Mi jefa es un algoritmo Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que no dijimos

El viernes a las cinco y diecisiete, cuando la mayor parte de NEXORA empezaba a comportarse como si los correos enviados después de esa hora pertenecieran legalmente al lunes, Dani me escribió.

¿Tienes diez minutos?

Miré el mensaje, la hora y otra vez el mensaje.

Clara estaba guardando el portátil.

—No.

—¿Qué?

—Lo que sea que estés pensando.

—No estoy pensando nada.

—Tienes la cara.

—¿Qué cara?

—La de «voy a hacer algo que después analizaré durante tres horas».

Giré el móvil hacia ella.

Clara leyó el mensaje y se colgó el bolso.

—¿Vas a ir?

—Es mi director.

—Eso no ha respondido.

—Cinco minutos contigo y ya pareces AURA.

—Me ofende bastante.

Durante los últimos dos días había conseguido mantener a Dani dentro de una categoría relativamente cómoda: director. Un director que además era mi ex, sí, pero con el que podía discutir sobre transparencia, campañas internas y reasignaciones temporales como dos adultos funcionales.

Incluso habíamos conseguido compartir habitación sin hablar de quién había dejado a quién.

Un avance.

El teléfono vibró otra vez.

Estoy en la cafetería de abajo.

Clara levantó las cejas.

—Eso ya no suena a reunión.

—No empieces.

—Me voy.

—Pero mañana quiero información.

—No.

—Agregada y anonimizada.

—Fuera.

Sonrió y se marchó.

Esperé aproximadamente treinta segundos para no parecer demasiado rápida.

Luego me di cuenta de que esperar deliberadamente treinta segundos era bastante peor.

Cogí el abrigo.

Dani estaba sentado al fondo de la cafetería.

No había portátil ni carpeta.

Había dos cafés.

Eso era peor.

Me senté enfrente.

—¿Has pedido por mí?

—Cortado, sin azúcar.

Miré la taza.

—Eso es invasivo.

—Llevabas ocho años tomándolo así.

—La gente cambia.

—¿Has cambiado?

Cogí el café.

—No es el tema.

Dani sonrió.

Había acertado.

Lo odié un poco.

Fuera empezaba a oscurecer. Dentro quedaban cuatro mesas ocupadas y una camarera limpiaba la barra con la determinación de quien confiaba en que todos entendiéramos la indirecta.

—¿Esto es sobre AURA? —pregunté.

—En parte.

—¿Qué parte?

Dani movió su taza unos centímetros.

—Quería darte las gracias por esta semana.

No estaba entre las opciones que había preparado.

—Ya lo hiciste.

—Dije «buen trabajo».

—En idioma corporativo cuenta.

—Pues quería decirlo sin idioma corporativo.

Bebí un poco.

—De nada.

—Lo de Clara podría haberse complicado bastante.

—Todavía puede.

—Sí.

Se quedó mirando el café.

—Fuimos demasiado deprisa con algunas partes de la implantación.

Levanté la vista.

—¿Perdona?

—No voy a repetirlo.

—Una pena. Quería grabarlo.

—Emma.

—Daniel Salvatierra admitiendo que algo se hizo demasiado deprisa tiene valor histórico.

Sonrió, aunque esta vez duró poco.

—No siempre creo que tenga razón.

—Eso sí vas a tener que demostrármelo.

La frase quedó ahí. Podíamos seguir hablando de AURA.

Los dos sabíamos que había más de una conversación escondida dentro de aquella.

Me concentré en la taza.

—¿Por qué has vuelto?

Dani tardó un instante en contestar.

—¿A NEXORA?

—A Madrid.

Su expresión cambió apenas.

—Volví el año pasado.

—¿Cuándo?

—En noviembre.

Ocho meses.

Habíamos estado ocho meses viviendo en la misma ciudad sin saber nada el uno del otro.

No tenía ningún derecho especial a aquella información.

Eso no impidió que me molestara descubrirlo ahora.

—Podrías haberme escrito.

La frase salió antes de que pudiera decidir si quería decirla.

Dani no respondió enseguida.

—Sí.

Miré hacia la ventana.

—Da igual.

—No, no da igual.

—Tampoco hace falta que lo arreglemos ahora.

—No estaba intentando arreglarlo.

Lo miré.

—Eso sí es nuevo.

Soltó el aire, casi una risa.

—No sabía qué decirte.

—Podías haber empezado por «hola».

—Después de cómo terminamos.

—Precisamente.

Dani bajó la vista.

—Pensé que era mejor dejarte tranquila.

—Ya.

—No parece que estés de acuerdo.

—No he dicho eso.

—Nunca tenías que decirlo.

Ahí estaba.

Esa familiaridad irritante. La que permitía que una conversación llevara tres años interrumpida y, aun así, él supiera exactamente cuándo yo estaba evitando una respuesta.

—No empieces a conocerme otra vez.

Dani dejó de sonreír.

—No pretendía…

—Ya.

Durante unos segundos ninguno habló.

La camarera pasó junto a nuestra mesa y se llevó una taza vacía que no era de ninguno de los dos.

—Cuando me fui —dijo Dani— pensé que estaba haciendo lo correcto.

—Lo sé.

—Pensé que tú también lo entendías.

—Entender lo que querías no significaba quererlo yo.

—No dije eso.

—Esperabas que me fuera contigo.

—Sí.

—Y cuando dije que no, decidiste que eso significaba algo sobre nosotros.

Dani apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿No significaba nada?

—Claro que significaba algo.

—Entonces…

—Pero tú también estabas eligiendo, Dani.

Se quedó callado.

—Yo no lo veía así.

—Ya.

—Tú tenías opciones.

Solté una risa breve, sin humor.

—Esa era exactamente la discusión.

Dani se pasó una mano por la mandíbula.

—Probablemente.

—No. Esa era.

Me miró.

Por un momento pensé que iba a discutirlo.

No lo hizo.

—Puede ser.

No era una disculpa. Tampoco necesitaba que lo fuera aquella tarde.

Bebí lo que quedaba de café, ya frío.

Durante mucho tiempo había imaginado que, si algún día hablábamos de aquello, una frase especialmente brillante conseguiría ordenar los últimos meses de nuestra relación.

Al parecer no. Seguíamos recordando los mismos hechos y colocando el peso en sitios distintos.

Eso resultaba mucho más parecido a nosotros.

Dani miró la hora.

—Te he retenido más de diez minutos.

—Veinticuatro.

—AURA estaría decepcionada.

—AURA nos habría cortado a los quince y enviado una encuesta.

Nos levantamos.

Fuera de la cafetería nos quedamos un momento en la acera.

No íbamos en la misma dirección.

Por suerte.

—Nos vemos el lunes —dijo.

—El lunes.

Dio un par de pasos y volvió a mirarme.

—Emma.

—¿Sí?

Dudó.

—Me alegro de verte.

No era exactamente lo mismo que había estado a punto de decir.

—Tú tampoco estás tan mal —respondí.

Una sonrisa breve.

Mucho mejor así.

Dani se marchó.

Yo empecé a caminar en dirección contraria.

El móvil vibró al final de la calle.

LEO: Estoy abajo. Dani me pidió que recogiera la versión revisada del informe de cargas antes de irme. ¿La tienes tú?

Me detuve.

Claro.

El informe estaba en una carpeta dentro de mi bolso porque, aparentemente, mi cerebro había decidido que aquel viernes necesitaba llevarse trabajo a pasear.

EMMA: Sí. Ya he salido. Estoy a dos minutos.

LEO: Te espero.

Volví hacia NEXORA.

Leo estaba junto a la entrada, mirando el móvil, con una mochila colgada de un hombro y sin acreditación.

Sin la tarjeta parecía ligeramente menos sospechoso.

Solo ligeramente.

Le tendí la carpeta.

—¿Vienes a perseguirme fuera del horario laboral?

—Es viernes. No tengo esa energía.

Cogió el informe.

—Gracias.

—De nada.

Leo miró hacia la cafetería y luego hacia mí.

—¿Ha ido mal?

—¿Qué?

—La reunión. Parecías enfadada.

—No estaba enfadada.

—Ah.

—Estaba pensando.

—Entonces he interpretado mal la cara.

Lo miré.

—¿Acabas de admitir que te has equivocado leyendo a una persona?

—Puede haber ocurrido.

—Lo anotaré.

Guardó la carpeta en la mochila.

Empezamos a andar hacia la esquina.

—He estado con Dani —dije.

—Lo había imaginado.

—Fue mi pareja.

Leo giró la cabeza.

—Vale.

—Durante cuatro años.

—Vale.

—Vivimos juntos.

Esta vez se detuvo.

—Emma.

—¿Qué?

—No tienes que demostrarme que fue una relación seria.

Abrí la boca.

No salió nada especialmente convincente.

Leo hizo una pequeña mueca.

—Aunque puede que haya vuelto a interpretar mal.

Lo pensé.

—No.

—Bien.

Seguimos caminando.

Durante unos metros solo se oyó el tráfico.

—Hemos hablado de cuando rompimos —dije.

—Ah.

Esperé algo más.

—¿Eso es todo?

—No sé qué respuesta esperas.

—Ninguna.

—Entonces estoy haciéndolo bastante bien.

—No te emociones.

Llegamos a un semáforo en rojo.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó.

—No.

—Perfecto.

—Pero tampoco quiero llegar a casa y pasarme tres horas repasando cada frase.

Leo pensó un momento.

—Eso reduce bastante las opciones.

—Muchísimo.

Miró al otro lado de la calle.

—Podemos tomar una cerveza.

—¿Y hacer qué?

—No sé. Hablar de algo que no importe.

—¿Tienes temas?

—Tengo opiniones sobre croquetas.

—Eso es preocupante.

—Bastante.

El semáforo cambió.

—Una —dije.

—Una.

Una cerveza se convirtió exactamente en una cerveza.

Leo me contó un viaje a Bruselas en el que había perdido una maleta, una reserva de hotel y, durante veinte minutos, la certeza de estar en el aeropuerto correcto. Yo defendí que cuatro tipos de croquetas en una misma carta no constituían una señal de alarma. No llegamos a un acuerdo.

No hablamos de Dani.

Tampoco de AURA.

Cuando salimos, eran poco más de las siete.

—Gracias —dije.

Leo se colocó la mochila.

—¿Por la cerveza?

—Principalmente por no intentar solucionar nada.

Se quedó un segundo pensándolo.

—No tenía ninguna solución.

—Muchísimo mejor.

—Me alegro de haber ayudado.

—No exageremos.

Nos despedimos en la esquina.

En el tren de vuelta a casa, el móvil vibró.

Durante medio segundo pensé en Dani.

Era AURA.

Se ha actualizado el calendario del proyecto de adopción interna.

Abrí la notificación.

Lunes, 9:00.

Emma Martín / Leonardo Vega

Revisión de procesos no registrados.

Objetivo: identificar actividades de alto valor insuficientemente representadas en los datos corporativos.

Apoyé la cabeza en el cristal.

Dani había sido una parte enorme de mi vida.

Eso no había cambiado porque hubieran pasado tres años ni porque ahora supiéramos tomar un café sin destruir mobiliario. Tampoco significaba que su regreso tuviera que convertirse inmediatamente en algo.

Y Leo podía esperar al lunes.

Guardé el móvil.

Por una vez, dejar dos cosas sin resolver no me pareció un fallo del sistema.