Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 4
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Capítulo 4

Salgo del bus en la parada de al lado de mi casa y voy corriendo al bar donde trabaja mi amiga Ana.

Está en la terraza, recogiendo los vasos de una mesa. En cuanto me ve, grita:

—¡Clara, ya estás de vuelta! ¿Qué tal te fue? ¡Cuéntame!

—¡Mañana me voy de viaje a Ibiza!

Llego sin aliento, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cómo? ¿No te gustó el trabajo? ¿Y por qué te vas de viaje?

Su cara deja claro que no entiende nada.

—Es largo de explicar. Pero necesito que te quedes unos días con Pelusa. No te importa, ¿no?

—¡Claro que no! Pero cuéntame, ¿qué pasó?

—Es un viaje de negocios. Me voy con mi jefe. Bueno… con el director general.

—¿Con tu jefe? ¿Tú y él? No me digas que ya te has ligado a tu jefe —dice, riéndose.

Ana me conoce demasiado bien. En el amor no es que me vaya precisamente bien. Conozco a alguien que me gusta y enseguida me enamoro. Demasiado. Tanto, que dejo de pensar con lógica.

—No es eso —contesto rápido—. Su secretaria se puso enferma y me pidió que fuera con él para sustituirla.

Bueno, en realidad no me lo pidió. Me lo ordenó. Pero ese pequeño detalle prefiero omitirlo.

—Y dudo mucho que pudiera enamorarme de un tipo como él. Es frío, arrogante y mandón.

Ana me mira con cara de no creérselo del todo.

—¿Y está bueno? —pregunta con una sonrisa traviesa—. ¿O será un viejo calvo con barriga?

Se echa a reír.

Me viene a la cabeza la imagen de cuando estábamos sentados en la azotea. La brisa había revuelto su pelo, que hasta entonces había estado perfectamente peinado, y tenía la mirada perdida en el horizonte. Eso fue justo antes de exigirme que me comiera las gambas.

Se había quitado la corbata y llevaba los primeros botones de la camisa desabrochados. Tiene pinta de ir al gimnasio, pensé en ese momento.

—Bueno… no está mal —contesto rápido—. Pero es un tipo antipático.

Creo que no consigo convencerla del todo.

—¡Me voy, que tengo que hacer la maleta! —me despido, saliendo deprisa.

Llego a casa y Pelusa me recibe rozando su cabecita contra mis piernas.

—Te vas a tener que quedar unos días sola, Pelusita —le digo, acariciándole la barbilla.

Voy al dormitorio y abro el armario. A ver qué me llevo.

El bikini, por supuesto. Unos vestidos de playa, las chanclas… También ropa formal para las reuniones, zapatos de tacón y algo bonito pero informal para salir por la noche. Con eso bastará.

Después bajo a llevarle a Ana las llaves de casa. Ella siempre cuida muy bien de Pelusa cuando me voy unos días.

Ceno pronto y me meto en la cama. Mañana toca madrugar. Si me viene a buscar a las siete y media, tendré que levantarme incluso antes de lo normal.

Me pongo una serie en Netflix, una de esas aburridas que sirven justo para dar sueño.

Cuando ya se me están cerrando los ojos, veo la pantalla del móvil iluminándose.

Un WhatsApp.

¿Quién me escribe a estas horas?

Es un número desconocido. Lo abro y leo:

Hola, soy Adrián. ¿Qué tal estás?

No conozco a ningún Adrián, y no me hace ninguna gracia que alguien venga a molestarme a estas horas, así que contesto borde:

No sé quién eres ni de dónde has sacado mi número, así que mejor bórralo.

Enviar.

Antes de soltar el móvil, me entra curiosidad y pulso en la foto de perfil para ver quién es el gracioso al que le gusta escribir a desconocidas en mitad de la noche.

En cuanto la veo, el sueño se me quita de golpe.

¡Mierda!

Es el CEO.

Lo que me faltaba. Y yo con esas contestaciones.

Miro su foto. Sale con traje negro, impecable como siempre, y esa sonrisa que incluso lo hace parecer simpático.

Rápido tecleo:

Perdón, señor Velasco. No sabía que era usted. Discúlpeme.

Pasan varios segundos hasta que responde con un audio.

Lo abro y escucho su voz grave.

—Clara, mañana por la noche asistiremos a una cena de gala, así que llévate algo adecuado para ponerte.

—De acuerdo, señor.

Una cena de gala.

Podría habérmelo dicho antes y no a las once y media de la noche.

Me levanto y voy al armario a ver qué encuentro. Al fondo, en una caja, hay un vestido rojo de Zara que me puse solo una vez. Ese podría servir. No es precisamente de gala, pero es lo más bonito que tengo. Es corto, ajustado y resalta mi figura. Seguro que quedará bien.

Zapatos a juego no tengo, pero puedo usar los tacones que ya están en la maleta.

Pasadas las doce, por fin me meto en la cama. Pelusa se ha acurrucado a mi lado y me duermo sintiendo su ronroneo de fondo.

Bajo las escaleras corriendo.

Son las 7:38.

El despertador había sonado, pero le di a apagar medio sonámbula y me volví a dormir.

Soy un desastre, no puedo decir otra cosa.

Antes de salir por la puerta, me eché agua fría en la cara y me peiné rápido. Para maquillarme no había tiempo.

Miro el móvil y no tengo ninguna llamada del CEO, tampoco ningún WhatsApp.

Espero que no se haya ido sin mí.

En cuanto salgo por el portal, no doy crédito a lo que veo.

Delante de mi casa hay una limusina negra enorme, con los cristales tintados. Y delante, un señor con traje esperándome.

—¿Señorita Campos? —me pregunta en cuanto me ve.

No contesto porque me acabo de quedar sin palabras.

Él agarra mi maleta, la mete en el maletero de la limusina y me abre la puerta trasera.

Ahora tengo un chófer que me lleva al aeropuerto.

Qué nivel.

Estoy alucinando.

Esto es muchísimo mejor que tener que coger el metro.

Llegamos al aeropuerto y me doy cuenta de que la limusina no va hacia la terminal principal, sino que pasa de largo.

El chófer gira hacia una zona más apartada.

Llegamos a un edificio elegante, de cristal.

Aquí no hay colas eternas, familias arrastrando maletas ni pantallas gigantes anunciando retrasos. Solo silencio, lujo y asistentes impecablemente vestidos que me acompañan hasta una sala privada.

Entro y allí está el CEO, sentado en una mesa, tomándose un café.

Me acerco. Él levanta la cabeza y sonríe.

—¿Estás lista? Ya mismo salimos.

—Sí, señor Velasco.

Me doy cuenta de que mis vaqueros y sudadera, elegidos para ir cómoda en el avión, no pegan en absoluto con el ambiente lujoso que se respira aquí.

El CEO se levanta y sale de la sala. Yo voy detrás.

Llegamos a una zona donde nos esperan unos asistentes de vuelo. Nos acompañan, salimos por una puerta de cristal y, de pronto, estamos directamente delante de un avión pequeño.

—¿Vamos a viajar en jet privado? —pregunto, entusiasmada.

—Así es.

Me mira y se le escapa una pequeña sonrisa.

Emocionada, me pongo a dar pequeños saltitos delante del avión.

Me siento como una niña en la mañana de Navidad.

Entramos al jet y aquello no parece un avión. Es más bien una sala de estar, con sillones enormes y cómodos como sofás.

Tenemos una azafata solo para nosotros dos.

Nos indica que nos abrochemos los cinturones y el avión despega.

Una vez en el aire, nos sirve el desayuno.

Frutas, panecillos, jamón del bueno, varios quesos, huevos revueltos…

Ya casi parece el buffet de desayuno de un hotel.

La azafata me pregunta si quiero té o café y me pongo a llenar mi plato con un poco de todo. Esta mañana, con las prisas, ni siquiera me dio tiempo de desayunar.

El CEO, mientras tanto, sentado enfrente de mí, sigue completamente centrado en su portátil.

—¿No tiene hambre, señor Velasco? —pregunto mientras mastico un panecillo con jamón.

Él levanta la vista, me mira serio y, sin decir nada, vuelve a su trabajo.

El vuelo pasa rápido.

Una hora después ya nos acercamos al aeropuerto de Ibiza.

Desde el aire puedo ver la silueta de la isla, que desde arriba parece diminuta. Se distinguen pequeñas calas de agua turquesa y casitas blancas escondidas entre pinares verdes.

El sol brilla y se refleja sobre la superficie del mar.

Me siento ilusionada. Salir del ruido de la ciudad para llegar a una isla tan idílica parece casi unas vacaciones.

Del aeropuerto nos recoge otra limusina para llevarnos al hotel.

Cristales tintados, chóferes que cargan las maletas y nos abren las puertas…

Vamos, ahora mismo me siento como la reina de España llegando a sus vacaciones de verano en las islas Baleares.

No está nada mal esto de ser la secretaria del CEO insufrible, que de momento ni siquiera ha dicho una palabra en toda la mañana de lo concentrado que ha estado con su portátil.

Un viaje en jet privado con desayuno espectacular, ahora me llevan a un hotel en primera línea de mar… y encima me pagan por ello.

Llegamos al Velaris Azure Ibiza y se repite el mismo escenario de ayer. En la entrada los porteros nos saludan casi con reverencia, como si él fuera una celebridad, y el director ya nos espera en el hall con una sonrisa exageradamente cordial.

—Es un honor recibirle en el hotel, señor Velasco.

Le estrecha la mano con entusiasmo.

A mí apenas me dedica un breve buenos días.

Claro. Yo no soy ni la milésima parte de importante que el gran señor Velasco.

Nos recibe en su despacho.

A mí me toca la tarea de siempre: hacer el resumen de la conversación.

Después de una hora pasamos a una sala de reuniones. Llegan más hombres trajeados, los socios del CEO, según voy entendiendo.

El señor Velasco me manda traer agua y refrescos, además de preparar unas fotocopias para la reunión.

Mientras ellos discuten sobre inversiones y números, yo tecleo en el portátil todo lo que escucho.

Llevamos ya dos horas aquí y lo único que he visto del mar ha sido desde la ventanilla del avión.

Llega la hora de comer. En una zona apartada del restaurante principal nos tienen preparada una mesa elegante, con varios aperitivos esperándonos.

El chef de cocina ya está allí y les explica al CEO y a los socios las innovaciones de la temporada.

Hay platos cuyos nombres no he escuchado en mi vida, pero se ven riquísimos.

La comida transcurre de forma relajada. Ellos hablan de negocios mientras yo permanezco callada, saboreando cada uno de aquellos sabores exquisitos.

Si soy sincera, me siento algo fuera de lugar. Desde que llegamos no me ha dado tiempo a cambiarme y sigo con mi pinta de vaqueros, mientras los demás almuerzan con trajes elegantes y carísimos.

Al CEO, al parecer, no le importa que yo desentone entre tanta sofisticación mientras haga bien mi trabajo.

Ya verá cuando me arregle para la cena de esta noche. Le voy a sorprender.

Al pensar eso, enseguida me pregunto por qué de repente me importa llamar su atención, precisamente la de un tipo tan frío y arrogante como él.

Lo miro de reojo. Se está peinando el pelo oscuro hacia atrás con los dedos mientras se ríe de uno de los chistes malos que acaba de hacer uno de los socios.

¿De verdad le hace gracia?

Yo hago una pequeña mueca con la boca, disimulando una sonrisa en un intento de encajar y mostrar interés en la conversación.

Después de comer, por fin hay un descanso y puedo ir a mi habitación. El CEO reservó para mí la Junior Suite, que está justo al lado de la suya: la suite presidencial, en la última planta. Claro, un hombre como él tiene demasiado nivel para dormir en una habitación normal y corriente.

Acerco la tarjeta que me dio la recepcionista del hotel y la puerta se abre con un clic. Entro y me quedo boquiabierta al ver aquello.

La suite es enorme. No es solo una habitación, sino que tiene hasta un recibidor y una sala de estar. Vamos, es más grande que mi apartamento entero.

Doy unos pasos y llego al dormitorio. Al fondo hay unas puertas de cristal y, ante mis ojos, se abre la vista más bonita que he contemplado jamás: el mar Mediterráneo en todo su esplendor, con un azul intenso y brillante.

Salgo a la terraza, que es casi tan grande como la suite. Se escuchan las olas del mar y el sonido de las gaviotas volando en círculo frente al hotel. Miro hacia abajo y veo la playa. Desde aquí arriba, las hamacas y las sombrillas se ven diminutas.

Voy a aprovechar las dos horas de descanso que tengo hasta la siguiente reunión para darme un chapuzón. No vaya a ser que vuelva a Madrid y no pueda presumir de haberme bañado en aguas baleares.

Me pongo el bikini, un vestido de playa y salgo de la habitación. Miro la puerta de la suite presidencial.

Le voy a avisar. Quizás este hombre también necesita un poco de diversión después de tantas reuniones serias y aburridas.

Toco la puerta y, unos segundos después, se abre.

El CEO aparece en chándal de descanso y una camiseta blanca ajustada que marca su pecho musculoso. Definitivamente, este hombre pasa tiempo en el gimnasio.

Me mira de arriba abajo con los ojos muy abiertos. Claro, esta ya no es mi versión de vaqueros y sudadera. El vestido de verano se transparenta ligeramente y deja ver debajo mi bikini de color rosa chicle.

—Señor Velasco —empiezo entusiasmada—, pensaba que quizás le apetece acompañarme un rato a la playa.

Él se queda mirándome, sorprendido, y como no contesta, sigo hablando.

—Hay que divertirse en la vida de vez en cuando, después de tanto trabajo importante.

Sonrío nerviosa. No debería haberme tomado la libertad de llamar a su puerta. Clara, no paras de meter la pata, me riño a mí misma.

Veo cómo su expresión seria de repente cambia. Aparece un brillo en sus ojos y se le escapa una sonrisa.

—Tranquila, ve a divertirte. Yo me quedaré aquí echando una siesta.

—Bueno, usted se lo pierde —le digo con un tono juguetón y, a la vez, aliviada de que no se haya molestado.

Me giro y voy hacia el ascensor. Pulso el botón y vuelvo la cabeza.

El CEO me guiña un ojo con una sonrisa antes de cerrar la puerta despacio.

Será que, en el fondo, no es un tipo tan frío, pienso mientras baja el ascensor.

Quizá ese trabajo le obliga a llevar siempre esa máscara de perfección y distancia.

Apoyo la espalda en la pared del ascensor y sonrío para mí misma.

Sea como sea, el señor Adrián Velasco acaba de despertar una curiosidad peligrosa.

Y tengo la sensación de que eso no me traerá nada bueno.