Mi jefa es un algoritmo Capítulo 19
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Capítulo 19

Una decisión humana

El lunes a las ocho y cuarenta y tres, por primera vez en semanas, AURA no tuvo absolutamente nada que ver con el problema.

Leo estaba esperando junto a mi mesa.

No llevaba portátil ni carpeta. Su expresión tampoco ayudaba.

—¿Tienes cinco minutos?

Dejé el bolso sobre la silla.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días.

—Ahora me preocupa más.

Miró alrededor. Clara todavía no había llegado y la planta estaba medio vacía.

—¿Podemos hablar en una sala?

—¿Es necesario?

—Creo que sí.

A las ocho y cuarenta y cuatro entré voluntariamente en una sala de reuniones con Leonardo Vega.

La había reservado él.

Nadie había cambiado el aforo, movido el horario ni aumentado estadísticamente nuestra probabilidad de coincidir.

Todo perfectamente humano.

Leo cerró la puerta.

—Mi padre me ofreció el viernes coordinar temporalmente la revisión de AURA.

Esperé.

—No es un puesto permanente —añadió—. Son seis semanas, en principio. Hasta cerrar la auditoría y dejar organizada la parte de gobernanza.

Seguía faltando algo.

—He aceptado.

Ahí estaba.

Me senté.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—Ayer.

—Sí.

—¿Y me lo dices ahora?

—Quería decírtelo antes de la reunión de las nueve y media.

Miré el reloj de la pared.

—Qué considerado.

—Emma.

—¿Desde cuándo tenías la oferta?

—Desde el viernes por la tarde.

Viernes.

Sábado.

Domingo.

Y cuarenta y tres minutos de lunes.

—¿Tenías que responder ayer?

Leo tardó.

—Javier quería cerrar la estructura.

—No te he preguntado qué quería Javier.

Su mandíbula se tensó un poco.

—No. No tenía que responder ayer.

Mucho peor.

—¿Cuando aceptaste sabías que yo iba a formar parte del equipo?

—Sí.

No intentó esquivar esa.

—¿Desde el viernes?

—Sí.

Me quedé mirándolo.

Leo se sentó enfrente.

—Antes de que sigamos: no voy a revisar personalmente ninguna actuación de Atlas en la que yo estuviera implicado. Eso queda en Nuria, Jurídico y auditoría externa. Tampoco voy a evaluar tu desempeño ni cambia tu línea jerárquica.

—No te he preguntado eso.

—Lo sé, pero es importante.

—Lo es. Y me alegro de que lo hayáis pensado.

—Lo pedí yo antes de aceptar.

Eso consiguió empeorarlo de una forma casi elegante.

—Hablaste de esto con Javier.

—Sí.

—Con Nuria.

—Sí.

—Con Jurídico.

—También.

—Pero conmigo no.

Leo respiró despacio.

—Porque no necesitaba tu permiso para aceptar.

Me eché hacia atrás.

—No.

—Entonces…

—No.

Frunció el ceño.

—Emma, es una decisión sobre mi trabajo.

—Sí.

—Y precisamente después de todo lo que ha pasado me parecía bastante importante que lo personal no condicionara una decisión profesional.

—¿Crees que ese es el problema?

—Creo que no entiendo cuál es el otro.

Por lo menos aquello era sincero.

• • •

—¿Qué vas a poder hacer exactamente? —pregunté.

—Coordinar recursos y prioridades de la revisión. Pedir información a las áreas. Resolver bloqueos operativos o elevarlos.

—¿Puedes pedirme trabajo?

—Dentro de la revisión, sí.

—¿Fijar un plazo?

—Sí.

—¿Cambiar una prioridad de mi bloque?

Leo hizo una pausa.

—Sí, si afecta al programa general.

—Entonces cambia cómo voy a trabajar contigo.

—Pero no soy tu jefe.

—No he dicho que lo seas.

—Ni puedo evaluarte.

—Tampoco he dicho eso.

—Entonces no sé qué esperabas que hiciera.

Ahí estaba.

No una mentira.

No una maniobra.

De verdad no lo entendía.

—Que me lo contaras antes.

—¿Para qué?

La pregunta me frenó.

—¿En serio?

—Sí.

—Para que supiera que estabas pensando en aceptar una función desde la que ibas a coordinar parte de mi trabajo.

—Y después ¿qué?

—Después nada.

—Emma.

—Nada. Decides tú.

—Entonces la conversación no habría cambiado la decisión.

—Puede que no.

Leo abrió las manos.

—Eso es lo que no entiendo.

Me levanté.

Necesitaba moverme aunque solo fueran dos metros.

—No todas las conversaciones existen para cambiar el resultado.

No respondió.

—Podrías haberme dicho: «Me han ofrecido esto. Creo que voy a aceptar. Sé que tú estás en el equipo y va a cambiar cómo trabajamos. Quiero que lo sepas antes».

—¿Y si hubieras pensado que era una mala idea?

—Me lo habrías oído.

—¿Y si me hubieras pedido que no aceptara?

—Habrías tenido que decidir qué hacer.

—Exacto.

—Sí, Leo. Exacto.

Seguía sin verlo del todo.

—Entonces habría sido una conversación bastante incómoda para acabar en el mismo sitio.

—Probablemente.

—No sé qué ganábamos.

Lo miré.

—Yo ganaba no descubrir el lunes por la mañana que durante todo el fin de semana tú ya habías cerrado algo que afecta directamente a cómo vamos a trabajar.

Ahí se quedó quieto.

—No necesitabas mi aprobación —continué—. No necesitabas que estuviera de acuerdo. Ni siquiera necesitabas esperar a que me pareciera bien.

—Entonces…

—Y habría sido incómodo. Pero que la conversación fuera incómoda no significaba que pudieras saltártela.

Esta vez tardó más.

No fue una revelación inmediata.

Primero miró la mesa. Después la puerta. Volvió a mirarme.

—Pensé que te estaba evitando una situación imposible.

—Ya.

—Después del jueves…

—Ya.

—Y con Atlas…

—Lo sé.

—Creí que si te decía «quiero aceptar un puesto que va a ponernos profesionalmente más cerca justo después de cancelar una cita porque un algoritmo había hecho exactamente eso»…

Se interrumpió.

—Sonaba mal —terminé.

—Bastante.

—Y decidiste no tener esa conversación.

Leo se pasó una mano por la nuca.

—Sí.

Al fin.

• • •

Durante un segundo me vino una cocina de hacía tres años.

Una oferta.

Un plan bastante avanzado antes de que yo entrara de verdad en él.

Lo aparté.

Leo no era Dani.

Aquello tampoco era aquello.

No necesitaba convertirlo en lo mismo para saber que me dolía.

—¿Te acuerdas de nuestra tercera condición? —pregunté.

—Sí.

—Pues esto entraba.

Leo no discutió inmediatamente.

—Pensé que se refería a decisiones que tomara en NEXORA sobre tu trabajo.

—También.

—No pensé que incluyera una decisión mía sobre aceptar un puesto.

—Porque volviste a decidir dónde estaba el límite sin preguntarme.

Se quedó callado.

—Eso es lo que me molesta.

—Debería habértelo dicho.

—Antes de aceptar.

—Sin pedirte permiso.

—Exactamente.

Leo soltó aire.

—Vale.

No sonó satisfecho.

Mejor.

• • •

Eran las nueve y diecinueve.

En once minutos íbamos a entrar en una reunión en la que Javier anunciaría aquello como una estructura organizativa y yo tendría que comportarme como una adulta perfectamente funcional.

Podía hacerlo.

Lo había hecho con problemas peores.

—Tenemos que irnos.

Leo se levantó.

—Solo quiero que sepas una cosa.

Cogí mi libreta.

—Depende.

—No he aceptado para controlar la revisión. Ni para tener autoridad sobre ti. Creo que puedo ayudar a arreglar esto.

—Lo sé.

Pareció no esperarlo.

—¿Lo sabes?

—Sí. Y puede que seas una buena elección.

—Entonces…

—No conviertas que tu decisión sea razonable en que la forma de tomarla también lo sea.

Cerró la boca.

Dos segundos después:

—Lo siento.

Sin explicación.

—Lo sé.

Abrí la puerta.

• • •

A las nueve y media, Javier ocupó la cabecera.

Dani, Nuria, Jurídico, Sistemas, Leo y yo.

Fue directo.

—Durante las próximas seis semanas, Leo asumirá la coordinación ejecutiva temporal del programa AURA.

Después dejó claros los límites en menos tiempo del que había utilizado Leo conmigo.

Los casos de Atlas que afectaban personalmente a Leo quedaban fuera de su revisión. Privacidad, Jurídico y la auditoría externa mantenían independencia. Leo coordinaba ejecución, prioridades y recursos, pero no cambiaba líneas jerárquicas ni evaluaba al equipo.

Suficiente.

—Emma coordinará experiencia de empleado y comunicación —añadió Javier.

Abrí el documento.

Leo proyectó el plan.

PERMISOS Y AUTOMATIZACIONES

DATOS Y FINALIDADES

VALIDACIÓN HUMANA

TRAZABILIDAD Y RECURSO

—Experiencia de empleado tiene que cruzar las cuatro líneas —dijo—. No quiero que aparezca al final como una sección decorativa.

Me miró.

—De acuerdo.

Y estaba de acuerdo.

Maldito sea.

• • •

Trabajamos durante hora y media.

De verdad.

En un momento apareció una propuesta de notificación:

Acción realizada por AURA.

—No —dije.

Leo levantó la vista.

—¿Qué falta?

—Por qué.

—Puede alargar mucho el texto.

—Pues se resume.

Cogí el teclado.

AURA ha realizado este cambio por conflicto de disponibilidad.

Nuria señaló la pantalla.

—Y hay que distinguir cuándo realiza y cuándo recomienda.

Añadí:

AURA recomienda este cambio por…

Leo completó:

Puedes solicitar revisión a…

Lo leí.

—Eso.

Seguimos.

Era bastante irritante descubrir que podía estar enfadada con una persona y seguir pensando bien con ella.

No parecía que ninguna de las dos cosas tuviera intención de ceder.

• • •

Al salir, Dani coincidió conmigo junto al ascensor.

—¿Todo bien?

—No preguntes.

Me miró un segundo.

—Entendido.

Pulsó el botón.

—Gracias.

Entramos.

A mitad del trayecto abrió la boca.

Lo señalé.

—Estoy intentando reducir la cantidad de hombres que me explican cosas hoy.

Dani la cerró.

Luego sonrió.

—Mensaje recibido.

Mucho mejor.

• • •

A la una, Clara dejó un café sobre mi mesa.

—Este sí es tuyo.

—Gracias.

Se sentó en la esquina del escritorio.

—Así que Leo coordina la revisión.

—Sí.

—Y tú estás dentro.

—También.

Bebió de su vaso.

—Bonito lunes.

—Precioso.

No preguntó nada durante unos segundos.

—¿Quieres que te cubra algo esta tarde?

Levanté la vista.

—¿Por qué?

—Porque tienes cara de querer trabajar sola.

Era una interpretación suficientemente práctica como para aceptarla.

—Puede que sí.

—Pues me pasas lo urgente de campaña.

—Gracias.

Se levantó.

—Y no voy a preguntar por la cena que no hubo.

—Te lo agradezco todavía más.

—Eso me parecía.

Se fue.

• • •

A las cuatro recibí un correo de Leo.

Asunto: Bloque experiencia de empleado — propuesta de trabajo

Adjuntaba hitos y plazos.

Nada personal.

El documento era claro y, para mi desgracia, bastante bueno.

Moví dos tareas y añadí una observación.

He ajustado los hitos 2 y 4. El resto está bien por mi parte.

La respuesta llegó poco después.

De acuerdo. Gracias.

Eso era perfectamente sostenible.

Laboralmente.

• • •

A las seis y doce Leo apareció junto a mi mesa.

Yo estaba guardando las gafas.

—¿Tienes un minuto?

—Si es de trabajo.

Se quedó quieto.

—No.

Entonces seguí guardando mis cosas.

—Quería hablar después.

—Ya hemos hablado.

—No creo que hayamos terminado.

Me puse el abrigo.

—Aquí no.

Bajamos.

Nos quedamos junto a la salida del edificio, entre gente que caminaba hacia el metro y dos personas fumando a unos metros.

No parecía tener una frase preparada.

Me vino bien.

—No creo que podamos seguir con esto ahora —dije.

—¿Con qué?

Lo miré.

—Leo.

—No, lo pregunto en serio.

—Con lo de fuera del trabajo.

Asintió despacio.

—¿Por haber aceptado?

—No exactamente.

—Entonces sigo sin…

Se detuvo.

—Por cómo lo has hecho —dijo.

—Sí.

—Pero esta mañana hemos hablado. Te he pedido perdón. He entendido…

—No quiero que conviertas esto en una lista de cosas que ya has corregido.

Frunció el ceño.

—No lo estoy haciendo.

—Un poco sí.

—Estoy intentando saber qué esperas de mí.

—Ahora mismo no espero nada.

Eso le dolió.

Se le notó.

—No puedo cambiar que acepté ayer.

—Ya.

—Puedo cambiar cómo trabajo contigo. Puedo añadir más salvaguardas.

—No quiero salvaguardas personales.

—Entonces no sé qué hacer.

—Ese es el problema.

Leo apartó la vista hacia la calle.

—Eso no es muy justo.

—Puede que no.

—Me estás diciendo que cometí un error y que no hay una acción concreta para repararlo.

—Sí.

—Emma…

—No quiero castigarte.

—Pues se parece.

Me tomé un segundo.

—Lo que no quiero es estar empezando algo contigo mientras sigo preguntándome cuándo vas a decidir que es mejor no contarme una cosa hasta después.

Leo volvió a mirarme.

Esta vez no respondió inmediatamente.

—No puedo demostrarte hoy que no va a pasar otra vez.

—Exacto.

—Pero tampoco puedo demostrarlo si no me dejas…

Se calló.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Nada. Iba a decir una estupidez.

—Agradezco el filtro.

—Yo no tanto.

Una pareja pasó entre nosotros y la puerta.

Esperamos.

—Trabajar podemos —dije.

—Sí.

—Y lo vamos a hacer. Pero fuera…

Leo metió las manos en los bolsillos.

—¿Qué?

Miré hacia la entrada del metro.

—Ahora mismo, nada.

No respondió.

No hacía falta que estuviera de acuerdo.

—¿Para siempre?

—No lo sé.

—Vale.

—Por ahora tampoco quiero mensajes personales.

Asintió.

—Por ahora.

Eso fue todo.

—Buenas noches, Leo.

—Buenas noches, Emma.

Se marchó en dirección contraria.

Yo bajé al metro.

• • •

En el andén apareció una notificación de AURA.

Se ha actualizado la estructura del programa de revisión AURA.

Debajo:

Coordinación ejecutiva temporal: Leonardo Vega.

Experiencia de empleado: Emma Martín.

La máquina se había limitado a informar.

Cerré la notificación.