Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 5
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Capítulo 5

La brisa del mar me acaricia la cara y alivia el calor abrasador que suele hacer en julio en Ibiza. Acabo de darme un refrescante baño en el mar Mediterráneo y me he tumbado en una de las hamacas en primera línea de playa.

Un camarero se acerca y me pregunta si deseo algo. Un cóctel de esos con sombrillita de adorno no estaría nada mal ahora. Le pido una piña colada y me pongo los auriculares para relajarme con mis canciones favoritas.

Esto es vida. Así no me había imaginado en absoluto mis primeros días de becaria en la empresa.

Tan relajada estoy que hasta doy una cabezada.

No sé cuánto tiempo pasa, pero de repente siento que algo me toca suavemente el hombro.

Hago un gesto, como si quisiera espantar a una mosca molesta que intenta quitarme el sueño, abro los ojos y, delante de mí, a pocos centímetros, veo la cara del CEO.

—Clara —escucho su voz, todavía medio dormida.

El sueño se me va en un segundo.

—Te quedaste dormida. Tenemos trabajo que hacer.

—Perdón, señor Velasco, solo me había relajado unos minutos —le contesto con voz ronca de recién despertada.

Agarro el móvil, que sigue enganchado al cable de los auriculares, y veo que han pasado casi dos horas.

El CEO de repente se ríe.

Le miro con cara de desconcierto. ¿Qué tengo que le hace tanta gracia?

—Estabas roncando.

—¿Yo? Imposible. Yo no ronco.

—Pues lo estabas haciendo… y no precisamente suave.

Su risa se vuelve casi burlona.

Noto cómo mi cara se pone roja, tan roja como la toalla sobre la que estoy tumbada.

Al instante, se pone serio de nuevo.

—Vamos, cámbiate. En media hora hay reunión con el director.

El buen humor no le dura nada. Vuelve el CEO mandón.

Me levanto de la hamaca como puedo, le doy un trago a la piña colada, que se había quedado a medias en la mesita de al lado calentándose al sol, y sigo al CEO hacia el interior del hotel.

Se dirige a la barra del bar junto al hall.

—Te espero aquí, no tardes —me ordena, serio.

Voy deprisa a la habitación, me pongo algo más formal que esta mañana, me peino rápido, un toque de pintalabios y lista.

Diez minutos después estoy delante del CEO, que mientras tanto se está tomando un espresso en la barra.

En compañía femenina.

A su lado veo sentada a una mujer rubia, maquillada de forma exagerada, con un pintalabios de un rojo chillón que podría servir perfectamente como señal de semáforo.

Él le está contando algo y ella rompe a reír con un volumen exagerado.

¿Quién será esa?, me pregunto, y sin darme cuenta pongo cara de pocos amigos.

En cuanto me acerco, el CEO empieza a presentarme.

—Beatriz, ella es mi asistente, Clara.

Luego me mira a mí.

—Clara, la señora Ferrer, esposa del director Vidal.

Se acerca un poco y me pregunta en voz baja:

—¿Te pasa algo?

Mi expresión seria y molesta desaparece al instante al notar cómo mis mejillas se encienden.

—Encantada de conocerla, señora Ferrer —balbuceo.

¿Pero qué me pasa?

Tenía pinta de que estaba coqueteando con esa mujer… y me molestó.

Pero si ni siquiera me cae bien.

El CEO termina su café y se despide de la señora. Yo le sigo hasta el despacho del director.

Entra sin llamar… como siempre, dueño absoluto del lugar.

El director, que estaba sentado en su escritorio, se levanta y le estrecha la mano.

El CEO me indica que me siente en un escritorio pequeño a un lado y que revise los últimos emails, además de organizar la agenda para mañana.

Mientras tanto, los dos se ponen a discutir planes de inversión.

Una hora después termina la reunión.

—Te espero a las ocho en el hall para ir a la cena —me recuerda el CEO—. Y ponte algo adecuado para la ocasión —añade con cierta insistencia.

Quizá le preocupa que aparezca en vaqueros como esta mañana.

Ya en la habitación, después de darme una ducha, empiezo a prepararme. Saco el vestido rojo que aún sigue en la maleta y me lo pongo. Me queda perfecto. Es corto, pero sin enseñar de más; ajustado, con la espalda descubierta hasta rozar la curva de la cadera y un escote que atrapa miradas.

Me recojo la melena en un moño bonito, dejando caer algunos mechones sueltos. Unos pendientes largos dorados le dan el toque final.

El maquillaje es discreto, aunque no renuncio a un brillo de labios en tono rosa con ese efecto de labios mojados.

Por último, me pongo mis zapatos de tacón y me miro al espejo.

Espectacular.

Esta vez no voy a aparecer ni con una mancha en la camisa ni con una sudadera. Tendrá una acompañante capaz de captar más de una mirada.

Bajo en el ascensor. Cuando las puertas se abren, lo veo sentado al fondo, en una mesa del bar. Me acerco dando pasos lentos. No vaya a ser que me resbale con estos tacones.

Noto su mirada.

Sus ojos siguen cada paso que doy mientras camino hacia él. Me detengo frente a su mesa.

—Estoy lista, señor Velasco —le digo, sonriendo.

Él se queda callado, con los ojos clavados en mí.

Pasan varios segundos. De repente, se levanta, como si algo lo hubiera sacado de una distracción.

—Vamos. El chófer ya nos espera.

Y se aleja con pasos rápidos mientras yo intento seguirle el ritmo sobre mis tacones.

Llegamos a las puertas de un hotel que se ve aún más lujoso que el Velaris Azure Ibiza.

La limusina se detiene y el CEO sale primero, mientras yo me quedo unos segundos mirando por la ventana, asombrada por la elegante fachada.

En la entrada, unas letras luminosas y doradas anuncian: Ibiza Royal Grand.

Un hombre con traje impecable se acerca para abrirme la puerta, pero el CEO se le adelanta. Me tiende la mano para ayudarme a salir. Nuestros dedos se rozan. Tiene la piel suave, pero su agarre es firme, seguro.

Levanto la mirada y él se queda quieto unos instantes, mirándome a los ojos, con una mirada profunda que me desconcierta. Noto como mi corazón empieza a latir más rápido.

Me sonríe.

—Señorita Campos, ¿está preparada?

Asiento con una leve inclinación de cabeza y salgo de la limusina, intentando no perder el equilibrio con los tacones.

Entramos y veo en el hall a varios periodistas esperando para fotografiar a los invitados que van llegando.

El CEO enseguida empieza a saludar a algunos hombres trajeados que tienen pinta de ser muy importantes. Los periodistas le piden que pose delante de una pared llena de logos de patrocinadores. Yo me quedo a un lado, intentando pasar lo más desapercibida posible.

Los flashes no dejan de iluminarse. Enseguida varios periodistas se acercan a hacerle preguntas.

No sabía que el CEO era una persona tan importante. Yo siempre lo había visto solo como un tipo arrogante.

Cuando termina todo el paripé, se acerca a mí y me guía hacia una sala contigua.

Parece que ha hecho esto mil veces, porque sabe exactamente qué hacer, adónde mirar y adónde ir. Yo, en cambio, me siento bastante perdida y abrumada en este universo paralelo de lujo y apariencias.

Entramos en la sala y reconozco a algunos de los socios con los que se reunió esta tarde. Están acompañados de señoras enfundadas en vestidos largos, elegantes y discretos. Con ellos también está el director Vidal con su esposa.

En cuanto nos acercamos, noto cómo las mujeres me miran de arriba abajo con esa expresión de alta sociedad que no sé si significa juicio, soberbia o simple envidia.

—Veo que llega con compañía nueva —suelta una de ellas, dedicándome una sonrisa más falsa que mi bolso de Prada comprado en el top manta del metro.

—Le presento a Clara Campos, mi asistente personal —responde el CEO, serio y formal.

La señora Ferrer envuelta en lentejuelas me estrecha la mano.

—Bonito vestido… Un rojo imposible de ignorar. ¿Es Versace?

Noto cómo se me enciende la cara. Me pongo nerviosa y no sé qué contestar, pero el CEO se adelanta.

—Es un Bellavière Privé.

Lo miro. Estoy segura de que acaba de inventarse el nombre.

—Una firma pequeña de Milán —añade con absoluta naturalidad—. Muy exclusiva. Difícil de conseguir si no conoces a la persona adecuada.

La mujer parpadea una sola vez.

—Oh. No la conocía.

Se me escapa una sonrisa victoriosa, como si acabara de ganar una pequeña batalla silenciosa.

Un camarero se acerca con una bandeja llena de copas de champán.

El CEO agarra dos y me ofrece una.

Las señoras empiezan a hablar entre ellas sobre sus últimos viajes y sus vacaciones en las Maldivas. El CEO y sus socios, mientras tanto, intercambian comentarios sobre la próxima regata de veleros de Mónaco.

Yo me quedo escuchando, observando y dándole pequeños tragos al champán.

A ver si las burbujas hacen efecto pronto y me ayudan a sobrevivir el resto de la velada.

De repente, uno de los socios se acerca a mí.

Bueno, al menos uno que quiere darme algo de conversación, pienso.

—Señorita Campos, se la ve muy bien esta noche.

Se queda sonriéndome.

—¿Puedo llamarla Clara?

Y continúa sin esperar respuesta.

—Ahora entiendo por qué Adrián no quería venir solo. Si yo tuviera una asistente así, tampoco la dejaría escapar.

Se acerca aún más. Demasiado.

Antes de que pueda dar un paso atrás, la mano de Adrián aparece en mi cintura.

Me atrae hacia él con un gesto suave, pero imposible de ignorar, hasta que mi cuerpo queda ligeramente pegado a su lado.

Y yo, sin pensarlo, me quedo junto a él, apoyando mi mano en su pecho, como si quisiera dejarle claro al impertinente que allí no había absolutamente nada que conseguir.

Se anuncia que pasemos todos a la sala de al lado. El CEO me ofrece su brazo para que lo acompañe y dejamos al tipo grosero con la palabra en la boca. Llegamos a un gran salón de decoración elegante, con mesas adornadas con preciosos centros de flores.

Nos sentamos en una de las mesas más grandes, rodeados de más invitados. Cada uno tiene un pequeño cartel con su nombre, y el mío está justo al lado del señor Adrián Velasco.

La cena comienza con varios discursos; al CEO también le toca decir unas palabras. Por fin empiezan a servir los entrantes. Yo ya me estaba muriendo de hambre.

La velada transcurre entre conversaciones serias sobre negocios y cotilleos sobre la vida social de empresarios que, al parecer, deben de ser muy importantes, aunque yo no he escuchado sus nombres en la vida.

Al fondo suena música clásica. Me fijo mejor y veo a un hombre tocando el piano. No lo hace nada mal, pero a mí me va más algo movido y alegre, con ritmo que te den ganas de bailar.

De eso aquí no hay nada. Todos están sentados como palos, inmersos en conversaciones aburridísimas. Hago un esfuerzo por reprimir un bostezo. Espero que esto no se alargue demasiado.

Después de más de dos largas horas, por fin los primeros empiezan a despedirse.

Respiro aliviada cuando el CEO me dice que es hora de irnos. Nos despedimos de los pocos que quedan y nos levantamos de la mesa.

—¿Te aburriste mucho? —me pregunta mientras caminamos hacia la salida.

—¿Tanto se notó?

—Un poco. Veía que te estabas aguantando los bostezos.

Se ríe.

Salimos del hotel. El CEO ya estaba sacando el móvil para llamar a su chófer cuando, de repente, veo al fondo un chiringuito en la playa iluminado con luces de colores parpadeantes. Se escucha música alegre y, desde lejos, se distingue gente bailando.

—¡Mire allí! —exclamo sonriendo—. ¡Eso se ve divertido!

El CEO me mira.

—¡Vamos un rato, por favor!

Se queda callado.

—Venga, no me diga que no tiene ganas de divertirse un poco.

—Pero ya es tarde, y mañana tenemos una jornada larga —responde, dudando.

—Solo un ratito. Seguro que le vendrá bien después de esa cena tan aburrida.

Le dedico mi mejor sonrisa. Veo cómo su expresión se ablanda.

—De acuerdo. Iremos, pero solo un rato.

Mi cara no puede ocultar la alegría.

¡Por fin un poco de diversión!

Nos acercamos y el ambiente está que arde. Justo suena un temazo y todo el mundo empieza a gritar y a saltar. En medio de todo eso estamos nosotros dos.

El CEO me mira con cara de estar completamente fuera de lugar. Yo, en cambio, no puedo quedarme quieta. Los pies se me mueven solos y me pongo a bailar y a dar brincos como los demás.

Él se ríe al ver como me suelto, y creo que estoy consiguiendo contagiarlo. Poco a poco se deja llevar y empieza a mover su cuerpazo al ritmo de la música.

Con lo rígido y serio que se ha mostrado hasta ahora… pero veo que no se le da nada mal bailar.

Me agarra de una mano y me hace girar.

Parece que se está divirtiendo.

Y yo también.

Hace muchísimo que no salgo así, simplemente a disfrutar. Y el champán de la cena ayuda a que mis pasos salgan como si fuera la reina de las pistas de baile de Ibiza.

Después de media hora de bailoteo y de acabar acalorados, el CEO me coge de repente de la mano y me arrastra hacia la barra.

Sin preguntarme qué quiero tomar, pide dos mojitos.

Pero parece que me ha leído la mente.

Con las copas en la mano nos apartamos un poco del bullicio y nos sentamos en unos sillones con cojines cómodos. Desde allí se ve la orilla del mar y se escucha el sonido de las olas al ir y venir.

—Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien —dice, riéndose antes de dar un sorbo al mojito.

—No imaginaba que bailaba así de bien —lo elogio.

—Ni que fuera un bailarín profesional.

Suelta una pequeña risa.

Nos quedamos mirando el mar. La brisa fresca se siente deliciosa en aquella noche calurosa.

—Ha sido buena idea venir aquí. Me hacía falta algo diferente.

Se gira y me mira.

Me quedo clavada en sus ojos oscuros.

Y no aparta la mirada.

¿Qué hago?

Soy incapaz de desviar los ojos.

¿Por qué me mira así?

Veo cómo en sus labios se dibuja una leve sonrisa. Mi corazón se acelera a pesar del mojito y del champán.

Nos quedamos en silencio.

Sin decir una sola palabra.

Solo mirándonos.

Tiene unos labios muy sensuales, me doy cuenta.

Su rostro se acerca lentamente al mío y yo me pierdo en sus ojos. Nuestros labios casi se rozan.

Siento su aliento, suave y cálido.

Él entreabre ligeramente los labios.

Un calor repentino invade mi pecho y, dentro de mí, algo se rinde.

Un suspiro se me escapa al sentirlo tan cerca.

De repente, aparta el rostro y se gira.

¿Qué ha pasado?

Dios mío… casi nos íbamos a besar.

Lo miro de reojo, desconcertada. En su expresión hay algo parecido a la culpa, como si hubiera cruzado una línea que no debería.

—Perdona —me dice, girándose hacia mí—. Me dejé llevar.

Después de un breve silencio, añade:

—No quiero hacerte sentir incómoda.

Nos quedamos dando pequeños sorbos a nuestros mojitos.

Mis ojos se desvían hacia él.

En sus labios hay una sonrisa leve, casi traviesa, como la de un niño que acaba de alegrarse por haber hecho una pequeña travesura.

Y entonces me doy cuenta de que esto va a convertirse en un verdadero dilema.

¿Cómo se supone que voy a mirarlo mañana a los ojos y fingir que aquí no ha pasado nada?