Mi jefa es un algoritmo Capítulo 23
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Capítulo 23

Sin optimización

Cuatro semanas después, en el último día de Leo como coordinador temporal de AURA, AURA recomendó que dejáramos de trabajar juntos.

Llegaba un poco tarde.

La notificación apareció a las diez y nueve mientras intentaba asignar la revisión final de una pieza de comunicación.

Posible conflicto de independencia en la validación.

Debajo:

MARTÍN, EMMA — responsable del contenido

VEGA, LEONARDO — coordinación ejecutiva temporal

Recomendación: seleccionar un segundo perfil revisor sin responsabilidad sobre priorización o recursos del proyecto.

Y, en letra algo más pequeña:

La recomendación no modifica automáticamente la asignación.

Alcance: asignaciones y validaciones corporativas.

Clara se inclinó hacia mi pantalla.

—¿Qué has roto?

—Nada.

Leyó.

—Esto es maravilloso.

—Hoy termina su coordinación.

—AURA aprovecha hasta el último minuto.

Abrí el detalle.

El perfil revisor mantiene capacidad temporal para modificar prioridades y recursos del área responsable del contenido.

El motivo no hablaba de afinidad, persistencia ni complementariedad.

Solo de una incompatibilidad bastante razonable.

Debajo había dos opciones.

SELECCIONAR OTRO REVISOR

SOLICITAR EXCEPCIÓN

Seleccioné otro revisor.

Clara hizo un ruido.

—¿Qué?

—Nada.

—Ese ruido tenía opinión.

—Solo estoy apreciando el momento.

—He cambiado una asignación.

—Hace unos meses AURA cambiaba salas para que coincidierais.

—No antropomorfices a AURA.

—Ahora te preocupa.

—Trabaja.

—Estoy trabajando.

Era verdad.

Molesto.

• • •

Cuatro minutos después llegó un mensaje.

LEO: AURA acaba de echarme de una revisión contigo en mi último día.

Miré hacia su mesa.

Seguía trabajando.

EMMA: Me ha recomendado sustituirte y yo he aceptado.

Tres puntos.

LEO: Eso es peor.

EMMA: Conflicto de independencia.

LEO: Lo he visto.

EMMA: Tiene razón.

Tardó un poco.

LEO: Esto me resulta personalmente ofensivo.

Sonreí.

EMMA: Puedes incluirlo en el informe de cierre.

LEO: Lo consideraré.

Clara carraspeó.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

• • •

A mediodía tuvimos la última reunión de seguimiento con Leo como coordinador.

Las nuevas reglas llevaban algo más de dos semanas funcionando y, según Álvaro, aquello seguía siendo AURA. Nada de nueva AURA , AURA limitada ni AURA con correa .

Yo seguía utilizando la última cuando estaba cerca.

Paula proyectó el resumen.

—Mil ciento ochenta y dos acciones automáticas. Treinta y una solicitudes de revisión. Veintinueve resueltas y dos todavía en plazo.

—¿Cuántas han cambiado la acción original? —preguntó Nuria.

—Nueve.

No necesitábamos recorrer las mil ciento ochenta y dos.

Había reuniones corregidas, asignaciones ajustadas por cargas que el sistema no conocía y alguna recomendación descartada por datos desactualizados.

También estaba la mía.

Conflicto de independencia detectado. Segundo revisor seleccionado por responsable del contenido.

Leo apoyó un brazo sobre la mesa.

—No creo que haga falta dedicarle demasiado tiempo.

—A mí me gusta —dijo Nuria.

—Naturalmente.

—Detectó una autoridad temporal, explicó el motivo y dejó la decisión a Emma.

—Que me sustituyó en unos veinte segundos.

—No tantos —dije.

Paula consultó la hora.

—A las seis desaparece el conflicto.

La frase me pilló peor de lo esperado.

No mucho.

Lo justo.

Leo me miró un instante.

—Entonces mañana podrá cerrarse la incidencia.

Y seguimos con el siguiente punto.

• • •

Quedaban pocos asuntos en la transferencia.

Álvaro asumía definitivamente el seguimiento técnico. Nuria, privacidad y revisión. Transformación se quedaba con sus decisiones permanentes.

Mi bloque seguía siendo comunicación, experiencia de empleado y actualización del marco cuando aparecieran problemas reales.

Después del viernes el nombre de Leo no figuraba como responsable en ninguna columna.

A las cinco hicimos la transferencia formal.

Javier estuvo los primeros quince minutos y Teresa entró por videollamada.

Fechas.

Permisos.

Responsables.

Dos accesos que había que comprobar.

Un informe de auditoría todavía pendiente.

A las cinco y cuarenta y siete Javier cerró su carpeta.

—Entonces queda hecho.

—Sí —dijo Leo.

—Gracias.

—Gracias a vosotros.

Javier tardó un segundo antes de levantarse.

Nada más.

Cuando salió, Clara me escribió desde la otra punta de la mesa.

CLARA: qué gente más emocional

EMMA: trabaja

CLARA: la reunión ha terminado

Guardé el móvil.

• • •

A las seis en punto llegó el correo automático de Sistemas.

CAMBIO DE RESPONSABILIDADES — PROGRAMA AURA

La coordinación temporal de Leonardo Vega había finalizado.

Los permisos ejecutivos asociados quedaban retirados y las funciones permanentes pasaban a los responsables del marco aprobado.

Álvaro levantó la voz desde dos mesas más allá.

—Comprueba configuración.

Leo abrió el sistema.

—Acceso denegado.

—Perfecto.

Leo lo miró.

—No utilices esa palabra.

Álvaro no entendió nada.

Yo sí.

• • •

A las seis y doce Clara se puso el abrigo.

—Me voy.

—Hasta el lunes.

—Hasta el lunes.

Cogió el bolso.

—Por cierto, Leo ya no puede modificar prioridades ni recursos de tu proyecto.

La señalé hacia la salida.

—Fuera.

—Solo aportaba información corporativa.

—Clara.

Se fue sonriendo.

• • •

A las seis y veinte cerré el portátil.

Durante cuatro semanas ninguno había intentado acelerar aquello.

Habíamos trabajado. Habíamos hablado de vez en cuando de cosas que no eran trabajo. No había habido invitaciones, mensajes de noche ni casualidades especialmente convenientes.

Leo había hecho lo que dijo que haría.

Ahora estaba poniéndose el abrigo.

Nos vimos.

Vino hacia mí.

—¿Te vas?

—Esa era la idea.

—Bien.

—Conversación fascinante.

—Todavía no he llegado a la parte importante.

Esperé.

Leo metió las manos en los bolsillos.

—Ya no coordino tu trabajo.

—Lo sé.

—Ni puedo cambiar tus prioridades.

—También lo sé.

—Emma.

—¿Sí?

Sonrió un poco.

—Estoy alargando una pregunta.

—Bastante.

—¿Quieres tomar algo conmigo?

Eso fue todo.

—Sí.

Tardó medio segundo.

—Vale.

Cogimos los abrigos.

• • •

Encontramos un bar pequeño a unas calles de NEXORA.

—¿Lo has investigado? —pregunté.

—He pasado delante.

—¿Cuántas veces?

—Dos.

—Empieza a ser sospechoso.

—No he leído reseñas.

—Aceptable.

Nos sentamos junto a una ventana.

Los primeros minutos hablamos del trabajo porque, después de seis semanas, intentar no hacerlo habría resultado más artificial.

Clara había mandado una pieza con una errata en el apellido de un director y defendía que era una prueba de lectura.

Álvaro había celebrado la retirada de permisos de Leo con más entusiasmo del estrictamente necesario.

Nuria todavía intentaba convertir un formulario de cuatro páginas en uno de tres.

Después Leo dejó el vaso.

—Te he echado de menos.

No intenté fingir sorpresa.

—Yo también.

—Y sigo pensando que hiciste mal lo del puesto.

—Lo sé.

—Eso no ha cambiado.

Jugué un momento con el borde de la servilleta.

—Me recordó a Dani.

Leo no dijo nada.

—Pero no eres Dani.

—Y tampoco necesito comparar los dos errores para saber que el tuyo estuvo mal.

—Eso es todo.

—De acuerdo.

Llegaron unas aceitunas que ninguno había pedido.

Las aceptamos porque devolver aceitunas gratuitas requería una fortaleza moral que no teníamos.

• • •

—¿Te da miedo irte? —pregunté.

—Sí.

—¿De NEXORA?

—También.

Lo miré.

—¿Qué más?

—Dejar de verte todos los días.

Bebí un poco de cerveza.

—Tu consultora sigue estando en Madrid.

—No te mudas a Singapur.

—No.

—Entonces reduce el dramatismo.

—Me estaba permitiendo un momento.

—Mal momento.

Sonrió.

—¿A ti no te preocupa?

—Sí. Pero no quiero decidir ahora cómo tiene que funcionar esto dentro de seis meses.

Leo asintió.

—Yo tampoco.

—Quiero ver qué pasa.

—Yo también.

—Sin plan trimestral.

—Eso va a costarme.

—Sobrevivirás.

• • •

Salimos una hora después.

Había llovido y el suelo brillaba bajo las farolas.

Esta vez llegamos hacia el metro sin caminar doce minutos en dirección contraria.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Leo.

—Hoy llevas unas cuantas.

—¿Esto ha sido una cita?

—¿Necesitas ponerle nombre?

—No especialmente.

—Entonces no.

Dimos varios pasos.

—Pero sí —dije.

Leo sonrió.

—Entendido.

Seguimos andando.

Durante un rato pensé en cogerle de la mano.

Después dejé de pensarlo.

Fui yo quien buscó la suya.

Leo bajó la vista hacia nuestras manos.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

Cruzamos el semáforo así.

• • •

En la entrada del metro nos detuvimos.

Leo seguía sujetándome la mano.

—Tengo otra pregunta.

—La última.

—Prometido.

Esperó.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Esta vez no hubo aquel primer segundo de cálculo.

Me acerqué también.

Su mano terminó en mi cintura y la mía en su cuello.

Cuando nos separamos, ninguno se alejó demasiado.

—Esto todavía puede complicarnos la vida —dije.

—Ya no puedo asignarte revisiones.

—Un avance importante.

Lo besé otra vez.

• • •

No entramos en el metro.

Aquello complicó bastante la logística.

—¿Quieres cenar? —preguntó Leo.

Miré la hora.

—Son casi las nueve. Pero vale.

—¿Vale que…?

—A cenar.

—Solo confirmaba.

—Lo sé.

Acabamos en un sitio que todavía tenía cocina abierta.

Después caminamos otra vez.

A las once y media estábamos frente a mi portal.

Leo miró la puerta y luego a mí.

No preguntó.

—¿Quieres subir?

—Sí.

Abrí.

• • •

A las siete y diez del sábado sonó mi despertador.

Lo apagué antes de recordar por qué estaba puesto.

La camisa de Leo estaba sobre una silla.

Él seguía dormido.

Me volví a tumbar.

Se movió a mi lado.

—¿Qué hora es?

—Una hora ilegal.

Abrió un ojo.

—¿Tienes que levantarte?

—No.

—Entonces apaga eso.

—Ya está apagado.

—Excelente.

—No empieces.

Cerró otra vez los ojos.

Yo hice lo mismo.

• • •

El lunes llegué a NEXORA a las nueve y siete.

La mesa de Leo ya no era la mesa de Leo.

El viernes se habían llevado el portátil corporativo y aquella mañana alguien de Operaciones había dejado una carpeta en su antiguo sitio.

Abrí AURA.

Tenía una actualización pendiente.

REVISIÓN CERRADA

Motivo: ha finalizado la responsabilidad temporal que originó el posible conflicto de independencia.

Alcance: asignaciones y validaciones corporativas.

Cerré la notificación.

Clara giró la silla.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿AURA?

—Ha cerrado lo del revisor.

—Qué eficiente.

—Trabaja.

Se giró otra vez.

Mi teléfono vibró dentro del bolso.

Terminé el párrafo que estaba escribiendo antes de sacarlo.

LEO: Buenos días. Pregunta completamente ajena a cualquier sistema corporativo: ¿cenas conmigo el jueves?

Escribí:

EMMA: Sí.

Guardé el teléfono.

Y volví al trabajo.