Capítulo 15
Sin instrucciones
El lunes había sido irritantemente normal.
Leo y yo pasamos ocho horas hablando de documentos, reuniones y Atlas como si el viernes hubiera terminado exactamente cuando se cerraron las puertas del metro.
Ninguno mencionó la despedida.
Ni el momento raro antes de entrar.
Ni que yo hubiera pensado en él bastante más de lo necesario durante el fin de semana.
Profesionalidad ejemplar.
El martes a las seis y treinta y ocho apareció junto a mi mesa sin carpeta, portátil ni ninguna razón laboral evidente.
Levanté la vista.
—¿Te vas?
—Ese era el plan.
—Bien.
Seguía allí.
Clara había salido diez minutos antes y nuestra zona empezaba a vaciarse.
—¿Necesitas algo?
—Sí.
—Eso ya suena más normal.
Leo metió las manos en los bolsillos.
—¿Tienes prisa?
—Depende de lo que venga después.
Sonrió un poco.
—Quiero invitarte a cenar.
Lo miré.
—¿Por trabajo?
—No.
—¿Por Atlas?
—No.
—¿Por tu padre?
—Definitivamente no.
Cerré el portátil.
—Entonces esto se parece bastante a una cita.
Leo sostuvo mi mirada.
—Sí.
Sin aclaración.
Sin segunda parte.
Eso consiguió ponerme bastante más nerviosa que cualquiera de sus respuestas complicadas.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Lo estaba intentando.
—Has empezado preguntándome si tenía prisa.
—Me parecía menos agresivo.
—No lo era.
Apoyó una mano en el borde de la mesa.
—Puedes decir que no.
—Ya lo sé.
—Bien.
—No ayudes.
—Lo intento.
Cogí el bolso.
—Vale.
Leo tardó medio segundo.
—¿Vale qué?
—Que sí.
—Ah.
Sonreí.
—Ahora la cara rara la tienes tú.
—No sabía si aceptarías.
—Eso era un riesgo bastante inherente a preguntar.
—Sí.
—Vamos antes de que hagas una matriz.
Cerró la boca y cogió la chaqueta.
Buena decisión.
• • •
El sitio estaba a veinte minutos andando.
Eso ayudó.
Si hubiera reservado un restaurante con mantel blanco, tres copas por persona y alguien dispuesto a explicarnos el origen del agua, probablemente habría empezado a preocuparme por cómo iba vestida.
En cambio, acabamos en un local pequeño con mesas de madera, una pizarra con seis platos y un camarero que nos recibió con:
—Lo que queda de tortilla está bien. Lo demás depende de vuestro nivel de optimismo.
—Me gusta —dije.
Leo señaló una mesa.
—¿Eso significa que he superado la primera prueba?
Me quité la chaqueta.
—No sabía que había pruebas.
—Yo tampoco.
Nos sentamos.
No había nadie de NEXORA.
Ni acreditaciones.
Ni portátiles abiertos.
—¿Cómo va la campaña? —preguntó Leo.
Lo miré.
—Tres minutos.
—¿Qué?
—Has tardado tres minutos en hablar de trabajo.
—Era curiosidad.
—Esto es una cita.
—Correcto.
—Pues compórtate.
—No tengo protocolo.
—Por fin.
Pidió una cerveza.
Yo otra.
Después tortilla, alcachofas y algo que el camarero definió como «pollo, pero interesante».
—Hace mucho que no hago esto —dijo Leo.
—¿Comer pollo interesante?
—Una cita.
—Eso sí es información.
—No tanta.
—¿Cuánto?
Se encogió de hombros.
—Bastante.
—Muy preciso.
—Estoy intentando no convertirlo en una entrevista.
—Buena política.
Durante un rato hablamos de cosas pequeñas.
Leo odiaba el cilantro.
Yo consideraba aquello una debilidad moral.
Había vivido cuatro años en Londres y seguía sin entender por qué la gente hacía cola voluntariamente para entrar en sitios.
Le conté que Lucía y yo seguíamos yendo juntas a librerías aunque casi nunca leyéramos lo mismo.
—¿Lucía es tu hermana?
—La persona que considera que ocultar que eres hijo del fundador debería inhabilitarte de por vida.
Leo dejó el tenedor.
—Me cae bien.
—No debería.
—Tiene criterio.
—Tiene opiniones. Es distinto.
—¿Sabe que estás aquí?
—No.
—¿Se lo vas a contar?
Cogí un trozo de tortilla.
—Probablemente.
—¿Y qué va a decir?
—«Te lo dije».
—¿Sobre qué?
—Eso lo decidirá cuando tenga todos los datos.
—Buen método.
—Le funciona desde hace cuarenta años.
Después hablamos de viajes.
Ahí cometí el error de explicar cómo organizaba los míos.
—Tengo un documento.
Leo dejó el vaso.
—Claro.
—Con alternativas.
—Naturalmente.
—Mapas.
—Emma.
—Y tiempo libre.
—¿Cuánto?
—Suficiente.
—Eso no es una cifra.
—Cuarenta y cinco minutos.
Leo se echó a reír.
No la sonrisa pequeña que utilizaba en la oficina.
Una risa completa que hizo que la pareja de la mesa de al lado mirara hacia nosotros.
—No tiene tanta gracia.
—Cuarenta y cinco minutos de espontaneidad.
—Se llama organización flexible.
—Voy a recordarlo.
—No llevas libreta.
—Tengo memoria.
—La noche empeora.
• • •
Después de cenar salimos a caminar.
Ninguno propuso tomar otra cosa ni marcharse directamente.
Seguimos andando.
Pasamos frente a una tienda cerrada. En el escaparate había una lámpara verde bastante discutible.
Leo la señaló.
—Esa parece cosa tuya.
—¿Por qué?
—Tiene energía de compra impulsiva de sábado.
Me detuve.
—¿Cómo sabes lo de la lámpara?
Él también frenó.
—Me lo contaste.
—No.
Pensó.
—Entonces Clara.
—Clara va a morir.
—Creo que salió hablando de la campaña.
—¿Por qué hablaríais de mi lámpara durante la campaña?
Leo se quedó un momento buscando una salida.
—No tengo una respuesta buena.
—Mejor no sigas.
—¿Era fea?
—No.
—¿Dónde la has puesto?
—Eso no es relevante.
—Era fea.
—Eres insoportable.
—Eso ya lo sabías antes de aceptar la cena.
Seguimos caminando.
Era fácil.
Lo bastante como para que acabara preguntando algo que llevaba toda la tarde evitando.
—¿Has decidido algo sobre NEXORA?
Leo tardó un poco.
—No del todo.
—Pequeño avance.
—He hablado con mi padre.
—¿Y?
—Le he dicho que no aceptaré un puesto permanente mientras siga participando en la revisión de Atlas.
Eso sí tenía sentido.
—¿Por conflicto de interés?
—Y porque no quiero revisar el sistema mientras intento convencerme de que debería quedarme para gestionarlo después.
—Demasiado razonable. Sospechoso.
—Gracias.
—¿Y cuando termine la revisión?
Leo se metió las manos en los bolsillos.
—Tendré que decidir.
—Sin Atlas de excusa.
Me miró.
—Eso ha sonado exactamente a mi padre.
—Retiro la pregunta.
—Dice que llevo años encontrando formas cada vez más sofisticadas de no decidir.
—Eso es bastante específico.
—Lleva tiempo practicándolo.
—¿Tiene razón?
Leo pensó antes de responder.
—En parte.
No intenté sacarle una conclusión mejor.
No hacía falta resolver su carrera entre dos semáforos.
—Yo tampoco soy brillante con algunas decisiones.
—Eso lo había notado.
—Qué amable.
—Habías pedido una cita sin trabajo. No una cita sin sinceridad.
Pensé fugazmente en Dani.
Durante años me había resultado más fácil contar la historia como «él se fue» que añadir siempre «y yo elegí quedarme».
—A veces dejar que las circunstancias parezcan decidir tiene sus ventajas.
—Sí.
—Luego puedes enfadarte con ellas.
Leo asintió.
Y seguimos andando.
• • •
Habíamos acabado en dirección contraria a mi estación.
Yo lo sabía desde hacía varios minutos.
Por la forma en que Leo miró una señal, él también.
Ninguno comentó nada.
—Hay otra cosa —dijo.
—Eso nunca empieza bien.
—La cena.
—¿Qué pasa?
Leo se detuvo.
Yo también.
—No te he invitado porque AURA diga que trabajamos bien juntos.
—Menos mal.
—Ni por Atlas.
—Eso mejora.
Se quedó callado un instante.
—Te he invitado porque quería estar contigo.
Sin porcentajes.
Sin explicación profesional.
—Eso ha sido bastante directo.
—Estoy practicando.
—Se nota.
Dio un paso hacia mí.
No demasiado.
Lo suficiente.
—Emma.
—¿Qué?
Pareció empezar a pensar una respuesta.
Luego abandonó el intento.
—No sé hacer esto sin pensar demasiado.
—Prueba a no hacer una lista.
Una pequeña sonrisa.
—Ya la había empezado.
—Horrible.
—Sí.
Seguía cerca.
Yo no me aparté.
Leo levantó una mano y se detuvo antes de tocarme.
—¿Puedo?
—Sí.
Su mano se apoyó en mi mejilla.
Estaba caliente.
El beso empezó con una torpeza mínima, ese instante en que los dos calculamos mal la distancia, y después encajó.
Apoyé la mano en su pecho.
Olía ligeramente a jabón y a la cerveza de la cena.
Cuando se apartó, seguíamos demasiado cerca.
Leo me miró como si acabara de quedarse sin la siguiente línea.
—Hola —dije.
Soltó una risa baja.
—Hola.
—El «hola» ha sido raro.
—Bastante.
—El beso no.
Su sonrisa cambió.
—Bien.
Esta vez fui yo quien lo besó.
Más despacio.
Mi mano terminó agarrando un poco la tela de su camisa y la suya volvió a mi cara.
Cuando nos separamos, ninguno se alejó inmediatamente.
—Esto complica bastante las condiciones de trabajo —dije.
—Sí.
—No pongas cara de que te parece bien.
—Estoy intentando no poner ninguna.
—Se te da fatal.
Leo bajó la mano.
—¿Te arrepientes?
Pensé antes de contestar.
—No.
—Yo tampoco.
—No he preguntado.
—Lo sé.
Eso me hizo sonreír.
—Y no sé qué hacemos ahora.
—Podemos no decidirlo esta noche.
Lo miré.
—Eso sí que es nuevo.
—Estoy probando cosas.
Nos apartamos un poco.
Miré hacia la calle que acabábamos de recorrer.
—Mi metro está en la otra dirección.
Leo miró detrás de nosotros.
—El mío también.
—Llevamos un rato andando mal.
—Doce minutos.
Giré la cabeza.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—Eso cuenta como ocultar información.
—No creo que alcance el umbral.
—Lo revisamos el lunes.
—De acuerdo.
Dimos la vuelta.
Esta vez caminamos en la dirección correcta.
En la esquina donde teníamos que separarnos, Leo se detuvo.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—Emma.
—¿Qué?
Abrió la boca.
Después negó con la cabeza.
—Nada.
—Muy bien.
Cada uno siguió por su lado.
No miré el móvil hasta llegar al andén.
Tenía un mensaje de Lucía.
¿Vas a venir el domingo o tengo que volver a negociar con mamá?
Respondí:
Voy.
Guardé el teléfono.
Y me descubrí sonriendo sola.
Ahora también era esa persona.