Mi jefa es un algoritmo Capítulo 7
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Capítulo 7

Preguntas para Leonardo Vega

Leo volvió veintisiete minutos después.

Lo sé porque había mirado la hora suficientes veces como para tener una opinión al respecto.

La fotografía seguía abierta en mi móvil.

Javier Vega junto a su esposa y sus hijos, Leonardo y Alicia.

Había pasado los últimos dieciséis minutos alternando entre aquella imagen, el perfil corporativo de Leo y la puerta.

Ninguna de las tres cosas había mejorado.

Cuando entró, llevaba el móvil en una mano y la misma mochila colgada del hombro.

—Emma.

Dejé mi teléfono sobre la mesa con la pantalla hacia arriba.

Leo vio la fotografía.

Se detuvo.

No preguntó qué era.

Eso ayudó poco.

—Leonardo Vega.

Cerró la puerta detrás de él.

—Sí.

—Hijo de Javier Vega.

—Sí.

Esta vez no contestó inmediatamente.

No porque necesitara pensar la respuesta, supuse.

Más bien porque estaba calculando cuánto daño podía hacer cualquier frase que eligiera.

Cogí la silla y me senté.

—Muy bien.

Leo dejó la mochila en el suelo. Seguía de pie.

—Puedo explicártelo.

—Seguro.

—No pretendía que sonara así.

—¿Como la frase que dice alguien justo antes de explicar una mentira?

Cerró un momento la boca.

—Más o menos.

—Pues empezamos estupendamente.

Se sentó frente a mí.

Yo tenía preguntas.

Muchas. El problema era que todas querían salir primero.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Leo apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Porque cuando la gente sabe quién es mi padre cambia cómo me trata.

—Eso explica por qué no te presentas entregando un árbol genealógico.

Esperé.

—No explica el resto.

—No.

—Llevas una semana dejando que yo crea que eres un consultor externo cualquiera.

—Mi trabajo habitual está fuera de NEXORA.

—No hagas eso.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Contestar algo cierto que no es exactamente lo que te estoy preguntando.

Leo bajó la mirada hacia sus manos.

—De acuerdo.

—¿Eres consultor externo?

—Trabajo fuera de NEXORA y he hecho consultoría de operaciones e implantación.

Pero ahora mismo estoy aquí por encargo de la empresa.

—¿De la empresa?

Una pausa.

—De mi padre.

Me recliné en la silla.

Ahí estaba.

Mucho mejor.

Mucho peor.

—Entonces no eras un consultor cualquiera.

—No.

—Y lo sabías mientras yo sí creía que lo eras.

Leo asintió una vez.

—Sí.

—Eso tiene un nombre.

Esta vez no necesitó que se lo dijera.

—Mentir.

Me quedé callada.

Había esperado una defensa.

Una precisión.

Algo del tipo técnicamente nunca dije…

Que utilizara directamente la palabra no arreglaba nada, pero al menos nos ahorraba veinte minutos.

—¿Cuánto tiempo pensabas seguir sin decírmelo?

Leo se frotó la nuca.

—No tenía una fecha.

—Magnífico.

—No es una buena respuesta.

—Es terrible.

—Sí.

Levanté una mano.

—No hace falta que estés de acuerdo conmigo en todo. Empieza a resultar inquietante.

Leo dejó escapar aire por la nariz, pero no llegó a sonreír.

Mejor.

El portátil seguía abierto sobre la mesa. Atlas permanecía detrás de varias ventanas.

Lo miré un momento y la siguiente pregunta cambió sola de sitio.

—¿Qué sabías de mí antes de que nos conociéramos?

Leo siguió mi mirada.

—Tu nombre. Tu puesto.

Que llevabas seis años en NEXORA. Datos de trabajo.

—¿Dani?

—No.

—¿No sabías que habíamos estado juntos?

—Me enteré cuando me lo dijiste tú.

—¿Seguro?

Leo me miró.

—Sí.

No añadió nada.

Aquello me obligó a decidir si le creía. No me gustó tener que hacerlo.

—¿Mi padre te dio alguna información personal sobre mí? —preguntó.

—Tu padre no es el problema en esa pregunta.

—Ya.

—¿AURA te enseñó algo?

—No he visto información sobre tu vida personal.

Eso coincidía con lo que sabíamos del sistema. Lo guardé mentalmente en la columna de cosas que, por desgracia, parecían ciertas.

—Atlas.

El cambio de tema lo pilló un poco a contrapié.

—¿Qué pasa con Atlas?

—Antes dijiste que no sabías que existía.

—Dije que no sabía que estuviera activo.

—No es lo mismo.

—No.

Esperé.

Leo miró la pantalla.

—El nombre me sonaba.

—¿De qué?

—De un piloto interno de hace años. Creo que relacionado con colaboración entre equipos.

—¿Crees?

—No participé.

—Pero sabías que existía.

—Sabía que había habido algo llamado Atlas.

Cogió su portátil y buscó una carpeta antes de continuar.

—No conocía esa función de «interacciones facilitadas». Y esta mañana ha sido la primera vez que he visto Atlas conectado al sistema actual.

—¿Era una simulación?

Leo tardó un poco.

—Creo que sí.

Mi expresión debió de bastar.

—Emma, no voy a rellenar lo que no recuerdo.

Eso consiguió frenarme.

—Bien.

—Era un piloto antiguo. Colaboración, rendimiento de equipos… algo así. No participé en el diseño y no sé qué versión llegó a probarse.

—¿Tu padre participó?

—Probablemente.

Levanté una ceja.

Leo corrigió antes de que yo hablara.

—No lo sé.

Mucho mejor.

—¿Dani?

—Tampoco lo sé.

—¿Quién lo creó?

—No lo sé.

—¿Quién puede modificarlo?

—Eso es precisamente lo que estaba intentando averiguar.

Señaló sus credenciales.

—Mis permisos son generales. Puedo revisar incidencias, integraciones y parte de la configuración de AURA. No puedo entrar en la configuración específica de Atlas.

—Pero esta mañana conseguimos verlo.

—El registro, sí. No las reglas que lo controlan.

—¿Puedes cambiar esas reglas?

—No.

—¿Y sabes quién puede?

Leo negó con la cabeza.

—Todavía no.

Todavía.

No «no».

Guardé la diferencia.

Me levanté.

No tenía ninguna necesidad práctica de hacerlo, pero sentada frente a él aquello empezaba a parecer una reunión.

Fui hasta la ventana.

Abajo, un repartidor descargaba varias cajas de una furgoneta.

Por supuesto. El universo tenía el sentido del humor de una persona bastante pesada.

—Hay una cosa que no entiendo.

Leo no respondió.

—Al principio, vale.

Querías que la gente te tratara con normalidad. Puedo entender eso.

Seguía sentado.

—Pero llegó un momento en que ya no era «la gente».

Leo levantó la cabeza.

—Trabajamos juntos. Te pregunté qué hacías aquí. Te conté lo de Dani.

Me apoyé contra el alféizar.

—Y cada vez que tenías ocasión de decirme quién eras elegías no hacerlo.

Leo miró la mesa.

Ahí sí tardó.

—Sí.

—¿Por qué?

Se pasó una mano por la cara.

—No tengo una respuesta que vaya a gustarte.

—Qué sorpresa.

Silencio.

—Me convenía.

La frase cayó de una manera distinta a todas las anteriores.

—¿Qué?

Leo levantó la vista.

—Me convenía que no lo supieras.

No dijo nada más.

—Explícate.

—Me gustaba cómo era todo antes de que lo supieras.

Noté algo pequeño y desagradable en el pecho.

—Qué bien.

—No quiero decir…

Se interrumpió solo.

Por lo menos había aprendido algo en los últimos veinte minutos.

—Cuando alguien descubre quién es mi padre —continuó— cambia algo. A veces mucho, otras apenas. Pero cambia.

—Y conmigo no había cambiado.

—No.

—Porque tú decidiste que yo no tuviera esa información.

Leo apartó la vista.

—Sí.

Me acerqué de nuevo a la mesa.

—Tú podías tratarme como una compañera porque sabías que no lo eras.

Frunció el ceño.

—Emma…

—No. Escucha.

Lo hizo.

—Yo entraba contigo en una reunión pensando que, si los dos decíamos algo incómodo, asumíamos más o menos las mismas consecuencias.

—Nunca he utilizado mi apellido para…

—No importa si lo utilizabas.

La frase salió más alta de lo que pretendía.

Bajé la voz.

—Estaba ahí. Tú lo sabías y yo no.

Leo no respondió.

—Yo no podía decidir si me daba igual, si me ponía nerviosa o si quería mandarte a otro departamento. Me quitaste esa opción.

Algo cambió en su cara.

No comprensión absoluta.

No una revelación.

Solo el gesto de alguien que acababa de escuchar una versión del problema que no había querido mirar demasiado.

—Sí —dijo finalmente.

—¿Te beneficiaba?

No contestó enseguida.

—Sí.

Esa respuesta se quedó. No necesitaba adornos.

—Puedo entender que estuvieras cansado de ser «el hijo de Javier».

Leo asintió apenas.

—Pero entender por qué lo hiciste no significa que estuviera bien.

—No.

—Y tampoco significa que te haya perdonado.

Esta vez no contestó.

Mucho mejor.

Volví a sentarme.

—¿Qué quiere tu padre?

Leo dejó pasar unos segundos antes de responder.

—Que vuelva a NEXORA.

—¿A qué puesto?

—No hay uno cerrado.

—Qué práctico.

—Para él, mucho.

—¿Y para ti?

Leo movió la boca como si estuviera a punto de contestar automáticamente y cambiara de idea.

—No lo sé.

—¿Por eso estás aquí?

—En parte.

—¿Qué parte es la otra?

—AURA.

Eso sí lo dijo sin rodeos.

—Mi padre quería una revisión de la implantación desde dentro. Yo conozco NEXORA y llevo años trabajando con procesos operativos fuera. Me pidió que viniera unas semanas.

—Con acreditación externa.

—Sí.

—Para que nadie supiera quién eras.

—Algunas personas lo saben.

—Yo claramente no estaba en la lista.

Leo no respondió.

—¿Y al final de esas semanas?

—Supongo que él espera que me quede.

—¿Y tú?

—No he decidido nada.

Eso, al menos, sonó suyo.

No una conclusión.

No una lección aprendida.

Solo un problema que seguía sin saber resolver.

Leo se levantó.

Por un momento pensé que iba a irse.

En lugar de eso recogió la taza vacía que llevaba desde por la mañana y la dejó junto al fregadero pequeño de la sala.

—Lo siento.

No me giré enseguida.

Había esperado aquella frase desde que entró.

Una vez allí, resultó bastante poco espectacular.

—Te he oído.

—Ya.

—No arregla nada ahora.

—No esperaba que lo hiciera.

Lo miré. Parecía cansado.

Bien.

Yo también.

—Necesito dos cosas.

Se quedó junto a la encimera.

—Dime.

—Si sabes algo de Atlas, de AURA o de este proyecto que afecte a mi trabajo o a mí, me lo cuentas.

No decides por tu cuenta que no necesito saberlo.

Leo abrió la boca.

Esperé.

—De acuerdo.

—Y si te pregunto algo que no puedes contarme, dices «no puedo responder». Si no lo sabes, «no lo sé».

—De acuerdo.

—Nada de darme una respuesta técnicamente cierta y dejar que yo complete el resto.

Hizo una pequeña mueca.

—Eso va por «Operaciones e Implantación».

—Entre otras.

—Entendido.

No añadí nada sobre confianza. Ni sobre la cerveza.

Ni sobre lo que fuera que había empezado a pasar antes de que yo descubriera que el hombre de las cajas podía conseguir una reunión con Presidencia en menos de un minuto. Aquello podía esperar. Abrí otra vez Atlas.

—Ahora esto.

Leo volvió a la mesa.

—Sí.

—Quiero saber qué fue el piloto, quién lo autorizó y cómo acabó una función experimental moviendo reuniones y asignaciones en producción.

—Yo también.

Lo miré.

—No somos un equipo en esto.

Leo se quedó quieto un momento.

—De acuerdo.

—No todavía.

Asintió.

No intentó convencerme.

—¿Quién puede responder?

—Mi padre.

Naturalmente.

—¿Está aquí?

—Sí.

—¿Sabe lo que hemos encontrado?

—Le he dicho que hay un problema con una función antigua.

No le he mandado el detalle.

—Quiero hablar con él.

Leo sacó el móvil.

—Puedo preguntarle.

—Ahora.

Escribió un mensaje.

Yo recogí el portátil mientras esperábamos. La respuesta llegó antes de que terminara de guardar el cargador. Leo leyó.

—Puede vernos.

—Qué eficiente.

—Tiene la agenda algo más flexible cuando el mensaje viene de mí.

Lo miré. Leo guardó el teléfono.

—Demasiado pronto.

—Sí.

Salimos de la sala.

Leo iba medio paso delante porque sabía dónde estaba el despacho de su padre. Eso, al menos, ya no era misterioso.

Yo llevaba el portátil contra el pecho y una cantidad poco razonable de información nueva intentando ocupar el mismo espacio. Consultor externo. No exactamente.

Compañero. Tampoco exactamente.

Hijo del fundador.

Definitivamente.

Persona que me había mentido. Sí.

Persona que quizá no sabía que un algoritmo llevaba una semana colocándonos juntos. También.

Llegamos al ascensor.

Leo pulsó el botón.

—Emma.

—¿Qué?

—No espero que confíes en mí.

Lo miré.

Parecía que iba a añadir algo.

No lo hizo.

Las puertas se abrieron.

Entramos.

Leo pulsó la planta de Presidencia.

—Solo quiero averiguar qué ha pasado —dijo.

—Eso es lo único que estamos haciendo.

Las puertas se cerraron.

Arriba nos esperaba Javier Vega.