Capítulo 13
La variable que falta
El jueves a las diez de la mañana descubrimos que Atlas no había empezado con nosotros.
Aquello debería haberme tranquilizado.
No lo hizo especialmente.
Sistemas había enviado lo que faltaba de los registros después de la discrepancia que encontramos el día anterior. La documentación venía recortada: sin nombres, sin credenciales y con suficientes campos ocultos para recordarnos que Nuria seguía teniendo motivos para cobrar su sueldo.
Leo llevaba unos minutos comparando referencias cuando giró el portátil.
—Mira.
Había dos entradas.
PILOTO DE OPTIMIZACIÓN COLABORATIVA
MODELO COOP-17
—¿COOP-17?
—El modelo del piloto.
—Nombre memorable.
—No creo que fuera la prioridad.
Abrió el registro de la actualización de mayo.
Allí, el mismo identificador aparecía asociado a otra referencia:
ATLAS-COLLAB
Me acerqué.
—Eso sí parece Atlas.
—Sí.
—¿Tenemos por fin algo que no termine en «puede ser»?
Leo recorrió una línea con el cursor.
—Tenemos que los dos nombres están vinculados.
—Casi.
Debajo figuraba el objetivo:
PREVISIÓN DE RENDIMIENTO COLABORATIVO
Eso ya lo conocíamos.
Lo nuevo estaba en otro campo.
VARIABLE DERIVADA: 1
—¿Cuál?
—No está en esta copia.
Naturalmente.
Me apoyé en el respaldo.
—¿Quién debería saberlo?
Leo revisó la ficha.
—El equipo funcional que trabajó en la segunda fase del piloto.
—Dani.
—Entre otros.
Cogí el móvil.
Leo levantó la vista.
—¿Qué vas a hacer?
—Preguntarle.
Hubo una pausa.
—Bien.
—No pongas esa cara.
—No he puesto ninguna.
Escribí:
Hemos encontrado la relación entre COOP-17 y ATLAS-COLLAB. Aparece una variable derivada que no tenemos identificada. ¿Sabes cuál era?
Lo releí antes de enviarlo.
Pregunta.
Verbo interrogativo.
Cero acusaciones.
Mi desarrollo personal empezaba a alcanzar niveles preocupantes.
Dani respondió poco después.
Sí. 11:00, sala 2.08. Lleva el registro.
Guardé el móvil.
—A las once.
Leo volvió a la pantalla.
—Perfecto.
—No hace falta que parezcas orgulloso.
—Estaba mirando otra cosa.
—Claro.
• • •
Dani llegó a la sala acompañado de Nuria.
—¿Tú también estabas en el piloto? —le pregunté.
—No.
Dejó la libreta sobre la mesa.
—Estoy en la revisión de ahora. Si aparece una función derivada que utiliza información de empleados, quiero saber qué era antes de que sigáis tirando del hilo.
Eso sonaba mucho más a Nuria que una reflexión sobre el futuro de la humanidad.
Leo proyectó únicamente la parte autorizada del registro.
Dani reconoció COOP-17.
—Era de la segunda fase.
—¿Hubo una primera?
—Sí. La primera intentaba relacionar composición de equipos con resultados.
—¿Y?
Dani se sentó.
—No funcionó demasiado bien.
—Eso sí lo entiendo.
—Equipos muy parecidos en experiencia, especialización y carga podían rendir de manera muy distinta. Así que se intentó averiguar qué estaba explicando la diferencia.
Señalé el campo vacío.
—La variable.
—Exacto.
—¿Cuál era?
Dani hizo una pequeña mueca antes de contestar.
—El proveedor la llamó «reciprocidad correctiva».
Lo miré.
—Eso parece una enfermedad de consultoría.
Leo bajó la vista hacia el portátil.
Dani decidió seguir.
—En términos normales: había personas que mejoraban el trabajo de la otra cuando colaboraban.
Eso era bastante más útil.
—¿Cómo?
—Detectaban fallos antes. Cuestionaban decisiones. Revisaban propuestas entre ellas. El resultado final mejoraba después de esa interacción.
—Discutían bien.
—No era solo discutir.
—Pero también.
Dani dejó pasar la simplificación.
Nuria intervino por primera vez.
—¿Con qué datos llegaron a eso?
Dani miró el registro.
—Información de trabajo. Revisiones de documentos, tareas corregidas, incidencias, tiempos de resolución, participación conjunta en proyectos.
—¿Alguna variable sobre afinidad personal, emociones o relaciones fuera del trabajo?
—No.
—¿Mensajería?
—Solo indicadores derivados de herramientas corporativas dentro del alcance autorizado para el piloto.
Nuria anotó algo.
—¿Y en esa fase el sistema podía provocar esas interacciones?
—No.
—Eso era lo que necesitaba saber.
Cerró el bolígrafo.
No interrogó a Dani sobre el rendimiento del modelo.
No preguntó por la arquitectura.
Había venido a averiguar qué información se utilizaba y qué permitía hacer el piloto.
Su parte.
• • •
Los ejemplos estaban anonimizados.
El primero que abrimos comparaba dos perfiles que, por separado, no llamaban especialmente la atención.
Juntos cambiaba el resultado.
Menos correcciones posteriores.
Más incidencias resueltas.
Mejor entrega final.
—¿Trabajaban mucho juntos? —pregunté.
Dani revisó la ficha.
—En el periodo que funcionó mejor, sí.
—¿Y estaban de acuerdo?
—No especialmente.
Lo miré.
—Discutían bien.
—Puedes quedarte con eso si no lo conviertes en terminología oficial.
Escribí en mi libreta:
DISCUTÍAN BIEN
Leo miró.
—Muy científico.
—Tú tienes COOP-17. Déjame esto.
El siguiente caso no mejoraba.
Otro empeoraba.
En un cuarto, la diferencia era prácticamente nula.
Eso me interesó más que si todos hubieran producido una línea ascendente perfecta.
—Entonces no buscabais parejas ideales —dije.
—No —respondió Dani—. Se estaban probando combinaciones de trabajo. Algunas daban mejores resultados y otras no.
—¿Y cuando encontrabais una prometedora?
—Durante el piloto se podía proponer que esas personas trabajaran juntas en un proyecto.
—¿Lo proponía AURA?
—El análisis ayudaba. La decisión la tomaba el equipo del piloto.
—Personas.
—Sí.
Leo seguía revisando los registros.
—¿Atlas ya existía entonces?
Dani negó despacio.
—No con ese nombre, que yo recuerde.
No insistimos.
Habíamos aprendido algo sobre los recuerdos de documentos antiguos.
Leo escribió al contacto del proveedor.
• • •
La respuesta llegó antes de que termináramos la reunión.
No porque el proveedor hubiera confesado una conspiración internacional, sino porque alguien conservaba la documentación original mejor ordenada que nosotros.
Leo abrió el correo.
ATLAS era la denominación interna del entorno de simulación utilizado durante la segunda fase del piloto de colaboración.
Me quedé mirando la palabra.
—Simulación.
Leo bajó un poco más.
El entorno permitía probar escenarios hipotéticos derivados del modelo: cambios en composición de equipos, frecuencia de colaboración y puntos de coordinación.
—¿Probar cómo? —pregunté.
Dani acercó la silla.
El propio documento lo explicaba.
Podían simular que dos perfiles colaboraban más.
Que coincidían en determinados proyectos.
Que aumentaban o reducían reuniones de coordinación.
Luego el modelo calculaba qué efecto podía tener aquello en el resultado.
No movía una reunión.
No reasignaba a nadie.
No hacía nada fuera del entorno experimental.
—Entonces ese era Atlas —dije.
Leo seguía leyendo.
—Ese era el Atlas original.
—Sabía que ibas a hacer eso.
No respondió.
Tenía razón y los dos lo sabíamos.
La última parte del correo era más incómoda.
El proveedor conservaba la definición histórica del simulador, pero no podía determinar con ella qué configuración había terminado incorporándose al entorno real de NEXORA. La migración y la parametrización final se habían hecho conjuntamente con el equipo interno.
Dani leyó el párrafo dos veces.
—Entonces el proveedor entregó un simulador.
—Sí —dijo Leo.
—Y en producción tenemos algo que ejecuta cambios.
—Sí.
—Pero aquí no dice quién convirtió una cosa en la otra.
—Porque no lo sabemos todavía.
Nuria volvió a abrir la libreta.
—¿Sabemos al menos qué función concreta está activa?
—Todavía no —dijo Leo.
—Cuando la identifiquéis, me avisáis antes de seguir probándola.
—No vamos a probarla —dije.
—Mejor.
—¿Para qué necesitas verla?
—Para saber qué datos utiliza realmente, con qué finalidad y qué permisos tiene. Lo que hacía el piloto no me sirve para validar lo que hace ahora.
Escribió una última nota.
—Mandadme el registro cuando lo tengáis.
Miró la hora.
—Tengo otra reunión.
—¿Ya?
—Sí.
—Esperaba más ceremonia después de descubrir qué era Atlas.
Nuria recogió su portátil.
—Yo esperaba llegar a nóminas a las doce.
Salió.
No se podía competir contra eso.
• • •
Dani guardó sus documentos poco después.
Antes de marcharse se quedó junto a la puerta.
—Emma.
—¿Qué?
—Gracias por preguntarme antes.
Lo miré.
Había una versión de la conversación en la que los dos extraíamos de aquello una enseñanza adulta y completa sobre nuestra antigua relación.
No me apetecía tenerla.
—No te acostumbres.
Dani hizo un gesto que podía significar varias cosas.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Y se fue.
• • •
Leo y yo nos quedamos con los ejemplos abiertos.
Miré otra vez el primero.
Dos perfiles sin resultados extraordinarios por separado.
Una mejora clara cuando colaboraban.
—¿Crees que esto es lo que detectó con nosotros?
Leo no fingió no entender.
—Es posible.
—Clara.
—Lo resolvimos juntos.
—Los procesos que AURA no veía.
—También.
—Los documentos del lunes.
Leo levantó una ceja.
—Ahí no estoy seguro de que nuestra colaboración pueda considerarse ejemplar.
—Impediste que empeorara.
—Lo intenté.
—Cuenta.
Volví al registro.
Todo lo que medía era profesional.
Revisiones.
Resolución.
Coordinación.
Nada sobre si alguien me gustaba.
Nada sobre si yo le gustaba a alguien.
Nada que pudiera distinguir una buena discusión de trabajo de cualquier otra cosa que ocurriera alrededor.
—Entonces AURA no cree que tengamos afinidad —dije.
—No mide eso.
—Cree que juntos resolvemos mejor algunas cosas.
—Eso sí parece respaldado por los datos.
Me quedé mirando la pantalla.
—Muy romántico.
Leo levantó la vista.
Yo cerré el documento.
• • •
Por la tarde intenté escribir un resumen para el equipo.
La primera versión tenía cinco párrafos.
La segunda, cuatro.
La tercera sobrevivió:
El piloto detectó que algunas combinaciones de trabajo obtenían mejores resultados.
Atlas se utilizó para simular qué pasaría si esas personas colaboraban más.
Seguimos sin saber cómo esa lógica terminó ejecutando cambios reales en producción.
Lo releí.
Podía explicárselo a alguien sin exigirle que aprendiera qué significaba COOP-17.
Éxito.
Clara apareció con el bolso colgado del hombro.
—Mañana vamos a tomar algo.
—¿Quiénes?
—Gente.
—Preciso.
—Nuria, Marta, Sergio, un par de Diseño. Creo que Dani también se pasará.
Guardé el documento.
—¿Creo?
—No llevo control de asistencia. Es una cerveza, Emma.
—Perdona por exigir gobernanza.
Clara puso los ojos en blanco.
—Leo también está en el grupo.
La miré.
—¿Qué grupo?
Sacó el móvil.
Había un chat de WhatsApp.
VIERNES. 20:00.
—Lo has organizado tú.
—Sí.
—¿Tú elegiste el sitio?
—Sí.
—¿Tú pusiste la hora?
—Sí.
—¿Y nadie ha optimizado asistentes?
Clara guardó el teléfono.
—Como vuelvas a preguntarme si una inteligencia artificial ha organizado unas cañas, te saco del grupo.
—Era una comprobación razonable.
—¿Vienes o no?
Miré la pantalla.
Después el bolso de Clara.
—Voy.
—Perfecto.
Se dirigió al ascensor.
—Y, Clara.
Se giró con una expresión de advertencia preventiva.
Pensé mejor la frase.
—Nada.
—Eso me preocupa más.
—Hasta mañana.
—A las ocho.
Se marchó.
Cerré el portátil.
En el grupo alguien acababa de preguntar si el sitio tenía terraza.
Otra persona quería saber si daban de cenar.
Clara respondió que se decidieran antes de las siete del día siguiente porque ella no pensaba reservar tres veces.
Me puse el abrigo.
Por una vez, la organización parecía completamente humana.