Mi jefa es un algoritmo Capítulo 17
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Capítulo 17

No era una recomendación

El jueves a las nueve y doce, Sistemas canceló mi segunda cita.

No personalmente.

Ni siquiera sabían que existía.

Pero a las nueve y doce recibimos un correo con asunto:

REVISIÓN URGENTE — TRAZABILIDAD DE ACCIONES ATLAS

Y un minuto después Leo me escribió.

LEO: Esto no tiene buena pinta.

Levanté la vista.

Él ya estaba mirando hacia mi mesa.

EMMA: Qué tranquilizador.

LEO: Lo siento.

EMMA: Todavía no sabemos qué es.

La respuesta tardó un poco.

LEO: Precisamente.

Nuestro plan era cenar a las ocho, después de mi reunión de las siete.

Había conseguido no pensar demasiado en ello.

Salvo por haber pensado qué ponerme.

Y dónde podríamos ir después.

Y si besar a Leo una segunda noche consecutiva constituía ya algún tipo de patrón.

Detalles.

Clara apareció junto a mi mesa.

—¿Qué pasa?

Cerré Teams.

—Sistemas ha encontrado algo de Atlas.

—¿Malo?

Le enseñé el asunto del correo.

—No suelen poner «urgente» y «trazabilidad» cuando quieren darte una cesta de Navidad.

A las nueve y diecisiete llegó la convocatoria de Dani.

Diez de la mañana.

Nuria, Leo, yo y dos personas de Sistemas.

Clara revisó la invitación.

—Yo no estoy.

—Probablemente porque van a hablar de configuración.

—¿Y tú sí entiendes de configuración?

—No. Pero tengo la suerte de aparecer en demasiados registros.

Eso le quitó las ganas de discutir.

• • •

La sala estaba abierta cuando llegué.

Dani hablaba con Álvaro, responsable de aplicaciones corporativas, y con una mujer de Sistemas a la que reconocía de vista.

—Paula —dijo ella.

Agradecí la ayuda.

Nuria tenía el portátil preparado. Leo estaba junto a la ventana.

Nos sentamos cada uno donde pillamos.

Dani cerró la puerta.

—Álvaro.

En la pantalla aparecieron tres cajas.

ATLAS

Una flecha.

MOTOR DE AURA

Otra.

ACCIONES CORPORATIVAS AUTORIZADAS

—Por favor, que esto tenga una versión para personas —dije.

Álvaro asintió.

—Atlas generaba propuestas. Algunas terminaron entrando en el mismo sistema que AURA ya utilizaba para ejecutar automáticamente determinados ajustes operativos de bajo impacto.

—¿Como cambiar una sala?

—Sí.

—¿Y qué habéis encontrado?

Paula respondió.

—Once acciones ejecutadas que podemos confirmar desde la activación de la versión actual.

Me quedé mirando la cifra.

Once.

No miles.

No una rebelión de las máquinas.

Once cosas pequeñas que nadie había decidido en el momento en que ocurrieron.

Nuria fue directamente a lo suyo.

—¿Qué categorías?

Paula abrió una tabla.

Cambio de sala: 4

Ajuste de horario de reunión: 3

Asignación temporal de revisión: 2

Incorporación a sesión de trabajo: 2

—¿Con aprobación humana previa? —preguntó Nuria.

—No individualmente para esas once acciones. Entraron como ajustes reversibles de bajo impacto.

Leo se inclinó hacia delante.

—Pero la autorización general no se concedió pensando en Atlas.

—No —dijo Álvaro—. Atlas no consiguió un permiso nuevo. Acabó utilizando uno que ya existía.

Eso bastaba para entenderlo.

La puerta no había sido forzada.

Ya estaba abierta para otras cosas.

• • •

Nuria pidió el detalle de las once acciones.

Las primeras no tenían nada que ver conmigo.

Un cambio de sala en Finanzas.

Una reunión desplazada veinte minutos.

Una revisión de Compras.

Después apareció:

MARTÍN, EMMA

VEGA, LEONARDO

Paula filtró.

Cuatro resultados.

Me acerqué a la pantalla.

Reubicación de sesión de campaña — sala 3.12 → sala 2.08

Incorporación de VEGA, LEONARDO a revisión de carga operativa

Extensión de bloque de trabajo conjunto +30 min

Asignación temporal de validación cruzada — MARTÍN / VEGA

Durante unos segundos nadie dijo nada.

—La revisión de carga era la de Clara —dije.

Leo asintió.

—Sí.

—Yo pensaba que Dani te había añadido.

—Yo también.

Dani ya estaba comprobando su calendario.

—No fui yo.

Paula abrió el registro.

Atlas había estimado que incorporar a Leo aumentaba la probabilidad de resolución. El sistema había tratado la incorporación de un participante como un ajuste reversible y la había ejecutado.

—Reversible si sabes que ha ocurrido —dijo Nuria.

Paula hizo una anotación.

—Sí.

No hubo debate.

Aquello ya iría a Jurídico.

• • •

La primera acción era anterior.

El cambio de sala.

Recordé la reunión: demasiada gente prevista, una sala más pequeña de la que yo esperaba y Leo frente a mí.

Nada extraordinario.

Precisamente por eso me molestó más el motivo.

Incrementar interacción directa entre perfiles seleccionados.

—No fue por disponibilidad —dije.

—No —respondió Paula.

—Ni por capacidad.

—No.

Leo leyó la misma línea.

—Cambió el espacio para modificar cómo interactuaban las personas.

Álvaro asintió.

Ahí terminaba la explicación.

No necesitaba otra pantalla para enfadarme.

La ampliación de treinta minutos había ocurrido durante una revisión conjunta de un documento de adopción.

Yo había pensado que Dani había prolongado el bloque.

Leo también.

La validación cruzada había hecho algo todavía más sencillo: asignar mi documento a Leo y el suyo a mí.

Nada espectacular.

Treinta minutos.

Una silla.

Un nombre añadido a una reunión.

Dos documentos que acababan en manos concretas.

Era difícil imaginar decisiones más pequeñas.

También era difícil fingir que no habían cambiado nada.

• • •

Revisamos las otras siete.

No todas buscaban aumentar la interacción entre dos personas.

Algunas intentaban mejorar coordinación o resolución.

Y alguna había dado buen resultado.

Marta había sido añadida a una sesión de Compras porque su historial mostraba que detectaba ciertos errores antes que el resto. La revisión terminó antes y el problema se corrigió.

Dani señaló el resultado.

—Funcionó.

Nuria levantó la vista.

—Lo anotaremos. También anotaremos cómo llegó allí.

Nada más.

Ni absolución ni condena.

Paula pasó al siguiente caso.

Cuando terminamos pregunté:

—¿Atlas puede seguir haciendo esto?

—El modelo está restringido desde el martes —dijo Álvaro—. No está ejecutando nuevas propuestas.

—¿Y las reglas antiguas?

Paula intercambió una mirada con él.

—Durante la migración, algunas reglas derivadas dejaron de conservar claramente la etiqueta de origen.

—Tradúcelo.

—Sabemos dónde está Atlas. Todavía estamos localizando todo lo que nació de él.

Dani apoyó las manos en la mesa.

—Eso es lo siguiente.

Y ahí se quedó.

No hablamos de interruptores.

Ni de qué podía romperse si intentábamos apagar cosas.

Todavía no.

• • •

Salí de la sala antes que Leo.

Me alcanzó cerca del ascensor.

—Emma.

Seguí dos pasos y luego me detuve.

—Necesito pensar.

—Vale.

Me molestó.

No porque hubiera dicho nada incorrecto.

Precisamente porque no lo había hecho.

—Cuatro veces —dije.

Leo se quedó donde estaba.

—Y ninguno de los dos lo sabía.

—No.

—La reunión de Clara. Los documentos. La media hora.

—Yo pensaba que habían sido decisiones normales del proyecto.

—Yo también.

Leo hizo ademán de acercarse y cambió de idea.

—No sabía esto.

—Te creo.

Su expresión se aflojó apenas.

—Ese no es el problema.

Volvió a tensarse.

—Entonces dime cuál es.

Me apoyé contra la pared.

—No creo que Atlas inventara nada entre nosotros.

Leo no respondió.

—Dani nos puso en el mismo equipo. Clara organizó la cena del viernes. Tú me invitaste el martes.

—Sí.

—Y el beso…

—Emma.

—No estoy diciendo que el beso fuera falso.

Cerró la boca.

Había estado preparándose para defender algo que yo no estaba atacando.

—Pero cuatro cambios significan más tiempo con alguien —continué—. Más conversaciones. Más ocasiones de verlo de otra forma.

Leo bajó la vista un momento.

—Eso sí.

—Y no sé qué habría pasado sin ellas.

—Yo tampoco.

Una mujer salió del ascensor y tuvimos que apartarnos.

Esperamos a que pasara.

—No quiero hacer como si no importara solo porque me gusta lo que pasó después —dije.

Leo apoyó una mano en el marco de la puerta del ascensor, sin pulsar el botón.

—No sé cómo separar una cosa de la otra.

—Yo tampoco.

Ahí quedó.

No había una versión alternativa de las últimas dos semanas que pudiéramos abrir para comparar resultados.

• • •

A la una tuve una reunión de campaña.

La hice.

Hablé de transparencia, canales de revisión y piezas informativas.

Contesté correos.

Corregí dos textos.

A las dos y diez Clara dejó un bocadillo delante de mí.

—Come.

—No tengo hambre.

—No era una consulta.

Se sentó enfrente con el suyo.

Durante casi dos minutos consiguió no preguntar nada.

Luego fui yo la que habló.

—Atlas cambió cuatro cosas entre Leo y yo.

Clara dejó el bocadillo.

Le conté lo mínimo.

La sala.

La reunión.

Los treinta minutos.

Los documentos.

—¿Crees que hizo que te gustara Leo?

—No.

Clara esperó.

—Pero pudo darme más oportunidades para que me gustara.

Masticó despacio.

—Sí.

Aquello era todo lo que necesitaba que admitiera.

—Y me molesta.

—Ya.

—No tienes que decir nada útil.

—Estupendo, porque no tengo nada.

Cogí el bocadillo.

—Gracias.

Clara lo pensó un momento.

—Aunque quizá Atlas simplemente detectó que Leo estaba bueno.

Me salió una risa.

—Eres idiota.

—Habías pedido algo poco útil.

—Cumpliste.

—Come.

Eso hice.

• • •

A las cuatro llegó una nota preliminar de Nuria.

No era un manifiesto.

Era una página y media marcada como NO DISTRIBUIR.

11 acciones confirmadas.

7 personas afectadas.

Pendiente:

- clasificación individual de cada acción;

- revisión de base y finalidad con Jurídico;

- conservación de registros;

- preparación de comunicación a las personas afectadas.

La llamé.

—¿Hay que avisarlas hoy?

—Estamos preparando el procedimiento.

—Siete personas.

—Sí.

—¿Y las once acciones?

—Se revisan una por una.

—¿Puedes decirme ya cuáles necesitaban validación previa?

—No todas están en la misma situación.

—Nuria.

—Necesito Jurídico.

Apoyé la frente en una mano.

—Vale.

—Eso no significa que no haya un problema.

—Ya.

—Significa que todavía no te voy a decir cuál es la conclusión legal.

—Entendido.

—Te aviso cuando tengamos el texto para afectados.

Colgó.

Era menos satisfactorio que una sentencia.

También era bastante más útil.

• • •

A las seis y veinte miré el reloj.

Mi reunión de las siete seguía en el calendario.

La cena también.

En teoría.

Leo no había escrito desde el pasillo.

A las seis y treinta y cuatro llegó un mensaje.

LEO: La reserva es a las 20:00. Si quieres cancelarla, la cancelo.

Me quedé mirándolo un rato.

No intentaba convencerme de nada.

Solo preguntaba qué quería hacer.

Escribí una respuesta.

La borré.

Después envié:

EMMA: Hoy no puedo.

La contestación llegó casi inmediatamente.

LEO: Vale.

Y después:

LEO: La cancelo.

Nada más.

Miré hacia su mesa.

Estaba vacía.

No sabía cuándo se había marchado.

Había pedido espacio.

Lo estaba teniendo.

La lógica de aquello no impidió que me doliera un poco.

• • •

Mi reunión terminó a las siete y veintitrés.

La planta estaba casi vacía cuando volví por el abrigo.

El registro de la mañana seguía abierto.

Las cuatro acciones continuaban allí.

La conversación de las cajas no aparecía entre las once que Sistemas había conseguido confirmar.

Eso era lo único que podía afirmar sobre ella.

La salida del viernes la había organizado Clara.

La cita del martes había sido idea de Leo.

El segundo beso lo había iniciado yo.

Y entre unas cosas y otras estaban aquellas cuatro líneas.

Cerré el registro.

Al lado seguía la notificación de la cena.

Reserva cancelada.

Cerré también esa ventana.

No me hizo sentir mejor.