Mi jefe insoportable... pero irresistible
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Capítulo 1
Una última mirada al espejo. Me veo estupenda. Ni parezco yo. Camisa blanca, falda hasta las rodillas y blazer a juego. Todo perfecto… excepto los tacones, que me están matando.
¿De verdad tengo que ir así? Preferiría mis zapatillas de todos los días. Pero hoy es un día importante. Hoy empieza mi vida de adulta responsable, en una empresa de prestigio, en uno de los mejores hoteles de la ciudad: el Velaris Grand Urban.
De momento seré la becaria, la mano derecha de la secretaria del director. Espero que no sea solo para traer cafés de la máquina. Después de cuatro años en la uni, esto va a ser un cambio grande en mi vida. Y me siento bien. Me siento preparada.
Agarro el bolso y le doy una caricia a mi gata Pelusa.
—Deséame suerte —le digo guiñándole un ojo.
Salgo por la puerta. Todavía me sobra algo de tiempo para coger el bus, así que entro en la cafetería de la esquina a por un café.
—¡Pero qué guapa vas hoy! —grita Ana, la camarera y mi amiga, nada más verme.
—¡Estoy de los nervios, tía! Prepárame un café para llevar.
—Verás que todo saldrá bien —intenta tranquilizarme—. Y con esa pinta ya pareces toda una profesional. Te deseo mucha suerte en tu primer día.
—Gracias, guapa. Ya te contaré cuando vuelva.
Me despido mientras agarro el café. Le doy un sorbo y salgo rápido, doblando la esquina. No vaya a ser que se me escape el autobús. Hoy tiene que salir todo bien.
Justo en ese momento, un tipo alto de traje negro aparece de la nada por la esquina, hablando por el móvil.
Nos chocamos.
El café en mi vaso de papel se sacude y veo, casi a cámara lenta, cómo una gota salpica y aterriza en mi camisa blanca.
—¡Pero tenga cuidado por dónde va! —le grito, enfadada.
El tío me mira sorprendido, con los ojos bien abiertos, pero no dice nada. Se gira y sigue su camino.
—Mal educado… —refunfuño, lo suficientemente alto como para que me oiga.
Lo que me faltaba. Mi camisa, tan bonita, blanca e impecable… manchada. Claro. Algo así tenía que pasar. Imposible que me salga algo bien. Esa soy yo: doña caos y mala suerte.
Pero ahora ya no hay tiempo para cambiarme. Me abrocho el blazer para disimular la mancha. Así casi no se ve. Es lo que hay, pienso mientras sigo caminando.
Una vez sentada en el bus, repaso mi maquillaje, coloco el mechón de pelo que se me ha soltado y respiro hondo. Todo saldrá bien, me repito, intentando controlar los nervios.
Llego al hotel y me quedo impresionada. La enorme fachada acristalada reluce en todo su esplendor bajo el sol.
Me acerco a la entrada y, justo entonces, sale un hombre en un traje elegante acompañado de una mujer con un vestido que seguro cuesta más que mi alquiler.
El portero, con su uniforme impecable, me sonríe e inclina la cabeza a modo de saludo mientras cruzo las puertas de cristal.
El suelo de mármol brilla que da hasta miedo pisarlo. Doy unos pasos con mis tacones, intentando parecer segura. Ahora me doy cuenta de que debería haber practicado más caminando con estos instrumentos de tortura, que parecen diseñados por alguien que odia los tobillos humanos.
La recepción está al fondo. Detrás, varias recepcionistas sonríen con esa sonrisa perfecta como si la hubieran ensayado mil veces frente a un espejo.
Me acerco.
—Soy Clara Campos, la nueva becaria.
—Ahora aviso en dirección —responde una de ellas con amabilidad—. Puedes sentarte mientras tanto.
Me siento y observo a mi alrededor. Se nota que es un hotel de categoría. Pero hay algo que no encaja en ese ambiente sofisticado y elegante.
Un hombre con uniforme de cocina se dirige agitado y a toda prisa hacia una puerta junto a la recepción. Desaparece tras ella sin mirar atrás. Al otro lado, dos chicas de la limpieza hablan en voz baja, visiblemente nerviosas. De pronto, aparece una mujer detrás de ellas.
—¿Podéis daros prisa? Ya mismo llega.
La recepcionista vuelve del despacho y se acerca a mí.
—Perdona la espera, pero estamos preparando la llegada del director general. Ahora mismo te atienden.
Se nota en el ambiente que es una visita importante. Todo el mundo está con los nervios a flor de piel.
Me ajusto el blazer para tapar la mancha. Al parecer todo el personal está pendiente de que cada detalle salga perfecto. Mientras pienso si debería haber vuelto a casa a cambiarme, oigo una voz:
—Señorita Campos, puede pasar.
Me levanto, pongo mi mejor sonrisa y me dirijo hacia la puerta junto a la recepción. Justo en ese momento sale el cocinero. Diría que está más pálido que antes.
Al entrar, una chica joven, de rostro amable y sonrisa luminosa, me recibe.
—Buenos días. Soy Miriam, la secretaria del director.
Me estrecha la mano.
—Estamos esperando al CEO de la empresa —me explica—. Viene a hacer una evaluación del personal. Queremos darle la mejor impresión.
Su mirada se desvía hacia mi mancha de café.
—Te voy a enseñar tu escritorio. Me señala una mesa en una esquina.
—Puedes empezar ordenando estos papeles por fecha.
Me entrega tres carpetas grandes, llenas de documentos.
—Y quédate mejor aquí cuando llegue el director general.
Claro, pienso. No vaya a ser que dé mala impresión. Mientras ordeno los papeles, se abre la puerta del despacho de al lado.
—Miriam, prepárame los informes.
Supongo que es el director del hotel. Me mira serio.
—Tú debes de ser la nueva becaria.
—Sí, señor.
—Bienvenida.
Esboza una sonrisa que parece más formal que sincera. Me da la mano, recoge los documentos que le entrega Miriam y vuelve a desaparecer tras la puerta.
—Parece un hombre serio —le digo a Miriam.
—Lo es. Y muy exigente. Pero no tanto como el señor Velasco.
—¿Quién es?
—El CEO. El de la visita de hoy.
Genial.
—Si te soy sincera, empiezas en el peor día posible.
Esto no ayuda en nada a mis nervios. Vuelvo a concentrarme en los papeles mientras Miriam teclea sin parar en el ordenador.
De repente, se escuchan pasos rápidos acercándose. La recepcionista abre la puerta de golpe.
—¡Está llegando! —avisa, agitada.
Miriam me mira con los ojos como platos y alza la voz.
—¡Miguel! ¡Ya está aquí!
No pasan ni dos segundos cuando el director sale de su despacho, visiblemente alterado. Se ajusta la corbata… y, como por arte de magia, transforma su cara de tensión en una sonrisa impecable. Seguridad. Autoridad.
¿Pero eso cómo se hace? Debería apuntarme ese truco.
Los pasos se oyen cada vez más cerca. El director se adelanta y sale al encuentro.
—Señor Velasco… —casi se inclina—. Créame si le digo que hoy el hotel funciona mejor solo porque usted ha cruzado la puerta. Es un privilegio recibirle.
—Ya, ya… está bien —responde una voz masculina, grave, con un tono seguro que roza lo arrogante—. No hace falta que me hagas la pelota, Miguel.
Ese debe de ser el temido CEO.
Los dos entran en la oficina. El señor Velasco ni se digna a saludar a Miriam y pasa de largo frente a mi mesa. De hecho… juraría que ni siquiera se da cuenta de que existo.
Pero entonces lo miro a la cara. Y se me corta la respiración. Quiero desaparecer detrás de las carpetas apiladas en mi mesa.
O directamente… morirme.
Porque el CEO… es el hombre del traje negro de esta mañana.
El mismo con el que me he chocado. El mismo al que le he gritado. Y al que he llamado maleducado.