Capítulo 7
Estoy mirando por la ventana trasera de la limusina. Veo pasar pinares verdes y, entre ellos, casitas blancas. El sol brilla ya temprano con fuerza y en el cielo no se ve ninguna nube.
A mi lado está Adrián, serio, mirando al frente sin decir una palabra. Desde que salí de su suite para cambiarme no hemos intercambiado ni una sola palabra. Solo me preguntó si quería desayunar, a lo que respondí que no tenía apetito.
Me había imaginado la mañana de otra manera: un desayuno juntos en la cama o en la terraza, con el mar de fondo… pero no esto.
Después de aquella llamada, Adrián era otro. Está distante, cerrado en sí mismo, y no me atrevo a preguntarle qué le dijo ese abogado.
Llegamos a otro hotel de su cadena. Durante toda la jornada solo hablamos de cosas profesionales y, por la tarde, Adrián me avisa de que volveremos a Madrid.
Incluso en el avión sigue mostrándose frío. Nada más aterrizar llama a uno de sus chóferes para que me lleve a casa. Ni un “adiós, cariño”, ni un “nos vemos pronto”.
¿Pero qué esperaba realmente?
La limusina se detiene justo delante de mi edificio. Al bajar veo, a lo lejos, en la esquina, a Ana recogiendo las mesas de la cafetería. Ahora mismo no tengo ánimos de ir a saludarla. Necesito estar sola y procesar todo lo que ha ocurrido en estos tres días.
Abro la puerta de casa y Pelusa da un salto hacia mí, como si ya hubiera notado que estaba llegando. La cojo en brazos y la aprieto contra mi pecho. De pronto, los ojos se me humedecen y, sin querer, una lágrima resbala por mi mejilla.
Durante todo el día había intentado contener la rabia y la decepción, pero ahora todo sale solo.
Me siento estúpida por haber confiado, por pensar que entre nosotros había algo especial. Por la forma en que me miraba y me besaba, habría jurado que aquello era algo más que una aventura. Más que una simple noche de pasión.
Me doy una ducha con agua fresca y me acomodo en el sofá con una bolsa gigante de patatas fritas para consolarme.
Mi móvil vibra. Un WhatsApp.
Durante un segundo pienso que podría ser Adrián, pero no puedo evitar sentir una punzada de decepción al ver que es Ana.
—¿Qué tal el viaje, Clara? ¿Ya has vuelto?
—Bien, acabo de llegar a casa.
—¿Y qué tal te fue? Baja un rato y me cuentas.
—Mejor mañana. Estoy reventada.
—Vale, descansa guapa.
Ana me conoce demasiado bien. Si voy a verla ahora, enseguida se dará cuenta de que me pasa algo. Mañana será otro día y quizá ya se me haya pasado este malestar.
Pelusa salta al sofá y se acomoda justo encima de mi barriga. Parece feliz de que haya vuelto. La abrazo y, con el ruido de la tele de fondo, finalmente me relajo y me quedo dormida.
Tres carpetas enormes se apilan delante de mí con documentos que hay que archivar.
Estoy de vuelta en la oficina, sentada al lado de Míriam, que no para de hablar y contarme sobre sus tardes en el gimnasio y sobre la cita que tuvo con su profesor buenorro de CrossFit.
Verla tan animada al menos me distrae de mis pensamientos.
Por la mañana tampoco fui a saludar a Ana. Seguro que le habrá parecido raro que no haya pasado a por mi café como siempre. Ya iré a verla cuando salga del trabajo.
La mañana pasa rápido. Hay muchísimo trabajo y Míriam parece aliviada de tener a alguien que le eche una mano.
Al mediodía volvemos a la cafetería a almorzar y la tarde sigue igual de atareada.
Estoy concentrada clasificando carpetas digitales en el ordenador cuando, de repente, la puerta de la oficina se abre y entra Adrián.
Me sobresalto. No esperaba verlo.
Se queda frente a mí unos segundos, mirándome.
Justo en ese momento, el director sale de su despacho.
—¡Señor Velasco, qué sorpresa tenerlo por aquí!
Parece que él tampoco esperaba la visita.
—Necesito los informes de ocupación del año pasado —ordena Adrián en su tono autoritario, sin molestarse siquiera en saludar.
—Enseguida se los busco, señor Velasco.
El director desaparece rápidamente. Adrián se gira hacia Míriam.
—Ve al bar y tráeme un café con leche desnatada.
Míriam asiente, me mira sorprendida y se levanta.
—Y que me preparen también un croissant caliente con jamón y queso —añade mientras ella ya sale por la puerta.
Me doy cuenta de que, en un santiamén, acaba de echar a todos de la oficina y nos hemos quedado solos él y yo. Se acerca a la puerta, la cierra y da un paso hacia mí.
—Clara, necesitaba hablar contigo.
Me toma de la mano y me levanta de la silla. Me quedo atónita mirándolo. Por dentro estoy furiosa y una parte de mí quiere reprocharle lo desastrosa que fue la forma en que terminó todo y lo humillada que me sentí. Pero me quedo callada.
Sus ojos oscuros penetran los míos y, en un flash, recuerdo cómo me miraba mientras me hacía el amor.
Tira suavemente de mí hacia su cuerpo y sus manos cálidas comienzan a acariciar mis mejillas. Nos fundimos en un beso ardiente y desesperado. Nuestras lenguas se enredan y mi corazón se rinde al instante. La rabia que sentía hace solo un momento desapareció, sustituida por alivio y deseo.
Mis brazos rodean instintivamente su nuca. Él desliza las manos bajo mis nalgas, me levanta y me lleva a horcajadas hasta el despacho. Con una mano cierra la puerta con llave.
Me sube la falda y me sienta sobre el escritorio de Miguel. Las nóminas para firmar que Míriam había dejado preparadas hace apenas unos minutos caen al suelo.
Con una habilidad sorprendente me desabrocha los botones de la blusa y me acaricia el pecho.
Siento el deseo en su respiración mientras besa mi cuello.
Inevitablemente se me escapa un gemido que probablemente podría escucharse fuera de la oficina.
El roce de sus caderas contra las mías hace que mis piernas cedan lentamente, abriéndose para él.
Nos besamos como si nuestros labios quisieran saciar toda la sed acumulada desde nuestro último encuentro.
De repente se detiene y, mirándome, desliza los dedos desde mi barbilla hasta mis pechos.
—Clara, no he podido dejar de pensar en la noche que pasamos juntos —me susurra.
—Ni yo, Adrián.
Se aparta un poco. Su expresión se vuelve seria.
—Pero hay algo que necesito decirte.
Lo sabía. Siempre hay un “pero”. Siento un nudo en el pecho.
—Estoy en una situación complicada. Ahora mismo no puedo permitirme que alguien se dé cuenta de que entre nosotros hay algo.
Mis ojos se abren de golpe y la rabia vuelve a arder dentro de mí. Lo empujo hacia atrás.
—Entonces, ¿a qué has venido? ¿A liarme todavía más la cabeza?
Mi voz se quiebra.
—Mejor quédate con tu vida. Entiendo que soy una complicación para ti.
Las lágrimas empiezan a caer solas. Me libero de sus manos, que intentan abrazarme, y salgo corriendo de la oficina entre sollozos.
Justo me topo con Míriam, que vuelve con el café en una mano y el croissant en la otra. Me mira perpleja mientras paso a su lado. Adrián sale detrás de mí.
—¡Clara, espera! —escucho su voz a mis espaldas.
A lo lejos veo al director regresar con los informes.
Corro hasta los baños, me encierro y rompo en un llanto desconsolado.
En mi escritorio se acumula una pequeña montaña de pañuelos empapados en lágrimas. Míriam alarga la mano y me acerca otro más.
—Es culpa mía. Debería haberlo sabido.
Míriam me mira sin saber muy bien qué decir.
—¿Por qué siempre tengo que ser tan emocional y encapricharme tan rápido? —me sale entre sollozos.
Me acaricia la espalda intentando calmarme. Después de unos segundos de silencio, me coge de las manos y me mira con seriedad.
—Clara, no te culpes por lo que sientes ni por cómo llegaron las cosas hasta aquí. Lo que pasó entre vosotros ya no se puede cambiar.
Hace una pausa antes de continuar.
—Pero creo que él tiene razón.
La miro frunciendo el ceño. ¿Qué razón puede haber en rechazarme después de todo lo que pasó entre nosotros?
—Esa mujer es peligrosa. No sabes de lo que es capaz por dinero. Y en este divorcio hay muchísimo en juego para ella.
Se queda callada unos segundos y noto cierta duda en su mirada.
—Creo que ya he dicho demasiado. Pero, por tu bien, aléjate de esta historia.
Se acerca y abre los brazos, como una madre que quiere consolar a su hija. Me aferro a ella y respiro hondo. Quizá tenga razón. Tal vez lo mejor sea olvidarme de todo y no meterme en líos que terminen complicándome la vida.
—Gracias, Míriam. Ya estoy un poco mejor.
Finalmente me separo de su abrazo. Ella me acaricia la mejilla y sonríe.
Mientras recojo los pañuelos de mi escritorio no puedo evitar pensar en lo absurda que es mi vida. En tan solo cinco días en la empresa me he enamorado y me habían roto el corazón… pero también he encontrado una amiga como cualquiera desearía tener.
¿Por qué todo en mi vida tiene que ser siempre tan intenso?