Capítulo 22
La elección de Leo
El miércoles a las once y doce recibí un mensaje de Leo.
LEO: ¿Tienes media hora hoy? No es de la revisión. Prefiero contártelo yo antes de responder.
Leí la última frase otra vez.
Esta vez la conversación llegaba antes.
EMMA: A las 13:00.
LEO: Gracias.
Clara levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara de correo de Hacienda.
—No era un correo.
—Peor.
Volví al informe de implantación.
Durante la siguiente hora y cuarenta y ocho minutos conseguí avanzar unas dos páginas.
No todas las palabras fueron buenas.
• • •
A la una, Leo ya estaba en una sala pequeña.
Había reservado treinta minutos.
Me senté enfrente.
—¿Qué pasa?
—Mi padre me ha ofrecido quedarme en NEXORA cuando termine la coordinación temporal.
Me quedé quieta.
—¿En qué puesto?
—Dirección de Operaciones.
—Eso no es pequeño.
—No.
—¿Has respondido?
—No.
Aquello importaba.
—¿Cuándo te lo ofreció?
—Ayer por la tarde.
—¿Y cuándo quiere respuesta?
—El viernes.
Leo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Hay una cosa que quiero aclarar antes.
Esperé.
—La función de Operaciones se va a cubrir conmigo o sin mí. Y si yo aceptara, no bastaría con que Javier decidiera que soy su hijo favorito del trimestre.
—¿Tiene más?
—No ayuda a la broma.
—Continúa.
—Habría que formalizar el puesto, funciones, objetivos y condiciones. Y he pedido que los controles no dependan solo de él.
—¿Eso estaba previsto?
—Parte sí. Parte lo he pedido yo.
Asentí.
No eliminaba el apellido Vega.
Pero tampoco estaban fabricando una dirección alrededor de él.
—¿Quieres aceptar?
Leo bajó la mirada hacia la mesa.
—No sé.
Eso era más interesante.
—¿Te interesa el trabajo?
—Me interesa.
—Entonces sabes algo.
—Ese es parte del problema.
—Explícate.
Se echó hacia atrás.
—Estas semanas he visto cosas que haría de otra manera. Y me gusta poder hacerlas.
—Eso suena sospechosamente a querer el puesto.
—Ya.
Esperé.
—Pero llevo años discutiendo con mi padre sobre volver —dijo—. Ya no sé cuánto de ese sí sería porque quiero NEXORA y cuánto porque estoy cansado de seguir teniendo la misma discusión.
—Eso parece incómodo.
—Lo es.
—¿Algo más?
—No quiero que seis semanas coordinando una crisis se conviertan en mi carrera por inercia.
Ahí sí levanté la cabeza.
—Eso es bastante concreto.
—Entré porque había un problema. Me dieron autoridad, recursos y una fecha de salida. Que haya funcionado no significa que el siguiente paso tenga que ser convertirme en director permanente.
—Especialmente después de treinta y cuatro páginas contra las decisiones automáticas.
—Treinta y cinco.
—No empieces.
—Había portada.
Lo miré.
—Seguimos teniendo problemas más importantes de lo que pensaba.
Sonrió un poco.
• • •
—¿Qué harías si dijeras que no? —pregunté.
—Terminar estas seis semanas. Cerrar la primera fase de AURA, hacer la transferencia y volver a la consultora.
—¿Y después?
—Después ya veré.
—Muy elaborado.
—Es lo que hay.
Era probablemente la respuesta menos Leo que le había oído.
—Podría querer volver dentro de un año —añadió—. O no.
—¿Y si quieres?
—Entonces hablaré de lo que exista en ese momento.
—No de un puesto reservado.
—No.
—Eso le va a encantar a Javier.
—Estoy contando con ello.
—¿Y estás seguro de que no estás diciendo que no solo para demostrarle que puedes?
Leo hizo una mueca.
—No.
—Gran comienzo.
—Precisamente eso es lo que me preocupa.
Se quedó callado un momento.
—Llevo bastante tiempo tomando decisiones en relación con él aunque parezca que estoy haciendo lo contrario.
No dijo más.
No hacía falta.
Irse para demostrar que no necesitaba NEXORA seguía dejando a NEXORA en el centro.
—Entonces ¿qué quieres? —pregunté.
Leo tardó.
—Quiero salir de aquí cuando termine lo que vine a hacer.
—Eso sí parece una respuesta.
—Y ver cómo se siente mi vida cuando esto deja de ocuparla entera.
Asentí.
—Después decides.
—Después decido.
• • •
—Todavía no se lo has dicho a Javier.
—No.
Levanté una ceja.
—Quería hablar contigo antes.
Aquello cayó entre los dos sin necesidad de explicación.
—Si me quedara —continuó—, cambiaría cómo trabajamos. Prefería que lo supieras mientras todavía era una posibilidad.
—Esto era lo que quería la otra vez.
—Lo sé.
No añadió nada.
Me gustó más así.
• • •
—¿Quieres saber qué pienso?
—Sí.
—No creo que debas aceptar ahora.
Esperó.
—¿Por mí?
—No.
La respuesta me salió demasiado deprisa para admitir discusión.
—En un mes has pasado de consultor externo a hijo del fundador, miembro de una investigación, coordinador de una crisis y candidato a director.
—Dicho así…
—No mejora al decirlo de otra manera.
—Probablemente no.
—Yo terminaría las seis semanas. Me iría. Y luego comprobaría si sigues queriendo ese puesto cuando no lleves un mes entero viviendo dentro de NEXORA.
Leo asintió.
—Eso se parece bastante a lo que estoy pensando.
—Entonces no necesitabas mi opinión.
—Quería oírla.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Y si te hubiera dicho que aceptaras?
Pensó un poco.
—Te habría escuchado.
—¿Y?
—Habría decidido yo.
—Correcto.
—¿Y si me hubieras dicho que no querías que me quedara?
—No iba a decidirlo por ti.
—Ya.
—Ese era precisamente el sistema.
Leo bajó la vista un segundo.
—Parece bastante sencillo ahora.
—No abuses del descubrimiento.
• • •
Nos quedaban unos diez minutos cuando Leo dijo:
—Hay otra cosa.
—Claro.
—Lo del apellido.
No dije nada.
—Durante mucho tiempo me he contado que no decía quién era porque quería saber cómo me trataba la gente sin eso delante.
—Y era verdad.
—Sí.
Miró sus manos.
—Pero no era toda la verdad.
Esperé.
—También me convenía.
La frase quedó ahí.
—¿Porque podías ser solo el consultor?
—También.
Frunció el ceño, buscando algo.
—Yo tenía toda la información. Los demás no.
—Eso ya lo hablamos.
—Sí.
—Entonces ¿qué has entendido ahora?
No contestó inmediatamente.
—Que podía elegir cuándo cambiaba la conversación.
Aquello sonó menos cómodo.
—Conmigo lo hiciste.
—Sí.
—Y te gustaba más antes.
—Sí.
Nada nuevo.
Pero no estaba intentando hacerlo sonar mejor.
—Con el puesto del lunes hice otra versión —añadió.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
Se pasó una mano por la nuca.
—Pensé que evitaba meterte en una conversación incómoda antes de tener una respuesta.
—Y también te evitabas tú esa conversación.
Leo me miró.
—Sí.
No necesitaba que analizáramos su infancia.
—No puedo arreglarlo diciendo que lo he entendido —dijo.
—No.
—Tendré que dejar de hacerlo.
—Eso ayudaría.
• • •
Leo miró el reloj.
—Creo que ya sé qué voy a contestarle.
—Hace veinte minutos decías que casi.
—He tenido veinte minutos.
—Y mi opinión.
—Sí.
—No la utilices luego como prueba de que la decisión es mía.
—No pienso hacerlo.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Se levantó.
—Aunque tú me hubieras dicho que no quieres volver a verme fuera del trabajo, le diría lo mismo a Javier.
Lo miré.
—Me alegro.
—No estoy rechazando el puesto por ti.
—Ya.
—Y tampoco creo que hacerlo mejor esta vez arregle automáticamente…
—Leo.
Se detuvo.
—Eso ya lo sé.
Asintió.
Me puse de pie.
—Sigo enfadada.
—Lo sé.
—Pero esto ayuda.
Por fin conseguí sorprenderlo.
Leo no sonrió.
Solo asintió otra vez.
Mejor.
—No hagas nada con esa información todavía.
—No iba a hacerlo.
—Excelente.
—Estoy aprendiendo.
—Despacio.
Abrí la puerta.
• • •
A las cuatro y cuarto Javier me pidió diez minutos.
Esta vez sabía aproximadamente por qué.
Cuando entré, tenía delante una ficha de puesto.
—Leo ha rechazado Operaciones.
—Sí.
—Ya veo que estabas informada.
—Antes de que respondiera.
Javier levantó una ceja.
—Progreso.
No comenté nada.
—El puesto sigue adelante —dijo.
Giró el documento hacia mí.
Dirección de Operaciones.
Funciones.
Objetivos.
Proceso de selección.
—¿Interno?
—Interno y externo.
—¿Y si Leo cambia de opinión dentro de un año?
—Dentro de un año veremos qué puestos existen.
Eso parecía bastante definitivo.
—¿Tendría que presentarse?
Javier apoyó la espalda en la silla.
—No voy a fingir que ser mi hijo deja de importar.
Al menos no estábamos jugando.
—Pero tampoco voy a mantener una silla vacía esperando a que decida si la quiere.
Asentí.
—¿Te ha sentado mal?
—Sí.
La sinceridad me sorprendió.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
No pregunté cuánto era aquello en unidades Vega.
Javier miró la ficha otra vez.
—Quería que volviera.
—Ya.
—Y creo que podría hacerlo bien.
—También.
—Sigo pensando las dos cosas.
Nada de revelaciones familiares.
Muy bien.
—Pero ha dicho que no.
—Sí.
—Así que buscaremos a otra persona.
Pasó de página.
Negocio cerrado.
• • •
A las cuatro y veintidós llegó el correo al equipo.
Actualización de estructura
Leonardo Vega completará la coordinación temporal del programa AURA hasta el cierre de la primera fase de implantación. Finalizado ese periodo, retomará su actividad profesional externa.
Debajo:
La Dirección de Operaciones se cubrirá mediante el proceso de selección aprobado por Dirección. Las condiciones y calendario se comunicarán por los canales habituales.
Mucho menos dramático que una sucesión dinástica.
Clara apareció al lado.
—¿Se va?
—Dentro de cinco semanas.
—Ya.
Miró la pantalla.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
Regresó a su mesa.
No volvió.
Esperé unos segundos por pura desconfianza.
Nada.
Un día histórico.
• • •
Durante los siguientes días Leo empezó a hacer algo bastante poco espectacular.
A quitarse del medio.
Álvaro asumió el seguimiento técnico de dependencias. Nuria se quedó con el circuito permanente de privacidad y revisión. Varias decisiones volvieron a Transformación.
El viernes, Leo eliminó su propio nombre de dos flujos de aprobación.
—¿Seguro? —preguntó Álvaro en la reunión.
—Sí.
—Ahora mismo podríamos dejarlo hasta que termines.
—Precisamente por eso prefiero quitarlo ya.
Álvaro cambió el responsable.
Siguiente punto.
Nada de discurso.
• • •
Ese mismo viernes llegó el plan de transferencia.
Cinco apartados.
Responsables.
Fechas.
Pendientes.
La frase final decía:
La estructura de gobernanza debe poder mantenerse sin depender de la coordinación temporal que la ha puesto en marcha.
Cerré el correo.
El lunes siguiente vi su nombre desaparecer de otro circuito.
Después de otro.
No estaba dejando huecos para que alguien tuviera que llamarlo cuando se marchara.
Estaba terminando el trabajo.
Por primera vez desde que lo conocía, Leo estaba preparando una salida sin convertirla en una huida.
Y todavía quedaban cuatro semanas.