Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 3
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Capítulo 3

Míriam y yo estamos sentadas en la cafetería. Tenía razón: la ensalada de pasta que me pedí está riquísima. Y, además, el precio se ajusta perfectamente a mi bolsillo de becaria.

Mientras muerdo un tomate cherry, no puedo evitar pensar en la conversación de antes. ¿Qué le pasa al CEO con su mujer? ¿Y qué es exactamente lo que no está llevando bien? Quizá pueda sacar mis propias conclusiones… Todo apunta a que su relación no atraviesa el mejor momento.

Aunque, pensándolo bien, no es asunto mío. Y más me vale que siga sin serlo.

Míriam, mientras tanto, me habla del nuevo gimnasio al que se ha apuntado, de las clases de CrossFit y del entrenador, que según ella está buenísimo. Yo la escucho con una sonrisa, asintiendo de vez en cuando, pero mi mente vuelve una y otra vez a la imagen del CEO hablando por teléfono.

¿Y si detrás de esa máscara fría e inalcanzable hay algo más? ¿Alguien que no duerme por las noches, que arrastra preocupaciones, que carga con un peso que le amarga el carácter?

No sé por qué le doy tantas vueltas. Y, aun así, eso no justifica sus malos modales.

Míriam me propone acompañarla un día al gimnasio. Yo, que soy más de hacer deporte apretando los botones del mando de la tele, solo de imaginar una clase de CrossFit ya sudo. Pero quizá me vendría bien, así que acepto.

Parece contenta de haberse hecho una nueva amiga. Y ella, si soy sincera, a mí también me cae muy bien.

La media hora de almuerzo pasa demasiado rápido y volvemos a la oficina.

Al entrar en el hall, Míriam y yo nos quedamos paralizadas.

En medio del espacio está el CEO discutiendo con una mujer. Ella gesticula con fuerza, alza la voz sin ningún reparo. Debe de ser su esposa, la de la llamada de antes. Él intenta calmarla, pero es inútil.

Todas las miradas están puestas en ellos. Vaya espectáculo.

Míriam y yo nos miramos. Algo hay que hacer.

Lo observo con atención. No parece él. El CEO ya no es el hombre imponente de hace un momento; ahora parece… desbordado. Casi vulnerable. Y si antes me parecía prepotente, ella lo supera con creces.

—Vamos, acompáñame —me dice Míriam, tirando de mi brazo.

Se planta directamente frente a ellos.

—Señora Velasco, qué alegría verla por aquí.

Yo intento hacerme invisible detrás de Míriam.

Pero ella no duda.

—Justo la estaba buscando. Han traído a la oficina una edición limitadísima del bolso Birkin Himalaya de Hermès… pero me han dicho que hay varias clientas interesadas. Pensé que usted querría verlo antes que nadie.

La reacción es inmediata.

La mujer deja de hablar. Sus ojos cambian. Interés puro.

—¿Perdón? —dice, bajando ligeramente el tono.

—Si me acompaña, puedo enseñárselo antes de que alguien más lo reserve —añade Míriam con una sonrisa perfectamente calculada.

Sin darle tiempo a reaccionar, la toma del brazo con elegancia y se la lleva hacia la oficina.

Silencio.

El CEO y yo nos quedamos en medio del hall.

Él parece desconcertado… pero aliviado.

Yo, incómoda, sin saber qué decir.

De repente, se gira hacia mí. Me sostiene la mirada unos segundos.

—Acompáñame.

Y sin esperar respuesta, se dirige hacia el ascensor con paso rápido.

Yo voy detrás, intentando seguirle el ritmo con mis tacones.

Le da al botón del ascensor. Yo me quedo detrás de él, en silencio, preguntándome a dónde me llevará.

Dentro, nos colocamos uno frente al otro. Evito su mirada, fijo los ojos en un punto cualquiera de la pared, pero noto cómo él me observa sin disimulo. Levanto la vista de reojo.

Su expresión es seria… pero hay algo más. Curiosidad.

Por fin llegamos a la última planta. Las puertas se abren. Y me quedo sin aliento ante lo que veo. Estamos en el lounge de la azotea.

El ambiente es… espectacular. Plantas tropicales por todas partes: palmeras, plataneros, hojas verdes enormes que parecen sacadas de una postal exótica. Y las vistas… desde aquí arriba se ve toda la ciudad.

Incluso hay una piscina infinita. El sol se refleja en el agua y crea destellos brillantes, como si fueran pequeños diamantes.

Al fondo, una zona chill-out con camas balinesas.

Es como si hubiera salido del centro de Madrid y, de repente, hubiera aterrizado en un resort tropical.

El CEO ya se ha adelantado y está en la barra. Se gira hacia mí, impaciente, mientras yo sigo procesando tanto lujo.

Me acerco. Él espera a que me siente antes de hacerlo, en uno de esos taburetes altos de ratán trenzado con cojines de lino.

—¿Qué te apetece tomar?

Me quedo pensando. Claramente, no me ha traído aquí para tomar apuntes.

—Una Coca-Cola light, por favor.

Me mira sorprendido. Casi incrédulo.

¿He dicho algo mal?

El camarero se acerca.

—Para mí, un whisky con hielo. Y para la señorita… ponle una copa de champán.

Se gira hacia mí y me guiña un ojo.

Vaya… el CEO también puede ser simpático.

No me lo esperaba. Pero tampoco voy a bajar la guardia.

El camarero trae las bebidas y él le da un trago largo a su whisky, como si necesitara soltar tensión.

Yo pruebo el champán y, sin querer, vuelvo a perderme en las vistas.

—Parece que te gusta este sitio.

Me giro y lo veo sonriendo.

Con lo insoportable que me parecía hace un rato… tiene una sonrisa increíble, no lo puedo negar. Le pega mucho más esto que su versión arrogante.

Pero su cara enseguida se vuelve seria otra vez.

—No suelo perder el control de una situación. No me gusta.

Lo miro sorprendida. El CEO frío y distante… está abriéndose conmigo.

—Míriam le salvó esta vez —me atrevo a decir.

No responde. Pero su mirada lo dice todo.

Se lo agradece.

Nos quedamos en silencio… hasta que su móvil suena. Esta vez contesta al instante.

—¿Tienes preparado el planning de esta semana?

Ni un “hola”.

—Envíamelo ahora. ¿Cuándo te incorporas? Sabes que necesito una asistente para el viaje.

Volvió a su versión ‘jefe mandón’.

Después de unos segundos, responde:

—Bueno, ya hablaremos.

Cuelga.

Y entonces me mira. De arriba abajo. Como si estuviera evaluándome.

—Mañana tengo un viaje de negocios. No tengo secretaria… así que vendrás conmigo.

Me quedo helada.

—¿Mañana? ¿De viaje? ¿A dónde?

—Tengo reuniones en mis hoteles en Ibiza. Estaremos varios días.

Ibiza. La palabra me ilumina por dentro. Suena a vacaciones… aunque con él al lado, lo dudo.

Pero de pronto recuerdo a Pelusa.

—Perdone, pero no creo que pueda. Tengo una gata y—

—Vas a poder. Organiza a alguien —me corta, seco.

A ese hombre no hay quien le lleve la contraria.

El CEO saca el portátil del maletín y me lo entrega.

—Mi secretaria me ha enviado el planning del viaje. Léemelo.

Abro el portátil y empiezo a leer.

Primer día:Salida del avión a las 9:00.Llegada al Velaris Azure Ibiza.Reunión con el director, Alejandro Vidal, a las 11:30.Comida con el director y los socios del hotel en el restaurante principal.Cena benéfica en el Ibiza Royal Grand, a las 20:30.

—Mandaré a alguien a buscarte a las 7:30. Déjame tu dirección en el portátil.

—Pero tendré que avisar al director —exclamo.

El segundo día de becaria ya no vuelvo al trabajo porque me voy de viaje a Ibiza…

El CEO me mira como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—Déjame eso a mí —añade, seco.

Claro. Él decide. Los demás obedecen.

Empiezo a dudar si acompañar de viaje a este tipo es buena idea… pero creo que no tengo opción.

Añado una nota al planning: 7:30 — recoger a Clara, junto a mi dirección.

Él bebe otro trago de whisky y el camarero trae un aperitivo: brochetas de gambas con una pinta increíble.

Me quedo mirándolas.

—Coge. Son para los dos —ordena.

Obedezco. Muerdo una. Está deliciosa.

Le doy otro sorbo al champán.

Ayer estaba cenando alitas precocinadas del Mercadona, acompañadas de una lata de cerveza de marca blanca, en mi apartamento minúsculo.

Parece que he caído en un universo paralelo.

De fondo suena suave música chill-out. Me doy cuenta que el cielo de Madrid parece más azul desde aquí arriba. Una ligera brisa suaviza el calor, mientras el sol sigue dejando destellos en la piscina.

El teléfono del CEO vuelve a sonar.

Lo coge y segundos después aparece un gesto de alivio en su cara.

—Estoy en la azotea. Perfecto, aquí os espero.

Unos minutos después llegan Miguel, el director, y detrás de él, Míriam.

—Vamos a hacer la reunión de esta tarde aquí —dice el CEO—, en este sitio encantador.

Se levanta y se dirige a una zona apartada del lounge. Los demás le seguimos.

Me acerco a Míriam y le pregunto en voz baja:

—¿Y su mujer?

—Ya se fue —me guiña un ojo—. Y con el bolso más caro de la colección.

Se le escapa una risa.

Admiro su habilidad. Aquí no se trata solo de rellenar informes aburridos, sino también de manejar egos, caprichos… y personas.

Llegamos a la zona VIP, con acceso restringido. Solo para gente importante. Como nosotros. O eso empiezo a creer.

Nos sentamos en unos sillones comodísimos y el camarero aparece al instante con bebidas y más aperitivos.

Yo me concentro en mi tarea: tomar notas, resumir, pasar desapercibida.

Mejor no abro la boca, no vaya a soltar otra estupidez. No quiero arruinar ese viaje a Ibiza.

Siempre he querido ir. Dicen que es increíble: calas de agua turquesa, chiringuitos en la playa, fiestas hasta el amanecer. Mi bolsillo de universitaria nunca me lo permitió. Así que pienso aprovechar esta oportunidad que la vida me ha puesto delante de golpe.

Aunque no estoy segura de que ir con el CEO sea exactamente la Ibiza que imagino. Quizá pasemos el día entero en reuniones aburridas.

A mí me encantaría ver un atardecer en una de esas calas que siempre aparecen en Instagram. ¿Estará el CEO abierto a un plan así?

—Clara.

—¡Clara!

Me sobresalto. Estaba soñando despierta.

—¿Estás atenta? —me mira serio.

—Sí, señor.

—Estamos terminando. Te voy a dar la tarde libre para que te prepares para el viaje de mañana.

—De acuerdo, señor. Estaré lista a la hora acordada.

Miro a Míriam, incrédula. Luego al director.Ambos me hacen un gesto para que me vaya.

Así que me levanto, me despido y me dirijo al ascensor.

Cuando salgo por la entrada del hotel, todavía no doy crédito a todo lo que ha pasado en este primer día de trabajo. Pensaba que sería un día normal, de oficina, revisando informes. Pero ha sido todo menos eso.

Y mañana… me voy de viaje con el director general.

El CEO.

Un millonario forrado de pasta.

Y el hombre más prepotente e insoportable que he conocido en mi vida…