Mi jefa es un algoritmo Capítulo 9
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Capítulo 9

Sábado sin algoritmos

Los sábados no ponía alarma.

Era una de las pocas decisiones de mi vida que seguía tomando sin consultar calendarios, prioridades, métricas ni sistemas inteligentes.

A las ocho y trece estaba despierta.

Miré el techo.

Cerré los ojos.

Los abrí otra vez.

Ocho y catorce.

Fantástico.

Mi cuerpo había decidido que seis años de horario laboral eran una forma de automatización mucho más eficaz que AURA.

Habían pasado cuatro días desde la reunión con Javier.

Cuatro días de anexos, permisos, reuniones, versiones de archivos y una conclusión provisional que podía resumirse bastante bien en: todavía no sabemos qué demonios es Atlas.

El viernes había cerrado el portátil con una determinación que duró aproximadamente hasta llegar a casa.

Aquella mañana pensaba superar la marca.

Cogí el móvil de la mesilla.

Tres notificaciones.

Una oferta de una tienda en la que no recordaba haber comprado nunca, un mensaje del grupo familiar y un correo de NEXORA.

Dejé el teléfono boca abajo.

Era sábado. NEXORA podía sobrevivir unas horas sin mí, Atlas probablemente también y, si no, tendríamos un problema bastante más interesante el lunes.

Me levanté.

Mi piso no era grande, pero era mío.

Dos habitaciones, una terraza tan pequeña que legalmente debería llamarse repisa y un salón al que llevaba tres años prometiendo comprar una alfombra.

La alfombra nunca llegaba.

En cambio, tenía cuatro plantas, siete cojines y una silla destinada exclusivamente a la ropa que ya no estaba limpia pero aún no había alcanzado oficialmente la categoría de sucia.

AURA habría tenido opiniones.

Por suerte, AURA no vivía conmigo.

Preparé café.

Mi móvil vibró otra vez.

LUCÍA: Mamá pregunta si vienes mañana.

EMMA: Dile que sí.

Tres puntos.

LUCÍA: Dice que se lo digas tú.

EMMA: Entonces dile que no.

LUCÍA: 34 años.

EMMA: Y gracias a eso sé delegar.

Aparecieron otros tres puntos.

LUCÍA: ¿Desayunas conmigo?

Miré la hora.

EMMA: Ya estoy desayunando.

LUCÍA: No he preguntado qué haces. He preguntado si desayunas conmigo.

Mi hermana mayor tenía una capacidad admirable para considerar irrelevante cualquier información que no apoyara sus planes.

EMMA: ¿Dónde?

La respuesta llegó inmediatamente.

Naturalmente.

• • •

Lucía ya llevaba media tostada cuando llegué.

—Llegas tarde.

Miré el reloj.

—Dos minutos.

—Técnicamente, tres.

Me quedé quieta.

—No vuelvas a decirme eso.

—¿Qué?

—Nada.

Me senté.

Lucía me miró con atención.

Era cuatro años mayor que yo y había heredado de nuestra madre la costumbre de mirar a la gente un poco más de la cuenta.

Yo había heredado el pelo.

Siempre me había parecido un reparto injusto.

—Tienes mala cara —dijo.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. Tienes mala cara.

Cogí un trozo de su tostada.

—Ha vuelto Dani.

Lucía dejó el cuchillo.

—¿A Madrid?

—A NEXORA.

Pausa.

—No.

—Sí.

—¿A trabajar contigo?

—Es mi nuevo director de Transformación y Estrategia.

Su expresión compensó ampliamente haber salido de casa.

—Eso no se cuenta después de «tengo mala cara».

—He tenido una semana complicada.

—Emma, tu ex de cuatro años ha vuelto como director de tu empresa.

—Todavía no sabes la mitad.

Lucía apoyó los brazos sobre la mesa.

—Esa frase no tranquiliza.

Le conté una versión reducida.

AURA.

La implantación.

Clara y el sesenta y uno por ciento.

La campaña.

Leo.

Intenté pasar rápido por Leo.

No funcionó.

—Espera. ¿Quién es Leo?

—Un consultor.

Me miró.

Suspiré.

—El hijo del fundador.

Lucía tardó un segundo.

—Claro.

—¿Qué significa «claro»?

—Que faltaba algo.

—Trabaja allí sin decir quién es.

—¿De incógnito?

—No lleva bigote falso.

—Una oportunidad perdida.

Le expliqué que Javier quería que volviera a NEXORA y que Leo estaba revisando la implantación antes de decidir qué hacía.

—¿Y tú por qué trabajas con él?

—Porque una inteligencia artificial decidió que somos compatibles.

Lucía dejó la taza.

—Profesionalmente.

—Pero has puesto cara.

—Esa frase es mía.

Llegó mi café.

Lucía esperó a que el camarero se marchara.

—¿Y te gusta?

—AURA no.

—Leo.

—Me cae bien.

—No he preguntado eso.

—Me atrae, sí.

—Vale.

Solo eso.

—Pero me mintió.

Le expliqué su identidad, las medias verdades y la conversación del lunes.

Lucía escuchó sin interrumpirme demasiado.

—Pues yo no me fiaría.

La miré.

—Eso es un poco radical.

—Te ocultó que era hijo del fundador de la empresa donde trabajas.

—Sí.

—Yo con eso tengo suficiente.

—Yo no.

—Entonces menos mal que la engañada eres tú.

—Qué encanto.

Cogió otro trozo de tostada.

—No digo que sea mala persona. Digo que a mí me costaría creer la siguiente explicación.

Eso sí podía entenderlo.

—Estoy enfadada —dije—. Pero también entiendo por qué lo hizo.

—Yo no mucho.

—Tampoco necesitas entenderlo tú.

—Perfecto.

Sonreí.

Mucho mejor que una sesión de terapia gratis.

—¿Y Dani? —preguntó.

Ahí estaba.

—Hemos hablado.

—¿Quiere volver?

—No.

—¿Tú?

—No.

Lucía me observó un momento y siguió con el café.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres que te convenza de algo que acabas de decirme tú?

—No.

—Pues come.

Obedecí durante casi treinta segundos.

—Volvió a Madrid en noviembre.

—¿Y no te escribió?

—No.

—A mí me habría sentado fatal.

—Me sentó fatal.

—Normal.

Nada más.

Y precisamente por eso seguí.

—Cuando se fue parecía tan seguro. El trabajo, mudarnos, alquilar el piso, que yo encontrara algo allí… Para él ya estaba todo montado.

—Me acuerdo.

—Y cuando dije que no quería irme parecía que yo era la que lo complicaba.

Lucía partió otro trozo de tostada.

—Yo sigo pensando que no debías irte.

—Lo sé.

—Y también sabía que él no iba a dejar aquel trabajo.

—También.

—Pues no sé qué solución esperabais encontrar.

—Gracias. Muy esperanzador.

—No estoy aquí para dar esperanza. Estoy desayunando.

Eso también era bastante más propio de mi hermana.

Seguimos comiendo.

Después Lucía preguntó:

—¿Qué fue de Álvaro?

La miré.

—¿Por qué estamos hablando de Álvaro?

—Porque llevas diez minutos hablando como si Dani hubiera sido el último hombre que viste antes de entrar en un convento.

—Álvaro quería vivir juntos después de cuatro meses.

—Eso lo recuerdo.

—Yo también. Fue difícil olvidarlo mientras buscaba pisos en Idealista delante de mí.

Lucía se rio.

—También estuvo el arquitecto.

—Dos cenas.

—El profesor.

—Masticaba con la boca abierta.

—No es delito.

—Debería.

—Y viajaste a Lisboa sola porque nadie podía cogerse esos días.

—Sí.

—Y cambiaste de puesto.

—También.

Lucía se encogió de hombros.

—Eso.

—¿Qué es «eso»?

—Que no estabas esperando a Dani.

No lo dijo como una revelación.

Más bien como quien recuerda un dato obvio que la otra persona está pasando por alto.

Mi vida había seguido.

Había aprendido a vivir sola otra vez, viajado, cambiado de puesto, tenido citas buenas y malas y soportado una particularmente larga sobre criptomonedas.

También había pasado meses enteros sin pensar en Dani.

Su regreso no convertía aquellos tres años en una sala de espera.

—No quiero volver con él —dije.

—Ya.

—¿Ya?

—Te conozco.

—Eso no te ha impedido equivocarte antes.

—Muchas veces. Pásame la mermelada.

Se la pasé.

• • •

Después del desayuno caminamos sin demasiada dirección.

Lucía quería comprar unas zapatillas.

Yo no necesitaba nada, cosa que nunca había sido un requisito para entrar en una tienda.

Dos horas después ella seguía sin zapatillas y yo llevaba una lámpara pequeña.

—¿No necesitabas nada? —preguntó.

—Necesitaba esto.

—Hace dos horas no sabías que existía.

—Así funciona la necesidad.

—¿Dónde vas a ponerla?

—Ya veremos.

—Plan sólido.

La miré.

—Voy a prohibir el vocabulario de oficina los fines de semana.

Entramos en una librería.

Era uno de nuestros rituales desde mucho antes de que cualquiera de las dos pudiera comprar un libro sin calcular primero cuánto quedaba hasta final de mes.

Lucía fue hacia novela negra.

Yo me quedé delante de novedades.

Saqué un libro.

Leí la contraportada.

Lo devolví.

Cogí otro.

Mi móvil vibró dentro del bolso.

No lo saqué.

Desde dos estanterías más allá apareció la voz de Lucía.

—¿Acabas de ignorar una notificación?

—Sí.

—Qué miedo.

—Es sábado.

—Podría ser tu heredero misterioso.

La miré entre dos estantes.

—¿No estabas mirando asesinatos?

—Esto tiene más giros.

El móvil volvió a vibrar.

—Cinco euros a que no aguantas un minuto.

—Hecho.

Duré cuarenta segundos.

Lucía apareció con la mano extendida.

—Paga.

—No has definido cuándo empezaba el minuto.

—Eres una tramposa.

Saqué el móvil.

Era el grupo familiar.

Mi madre preguntaba qué postre queríamos para el domingo.

Le enseñé la pantalla.

—Tu trama romántica acaba de perder contra una tarta de queso.

—Por ahora.

Guardé el teléfono.

• • •

Llegué a casa cerca de las siete.

Puse la lámpara sobre una mesa auxiliar.

No quedaba bien.

La moví.

Peor.

La dejé en el suelo.

Problema resuelto.

Me cambié de ropa, preparé algo de cenar y puse una película.

Duré veintidós minutos antes de mirar el teléfono.

No por Leo.

Simplemente porque nadie veía una película entera sin mirar el móvil en 2026.

Tenía un mensaje suyo.

Lo había enviado hacía tres horas.

He encontrado algo en los anexos posteriores al piloto. No es urgente. Lo vemos el lunes.

Me quedé mirando la pantalla.

Podía preguntarle qué había encontrado.

Quería hacerlo.

Abrí la conversación.

Escribí:

¿Qué es?

Lo borré.

Después:

¿Tiene que ver con Atlas?

También lo borré.

Finalmente:

Vale. El lunes.

Envié.

Tres minutos después llegó la respuesta.

El lunes. Disfruta del sábado.

Dejé el móvil sobre la mesa.

Volví a la película.

Esta vez llegué hasta el final.

• • •

Antes de acostarme recogí una taza de la encimera.

Regué una planta.

Moví la lámpara otra vez.

Seguía sin quedar bien.

Había pasado varias horas seguidas sin pensar en AURA.

Dadas las circunstancias, podía considerarse éxito.

Lucía tenía razón en algunas cosas y seguramente se equivocaba en otras. Especialmente en Leo, esperaba.

Sobre Dani no hacía falta resolver mucho más aquella noche. Su vuelta me había removido; querer volver con él era otra cosa.

Y Leo…

Dejé la frase donde estaba.

Él podía esperar.

Atlas también.

Durante toda la semana había tratado cada asunto pendiente como si llevara una alarma incorporada.

Esa noche dejé algunos sin tocar.

A veces simplemente era sábado.