Capítulo 8
Los ojos se me ven enrojecidos todavía de haber llorado tanto; da igual cuánta agua fría me haya echado en la cara.
Saco el maquillaje del bolso y, con el pequeño espejo de bolsillo en la mano, repaso como puedo las manchas rojas alrededor de mis ojos. Un poco de brillo para los labios. Ya está. Borrón y cuenta nueva. No vale la pena desperdiciar ni un pensamiento más en ese tipo.
Llego a la parada cerca de mi casa y salgo del bus.
Ana me ve desde lejos y alza ambas manos para saludarme.
Voy a verla y, de paso, me tomo una caña. Me vendrá bien distraerme.
—¡Clara! Pensaba que ya te habías olvidado de mí —me saluda emocionada—. ¿Qué tal todo?
—Bien, de maravilla.
Pongo la mejor sonrisa que me sale en este momento.
—Me tienes que contar. Espera, termino de servir los gin-tonics y me siento un rato contigo.
—¡Tráeme uno a mí! —le digo mientras se aleja.
Ana gira la cabeza.
—¿Tú, un gin-tonic? ¿Qué celebramos? —me mira con una sonrisa y cara de intriga.
Por dentro pienso: mi último fracaso amoroso.
Antes, con ella, habría vaciado mi corazón. Pero he decidido que gastar más energía hablando de Adrián y de cómo, en tiempo récord, ha roto mi corazón sería perder el tiempo.
—Hoy es viernes, razón suficiente para celebrar —le contesto con tono chistoso.
Es verdad, ya llega el fin de semana. Ni me había dado cuenta con tanto lío. Me vendrán bien los dos días libres que me esperan para relajar la cabeza y los sentimientos.
Ana vuelve con mi bebida y se sienta a mi lado.
—Estoy ansiosa por saber cómo te fue el viaje. Qué suerte poder escaparse a Ibiza unos días, con el calor que hace aquí en julio. ¿Has podido ver algunos sitios chulos? ¿Esas calas azules que salen en las fotos?
Ana rebosa ilusión, como si ella fuera la siguiente en hacer una escapada al mediterráneo.
—La isla es preciosa… —comienzo—. Le cuento sobre la playa, el azul intenso del mar, los pinares verdes, las casitas blancas, los hoteles lujosos que fuimos a visitar y mi junior suite con vistas al mar.
—¿Y con tu jefe qué tal? —me pregunta finalmente con un guiño.
Se ha dado cuenta de que he evitado hablar de él elegantemente durante todo el relato del viaje.
—Sigue siendo el mismo tipo insoportable y arrogante que al principio. Pero irme de viaje con él al menos me ha sacado de mi rutina en la ciudad.
Le devuelvo el guiño.
Al final llegan unos amigos más y terminamos sentándonos todos juntos. Como si el universo hubiese querido regalarme un poco de distracción, acabamos la tarde entre más gin-tonics y tapeo, brindando, contando chismes y riéndonos.
Por fin, en casa, me acomodo en el sofá con Pelusa a mi lado y pongo la tele de fondo mientras hago scroll en Instagram.
De repente me llega un WhatsApp. Número desconocido.
Lo abro.
“Clara, quiero pedirte disculpas por lo de esta tarde…”
Miro la foto de perfil. Es Adrián. Claro, había borrado su número. Tal vez debería haberlo bloqueado directamente.
Sigo leyendo.
“Sé que estás molesta conmigo, pero quiero que las cosas entre nosotros vuelvan a estar normales.”
Me quedo pensando un rato.
¿Normales? ¿Cómo que normales después de todo lo que pasó?
No debería haber abierto su mensaje. Si antes había llegado a casa más relajada, ahora mismo vuelvo a sentirme enfadada.
No le doy tiempo a seguir escribiendo y respondo enseguida.
“No hace falta que te disculpes. Ya me dejaste las cosas claras. Lo que pasó quedará entre nosotros y yo ya lo he olvidado. Adiós.”
Enviar. Bloquear contacto.
Si antes estaba desconsolada, ahora mismo solo siento rabia.
Apago el teléfono. Es mejor así, me digo a mí misma. Pero una lágrima termina escapándose. No sé si es por rabia o porque, en el fondo, sé que ahora sí todo ha terminado. O al menos eso creo.
El fin de semana pasa rápido y vuelvo a estar en la oficina ayudando a Míriam a archivar informes, haciendo fotocopias y llevando café al director.
Al final, Míriam consigue convencerme para acompañarla a una de sus clases de CrossFit.
Por las tardes paso por la cafetería para hacerle compañía a Ana o, a veces, cojo el bus al centro para ir de compras o simplemente distraerme mirando escaparates.
Cualquier cosa sirve para sacarme a Adrián de la cabeza.
Pasan los días y me doy cuenta de que ya casi ni pienso en él.
Pero por las noches, cuando estoy en casa viendo Netflix —y no sé cómo lo hago, pero siempre termino viendo alguna peli romántica—, entonces me viene a la mente nuestro primer beso en la playa o cuando me despertaba entre sus brazos y me decía “cariño”…
para después ignorarme y decirme que lo nuestro no podía ser.
Clara, olvídate ya de él. Hay más hombres en el mundo, me recuerdo a mí misma.
Acaricio la barrigota de Pelusa, que últimamente come demasiadas latas. Ella suelta un suave maullido y me mira con los ojos medio cerrados. Empieza a ronronear mientras yo la abrazo con suavidad. Al menos alguien me quiere aunque con bigotes y pelaje.
El despertador suena. Ya son las ocho de la mañana.
Al salir de la cama me siento con más energía de lo normal. Quizá pensar que hoy es viernes y que ya llega el fin de semana me anima un poco.
Me sobra tiempo, así que bajo a tomar café con calma en la cafetería antes de coger el bus.
Cuando llego, Ana está en la barra hojeando una revista. Hoy hay menos gente de lo normal, así que me siento con ella.
—¿Un café con leche de soja como siempre?
—Ponme también un cruasán, porfa.
Voy tomando el café a sorbos. El cruasán está caliente, recién sacado del horno, y huele de maravilla. Hace sol, pero la mañana está fresquita.
Hoy será un día maravilloso, me digo a mí misma en un intento de autosugestionarme. Anoche me dormí escuchando un audio de afirmaciones positivas… a ver si hacen efecto.
Ana sigue pasando páginas de la revista.
—¿Cómo te pueden gustar tanto los cuchicheos del corazón? —le digo riéndome.
—Ya lo sé. Igual es que mi vida es tan monótona que necesito mi dosis de dopamina leyendo los líos amorosos de los famosillos.
Miro el titular.
“EL MAGNATE HOTELERO VELASCO, PILLADO CON SU NUEVA AMANTE”
Los ojos se me abren de golpe.
—Déjame ver.
Le quito la revista de las manos.
Debajo del titular hay una foto en la que se le ve abrazando a una mujer dentro del agua, en una playa. La imagen está tomada de noche y apenas se distingue bien la cara de ella.
De repente caigo en la cuenta y las manos me empiezan a temblar.
¡Pero si soy yo!
Alguien nos sacó fotos mientras nos estábamos besando en el mar.
—¡Me tengo que ir!
Dejo el café y el cruasán a medias.
—Me llevo la revista. Después te la devuelvo —grito mientras salgo corriendo del bar.
—Pero, Clara, ¿qué te pasa? —escucho a Ana detrás de mí.
—Lo siento, el bus se me va. Te pago el café cuando vuelva... —alzo la voz mientras ya estoy doblando la esquina.
Sentada en el bus de camino al trabajo, mil pensamientos me asaltan.
¿Habrá visto Adrián ya la noticia? ¿Y su mujer?
¿Será verdad lo que me dijo Míriam, que tenga cuidado con ella?
En la foto apenas se distingue quién es la chica que aparece a su lado, pero ¿qué pasará si sale a la luz que soy yo? Mejor no imaginarlo.
Cuando entro en el hotel, veo a Míriam en recepción dando indicaciones a los recepcionistas. Voy directa hacia ella.
Me mira sorprendida.
—Llegas temprano.
—Ven. —La agarro del brazo—. Tengo que enseñarte algo.
Entramos en la oficina y saco de mi bolso la revista que había guardado como si fuera un secreto peligroso.
Le enseño el titular y la foto. Ella lo lee en silencio.
—¿Y esa eres tú?
Asiento con la cabeza, casi como si estuviera en un juicio diciendo: «Me siento culpable, señoría».
—Menudo lío. —Me mira con preocupación.
Sigue leyendo la noticia.
—Menos mal que no se ve bien la cara de la chica. Podría ser cualquiera.
Sus palabras alivian un poco la tensión que llevo encima.
—Pero ten cuidado. Será mejor que nadie lo sepa. Si alguien te pregunta, tú no has estado ahí.
La miro con los ojos muy abiertos y encojo los hombros, como si quisiera esconderme de algo.
Míriam cierra la revista y me la devuelve.
—Pero creo que a él le va a salir cara esa aventura.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto intrigada.
Se acerca un poco y baja la voz para que nadie más la escuche.
—Hace unos días fui a llevar unos papeles a la sala de reuniones. El señor Velasco estaba con su abogado en la sala pequeña de al lado. Creo que no se dieron cuenta de que había llegado y me quedé unos segundos en la puerta escuchando.
Abro los ojos. ¿Será el mismo abogado que lo llamó aquella mañana cuando estaba con él en el hotel?
—¿Y de qué hablaron? —pregunto impaciente.
—Por lo que pude escuchar, hablaban de una suma de dinero muy grande y de un contrato matrimonial.
Inspira hondo antes de continuar.
—Y el abogado le repetía insistentemente al señor Velasco algo sobre una cláusula de infidelidad. Decía que una gran parte de los hoteles que posee estaba en juego.
Trago saliva mientras proceso toda esa información. Las piezas del puzle empiezan a encajar.
El abogado que lo llamó aquella mañana quizá ya sabía que nos habían fotografiado. Le estaba advirtiendo. Por eso Adrián tenía esa expresión de preocupación. Se dio cuenta de que nuestra aventura podía costarle mucho dinero.
Ahí ya no se trataba de una esposa celosa.
Me había rechazado por dinero.
Para no perder la mitad de su imperio hotelero.