Mi jefa es un algoritmo Capítulo 10
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Capítulo 10

El error de Emma

El lunes a las ocho y cuarenta y siete, Leo ya estaba sentado frente a mi mesa.

Tenía el portátil abierto, una carpeta a un lado y la expresión de alguien que llevaba demasiado rato leyendo documentos escritos para castigar a la humanidad.

—Supongo que esto es lo que encontraste el sábado.

—Sí.

Dejé el bolso.

—¿Y ahora sí es urgente?

—Ahora estamos en horario laboral.

—Qué civilizado.

Giró el portátil hacia mí.

Había preparado una cronología.

Naturalmente.

PILOTO DE OPTIMIZACIÓN COLABORATIVA

Inicio.

Cambios.

Cierre previsto.

Anexos posteriores.

Tres documentos estaban marcados.

—Estos son los que no encajan.

Abrí el primero.

Tenía treinta páginas para explicar algo que probablemente podría haberse contado en dos.

Encontré un encabezado:

AMPLIACIÓN DE CRITERIOS DE EVALUACIÓN

Más adelante:

INCORPORACIÓN DE VARIABLES DE INTERACCIÓN

Y al final:

Daniel Salvatierra

Pasé al segundo.

Otra firma.

Al tercero.

La misma.

—Los tres.

—Sí.

Miré las fechas.

El último era posterior a la fecha prevista de cierre del piloto.

Volví atrás.

Interacción.

Ampliación.

Extensión.

No hacía falta demasiado esfuerzo para construir una historia con aquellas palabras.

—Dani participó en el piloto, firma esto y después aparece Atlas provocando interacciones.

Leo apoyó un brazo sobre la mesa.

—Sí.

—No parece precisamente casual.

—No.

—¿Y todavía crees que puede no tener nada que ver?

—Creo que tiene que ver con el piloto. No sé si tiene que ver con lo que Atlas está haciendo ahora.

—Siempre hay una segunda mitad en tus respuestas.

—Los documentos también tienen una.

Miré otra vez la firma.

Dani.

Con cualquier otro nombre quizá habría seguido leyendo.

Con el suyo, algo dentro de mí ya estaba varios pasos por delante.

Había vuelto a Madrid sin decírmelo.

Había conocido partes del proyecto antes de que yo supiera siquiera que existía.

Había estado sentado frente a Javier hablando de Atlas mientras yo todavía intentaba descubrir por qué AURA movía a Clara de un proyecto a otro.

Cerré la carpeta.

—Voy a preguntarle.

Leo asintió.

—Hazlo.

Esperé.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que te impida ir?

—Pensaba que tendrías una opinión.

—La tengo.

—Naturalmente.

Leo señaló la carpeta.

—Pregúntale qué autorizó.

—Eso pienso hacer.

—Entonces bien.

Cogí los documentos.

Cuando ya me alejaba añadió:

—Emma.

Me giré.

—Intenta que siga siendo una pregunta.

—Sé hablar con la gente.

No dijo nada.

Su cara sí.

—No pongas esa expresión.

—No estoy poniendo ninguna.

—Peor todavía.

• • •

Leí algo más antes de entrar en el despacho de Dani.

No todo.

Lo suficiente, me dije.

A las nueve y cincuenta y ocho estaba delante de su puerta.

Hablaba por teléfono.

Me vio y señaló una silla.

Esperé de pie.

Sentarme me parecía peligrosamente parecido a concederme tiempo para pensar.

Terminó la llamada.

—Buenos días.

Dejé la carpeta sobre su mesa.

—Necesito saber qué firmaste aquí.

Dani miró la portada.

Después a mí.

—¿De dónde sale?

—De la documentación del piloto.

La abrió.

—¿Qué parte?

—Los tres anexos con tu firma.

Pasó páginas.

—Sí.

—Uno amplía variables de interacción.

—Sí.

—Otro amplía los criterios.

—También.

—Y el tercero es posterior a la fecha en la que el piloto debía haber acabado.

Dani levantó la vista.

—¿Cuál es la pregunta?

La neutralidad me duró hasta ahí.

—¿Sabías que esto podía acabar convirtiéndose en Atlas?

Se quedó quieto.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque se parece bastante.

—No.

—Dani.

—No, Emma.

Ya no sonaba a director.

Tampoco sonaba paciente.

—Firmaste una ampliación de variables de interacción.

—Lo sé. Mi nombre está al final.

—Atlas trabaja con interacción.

—Y NEXORA trabaja con personas. Eso no convierte cada documento de Recursos Humanos en Atlas.

—No hace falta que seas condescendiente.

Dani apartó la carpeta.

—Y no hace falta que entres aquí dándome por culpable.

—No he hecho eso.

Soltó una risa breve.

—Claro.

—He venido a preguntarte.

—Has venido con tres documentos encima de la mesa y «¿seguro?» como segunda pregunta.

Noté cómo se me tensaban los hombros.

—Porque tu firma está en los tres.

—Mi firma demuestra que firmé los tres.

—No juegues con las palabras.

Dani se quedó mirándome.

—¿Los has leído enteros?

No contesté.

Y eso contestó bastante.

—Emma.

—He leído las partes relevantes.

—¿Cómo sabes cuáles son si todavía no sabes qué autorizaban?

—Sé lo que estoy buscando.

—Ese es precisamente el problema.

Me callé.

Dani respiró hondo y luego, en vez de frenar, siguió.

—Antes también hacías esto.

La habitación cambió.

—¿Esto qué?

Su expresión cambió apenas. Ya sabía que no debía haber ido por ahí.

—Llegabas a algunas discusiones con la sentencia escrita.

—No conviertas esto en nuestra relación.

—No pretendía hacerlo.

—Pues lo has hecho.

Dani apartó la vista.

—Sí. No venía a cuento.

—No.

—Pero tampoco hace falsa la parte sobre estos documentos.

Eso no ayudó.

—Explícamelos.

Mi voz había perdido varios grados.

Me senté por fin.

Dani abrió el primer anexo.

—El piloto medía composición de equipos y resultados. Luego añadimos interacción operativa porque dos equipos parecidos podían funcionar de manera muy distinta según cuánto tuvieran que coordinarse.

Buscó un apartado.

—Esto incluye frecuencia de intercambio dentro de proyectos, dependencias entre funciones, tiempos de respuesta y trabajo conjunto en incidencias.

Leí.

Nada de afinidad.

Nada de encuentros.

Nada de mover reuniones para que dos personas coincidieran.

—Sigue siendo interacción.

—Sí.

—Y Atlas utiliza interacción.

Dani apretó la mandíbula.

—No toda interacción significa lo mismo, Emma.

—Ya.

—Mira la limitación.

Pasó varias páginas y me señaló una sección.

La presente extensión no amplía los permisos de intervención operativa concedidos al sistema.

La leí.

Luego volví al encabezado.

Después otra vez a la frase.

—Esto amplía lo que puede analizar.

—Sí.

—No lo que puede hacer.

—Exacto.

El tercer documento ampliaba el periodo de observación. Nada más.

Cuatro semanas no habían sido suficientes para algunos proyectos y habían alargado la recogida de datos.

También estaba escrito.

Con bastante claridad.

Solo que yo no había llegado hasta allí.

Me apoyé en el respaldo.

—Me he precipitado.

Dani cerró la carpeta.

No dijo nada.

—Lo siento.

—Gracias.

Su voz era educada.

Demasiado.

La clase de tono que utilizábamos con alguien con quien había que seguir trabajando después de una mala reunión.

Me lo había ganado.

Dani juntó los documentos.

—Datos correctos. Conclusión equivocada.

Me molestó que la frase fuera tan buena.

Y todavía más que fuera cierta.

—No disfrutes demasiado.

—No estoy disfrutando.

Lo miré.

No lo estaba.

Seguía enfadado.

Bien.

—Si aparece otra cosa con mi firma, pregúntame —dijo—. Pero déjame contestar antes de decidir qué significa.

—De acuerdo.

—Y yo intentaré no convertirlo en una discusión de hace tres años.

—También ayudaría.

Hubo una pausa.

Dani me devolvió la carpeta.

No estábamos reconciliados con nada.

Tampoco hacía falta.

—Tengo una reunión —dijo.

Era una despedida.

—Claro.

Me levanté.

Llegué hasta la puerta.

—Emma.

Me giré.

Dani parecía a punto de añadir algo.

Al final negó con la cabeza.

—Nada.

Salí.

• • •

Leo levantó la vista cuando regresé.

Me vio la cara.

Durante un segundo tomó una decisión excelente y permaneció callado.

Después la estropeó.

—Por eso te dije que…

Levanté una mano.

—No.

Cerró la boca.

—Sí. Mala elección.

Dejé la carpeta sobre la mesa.

—Las firmas son auténticas.

—Eso lo sabíamos.

—Leo.

—Perdón.

Me senté.

—Los anexos amplían métricas y tiempo de observación. No permisos de intervención.

Su expresión cambió.

—¿Seguro?

Abrí directamente la página correspondiente y la giré hacia él.

—Página veintisiete.

La leyó.

—Vale.

—No pongas cara de alivio. Seguimos sin saber qué pasó.

—No era alivio.

—¿Qué era?

—Estaba pensando.

—Hazlo más discretamente.

Leo apartó el portátil para hacer sitio a los documentos.

—Entonces volvemos a empezar.

—Yo vuelvo a empezar. Tú ya los habías leído.

—No enteros.

Lo miré.

—¿Perdona?

—Leí los tres, pero no cada anexo técnico asociado.

Aquello mejoró mi mañana aproximadamente un dos por ciento.

—Gracias por ser también imperfecto.

—No sé si eso era un cumplido.

—No lo era.

Abrí el primer documento.

Esta vez desde la primera página.

Leo volvió a su cronología.

Durante un rato no hablamos.

La oficina siguió alrededor de nosotros. Un teléfono sonó dos mesas más allá. Clara discutía con alguien sobre un tamaño de logo. Alguien pasó preguntando si la sala cuatro estaba libre.

Normalidad corporativa.

Yo estaba a mitad del segundo anexo cuando una fecha me hizo volver arriba.

—Espera.

Leo acercó la silla.

Señalé la aprobación de la ampliación.

—Catorce de abril.

—Sí.

Miré su cronología.

—La función que permite reutilizar reglas entre módulos no estaba todavía en esta versión de AURA.

Leo buscó la fecha de actualización.

—Entró en mayo.

—Tres semanas después.

—Más o menos.

Volví al documento firmado por Dani.

Entonces estaba aprobado como ampliación de análisis.

No podía haber activado automáticamente una función que aún no existía.

Pero en mayo…

—Las reglas ya estaban ahí.

Leo asintió lentamente.

—Aprobadas para el piloto.

—Y luego llega una versión nueva capaz de reutilizarlas.

Se quedó mirando la cronología.

—Eso sí tenemos que comprobarlo.

—¿La actualización podía coger reglas antiguas sin que alguien volviera a autorizarlas una por una?

—Depende de cómo se hiciera la migración.

—Tradúcelo.

Leo pensó un segundo.

—Puede que nadie tuviera que aprobar Atlas otra vez porque el sistema tratara aquellas reglas como algo ya aprobado.

Mucho mejor.

También bastante peor.

—¿Sabemos si ocurrió eso?

—No.

—¿Quién aprobó la migración?

Abrió varios registros.

Buscó.

Negó con la cabeza.

—Aquí no está.

—¿Sistemas?

—Debería tenerlo.

Cogió el teclado.

Esta vez no tuve que pedirle que solicitara nada.

Yo seguí mirando el catorce de abril.

Había empezado la mañana convencida de que tres firmas respondían una pregunta.

Ahora las tres firmas seguían siendo reales.

Solo que la pregunta era otra.

Leo empezó a redactar el correo a Sistemas.

Yo volví al anexo.

Página uno.

Y esta vez seguí leyendo.