Mi jefa es un algoritmo Epílogo
100%

Epílogo

Tres meses después, AURA me recomendó cancelar una reunión.

Le hice caso.

Marta estaba de baja, Nuria tenía otra reunión, Dani estaba en Barcelona y el único punto del orden del día podía resolverse por correo. Nada que ver con compatibilidades, simulaciones ni treinta minutos adicionales de interacción.

La explicación ocupaba tres líneas.

Recomendación: cancelar reunión «Seguimiento comunicación AURA».

Motivo: 3 de 5 participantes no disponibles. No existen decisiones pendientes que requieran sesión síncrona.

La recomendación no se ejecutará sin confirmación.

Pulsé:

ACEPTAR

La reunión desapareció del calendario.

Cinco minutos después, Clara apareció junto a mi mesa.

—¿Has cancelado la reunión?

—Sí.

—Te quiero.

—Ha sido AURA.

Clara miró hacia arriba.

—Te quiero, AURA.

—No puede oírte.

—Siempre dices eso.

—Porque es verdad.

—Qué poco mágica eres.

Volvió a su sitio.

Yo retomé el documento que estaba revisando.

GUÍA AURA PARA EMPLEADOS — VERSIÓN 2

Habíamos tardado casi tres meses en llegar a una versión dos.

En NEXORA aquello se consideraba velocidad punta.

• • •

La implantación había salido razonablemente bien.

La trazabilidad histórica se había retrasado doce días y Teresa había dejado constancia exacta en su informe, para desesperación personal de Álvaro.

Durante la revisión aparecieron cuatro reglas heredadas más.

Ninguna estaba activa.

Dos no servían para nada. Otra duplicaba una función posterior y la cuarta había generado suficientes reuniones como para que nadie protestara cuando la retiraron.

No apareció otro Atlas.

Tampoco se hundió la empresa cuando la gente empezó a utilizar el canal de revisión.

A veces servía para corregir un dato.

Otras, para comprobar que AURA había actuado como estaba previsto.

La diferencia era que ahora, cuando alguien preguntaba por qué había ocurrido algo, no teníamos que reconstruir la respuesta después.

• • •

Mi trabajo también había cambiado.

No de nombre.

Seguía siendo responsable de proyectos de Comunicación Interna y no había aparecido ningún despacho con:

DIRECTORA SUPREMA DE HUMANOS Y ALGORITMOS

en la puerta.

Una decepción.

Pero aproximadamente un tercio de mi tiempo se dedicaba ya a experiencia de empleado y gobernanza de herramientas internas.

Seguía sin entender todos los modelos que Álvaro intentaba explicarme.

Mi parte era otra.

Qué iba a recibir una persona.

Cómo sabría por qué.

Quién había autorizado aquello.

Resultaba que tres preguntas tan sencillas podían ocupar media semana.

Javier quería formalizar esa parte de mi trabajo en la siguiente revisión organizativa.

Dani ya había propuesto varios nombres.

Mi favorito, por motivos equivocados, era:

Employee Experience & Responsible Automation Lead

—Parece que vendo cursos en LinkedIn —le dije.

—Eso es porque no tienes visión.

—Tengo vergüenza.

—Es un obstáculo.

Todavía no habíamos decidido el nombre.

No me preocupaba especialmente.

El trabajo ya existía.

• • •

En las sesiones de incorporación seguíamos utilizando las cinco preguntas del informe.

La dificultad ya no era explicarlas.

Era conseguir que la gente creyera que realmente podía pedir una revisión cuando algo no cuadraba.

Nuria lo resumió una mañana:

—Si nadie utiliza el mecanismo, no sabemos si funciona.

Después me corrigió una palabra en la diapositiva.

Todo en orden.

• • •

Un mediodía Dani apareció junto a mi mesa con dos cafés.

—¿Uno es mío?

—Los dos son de Clara.

—Entonces eres peor persona de lo que pensaba.

Clara apareció casi inmediatamente.

—¿Café?

—Sí.

Cogió uno.

—Siempre supe que eras mi ex favorito.

Dani la miró.

—No he sido tu ex.

—Detalles.

Se marchó con el café.

Dani sostuvo el otro.

—Voy a tener que comprarme uno.

—Probablemente.

Entre nosotros se había instalado algo que no había sabido imaginar cuando rompimos.

Normalidad.

Podíamos trabajar juntos, discutir o acabar comiendo con más gente sin que cada conversación llevara detrás cuatro años de historia.

—¿Ya está lo de Barcelona? —pregunté.

—Sí. Entramos en segunda fase.

—Enhorabuena.

—Gracias.

Esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres confeti?

—Un poco.

—No.

Sonrió.

—Me voy.

—Dani.

Se giró.

—Buen trabajo con Barcelona.

Esta vez su sonrisa fue distinta.

—Gracias.

Se marchó.

No pensé en cómo habría sido nuestra vida si las cosas hubieran sucedido de otra manera.

Solo bastante después me di cuenta.

• • •

Leo y yo habíamos tardado unas dos semanas en decidir cómo llamar a lo nuestro.

No por estrategia.

Todas las opciones nos parecían ridículas.

Nos veíamos dos o tres veces entre semana y los fines de semana cuando podíamos.

Una noche descubrí que tenía seis sartenes y utilizaba siempre la misma.

Él descubrió que yo guardaba bolsas dentro de otras bolsas.

Intentó intervenir.

Casi terminamos.

La conversación definitiva ocurrió haciendo la compra.

Leo llevaba un paquete de pasta en una mano.

—¿Puedo llamarte mi novia o tenemos que abrir un expediente?

Lo miré.

—Qué romántico.

—No he preparado el momento.

—Se nota.

—¿Entonces?

—Sí.

—¿Sí al expediente?

—Vega.

—Vale.

Desde entonces era mi novio.

Extrañamente sencillo.

No vivíamos juntos.

No habíamos diseñado un plan a cinco años.

Llevábamos tres meses.

Había tiempo.

• • •

Leo había vuelto a su consultora.

La primera semana me escribió:

No entiendo por qué aquí nadie quiere discutir sobre gobernanza algorítmica.

Le respondí:

Porque son felices.

Poco después, una clienta quiso implantar una herramienta de planificación con IA.

Leo aceptó el proyecto después de preguntar por finalidad, responsables y límites.

Cuando me lo contó:

—Te has convertido en Nuria.

Todavía me lo reprochaba.

• • •

NEXORA cubrió la Dirección de Operaciones con Beatriz Ramos, que venía de logística y poseía el talento extraordinario de conseguir que Javier terminara las reuniones a la hora prevista.

La adorábamos.

Una noche le pregunté a Leo:

—¿Te molesta que esté ella?

Pensó.

—Menos de lo que esperaba.

—¿La habrías contratado tú?

Otra pausa.

—Probablemente.

—Eso debe doler.

—Un poco.

Y seguimos cenando.

• • •

Una tarde quedé con Lucía para comprar un regalo.

Según ella, yo tenía «buen gusto para cosas que no quieres para ti».

Era un insulto.

Bastante exacto.

Mientras descartábamos una vela especialmente agresiva preguntó:

—¿Y Leo?

—Bien.

—¿Seguís?

La miré.

—Sí.

—¿Qué tal?

Pensé.

—Normal.

Lucía frunció el ceño.

—Eso no parece emocionante.

—Lo es.

Dejé la vela.

—Nos vemos. Discutimos por tonterías. A veces duerme en mi casa. Yo en la suya. Tiene una sartén favorita.

—¿La sartén es preocupante?

—Bastante.

Asintió con gravedad.

Después preguntó:

—¿Estás bien?

No añadió con él .

—Sí.

—Vale.

Y empezó a buscar otra cosa.

• • •

A las nueve y media llegué al restaurante.

Leo ya estaba allí.

—Treinta segundos antes —dijo.

—No lo conviertas en métrica.

—Jamás.

Me senté.

Hablamos de trabajo.

De Lucía.

De Álvaro.

De nada especialmente importante.

Después Leo sacó el móvil.

—Tengo una propuesta.

—Eso siempre empieza mal.

—Valencia.

—¿Qué pasa con Valencia?

—Quiero ir contigo el próximo fin de semana.

Lo miré.

—¿Has comprado algo?

Levantó las manos.

—No.

—Estoy impresionada.

—Tengo los billetes abiertos.

Giró el móvil.

Dos trenes.

Viernes por la tarde.

Domingo por la noche.

—¿Puedes?

Miré mi calendario.

—Sí.

—¿Quieres?

Lo dejé sufrir unos segundos.

—Sí.

Leo soltó aire.

—Bien.

—¿Los tenías ya en la cesta?

Silencio.

—Leo.

—Sí.

Me reí.

—Eso suena más a ti.

—Pero no he pagado.

—Acepto el progreso.

Compró los billetes delante de mí.

—¿Ventana o pasillo?

—Ventana.

—Registrado.

Lo miré.

—No uses lenguaje de AURA conmigo.

—Perdón.

—Y no elijas hotel sin preguntar.

—Ni siquiera lo he abierto.

—Eso sí es preocupante.

Guardó el móvil.

No hubo crisis.

No hubo una explicación sobre por qué su plan tenía sentido.

Nos íbamos a Valencia.

Entre los dos.

• • •

El jueves, a las seis, guardé el portátil.

Clara seguía trabajando.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Leo?

—Sí.

—Qué predecible.

—No siempre.

—¿Valencia este fin de semana?

La miré.

—¿Cómo sabes eso?

—Me preguntaste por restaurantes.

—Eso no demuestra nada.

—Emma.

—Vale.

Sonrió.

—Pásalo bien.

—Gracias.

Bajé.

Tenía un mensaje.

LEO: Estoy abajo. No he reservado restaurante.

EMMA: Inquietante.

LEO: Tengo dos opciones.

EMMA: Eso ya es una lista.

LEO: Estoy intentando.

Leo esperaba fuera, esta vez sin cajas, sin portátil de NEXORA ni acreditación temporal.

Me vio.

—Hola.

—Hola.

—¿Tienes hambre?

—Sí.

—Hay un italiano y un japonés.

—¿Cuál prefieres?

Señaló hacia la izquierda.

—El italiano.

—Japonés.

Se quedó quieto medio segundo.

—Bien.

Giramos hacia la derecha.

Mi teléfono vibró.

AURA.

Recordatorio: completar mañana revisión trimestral de preferencias de notificación.

Guardé el móvil.

—¿Nada importante? —preguntó Leo.

—Nada.

Le cogí la mano.

Seguimos hacia el japonés.

Era suficiente.