lo hice por ti —le contesto con frialdad—. Simplemente no me apetece que la desquiciada de tu esposa quiera meterse conmigo.

Silencio al otro lado de la línea.

De repente le oigo decir con voz baja:

—Clara... quiero que sepas que, si las cosas fueran distintas, no te habría rechazado.

En su tono noto tristeza.

Trago saliva.

Quizás no me equivoqué. Quizás lo que vi en sus ojos cuando me miraba era verdad. Quizás realmente siente algo por mí.

Pero la rabia puede más.

—Ahórrate tus disculpas. Entiendo que lo nuestro no puede ser. Será mejor que cada uno siga su camino.

Y cuelgo.