Capítulo 6
Acceso restringido
El lunes a las nueve y tres, Leo llegó tarde.
Tres minutos.
Después de una semana viéndolo comportarse como si hubiese sido ensamblado con instrucciones, resultó reconfortante.
—Llegas tarde.
Dejó el café sobre la mesa.
—Buenos días.
—Nueve y tres.
—Había cola.
—Excusas.
—He traído café.
Miré el vaso que llevaba en la otra mano.
—¿Para mí?
—No sabía qué tomabas.
—Entonces no.
—Exacto.
Se sentó y abrió el portátil.
—Cortado, sin azúcar —dije.
Leo levantó la vista.
—Información sorprendentemente personal para las nueve y cuatro.
—No te acostumbres.
Yo también abrí el ordenador.
—Tenemos cinco días para encontrar actividades importantes que AURA no está viendo correctamente.
Leo miró la hora.
—Cuatro días, siete horas y cincuenta y seis minutos.
—Puedes volver a llegar tarde mañana si eso te ayuda a no hacer esas cuentas.
AURA había priorizado cinco departamentos:
OPERACIONES
DISEÑO
ATENCIÓN AL CLIENTE
COMERCIAL
ADMINISTRACIÓN
Empezamos por Atención al Cliente.
Dos horas después teníamos tres personas que resolvían consultas internas sin que aquello figurara en ningún procedimiento, una comprobación semanal en Administración que Mercedes llevaba ocho años haciendo por pura supervivencia institucional y un comercial que seguía trabajando primero en una libreta y actualizaba el CRM los viernes.
Para AURA, de lunes a jueves aquel hombre parecía bastante menos ocupado de lo que estaba.
A las doce yo tenía una libreta llena de nombres, flechas y dos signos de interrogación que ya no recordaba a qué correspondían.
Leo tenía una hoja de cálculo.
Naturalmente.
—Tu documento me está juzgando.
—Mi documento tiene columnas.
—Ese es exactamente el problema.
Giró el portátil hacia mí.
Había cruzado parte de lo que acabábamos de encontrar con recomendaciones realizadas por AURA durante la última semana.
—Hay siete casos que podrían estar afectados por actividad que el sistema no estaba registrando bien.
Me acerqué.
Cambios de agenda.
Reparto de cuentas.
Una formación.
Nada que pareciera catastrófico, pero tampoco cosas que me apeteciera dejar a la suerte de un cálculo incompleto.
Abrimos el historial.
Una recomendación había sido validada. Otra, rechazada. Una tercera se había modificado.
La cuarta no se abrió.
ACCESO RESTRINGIDO
Leo dejó de mover el ratón.
—Eso no debería estar aquí.
—¿Qué?
En la pantalla solo se veía una referencia.
PROYECTO ATLAS
—¿Te suena?
Negó.
Probó de nuevo.
El mismo aviso. Cogió el móvil.
—Voy a solicitar acceso al registro.
—¿Puedes?
—Solicitarlo, sí.
Escribió algo.
Yo aproveché para levantarme y estirar las piernas. Habíamos pasado casi toda la mañana inclinados sobre dos pantallas y empezaba a sospechar que la revolución tecnológica terminaría conmigo en Fisioterapia. Cuando volví a sentarme había llegado una autorización.
—Eso ha sido rápido.
—Tengo permisos de administración sobre parte de la implantación.
Me quedé con la mano sobre la silla.
—¿Perdona?
Leo no me miró inmediatamente.
—Permisos generales.
—Curiosamente, esa información nunca apareció mientras movías mis archivadores.
—Tampoco salió el tema. Salieron bastantes temas.
—Mis credenciales no.
—Ese es un argumento técnicamente correcto y profundamente irritante.
—Lo sé.
Abrió el registro.
Esta vez entramos.
La vista era limitada. Había fechas, identificadores, modificaciones operativas y varios campos bloqueados.
En la parte superior aparecía:
PROYECTO ATLAS
Debajo, una categoría:
INTERACCIONES FACILITADAS
Me incliné hacia la pantalla.
—¿Qué significa eso?
Leo pulsó el icono de información.
Apareció una definición:
Modificaciones operativas destinadas a incrementar la probabilidad de interacción entre perfiles seleccionados para evaluar resultados de colaboración.
Leí la frase otra vez.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco.
Abrimos la ficha general.
Tipo: experimentación operativa
Estado: activo
Autorización: acceso restringido
Leo intentó abrir el último campo.
No pudo.
—¿Tus permisos de administrador no sirven?
—Para Atlas, no.
—¿Y por qué tienes permisos de administrador?
Cerró la ventana emergente.
—Porque estoy revisando la implantación.
—Pensaba que estabas en Operaciones e Implantación.
—Lo estoy.
Esperé.
Leo apoyó las manos en la mesa.
—También estoy revisando cómo se está desplegando AURA.
—Eso habría sido una información interesante hace una semana.
—Sí.
La admisión llegó sin defensa y me dejó sin la siguiente frase durante un segundo.
—¿Para quién trabajas realmente?
—Para NEXORA.
—Llevas una acreditación externa.
—Deliberadamente.
Me reí una vez.
—Fantástico.
—Emma…
—No, continúa. Cada respuesta mejora muchísimo la anterior.
Leo miró un momento hacia la puerta.
—Estoy revisando la implantación desde dentro.
—¿Por encargo de quién?
—Eso no puedo explicártelo todavía.
Ahí estaba. Otra puerta cerrada. Iba a contestar cuando el registro cambió. No habíamos pulsado nada.
Apareció una nueva línea.
INCIDENCIA DE COINCIDENCIA OPERATIVA DETECTADA
Leo volvió al teclado.
—Espera.
La incidencia se abrió.
Fechas.
Resultados. Identificadores.
Y dos nombres.
PERFIL A: MARTÍN, EMMA
PERFIL B: VEGA, LEONARDO
Ninguno dijo nada.
Abrí el detalle antes de que Leo pudiera decidir si quería impedírmelo.
Interacción 1: reorganización temporal de espacios
Las cajas.
Interacción 2: revisión sala 3.06
Los archivadores.
Interacción 3: equipo de adopción interna
Interacción 4: revisión de carga y procesos no registrados
Volví arriba.
Después abajo. Las fechas coincidían.
—No fueron casualidades.
Leo seguía mirando la pantalla.
—No.
—¿Lo sabías?
Entonces sí se volvió hacia mí.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
No vi vacilación, pero eso ya no bastaba para decidir nada.
—Empiezan a acumularse las cosas que no sabías y las que sí sabías pero no me contaste.
Leo apoyó la espalda en la silla.
—Sí.
—¿Sí?
—Es una crítica justa.
Aquello no mejoró mi humor.
Debajo de las interacciones aparecía:
Objetivo: evaluación de complementariedad operativa
Resultado observado: superior a estimación inicial
Recomendación: mantener frecuencia de colaboración
—Fantástico.
Leo intentó abrir el historial de acceso.
Esta vez el sistema permitió una consulta básica.
No consta evidencia de que Leonardo Vega hubiera consultado este registro antes de la sesión actual.
Lo leí dos veces.
Leo no dijo «te lo dije».
Punto a su favor. Muy pequeño. Pero punto.
Seguí bajando.
El campo de creación del proyecto estaba bloqueado.
Probamos una búsqueda por usuario.
Leonardo Vega no consta como creador del Proyecto Atlas.
Eso resolvía una cosa. Solo una.
—¿Puedes cancelar la recomendación?
Leo lo intentó.
PERMISOS INSUFICIENTES
Abrió sus credenciales.
Administración general de colaboración: habilitada
Configuración específica de Atlas: restringida
Su mandíbula se tensó.
—Esto no debería estar ejecutándose sin que yo sepa siquiera quién tiene el control de la configuración.
—Bienvenida a mi semana.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Leo cogió el móvil.
—Tengo que comprobarlo.
—¿Con quién?
—Con alguien que debería saber por qué existe.
—Sigues siendo excelente respondiendo preguntas.
—Lo sé.
Guardó el portátil.
—No abras nada más de Atlas hasta que vuelva.
—No me digas qué puedo abrir.
—No sabemos todavía qué información utiliza.
—Precisamente.
—Y si hay datos a los que ni tú ni yo deberíamos tener acceso, seguir entrando solo empeora el problema.
Me quedé callada.
Porque, irritantemente, tenía razón.
—Media hora.
Leo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Media hora. Después sigo trabajando.
—Eso no es una negociación.
—Correcto.
Se colgó la mochila.
—Vuelvo.
Ya estaba junto a la puerta cuando lo llamé.
—Leo.
Se giró.
—Todavía no me has dicho quién eres.
Esta vez no buscó una respuesta ingeniosa.
—Lo sé.
Y salió.
Duré once minutos.
Me pareció bastante digno.
No volví a entrar en Atlas.
Técnicamente estaba obedeciendo, una experiencia que esperaba no convertir en costumbre. En lugar de eso abrí otra vez el perfil corporativo de Leo.
VEGA, LEONARDO
Nombre.
Acceso interno.
Proyecto de implantación.
Y una línea que antes se me había escapado:
Relación corporativa: Presidencia
Me acerqué un poco más a la pantalla.
Aquello podía significar bastantes cosas.
Consultor.
Asesor.
Algún proyecto especial.
Abrí el directorio interno.
Presidencia: Javier Vega
Vega.
Volví al perfil.
Leonardo Vega.
Al directorio.
Javier Vega.
Cogí el móvil.
Luego decidí que no necesitaba hacer aquello desde ningún dispositivo corporativo.
Abrí el navegador personal.
Escribí: Javier Vega NEXORA Leonardo Vega
El primer resultado era una entrevista antigua sobre los primeros años de la empresa.
La abrí.
Javier aparecía delante de unas oficinas que apenas se parecían a las actuales.
A su lado había una mujer y, delante de ellos, dos niños. Amplié la fotografía.
El mayor tendría unos doce años.
Debajo estaba el pie de foto: Javier Vega junto a su esposa y sus hijos, Leonardo y Alicia.
Volví al perfil corporativo.
Leonardo Vega.
A la fotografía.
Otra vez al perfil.
El hombre de las cajas.
El consultor externo.
El que tenía permisos internos que nunca había mencionado.
Leonardo Vega.
Hijo del fundador de NEXORA.