Capítulo 2
El director invita al CEO a pasar a su despacho y cierra la puerta.
—¿Qué te pasa, Clara? —Míriam me mira con el ceño fruncido—. Te veo pálida.
—Nada, tranquila —respondo, aunque por dentro tengo claro que mi primer día se me está yendo un poco de las manos.
Cinco minutos después la puerta del despacho se abre.
—Veo que ha venido solo hoy. ¿No ha podido acompañarle su mano derecha? —escucho decir al director desde dentro.
—No —responde el CEO, seco—. Mi secretaria ha tenido un accidente. Algo en el pie. Nada grave, pero suficiente como para dejarme sin ella una buena temporada.
Salen del despacho. El CEO se acerca a mi mesa y deja un montón de papeles con un golpe seco. No hace falta que diga nada: se le nota el mal humor en la cara. Empatía, precisamente, no parece sobrarle.
—Chica, hazme fotocopias de todo esto —dice, sin mirarme siquiera.
—¿Yo? —se me escapa, sorprendida. Pensaba que era invisible para él.
Entonces gira la cabeza y me mira. Se queda unos segundos en silencio, evaluándome, como si no estuviera acostumbrado a que le cuestionen nada. Noto el calor subiéndome a la cara.
Maravilloso, Clara. Primer día y ya metiendo la pata.
¿Me habrá reconocido de esta mañana?
Da un paso hacia mí. Sus ojos oscuros se clavan en los míos con una intensidad que me deja sin reacción. Y lo peor es que no aparto la vista.
—Claro que tú —dice al final, con un deje impaciente—. ¿Quién si no?
Trago saliva.
—Muévete. Las fotocopias. Y tráelas a la sala de reuniones.
—Sí, claro… ahora mismo —consigo decir, saliendo por fin de mi estado de congelación.
De verdad, este hombre intimida.
El CEO se gira hacia Miguel y se alejan. Antes de desaparecer, le oigo decir:
—¿De dónde has sacado a esta?
—Disculpe, señor Velasco —responde el director—. Es la nueva becaria. Es su primer día.
Bueno, al menos alguien tiene un poco de humanidad.
Resoplo por lo bajo.
—Menudo imbécil…
—Te ha oído —murmura Míriam, conteniendo una sonrisa.
Genial. Perfecto. Empezamos bien. Cojo los papeles y me dirijo a la fotocopiadora. Primer día, y ya quiero que me trague la tierra.
Estoy en la puerta de la sala de reuniones con las fotocopias en una mano y una carpeta llena de informes que me ha encasquetado Míriam en la otra. La puerta no es una puerta… es un portón. Grande, de madera maciza, de los que ya intimidan antes de entrar. Llamo suavemente y abro.
El director y el CEO están sentados al fondo, junto con el cocinero que vi antes saliendo medio descompuesto. Ahora parece haber recuperado algo de color, aunque tampoco mucho.
El CEO está concentrado en unos papeles, con el ceño fruncido. Levanta la mirada en cuanto me acerco.
—Chica, ven aquí. Siéntate. Hoy vas a hacer de mi asistente.
Justo lo que me faltaba.
Siento el calor subirme por el cuello. Me siento sin decir nada, dejando la carpeta sobre la mesa.
—Quiero que hagas un resumen de todo lo que se diga aquí —añade, empujando su portátil hacia mí.
Ni un “por favor”, ni un “gracias”. Encantador.
El CEO va soltando cifras de ventas como si fueran balas. Luego cambia de tono y empieza a presionar al que resulta ser el jefe de cocina, reprochándole gastos, márgenes, decisiones…
Empiezo a teclear mientras ellos hablan: “El señor Velasco reprende al jefe de cocina por su mala gestión".
No es una conversación. Es un interrogatorio.
Sigo escribiendo, intentando no perderme, cuando de repente noto su presencia casi invadiendo mi espacio.
El CEO se inclina hacia mí para mirar la pantalla. Su cara está a pocos centímetros de la mía. Me tenso sin querer.
—¿Cómo te llamas, chica? —pregunta, girando la cabeza hacia mí.
Demasiado cerca. Y me está mirando directamente a los ojos.
Tiene una mirada intensa… como si te atravesara. Y lo peor es que, pese a todo, no puedo negar lo atractivo que es.
Siento cómo se me calienta la cara.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos, hasta que consigo reaccionar.
—Soy Clara.
Mi voz suena más baja de lo normal. Como si no fuera mía.
—Clara… —repite despacio, pensativo—. Mmm.
Y entonces, sin previo aviso:
—Yo no he estado riñendo al chef. Le estoy diciendo lo que tiene que hacer y lo que no.
—Tiene razón, señor —respondo, algo atropellada.
—Cambia eso —ordena—. Y sigue con el resumen.
Y se aparta como si nada.
Yo me quedo unos segundos procesando. Llamar “incapacitado” al pobre hombre tampoco ha sido precisamente amable, pero mejor me guardo la opinión. No me apetece ser la siguiente.
La reunión continúa. Pasa más gente. Y, uno tras otro, todos salen con alguna corrección, alguna crítica… o directamente un recorte. El ambiente se vuelve cada vez más denso. Y yo, cada vez más incómoda. Hasta que no puedo más. Cuando sale el último, las palabras me salen solas:
—¿De verdad tiene que hablarles así?
Silencio.
—Quiero decir… —añado, más despacio—. Está bien decirles lo que tienen que hacer, pero… seguro que más de uno ha salido de aquí sintiéndose fatal.
Miguel, el director me fulmina con la mirada.
Ups. Creo que la he liado. Pero ya está dicho. Y no me arrepiento. No sé qué me pasa, pero cuando veo algo injusto… no puedo callarme.
El CEO me mira. No dice nada. Genial. Aquí viene mi despido en diferido.
—Una chica con carácter… —suelta al fin, observándome de arriba abajo. No sé si eso es bueno o muy malo.
Pero de repente, se le escapa una risa breve.
—Me gusta.
Parpadeo.
¿Perdón?
Pero la expresión le cambia enseguida.
—Tienes una mancha en la camisa.
Y, sin más, se gira hacia el director y continúa la conversación como si nada hubiera pasado.
Yo me quedo ahí, procesando.
La mancha ha sido por tu culpa, pienso por dentro. Pero al menos no me ha despedido en mi primer día.
Tres horas después, la reunión termina. Salimos de la sala y siento cómo la tensión se me va soltando poco a poco.
El CEO saca el móvil de su chaqueta, que lleva rato vibrando. Mira la pantalla. Y algo cambia. Su gesto se endurece aún más, pero esta vez no es enfado. Es otra cosa. Preocupación.
Se aleja un poco y contesta la llamada. Tiene pinta de ser algo que no quiere que escuche.
Pero claro… mi lado cotilla no entiende de límites.
Disimuladamente me giro hacia el otro lado y hago como que reviso los papeles que tengo en las manos.
—Dime, ¿qué quieres ahora? No tengo tiempo, estoy en una reunión.
Mmh. Excusa barata. La reunión ya terminó.
—No vas a conseguir nada presionándome.
Qué raro… si alguien suele presionar, es él.
—Deja la empresa fuera de esto, ¿no has conseguido ya bastante?
Se queda en silencio.Un rato largo. Demasiado largo para alguien como él.
¿El CEO prepotente… escuchando?
Antes de contestar, se aleja unos pasos más.
—Deja de decir eso. No estoy intentando hacerte daño.
Frunzo ligeramente el ceño. Esto ya no suena a trabajo.
Levanto la vista y lo observo con cuidado. Tiene la mandíbula tensa, los ojos clavados en algún punto del suelo. Ha desaparecido esa expresión suya de “soy superior a todos”.
Por un segundo… parece otra persona.
Casi frágil.
No dice nada. Solo escucha.¿Se estará conteniendo para no saltar?
De repente, aparta el móvil de la oreja, mira la pantalla y lo guarda en el bolsillo. Sin despedirse.
La llamada ha terminado.
Yo giro la cabeza rápidamente hacia mis papeles, fingiendo concentración absoluta.
Creo que se ha dado cuenta.
—Vámonos. Hay trabajo que hacer.
Y ahí está otra vez. La máscara. Fría. Intocable.
El director y yo lo seguimos como dos patitos obedientes.
Volvemos a la oficina. Mi siguiente tarea: más fotocopias. Cuatro años de carrera para esto. Maravilloso.
Por fin llega la hora del almuerzo. El director y el CEO desaparecen sin decir nada. Yo saco mi tupper de casa.
—¿Clara, no te vienes a la cafetería? —pregunta Míriam—. Tienen un menú bastante bien y barato.
Mi economía grita “tupper”, pero mi cabeza pide conversación normal después de esta mañana.
Suspiro y guardo el tupper en el bolso.
—Vale, voy contigo.
Caminamos juntas hacia la cafetería. Durante unos segundos reina el silencio… hasta que Míriam me mira de reojo.
—¿Te has fijado en la llamada de antes?
Se me eriza un poco la piel.
—No está llevándolo nada bien…
La miro, frunciendo el ceño.
—¿El qué?
—Lo de su mujer…
Se le escapa casi sin querer.
Pero en cuanto lo dice, cambia la expresión. Como si acabara de cruzar una línea invisible.
—He hablado demasiado —añade rápido—. Olvídalo.
Salimos de la oficina en silencio.