Mi jefa es un algoritmo Capítulo 14
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Capítulo 14

Fuera de horario

El viernes a las ocho y siete descubrí que Clara había utilizado la expresión tomar algo con bastante libertad.

Miré la mesa que había reservado al fondo del bar.

—Esto es una cena.

—Hay cerveza.

—También platos y carta de postres.

Clara se sentó.

—Pues cena.

No había defensa posible.

El local estaba a diez minutos de NEXORA, lo bastante lejos para fingir que habíamos salido del trabajo y lo bastante cerca para que tres personas siguieran llevando la acreditación colgada del cuello.

Sergio estaba estudiando la carta.

Marta hablaba con Álvaro, de Diseño, sobre una serie que yo no había visto.

Nuria había estabilizado una pata de la mesa con una servilleta doblada.

Aquello mejoró ligeramente mi opinión sobre Recursos Humanos.

—¿Quién falta? —pregunté.

Clara contó con el dedo.

—Leo. Dani ha dicho que se pasará más tarde. Y creo que Paula al final no viene.

—Vale.

Había dos sitios libres.

Uno entre Sergio y Marta.

Otro a mi lado.

No pregunté nada.

Estaba haciendo progresos.

• • •

Leo llegó a las ocho y veintidós.

Sin portátil ni mochila y con una camisa remangada que no parecía haber sido elegida pensando en una reunión.

Me costó un segundo identificar qué resultaba extraño.

No parecía estar trabajando.

—Perdón —dijo.

—Veintidós minutos —respondió Clara.

Leo miró la hora.

—Gracias por la precisión.

Sergio había dejado la chaqueta en una de las sillas libres y estaba explicando algo a Marta al otro lado de la mesa.

Leo ocupó la otra.

A mi lado.

Casualidad razonablemente demostrable.

—Hola.

—Hola.

Miró la mesa.

—Esto es una cena.

Señalé a Clara.

—Ya somos dos.

—Hay cerveza —dijo ella.

Leo se sentó.

Sergio levantó la carta.

—¿Seis croquetas o doce?

—Doce —dijo Marta sin dejar de hablar con Álvaro.

—Democracia resuelta —dijo Sergio.

Durante un rato la conversación se movió sin demasiada lógica.

Croquetas.

La serie que yo seguía sin haber visto.

Un correo enviado aquella tarde a media empresa preguntando de quién era un paraguas.

Una discusión bastante seria sobre si cobrar el pan cuando nadie lo había pedido era legal o simplemente ofensivo.

Leo participaba poco.

No porque estuviera incómodo. Más bien porque escuchaba más de lo que hablaba, algo que resultaba bastante menos sospechoso fuera de una sala de reuniones.

Sergio acabó mirándolo.

—Tú eres el consultor misterioso.

Leo dejó el vaso.

—Creo que ya he perdido la parte misteriosa.

—Me han contado lo de Javier.

Clara levantó la vista.

—Sergio.

—¿Qué?

Leo negó con la cabeza.

—No pasa nada.

Sergio parecía incapaz de decidir si aquello le daba permiso para seguir.

—Yo no tenía ni idea.

—La mayoría no.

—Ya.

Hubo un segundo extraño.

Después Sergio volvió a la carta.

—Entonces doce croquetas.

Marta le quitó la carta de las manos.

—Ya habíamos decidido doce.

La conversación continuó por otro sitio.

Noté que Leo volvía a apoyarse en el respaldo.

No hice ningún comentario.

• • •

Dani apareció poco antes de las nueve con otro director al que conocía de vista y cuyo nombre perdí en cuanto me lo dijeron.

Acabó sentado en el extremo contrario de la mesa.

Los primeros minutos fui demasiado consciente de que estaba allí.

Luego alguien pidió otra ronda, Álvaro empezó a contar una historia sobre un cliente que había aprobado un diseño y solicitado siete cambios dos días después, y dejé de prestar atención.

Marta enseñó en el móvil el resumen que AURA había generado de una reunión de Finanzas:

Se identificaron varios desacuerdos sin impacto decisorio.

—Estuvimos cuarenta minutos discutiendo para no decidir nada —dijo.

Nuria leyó la pantalla.

—El resumen es correcto.

Eso provocó más risas de las que merecía.

Dani también se rio.

Y terminé mirándolo.

Él levantó el vaso.

—¿Te acuerdas del curso de negociación?

La risa me salió antes de recordar por qué.

—No.

—La señora del caballo.

Me llevé una mano a la cara.

—No.

Clara se volvió hacia mí.

—Ahora sí quiero saberlo.

—No quieres.

Dani ya estaba sonriendo.

—Nos hicieron explicar un conflicto con una metáfora.

—Hasta ahí puedes llegar.

—Emma empezó a hablar de un caballo.

—No empecé a hablar de un caballo.

—Había un caballo.

—Dije que si una persona cree que está montando y la otra cree que es el caballo, tienes un problema.

La conversación de la mesa se apagó lo justo para que todos lo oyeran.

Sergio fue el primero en reírse.

—Eso es buenísimo.

—No le animes —dijo Dani.

—Era una metáfora perfectamente válida.

—Terminaste hablando de herraduras.

—Porque la formadora hizo demasiadas preguntas.

Alguien preguntó qué representaban las riendas.

Dani y yo respondimos a la vez:

—No.

Y volvimos a reírnos.

Fue fácil.

No especial.

Solo el recuerdo compartido de algo absurdo que había ocurrido hacía años.

Durante cuatro años habíamos acumulado cientos de cosas así. Que la relación hubiera terminado no las borraba.

Miré hacia Leo.

Estaba escuchando a Sergio contarle algo.

En un momento nuestras miradas coincidieron.

Levantó una ceja.

—Ni se te ocurra —dije.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—No sabes eso.

Volvió hacia Sergio.

Sin preguntar por Dani.

Sin cambiar la cara.

Eso fue todo.

Me gustó que fuera todo.

• • •

La conversación se fue rompiendo en grupos pequeños.

A las diez y media quedaban restos de platos, varias botellas vacías y una porción de tarta de queso entre Leo y yo.

Él acercó el plato.

—¿Quieres?

—Sí.

Cogí una cucharada.

—Está buena.

—Sí.

Fui a coger otra.

Leo apartó un poco el plato.

—Ahora ya es mía.

—Qué decepción.

—Has tenido tu oportunidad.

—Una cucharada no constituye una oportunidad razonable.

—Deberías haber negociado mejor.

Lo miré.

—No metas el curso del caballo en esto.

Leo sonrió y me devolvió el plato.

Clara estaba hablando con Marta y ni siquiera miró.

Agradecí la falta de público.

• • •

A las once la mesa empezó a vaciarse de verdad.

Marta fue la primera.

Después Sergio y los dos de Diseño.

Dani recibió una llamada, salió unos minutos y regresó solo a por la chaqueta.

—Nos vemos el lunes.

—El lunes.

Dio dos pasos.

—La metáfora sigue siendo terrible.

—Llevas siete años equivocado.

—Buenas noches, Emma.

—Buenas noches.

Se marchó.

No hubo pausa añadida.

Ni una mirada que pidiera continuar la conversación.

Yo tampoco la busqué.

Una semana antes quizá me habría sorprendido.

Aquella noche no demasiado.

Nuria se puso el abrigo.

—Yo me voy.

—Voy contigo —dijo Clara.

—Perfecto.

Clara recogió el bolso y me señaló con dos dedos.

—No te olvides de mandar mañana el texto de la campaña.

—Es sábado.

—Por eso he dicho mañana y no esta noche.

—Eso no lo mejora.

—Buenas noches.

Nuria ya estaba junto a la puerta.

—Clara.

—Voy.

Se marcharon discutiendo sobre qué línea de metro les convenía.

Leo estaba terminando de guardar el móvil.

—¿Nos vamos?

—Sí.

Nada más.

Mucho mejor.

• • •

Fuera hacía bastante más frío que al llegar.

Me cerré la chaqueta.

—¿Metro? —preguntó Leo.

—Sí.

—Yo también.

Empezamos a caminar.

Había gente en las terrazas, aunque nadie parecía estar disfrutando realmente de la temperatura.

—Sergio tiene poco filtro —dije.

—Lo he notado.

—¿Te ha molestado?

Leo metió las manos en los bolsillos.

—No exactamente.

—Eso tampoco es exactamente un no.

—Es incómodo.

—¿Que te pregunten?

—Que cambie el ambiente después.

Seguimos unos pasos.

—Algunas personas empiezan a pensar demasiado cada cosa que dicen.

—Es comprensible.

—No voy a despedir a nadie por criticar una cafetera.

—Tú sabes eso.

Leo me miró.

—¿Y ellos no?

—Eres hijo del fundador, Leo.

Su cara se cerró un poco.

—No elegí quién era mi padre.

La respuesta salió más seca de lo habitual.

—No he dicho que lo hicieras.

—A veces parece que da igual lo que haya hecho fuera. El apellido llega primero.

—Yo tampoco he dicho eso.

Nos detuvimos en un semáforo.

Leo miró al frente.

—He trabajado años fuera precisamente para que no todo dependiera de él.

—Y nadie te está quitando eso.

—A veces lo parece.

La luz cambió.

Cruzamos.

—Puedes haberte ganado tu carrera y seguir teniendo opciones que otra persona no tendría.

Leo no contestó.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—Esa frase empieza a perseguirme.

—Será porque funciona.

Seguimos andando.

—Y esconder quién eres tampoco cambia esas opciones —añadí—. Solo hace que la otra persona no sepa que existen.

Leo tardó.

—Eso lo entiendo más ahora.

—Algo es algo.

—No dije que me gustara.

—No es obligatorio.

Caminamos otra manzana.

—Creo que me acostumbré demasiado a decidir cuándo podía saberlo alguien —dijo.

Giré la cabeza.

Él siguió mirando hacia delante.

—Eso suena bastante a control.

—No sé si usaría esa palabra.

—Yo sí.

—Lo imaginaba.

No hubo iluminación súbita.

Ni confesión.

Solo un gesto incómodo mientras se pasaba una mano por la nuca.

—Al principio era fácil justificarlo —dijo—. Evitaba que todo cambiara nada más entrar en una habitación.

—Y después se volvió cómodo.

Leo me miró.

—Puede ser.

Aquello bastaba.

—Contigo me gustaba que no lo supieras —añadió.

—Eso ya me lo dijiste.

—Sí.

—Y sigo pensando que fue injusto.

—Ya.

—Tú tenías una información que yo no.

Leo metió otra vez las manos en los bolsillos.

—No sé muy bien qué hacer con eso ahora.

—Nada esta noche.

Me miró.

—Esa respuesta me gusta.

—No te acostumbres.

Seguimos andando.

Un poco después dijo:

—No quiero que te dé pena.

—Ese riesgo es bajo.

Una sonrisa.

—Mejor.

—Me irritas bastante más.

—Eso me resulta familiar.

Y seguimos hasta el metro.

• • •

En la entrada nos detuvimos frente al plano.

—Yo sigo dos paradas más —dijo Leo.

—Yo cambio aquí.

—Entonces…

—Entonces nada.

Ninguno se movió.

Ridículo.

Habíamos pasado dos semanas entrando y saliendo de salas juntos y, de pronto, despedirnos en una estación parecía requerir instrucciones.

—La cena ha estado bien —dijo.

—Sí.

—Incluso el caballo.

—Eso no sale de esta noche.

—No puedo prometerlo.

—Condición cinco.

—No estaba en el acuerdo.

—La añado el lunes.

Sonrió.

Después se quedó un momento mirándome.

—Emma.

—¿Qué?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no fingir que lo de mi padre no importa.

Me encogí de hombros.

—Importa.

—Ya.

—Pero tampoco es lo único que eres.

Leo no respondió enseguida.

Yo tampoco.

Por primera vez en toda la noche fui demasiado consciente de lo cerca que estaba.

No ocurrió nada.

Las puertas del metro se abrieron detrás de mí.

—Me voy.

—Sí.

Entré.

Antes de que se cerraran, me giré.

Leo seguía allí.

Las puertas se cerraron.

Encontré asiento.

Saqué el móvil por costumbre.

Ningún mensaje importante.

Guardé el teléfono otra vez.

Eso me gustó más de lo que debería.