Mi jefa es un algoritmo Capítulo 12
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Capítulo 12

Condiciones de trabajo

El miércoles a las nueve y doce recibí un correo de Leo.

Eso, por sí solo, ya parecía una declaración de intenciones. Durante la última semana nos habíamos comunicado por Teams, mensajes, calendarios y conversaciones improvisadas en salas que AURA elegía por nosotros.

Esta vez había asunto, párrafos y hasta una despedida.

Asunto: Atlas — documentación actualización mayo

Sistemas ha localizado la documentación del despliegue de la versión de mayo.

Podemos revisar una copia funcional a partir de las 10:00. Credenciales, datos sensibles y detalles de seguridad estarán ocultos.

Antes de hacerlo, necesito saber si quieres seguir trabajando conmigo en esto.

Si prefieres que continúe otra persona, lo entenderé.

Lo leí dos veces.

Clara levantó la cabeza desde la mesa de al lado.

—¿Problemas?

—Todavía no lo sé.

—Eso normalmente significa sí.

Giré un poco la pantalla.

—Sistemas ha encontrado lo de mayo. Leo me pregunta si quiero seguir con la revisión.

—¿Y quieres?

—Eso estoy intentando decidir.

Clara volvió al diseño que tenía abierto.

Esperé.

—¿Nada más?

—Has dicho que estás intentando decidir.

—Podrías ayudar.

—Podría.

Siguió trabajando.

—Te odio un poco.

—Hay lista de espera.

Miré otra vez el correo.

El problema era que sabía perfectamente qué razones tenía para decir que no.

Leo me había ocultado quién era. Seguía existiendo una diferencia de poder que una conversación incómoda no hacía desaparecer. Había información a la que él accedía y yo no. Y además AURA había pasado una semana colocándonos juntos con una insistencia que ya no podía considerar casual.

También sabía por qué quería decir que sí.

Trabajábamos bien.

Y, después de C10, me apetecía bastante menos tomar una decisión solo porque una parte de mí ya hubiera elegido la conclusión.

Clara señaló con el ratón la pared del día anterior.

¿QUÉ NO QUIERES QUE DECIDA POR TI?

—Muy sutil.

—No he dicho nada.

—Peor.

Abrí un correo nuevo.

A las diez estoy allí.

Lo envié.

• • •

La sala 4.12 seguía siendo la habitación donde una semana antes Leo había sabido colocar unas cajas que supuestamente no conocía.

Ahora que conocía la explicación, el recuerdo no resultaba más simpático.

Él estaba dentro cuando llegué. Dos portátiles, una botella de agua y una carpeta de Sistemas.

—Hola.

—Hola.

En la pantalla había un aviso:

DOCUMENTACIÓN FUNCIONAL PARA REVISIÓN

Información de seguridad, credenciales y datos personales: omitidos

—Tenemos dos horas —dijo Leo—. Yo puedo consultar algunos registros adicionales si hacen falta. Lo que tú veas estará limitado a la revisión.

—Bien.

Dejé la libreta sobre la mesa.

—Y quiero seguir.

Leo me miró.

—De acuerdo.

—Pero no como hasta ahora.

Su expresión cambió apenas.

—También de acuerdo.

—Todavía no sabes qué voy a pedir.

—Tengo algunas sospechas.

Me senté.

Había escrito cuatro cosas antes de subir.

No porque quisiera convertir aquello en un contrato, sino porque después de una semana de medias respuestas había decidido que confiar en mi memoria era una estrategia innecesariamente optimista.

—Lo primero es fácil —dije—. Si no puedes contarme algo, me dices que no puedes contármelo.

—Sí.

—No me das una verdad lateral esperando que yo complete el resto.

Leo apoyó los brazos en la mesa.

—Lo de Operaciones e Implantación.

—Entre otras.

—Entendido.

Taché una palabra que ya había tachado tres veces.

—Y si encuentras algo de Atlas que afecte a mi trabajo, mis datos o a alguien de nuestro equipo, me lo cuentas.

—Siempre que pueda compartirlo.

Levanté la vista.

—Eso es exactamente el tipo de frase que me pone nerviosa.

—Emma, puede haber información de otras personas que legalmente no pueda darte.

Tenía razón.

Molesto, pero cierto.

—Entonces me dices eso.

—Eso sí.

—No decides que es mejor que no lo sepa.

Leo asintió.

No hizo falta que dijera nada más.

Pasé a la siguiente.

—Hay otra cosa.

—Adelante.

—No quiero enterarme después de decisiones que me afectan de verdad.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa «de verdad»?

—No reservar una sala. No cambiar una reunión media hora.

—Bien.

—Mi trabajo. Mi posición en el proyecto. Algo que pueda cambiar materialmente lo que hago o en qué situación me deja.

Leo se quedó pensando.

—Cuando sea razonablemente posible hablar antes.

—Exacto.

—Porque puede haber decisiones que no sean mías o que no admitan espera.

—Lo sé.

—Y no estás pidiéndome permiso para decidir sobre mi propio trabajo.

—No.

Aquello necesitaba estar claro.

—Te estoy pidiendo que no tomes una decisión que afecta directamente al mío y luego aparezcas con ella ya hecha si podías haber hablado conmigo antes.

Leo miró mi libreta.

—Eso es bastante específico.

—Aprendo rápido.

—Eso parece.

No sonrió.

Mejor.

La cuarta línea era la que había reescrito más veces.

—Y si Atlas vuelve a hacer algo específicamente para provocar que tú y yo coincidamos…

Leo dejó de mirar la libreta.

—Lo comprobamos.

—Y si se puede revertir, se revierte.

—Sí.

—O al menos sabemos que ha pasado antes de convertirlo en una decisión nuestra.

—También.

Me detuve.

—Pero que AURA recomiende que trabajemos juntos porque damos buen resultado no es lo mismo.

—No.

—No pienso rechazar una tarea solo para demostrar que una máquina no manda en mi vida.

—Eso sería darle bastante poder.

—Exacto.

Leo pasó un dedo por el borde de la carpeta.

—Entonces el límite es la finalidad.

—¿Qué quieres decir?

—Que una recomendación profesional puede ser legítima. Una intervención diseñada específicamente para crear una situación entre nosotros es otra cosa.

Asentí.

—Y ninguna de las dos decide nada personal.

Esta vez el silencio fue breve.

—Eso tampoco —dijo.

Cerré la libreta.

—Eso es lo que necesito para trabajar contigo.

Leo no respondió inmediatamente.

Luego dijo:

—Yo necesito una cosa.

No esperaba que me gustara aquella frase.

—Dime.

—Si piensas que te estoy mintiendo, pregúntame.

—Ya lo hago.

—A veces preguntas después de haber decidido la respuesta.

Me tensé.

—¿Estamos hablando de Dani?

—También.

—No necesito que me expliques el lunes.

—No lo estoy haciendo.

—Se parece bastante.

Leo negó.

—Estoy hablando de nosotros.

Eso me calló.

—Puedo decirte que no sé algo. O que no puedo responder. Y puedes enfadarte, pero no puedo trabajar contigo si cada una de esas respuestas se convierte automáticamente en una prueba de que estoy haciendo algo contra ti.

—Te has ganado una parte de esa desconfianza.

—Sí.

La respuesta fue rápida.

—Pero no puedo deshacerlo convenciéndote cada vez de que esta pregunta concreta es distinta.

Miré mi libreta.

No era una exigencia absurda.

Eso también me irritó.

—Entonces pregunto.

—Eso me sirve.

—No significa que te crea.

—No te lo he pedido.

Nos quedamos unos segundos sentados frente a frente.

Aquello no arreglaba la semana anterior.

Tampoco hacía desaparecer que Leo podía subir a Presidencia sin pedir cita mientras yo había tardado seis años en pisar aquella planta.

Él seguía siendo hijo de Javier Vega.

Yo seguía siendo una empleada de NEXORA.

Ningún acuerdo privado convertía eso en igualdad.

Pero sí podía decidir bajo qué condiciones quería trabajar con él.

Leo extendió la mano.

—¿Empezamos?

Miré su mano.

—Esto es muy de consultor.

—Puedo retirarla.

Se la estreché.

—No hace falta.

Fue exactamente lo que parecía.

Un apretón de manos.

• • •

A las diez y dieciocho abrimos la documentación.

No existía ningún archivo titulado QUIÉN ACTIVÓ ATLAS Y POR QUÉ, lo que me pareció una falta grave de consideración hacia las personas que tenían que investigar aquello después.

Había registros de migración, tablas de configuración y un resumen funcional de la actualización de mayo.

Leo encontró la parte relevante.

—Aquí.

Leí.

Las reglas previamente aprobadas podrán conservarse en procesos relacionados durante la migración, salvo exclusión expresa.

—Idioma humano.

—Si una regla ya estaba autorizada, la actualización no obligaba a aprobarla otra vez desde cero.

—¿Aunque perteneciera a un piloto terminado?

—Ahí está la pregunta.

Había una lista de exclusiones.

Nóminas.

Selección.

Evaluación de desempeño.

Seguridad.

El piloto de colaboración no aparecía.

—Entonces lo heredó.

Leo movió la cabeza.

—Podría haber heredado reglas del piloto.

—¿No es lo mismo?

—No sabemos cuáles.

Respiré.

—Vale.

Había aprendido suficiente durante las últimas veinticuatro horas como para no discutir una diferencia solo porque complicaba la respuesta.

Seguimos.

En la documentación original, el proyecto figuraba como cerrado.

En la tabla de migración, su identificador seguía presente y el campo de estado no estaba claro.

Me acerqué.

—Eso sí está mal.

—Eso sí es una discrepancia.

—¿Significa que seguía activo?

—No lo sabemos.

Esperé.

Leo no rellenó el hueco.

Bien.

—Puede ser un registro mal migrado —dijo—. O una regla que quedó disponible. Necesitamos el historial del modelo.

—Eso son dos posibilidades bastante distintas.

—Sí.

—¿Y sabemos cuál?

—Todavía no.

Lo apunté.

Sin enfadarme.

Progreso moderado.

—Entonces necesitamos saber qué era exactamente ese modelo antes de mayo.

—Y qué reglas contenía.

—Y qué hizo la migración con ellas.

Leo asintió.

Tres preguntas.

Eso sí cabía en una libreta.

• • •

A las once y veinte cerramos los documentos.

No sabíamos quién había creado Atlas tal como existía ahora.

No sabíamos si alguien lo había activado conscientemente.

Tampoco si aquel identificador sin estado claro explicaba algo o era simplemente un residuo técnico.

Pero por primera vez teníamos una discrepancia concreta que podía seguirse sin adivinar intenciones.

Leo guardó el portátil.

—Pediré el historial del modelo.

—Bien.

—Puede tardar.

—Mientras no tardes una semana en decirme que existe.

Se detuvo.

La frase había salido sola.

—Eso ha sido justo al límite —dijo.

—Lo sé.

—¿Quieres retirarla?

Lo pensé.

—No especialmente.

—Agradezco la sinceridad.

—No abuses.

Terminamos de guardar las cosas.

Al salir, Leo se desvió hacia los ascensores.

—Tengo que subir.

—A Presidencia.

—Sí.

Me obligué a no completar la conversación por mi cuenta.

—¿Por Atlas?

Leo me miró.

—En parte. Voy a pedir a Javier que autorice el acceso al historial completo.

—Bien.

Pulsó el botón.

Luego añadió:

—También quiere hablar de mi futuro aquí.

Aquello no tenía nada que ver con Atlas y, precisamente por eso, me sorprendió que lo dijera.

—¿Sigue queriendo que vuelvas?

—Sí.

—¿Y tú?

Leo miró las puertas cerradas del ascensor.

—No lo sé.

—Respuesta habitual.

—No ha mejorado con el tiempo.

—¿Hay un puesto?

—No uno cerrado.

—Entonces tampoco hay una decisión.

—Para mi padre eso nunca ha sido un impedimento.

El ascensor llegó.

Leo no entró todavía.

—He construido mi carrera fuera por una razón —dijo—. No quiero que volver aquí convierta todo eso en una especie de paréntesis antes de acabar haciendo lo que se esperaba.

—No lo convertiría.

—Puede que no.

Las puertas empezaron a cerrarse y él puso una mano para frenarlas.

—Pero tampoco quiero descubrir dentro de diez años que no volví solo por demostrar que podía no hacerlo.

Esa respuesta sí sonaba menos ensayada.

—Eso parece bastante incómodo.

—Lo es.

—Buena suerte.

Leo entró.

—Gracias.

—Y si Javier te enseña un documento secreto llamado «Atlas explicado para personas normales»…

—Te aviso.

Las puertas se cerraron.

• • •

Volví a mi mesa.

La campaña seguía abierta en la pantalla y las dos preguntas de la pared continuaban donde las habíamos dejado.

Saqué la libreta.

Las cuatro condiciones estaban allí.

Debajo, en un hueco, escribí:

Preguntar antes de sentenciar.

Lo leí una vez.

No era una condición para Leo.

Era mía.

Cerré la libreta.