Mi jefe insoportable... pero irresistible Capítulo 10
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Capítulo 10

Pago a Ana la tila que me dejé a medias y me vuelvo a casa. El sábado se estropeó para mí. Lo único que me apetece ahora es estar sola.

Subo a casa y, mientras abro la puerta, pienso en las palabras de Adrián.

Si las cosas fueran diferentes...

Algo dentro de mí me dice que fue sincero cuando dijo que entonces no me habría rechazado. Eso quiere decir que hubo una posibilidad, que lo nuestro podría haberse convertido en algo.

En algo bonito.

Pero las cosas son como son, por mucho que me guste soñar que no lo fueran.

El resto del día lo paso en el sofá sin soltar el mando de la tele. Menos mal que tengo una despensa llena de bolsas de patatas fritas para días como estos.

"Hambre emocional", dice el titular de la revista que tengo delante.

"Bebe un vaso de agua antes de comer por ansiedad", me aconseja.

Le doy un trago grande a la Fanta de naranja y me meto otro puñado de patatas en la boca.

—Qué sabrás tú...

Y cierro la revista de golpe.

Por la tarde, Ana me manda un mensaje preguntando si quiero ir con ella a dar una vuelta. Los sábados termina a las siete y a menudo quedamos para sentarnos en alguna terraza a tomar refrescos y comer tapas.

—Bueno, cuéntame —me dice al final—. Sé que te pasa algo. Te vi la cara de disgusto cuando te fuiste hoy tan deprisa.

No sé muy bien por qué, pero de repente se me humedecen los ojos.

Ana me toma de la mano.

—Tranquila. Si no quieres hablar, lo comprendo. Pero ya sabes, para cualquier cosa aquí estoy.

Al oír sus palabras ya no puedo más. Las emociones me desbordan y las palabras me salen solas.

No sin antes hacerla jurar que lo que le voy a contar está al nivel de secreto de Estado y tiene que quedar entre nosotras, le empiezo a hablar de la cena de gala y de cómo nos divertimos después en el chiringuito.

Le cuento lo del beso en la playa, la noche que pasamos juntos y también el corte que me pegó al día siguiente.

Ana me mira y se queda blanca.

—¿Entonces eres tú la chica que sale en la revista?

Asiento con la cabeza.

—Menudo lío... —dice en voz baja.

Y acto seguido estalla en carcajadas.

La miro sorprendida. ¿El drama en el que estoy metida le parece gracioso?

—Sabía que te ibas a ligar a tu jefe. En cuanto me dijiste que te ibas con él a Ibiza, lo sabía.

—Pero cállate.

Le tapo la boca con una mano.

—¡Qué escandalosa eres! Tu risa seguro que la oyen hasta en la última mesa.

—Perdona —dice cuando consigue serenarse—. ¿Pero ahora qué vas a hacer?

—Nada. Olvidarme de él.

Bajo la cabeza.

—No me digas que te enamoraste.

Me coge cariñosamente de la barbilla y me mira a los ojos.

Otra lágrima se me escapa sin que pueda evitarlo.

—Ay, Clara...

Me da un abrazo largo.

—Eres tan sentimental…

Al día siguiente ya me siento bastante mejor. He dormido más de lo normal y, al parecer, me ha sentado bien. Me preparo un desayuno rico y siento hasta energías para hacer un poco de deporte. Así que me pongo los leggings y bajo al parque a correr un par de vueltas.

Vuelvo a casa empapada en sudor. No se me ocurrió pensar que en julio, a las once de la mañana, ya estamos rozando los treinta grados en Madrid.

Estoy decidida a seguir con el plan «Olvidar a Adrián». Busco opciones en YouTube y encuentro un vídeo de yoga para la liberación sentimental. Cuando termina, el algoritmo me sugiere una meditación titulada «Visualiza a tu ex convertido en patata».

Buena idea, pienso.

Después decido distraerme preparando algo rico para comer.

Lo único que hay en casa es pasta. Unos espaguetis a la carbonara. Rápidos y fáciles.

Mientras absorbo los espaguetis con un ruido húmedo que me salpica las comisuras, me doy cuenta de que me va a costar más de lo que pensaba olvidarme de aquellos momentos bonitos en Ibiza.

El lunes llega demasiado rápido y estoy de vuelta en la oficina.

—¿Cómo estás? —me pregunta Míriam.

Pongo una sonrisa un poco forzada como respuesta.

—He visto lo que salió en las noticias —añade tras un breve silencio—. Has hecho bien en contestarles que no sabes nada.

—¿Tú crees que se va a quedar en eso? ¿Que me dejarán tranquila?

—Lo mejor que puedes hacer ahora es mantenerte alejada del señor Velasco. Ya verás cómo todo se calma.

Le doy la razón, pero al mismo tiempo mi corazón se encoge.

Con más motivo me meto de lleno en la montaña de informes que tengo delante para redactar. Mantener la mente ocupada me ayudará a olvidarme de mis sentimientos.

Las horas pasan y avanzo más rápido de lo normal con el trabajo cuando oigo fuera una voz que me resulta demasiado familiar.

Es Adrián.

Mi corazón empieza a latir con fuerza.

Disimuladamente me deslizo en la silla para mirar por la puerta entreabierta.

Lo veo de espaldas hablando con el director.

Míriam me mira de reojo desde su escritorio.

De repente, Adrián se gira y sus ojos se dirigen hacia la puerta de la oficina.

Por un segundo nuestras miradas se cruzan.

Pero enseguida se da la vuelta y sigue conversando.

Me pongo a teclear en el ordenador, aunque sigo pendiente por si logro escuchar algún fragmento de la conversación.

De repente oigo la voz de Miguel, el director, llamándome.

—Clara, ¿puedes ir un momento a la sala de reuniones?

Me levanto y salgo.

—Necesito la carpeta azul que dejé sobre la mesa.

—Enseguida se la traigo.

Me quedo un segundo quieta delante de Adrián.

Sin disimulo, me clava sus ojos oscuros.

Doy un paso para alejarme, pero soy incapaz de dejar de mirarlo hasta que tropiezo con mis tacones.

De reojo veo a Adrián sonreír para sí.

Siento cómo los nervios me invaden y cómo la cara se me pone roja como un tomate.

Salgo rápidamente hacia la sala de reuniones, cojo la carpeta azul y vuelvo.

—Aquí la tiene, señor director.

Adrián me recorre con la mirada. Veo que abre ligeramente la boca, como si quisiera decir algo.

Me quedo parada delante de él.

—Clara, ya está. Ya te puedes ir —oigo la voz del director desde muy lejos.

Por un momento volví a perderme en sus ojos, y recuerdo como me miraba aquella noche en la playa de Ibiza.

Justo antes de besarme por primera vez.

—Sí, señor director —me sobresalto—. Ya me voy.

Y me doy la vuelta para desaparecer en la oficina.

Adrián me sigue con la mirada.

Antes de cerrar la puerta me giro y nuestros ojos vuelven a encontrarse.

Algo dentro de mí me dice que esta historia aún no ha acabado…