Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 6
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Capítulo 6

Estoy en la cama de mi suite, mirando al techo. No puedo creer lo que acaba de pasar. ¡Vaya noche! El CEO y yo casi nos besamos.

Mañana, cuando lo vea, no voy a saber cómo reaccionar.

Pienso en su mirada, que parecía acariciarme; en sus ojos oscuros, fijos en mí, observando cada detalle de mi rostro. Si hubiera llegado a besarme de verdad, creo que no habría podido resistirme.

Un calor repentino recorre todo mi cuerpo.

Imposible dormirme así.

Me levanto y salgo a la terraza. El cielo está lleno de estrellas brillantes, y la brisa fresca de la noche alivia el calor que me había invadido.

Al final, Ana va a tener razón: nada más empezar en la empresa y ya me estoy liando con mi jefe.

Vuelvo a meterme en la cama. Voy a intentar dormir; mañana nos espera un día bastante atareado.

Después de dar mil vueltas en la cama, el sueño termina por vencerme y mis ojos se cierran lentamente.

Escucho a alguien llamar a la puerta de la habitación. Estoy perdida en el sueño, pero insisten y abro un ojo. Un rayo de sol me da en la cara.

Agarro el móvil que dejé cargando sobre la mesita.

Las ocho de la mañana.

Entonces recuerdo que ayer el CEO me dijo que empezábamos a las nueve.

Me levanto, me cubro con el albornoz del baño y abro la puerta.

Un camarero está frente a mí con una bandeja enorme entre las manos. Veo cruasanes, tostadas, queso, jamón, fruta…

Le digo que pase y la deje sobre la mesa.

No, mejor aún: voy a desayunar en la terraza, con vistas al mar.

También ha traído café y zumo de naranja recién exprimido.

¡Qué lujo!, pienso mientras le doy un mordisco al cruasán, todavía caliente, como recién salido del horno.

De repente, veo un papelito doblado sobre la bandeja.

Lo abro.

Es una nota escrita a mano.

Buenos días, Clara. Gracias por la divertida noche de ayer. Y perdóname de nuevo si me pasé. Disfruta tu desayuno. Adrián.

Me quedo pensativa y vuelvo a leer la nota.

Quizá el mojito hizo que ayer se soltara así.

Si yo solo soy la becaria invisible que suele meter la pata. Imposible que pueda verme de otra manera. Y ya van dos veces que se ha disculpado.

Seguro que simplemente se le fue la cabeza y no pensó con claridad cuando casi acabó besándome.

Decido no darle más vueltas.

Mejor repongo fuerzas con este desayuno delicioso.

No todos los días una empieza la mañana así: desayunando frente al mar Mediterráneo, viendo cómo el sol asciende lentamente y su luz se refleja sobre la superficie tranquila del agua.

Puntual a las nueve bajo al hall, donde él ya me está esperando. Me saluda con un breve:

—Buenos días, Clara.

Ha vuelto a ser el jefe frío, el hombre de negocios, disimulando que anoche no pasó absolutamente nada. Yo, sin embargo, no puedo evitar enrojecerme al verlo.

Salimos, como siempre, en limusina. Esta vez toca visitar uno de los hoteles de la cadena en el norte de la isla y reunirnos con el director.

La jornada se repite como la de ayer. El director nos enseña las nuevas reformas de la zona de la piscina y nos guía por toda la terraza exterior, explicándonos cada detalle con entusiasmo.

Desde allí hay unas vistas impresionantes a una pequeña cala de arena blanca, rodeada de pinares verdes y con el mar al fondo brillando en un tono azul intenso.

Cómo me encantaría pasar unos días de vacaciones en un lugar así. Desde aquí solo se respira paz, naturaleza y calma.

La tarde continúa con más reuniones, esta vez con socios e inversores. Yo, entre medias, me paso el tiempo revisando informes y redactando emails.

Llegamos de vuelta al hotel ya al atardecer, después de un día bastante atareado.

El CEO se despide de mí, breve y seco.

—Mañana salimos a las nueve.

—De acuerdo, señor Velasco.

—Pídete algo para cenar en el restaurante. Yo voy a descansar.

Asiento con la cabeza y le deseo buenas noches.

Subo a mi habitación, pero no me apetece cenar. Sigue haciendo calor incluso de noche.

Salgo a la terraza para refrescarme un poco con la brisa. El mar se ve tranquilo, en calma.

Me entran ganas de darme un baño, de relajarme después de ese día caluroso e intenso.

Así que me pongo el bikini, agarro una toalla y bajo.

La arena se siente fresquita mientras camino hacia la orilla. Las olas van y vienen, salpicando mis pies y aliviando el ardor después de caminar todo el día en tacones.

Sigo avanzando en el agua hasta quedar sumergida hasta la cintura. Me giro por impulso y miro hacia arriba, donde se ve la terraza de mi habitación. Justo al lado están las luces encendidas de la suite presidencial.

Me parece distinguir al CEO apoyado en la barandilla, mirando hacia abajo.

Rápidamente me giro.

¿Me habrá visto?

De repente me viene el recuerdo de ayer, cuando estábamos sentados junto al mar y casi nos besamos.

Todavía puedo sentir esa sensación en el pecho, ese deseo que apareció de golpe, mi corazón latiendo deprisa, los ojos del CEO clavados en los míos… cómo se acercaba a mi boca… cómo pude sentir su aliento suave.

Adrián.

Inspiro lentamente y lo digo en voz alta.

—Adrián.

¿Pero qué me pasa?

Mis propios pensamientos me sacuden.

Olvídate de eso, Clara. No se te ocurra encapricharte con tu jefe. No. No es buena idea en absoluto. Y además, ¿no te caía tan mal al principio?

Camino más adentro en el mar, me sumerjo y meto la cabeza entera bajo el agua.

Quizá así se me pase el calentón y consiga sacar esos pensamientos de mi mente.

El agua sigue templada después de un día en el que el sol no ha dado tregua. Nado un poco y una pequeña ola me salpica la cara. Siento el sabor salado sobre mis labios.

De repente escucho un ruido que viene de la orilla.

Está oscuro; solo las luces de la piscina iluminan de lejos la playa.

Miro y veo a alguien acercándose.

—Hola… Me apetecía un baño.

Dios mío.

Es el CEO.

Me quedo callada, mirándolo mientras entra al agua.

Y me doy cuenta de que se ve demasiado bien en bañador.

Tiene el pecho musculoso, los hombros fuertes… Con camisa no se aprecia así de bien su cuerpazo.

Se acerca y me sonríe.

—¿Qué te pasa? ¿Te has quedado de piedra?

Sigo quieta, sin decir una palabra, demasiado sorprendida.

No sé qué va a pasar ahora.

Él sigue adentrándose en el mar y, cuando está casi a mi altura, da un salto hacia delante para sumergirse por completo.

Sale del agua, se aparta el cabello mojado hacia atrás y me salpica la cara.

Nos quedamos uno frente al otro, mirándonos.

De repente noto una corriente fresquita y me encojo ligeramente.

—¿Tienes frío? —me pregunta.

—Un poquito.

Se acerca.

Me mira.

Su mirada es tierna mientras observa mi rostro.

Se me escapa una sonrisa.

El CEO distante y frío de antes ha desaparecido. Ha vuelto Adrián: el accesible, el que sonríe, el que disfruta… y el que me mira a los ojos con curiosidad y deseo.

No puedo evitar detener mis ojos en su cuerpo mojado, brillando bajo la luz de la media luna que ahora mismo está justo encima de nosotros.

Se acerca un poco más.

Nuestros brazos se rozan.

Y entonces algo dentro de mí se rinde.

No puedo evitar acercarme a él.

Noto cómo sus manos rodean mi cintura y mi pecho se apoya contra su piel cálida.

Sus labios se acercan a los míos y nos fundimos en un beso.

Primero suave, casi inocente.

Después, su boca empieza a reclamar la mía y me regala un ligero mordisco en el labio inferior.

Siento cómo una oleada de calor me recorre de arriba abajo.

Nuestras lenguas se encuentran, primero tímidas, pero la pasión que arde entre nosotros ya no se puede detener, y terminamos enredados en un beso largo, cálido y lleno de deseo.

Cuando se separa un poco de mí, me mira a los ojos con una intensidad que, al mismo tiempo, parece extrañamente tierna.

Sus manos descansan sobre mis mejillas y siento cómo sus dedos acarician mi cabello mojado.

Mi cuerpo comienza a tiritar ligeramente. No sé si es por el agua fresca o por la intensidad de la emoción que siento.

—Ven, salgamos.

Y me coge de la mano.

En la orilla agarra la toalla que había dejado en la arena y me envuelve en ella.

Después se acerca y me abraza.

Apoyo la cabeza en su pecho que sube y baja con cada respiración.

Me refugio en sus brazos fuertes y, ahora mismo, me siento tan protegida, tan envuelta en cariño, como creo que no me he sentido nunca.

Las olas rompen suavemente contra la orilla y una brisa ligera mueve el aire.

—Vamos a subir. No quiero que cojas frío.

Le miro a los ojos y me rindo completamente a él.

Ahora mismo podría haberme dicho que fuéramos a la selva africana y lo habría seguido.

Entramos al hotel agarrados de la mano hasta su suite.

Él abre la puerta, entra, y yo lo sigo como si fuera lo más normal del mundo, con una certeza interna de que pertenezco a su lado y de que ese es el único lugar donde debo —y quiero— estar.

Me invita a sentarme en un sillón grande que hay en la terraza mientras se pone a abrir una botella de vino. Con dos copas en la mano, se acerca y se sienta a mi lado.

Me ofrece la mía, brindamos y doy un sorbo al vino tinto. Él no dice nada, solo se queda mirándome como si fuera una pintura preciosa que merece ser contemplada.

Mis ojos, en cambio, están clavados en su boca. Sus labios tienen aún ese ligero brillo del vino que acaba de probar, y en mi pecho arde un deseo intenso de que vuelva a besarme.

—Me encanta mirarte —dice, rompiendo el silencio—. Eres como un alivio para mis ojos.

Me sonrojo y se me escapa una sonrisa tímida.

Se acerca despacio, se detiene justo antes de rozar mi boca con la suya y, de pronto, siento sus labios cálidos sobre los míos, besándome con deseo.

Mis manos se apoyan en su pecho como si tuviera un imán. Siento sus músculos firmes, fuertes como el hierro y, al mismo tiempo, cálidos y suaves bajo mis dedos.

Su lengua explora mi boca con movimientos lentos, suaves y juguetones. Tiene un sabor dulce, casi embriagador.

Mis labios se aferran a los suyos como si no quisieran soltarse nunca de ese beso cálido y lleno de pasión.

Se aparta apenas unos centímetros. Con la punta de la lengua roza suavemente mis labios antes de alejarse un poco más y mirarme.

Y entonces, sus manos comienzan a quitarme la toalla en la que aún estoy envuelta y se pone a acariciar con suavidad la hendidura entre mis pechos. Un leve gemido se me escapa al sentir el calor de sus manos sobre mi piel.

Se detiene un momento y sonríe.

—Estás preciosa —me dice con voz suave.

A continuación, me toma con un brazo por debajo de las rodillas, mientras la otra mano se apoya con delicadeza en mi espalda, y me levanta.

Instintivamente, rodeo su cuello con los brazos.

Me lleva desde la terraza hacia el interior de la suite sin dejar de mirarme con ternura y deseo a la vez. Con delicadeza, me deja sobre la cama.

Sus manos comienzan a deslizarse, acariciando mi piel. Siento sus besos cálidos sobre mi cuerpo y nos fundimos en un abrazo ardiente.

Cuando se apodera de mi cuerpo y me llena, un grito suave escapa de mis labios. Al principio todo es delicado, lento, casi tierno, pero después, poco a poco, acaba entregándome toda su intensidad hasta que mi cuerpo termina ardiendo y temblando.

Con nuestros cuerpos aún húmedos de sudor, nos quedamos enredados, abrazándonos y acariciándonos.

Empieza a besar suavemente mis labios hasta que finalmente apoya su mejilla sobre la mía. Siento su respiración como una caricia en mi cuello que me relaja por completo, y me quedo dormida en sus brazos, flotando en una sensación de felicidad.

La claridad del día me despierta lentamente. Siento el calor de la piel de Adrián y su brazo fuerte alrededor de mi cintura, abrazándome.

Me giro un poco y, enseguida, me atrae suavemente hacia él, como si no quisiera que me escapara de su lado.

Me refugio en sus brazos e inspiro su olor. Su respiración es lenta y tiene un efecto calmante en mí. Su abrazo me envuelve, me aprieta suavemente contra su pecho y me da un beso en la frente.

Nos quedamos unos minutos abrazados hasta que, de repente, la vibración de su móvil rompe el silencio.

Adrián se gira, apaga con una mano aquel sonido intruso en la mañana idílica y vuelve a abrazarme.

Pocos minutos después, vuelve a sonar. Al final, coge el móvil y mira la pantalla.

—Espera un momento, cariño. Es mi abogado.

Y se levanta.

Mientras él se pone a hablar por teléfono, me estiro en la cama.

Me ha llamado cariño.

Una sonrisa se apodera de mi cara.

De repente, noto cómo el tono de Adrián cambia. La serenidad con la que cogió la llamada desaparece y puedo sentir en su voz exaltación, preocupación.

Se aleja, entra en la habitación de al lado y cierra la puerta.

Contengo la respiración con la intención de captar algunas palabras.

—¿Pero qué me estás diciendo?Ella no será capaz de hacerme esto.

¿Ella?

De repente, me quedo de piedra, como si un rayo me hubiera atravesado el cuerpo.

¡Se me había olvidado por completo que está casado, que tiene mujer!

Menudo lío en el que te estás metiendo, Clara.

Adrián vuelve con cara seria. Puedo ver en su rostro que hay algo que lo ha sacado de su centro.

Me mira y, en comparación con lo cariñoso que se mostró solo hace unos momentos, me dice en un tono demasiado seco:

—Ya es tarde, hay que levantarse. Tenemos trabajo que hacer.

Lo miro y mi corazón se encoge.

¿Quizá para él todo esto no fue más que una noche de diversión?

Y yo, qué tonta, ya estaba empezando a creer que significaba algo más.