Mi jefa es un algoritmo Capítulo 8
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Capítulo 8

La versión de Javier

El ascensor ya había dejado atrás la cuarta planta cuando Leo habló.

—Todavía puedo hablar yo primero.

Lo miré.

—No.

—Solo decía…

—Mi nombre está en Atlas. Subo.

Leo asintió y dejó el tema.

Bien.

Al menos una de mis nuevas condiciones había sobrevivido más de cinco minutos.

Las puertas se abrieron en la sexta planta.

Presidencia era decepcionantemente normal.

Había esperado algo más de mármol. Quizá una fuente.

En su lugar encontré moqueta, varias salas de reuniones y una planta enorme que parecía costar más que todo el mobiliario de nuestra zona.

La mujer de recepción levantó la vista.

—Buenos días, Leo.

No «señor Vega».

Leo.

Naturalmente.

—Buenos días, Elena. Mi padre nos espera.

Ella me miró.

—Emma Martín.

Aquello no me gustó.

—Sí.

—El señor Vega está terminando una llamada. Podéis pasar en un momento.

Esperamos junto al mostrador.

—¿También sabe quién soy? —pregunté en voz baja.

—Le he dicho que subíamos.

—Hace cuatro minutos.

—Elena es muy eficiente.

—Empiezo a detectar un patrón familiar.

Leo decidió no responder.

Una decisión sensata.

Javier Vega no se parecía demasiado a la fotografía que había encontrado.

Lo cual era razonable, teniendo en cuenta que la fotografía tenía más de veinte años y que el tiempo seguía siendo una tecnología bastante eficaz.

Tenía el pelo casi completamente blanco, camisa sin corbata y unas gafas que se quitó cuando entramos.

Se levantó.

—Emma. Gracias por subir.

Me tendió la mano.

Se la estreché.

Después miró a Leo.

—Hola.

—Hola, papá.

Aquello fue irritantemente normal.

Ni heredero rebelde.

Ni patriarca golpeando una mesa de nogal.

Solo dos personas que parecían haber discutido muchas veces sin necesidad de elevar la voz.

Nos sentamos.

Sobre la mesa había una carpeta abierta.

PROYECTO DE OPTIMIZACIÓN COLABORATIVA — PILOTO

No Atlas.

Javier vio dónde estaba mirando.

—Esto es lo que yo autoricé.

Agradecí que empezara por ahí.

—¿Qué era?

—Una prueba limitada para comprobar si AURA podía detectar combinaciones de perfiles que funcionaran especialmente bien en determinados proyectos.

—¿Combinaciones de personas?

—Sí.

—¿Y después juntarlas?

—Recomendarlas.

—¿Modificar sus agendas?

Javier negó.

—Ese no era el objetivo del piloto.

—¿Cambiar salas para provocar que coincidieran?

—Tampoco.

—Pero AURA tenía permiso para hacer esas cosas.

Javier tardó un poco más en responder.

—Tenía permisos operativos bastante amplios.

—¿Quién los autorizó?

Se acomodó en la silla.

—Yo.

Leo giró ligeramente la cabeza hacia él.

Javier continuó antes de que ninguno dijéramos nada.

—Quería que AURA pudiera hacer algo más que generar informes. Si cada ajuste de agenda o cada cambio menor requería una aprobación previa, habríamos implantado otro software de gestión con un nombre más caro.

—Quería resultados.

—Sí.

No parecía orgulloso de la frase. Tampoco arrepentido de haberla pensado. Eso me resultó bastante más creíble.

Leo apoyó los codos en las rodillas.

—Te dije que los permisos eran demasiado amplios.

Javier lo miró.

—Me dijiste que después sería difícil reconstruir por qué había tomado algunas decisiones.

—Entre otras cosas.

—No recuerdo que mencionaras un proyecto antiguo actuando solo en producción.

—Porque no sabía que podía pasar eso.

—Entonces no lo predijiste.

Leo tensó la mandíbula.

—No.

Bien.

Al menos nadie iba a convertirlo retrospectivamente en Nostradamus con acreditación externa.

Javier volvió hacia mí.

—No sabía que Atlas estuviera funcionando de esta forma.

—¿Sabía que existía Atlas?

—Conocía el piloto.

Señaló la carpeta.

—El nombre Atlas apareció en una fase experimental posterior. No seguí cada cambio técnico.

—¿Quién sí?

Javier bajó la vista hacia la documentación.

—Tendría que comprobar el equipo exacto. Daniel estuvo en la parte funcional. Sistemas, por supuesto. También el proveedor.

—¿Usted aprobó esa fase?

—Aprobé que se siguiera probando colaboración. No recuerdo haber aprobado nada parecido a lo que habéis encontrado esta mañana.

No dijo «no lo hice». Dijo que no lo recordaba.

Era una diferencia pequeña y, en ese momento, importante.

—¿Y Dani?

—He hablado con él.

—¿Sabía que Atlas estaba activo?

—Sabía que existieron esas pruebas. Dice que no reconoce la configuración actual.

—¿Le cree?

Javier sostuvo mi mirada.

—Sí.

—Eso no demuestra nada.

—No.

Esperé algo más.

No llegó.

Mucho mejor.

Leo abrió el portátil y dejó a la vista el registro que habíamos encontrado.

Javier se puso las gafas.

Leyó sin hablar durante unos minutos.

No intentamos rellenar el silencio.

Cuando llegó a INTERACCIONES FACILITADAS, regresó arriba y volvió a leer la definición.

—Esto no estaba formulado así.

—¿Cómo estaba? —pregunté.

—Composición de equipos. Simulación de resultados. Recomendaciones.

—¿Simulación?

Javier miró a Leo.

—¿No lo has visto?

—Todavía no tenemos acceso a la documentación completa.

—Entonces no voy a reconstruirlo de memoria.

Se levantó, fue hasta un armario lateral y sacó otra carpeta.

—Aquí debe estar la especificación funcional inicial.

La dejó sobre la mesa.

Leo empezó a pasar páginas.

—Hay versiones posteriores.

—Lo sé.

—Muchas.

Javier se quitó otra vez las gafas.

—La implantación de AURA cambió varias veces antes del lanzamiento.

—¿Quién aprobaba esos cambios?

—Dependía del cambio.

—Eso suena fenomenal —dije.

Javier no sonrió.

—No particularmente.

Encontré una referencia al piloto.

Duración prevista: cuatro semanas.

—¿Cuándo terminó?

—Hace nueve días.

Leo levantó la vista.

—Las recomendaciones siguen activas.

—Eso parece.

—Entonces alguien modificó algo después.

Javier negó despacio.

—No necesariamente.

Leo dejó de pasar páginas.

—Puede haber reglas reutilizadas.

—O una integración posterior —añadió Javier—. O un cambio que afectara indirectamente al piloto. Sistemas está reconstruyendo la secuencia.

Miré de uno a otro.

—Entonces puede que estemos buscando a la persona que creó Atlas y que esa persona no exista.

Leo hizo una mueca.

—También puede existir.

—Gracias.

—De nada.

Javier cerró la carpeta que tenía delante.

—Hasta que tengamos la trazabilidad, no quiero conclusiones.

No parecía una frase especialmente revolucionaria. Después de aquella mañana, casi me emocionó.

—¿Van a apagar AURA? —pregunté.

Javier me observó.

—No lo sé.

Aquello sí me sorprendió.

—Pensaba que tendría una respuesta.

—La tendré cuando sepa qué estoy decidiendo.

Leo se movió ligeramente en su silla.

—Apagar todo el sistema por Atlas sería desproporcionado.

—Y dejarlo todo como está también podría serlo —dijo Javier.

—No he dicho eso.

—Ya.

Padre e hijo se miraron.

Había una conversación antigua ahí dentro y no necesitaba entrar.

—AURA ha hecho cosas útiles —dije—. Lo de Clara también sirvió para encontrar un problema que ya existía.

Javier asintió.

—Ese es el motivo por el que no voy a apagar el sistema esta tarde solo para poder decir que he hecho algo.

—Pero Atlas está actuando sobre personas.

—Y quiero saber exactamente cómo antes de decidir qué hay que detener.

—El problema es que nadie parece saber dónde termina una recomendación y empieza una decisión.

Javier dejó las gafas sobre la mesa.

—Eso sí es un problema.

Una frase. Sin discurso posterior. Me valía.

—Hasta que lo sepamos, quiero que cualquier revisión de Atlas tenga límites claros —dije—. Qué datos utiliza, quién puede acceder y quién puede modificarlo.

—Eso formará parte de la revisión.

—Antes de seguir abriendo cosas.

Javier frunció ligeramente el ceño.

—Emma, no voy a parar una investigación porque todavía no conozcamos todas las respuestas.

—No estoy pidiendo eso.

—Entonces, ¿qué pides?

—Que no necesite descubrir después qué reglas tenía la investigación mientras la hacía.

Leo bajó la vista hacia su portátil.

Javier me sostuvo la mirada unos segundos.

—De acuerdo. Acceso limitado a documentación funcional y registros de actividad. Nada de datos nuevos de empleados hasta que Privacidad revise el alcance.

No era todo. Pero era algo concreto.

—¿Y Atlas sigue activo?

—De momento, sí.

No me gustó. Se me debió notar.

—No voy a desactivar una función que todavía no sabemos si puede aislarse sin afectar a otras —añadió—. Primero necesito alcance.

Ahí estaba el directivo que había autorizado aquellos permisos. No el abuelo sabio de una película.

—¿Cuándo?

—Mañana quiero una primera estimación.

—Eso es muy pronto.

—Precisamente.

No cedió.

Y curiosamente eso me tranquilizó más que si hubiera aceptado cualquier cosa que yo pidiera.

Javier señaló a Leo.

—Tú dijiste que los permisos generales podían ser un problema.

—Sí.

—Ahora vas a ayudar a reconstruir hasta dónde llegaron.

—Eso estaba haciendo.

—Bien.

Después me miró a mí.

—Y tú quiero que mires el efecto real. No lo que el sistema dice que hizo. Lo que ocurrió en los equipos.

—Eso ya se parece bastante a mi trabajo.

—Por eso estás aquí.

Era una respuesta razonable. Intenté no acostumbrarme.

Javier iba a guardar una de las carpetas cuando algo pareció ocurrírsele.

—Por cierto, Leo.

Leo levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Sabía que estabas entrando con acreditación externa.

Mi espalda se tensó.

—El objetivo era que los equipos no cambiaran su comportamiento porque estuviera el hijo del fundador observando —continuó Javier—. No que mantuvieras la situación más allá de lo necesario con personas con las que trabajabas directamente.

Leo cerró los ojos un instante.

—Ya lo sé.

—Espero que sí.

—Papá.

Levanté una mano.

—No necesito arbitraje familiar.

Javier volvió a ponerse las gafas.

—Perfecto.

Leo parecía menos entusiasmado. A mí, contra todo pronóstico, aquello me había mejorado ligeramente la tarde.

—¿Qué vamos a comunicar? —pregunté.

Javier se apoyó en la mesa.

—Hoy, nada.

—Eso se parece mucho a ocultarlo.

—Se parece a no anunciar un problema que todavía no sé describir.

—Sabemos que existe una función experimental activa.

—Y mañana sabremos, espero, a cuántas personas ha afectado.

—¿Después?

—Después decidiremos qué hay que comunicar y a quién.

—¿Aunque sea incómodo?

Javier me miró por encima de las gafas.

—Especialmente si lo es.

No sonó a eslogan. Sonó a alguien que acababa de ponerse un plazo.

—Veinticuatro horas —dije.

—Hasta mañana por la tarde.

No era exactamente lo mismo.

Él había fijado el límite.

Asentí.

Salimos de Presidencia con dos carpetas, acceso a varios registros y menos certezas de las que teníamos al entrar.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, miré a Leo.

—Tu padre me gusta más de lo que esperaba.

—Voy a fingir que eso no me ofende.

—No he dicho que me guste mucho.

—Mejor.

Bajamos una planta.

—¿Él sabía de verdad tan poco?

Leo miró los números del ascensor.

—No puedo saberlo.

Lo observé un segundo.

—Bien.

—¿Bien?

—Has contestado a lo que te he preguntado.

—Ah.

—No lo estropees.

Otra planta.

—¿Y Dani?

—Tampoco puedo saber todavía qué conocía de las modificaciones posteriores.

—Pero estuvo en el piloto.

—Sí.

—Y después hubo cambios.

—Sí.

—Así que quiero saber qué firmó.

Leo se giró hacia mí.

—Qué autorizó.

—Es lo mismo.

—No necesariamente.

Las puertas se abrieron.

Salí primero.

—Te estás volviendo insoportable.

—No es nuevo.

—Antes lo disimulabas mejor.

Clara levantó la cabeza en cuanto vio las carpetas.

—Eso parece divertido.

Las dejé sobre mi mesa.

—Depende de tu definición.

—La mía no incluye archivadores.

—Entonces no.

Tenía una reunión dentro de veinte minutos, así que le resumí únicamente que habíamos encontrado documentación antigua de un piloto y que pasaríamos los próximos días revisando qué había acabado en producción.

No mencioné Atlas. Todavía.

Clara miró a Leo. Luego a mí.

—Voy a asumir que la cara de ambos significa que no debo hacer preguntas ahora.

—Gran criterio profesional —dije.

—Lo pondré en mi evaluación.

Se marchó con el portátil debajo del brazo.

Leo ocupó la silla frente a mi mesa.

Abrimos el primer anexo.

Configuraciones. Versiones. Permisos.

A mitad del documento apareció:

MODIFICACIÓN POSTERIOR AL CIERRE DEL PILOTO

Después otra.

Y otra.

No había un gran sello rojo con el nombre de una persona.

Solo cambios acumulados, cada uno perfectamente aburrido por separado.

—Alguien tocó esto después —dije.

Leo señaló la página.

—O alguien aprobó otra cosa que terminó afectándolo.

—Has conseguido hacer que esa opción sea todavía menos tranquilizadora.

—No era mi intención.

Pasé unas páginas más.

Había nombres. Fechas. Firmas.

No fui directamente a ellas.

Era lunes por la tarde y Javier quería una primera estimación al día siguiente, no un culpable inventado antes de cenar.

Puse un post-it en la primera modificación posterior al piloto.

—Empezamos por aquí.

Leo acercó su silla.

—Por aquí.

Y empezamos.