Mi jefa es un algoritmo Capítulo 2
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Capítulo 2

El hombre de las cajas

A las diez y veinte de la mañana, AURA decidió que Comunicación Interna ya no debía estar donde llevaba seis años.

No nos preguntó ni pidió opinión. Simplemente apareció una notificación en nuestras pantallas.

REORGANIZACIÓN TEMPORAL DE ESPACIOS

Debajo había un plano.

Nuestro equipo tenía que trasladarse durante tres semanas a la tercera planta.

—¿Por qué? —preguntó Clara.

—Porque el futuro necesita nuestro sitio.

—Emma.

—No tengo una respuesta mejor.

Clara amplió el plano.

—Aquí pone que Diseño también se mueve.

—Lo estoy viendo.

—¿Y si esto no es temporal?

Levanté la cabeza.

Seguía mirando la pantalla, pero ya no estaba bromeando.

—Es temporal.

—Lo dice una máquina que lleva aquí menos de veinticuatro horas.

—Precisamente. Todavía no ha tenido tiempo de desarrollar maldad.

—Muy tranquilizador.

La verdad era que tampoco me gustaba.

AURA había detectado que nuestro espacio podía utilizarse mejor durante la instalación de nuevos sistemas y había decidido concentrar a varios equipos en una misma zona.

En teoría, durante tres semanas.

Y cuando una empresa utiliza la palabra «temporal», uno debería pedir que se la definieran por escrito.

Me levanté.

—Vamos a mover solo lo imprescindible.

Clara miró alrededor.

Había cajas, archivadores, material de campañas, dos roll-ups que nadie había utilizado desde 2019, una máquina para encuadernar que probablemente sobreviviría a todos nosotros y seis años de objetos que habían llegado a nuestras mesas sin que nadie recordase exactamente por qué.

—Solo lo imprescindible —repetí.

Una hora después estaba intentando arrastrar una caja que pesaba aproximadamente lo mismo que un niño de ocho años.

—Si sigues tirando así, tienes dos opciones.

La voz llegó desde detrás.

—Romper la caja o romperte la espalda.

Solté el cartón.

—Estoy valorando ambas.

Me giré.

El hombre llevaba una acreditación temporal al cuello, una camiseta gris con las mangas remangadas y la expresión tranquila de quien parecía saber exactamente qué estaba haciendo en mitad de aquel caos.

Se agachó.

—¿Qué hay dentro?

—Papel.

—Eso explica por qué pesa como si llevaras piezas de motor.

—Comunicación Interna. Nos gusta imprimir cosas que nadie volverá a abrir.

Cogió la caja por debajo.

—¿Dónde va?

Señalé hacia el fondo.

—Allí.

Él miró.

—No. Zona B.

—Esa es la zona B.

—Era la zona B.

—Llevo seis años aquí.

—Entonces has tenido tiempo para despedirte.

Le sostuve la mirada.

—Me encanta la seguridad con la que desconoces mi sistema.

Él señaló uno de los monitores instalados junto al pasillo.

El plano había cambiado.

AURA había redistribuido las mesas.

—Nueva configuración.

—AURA lleva aquí un día y ya tiene más autoridad que yo.

—Lleva unas horas.

—Gracias por la precisión.

Se echó la caja al hombro y empezó a caminar.

Lo seguí.

—Por cierto, esa caja iba allí.

—Ya no.

—¿Trabajas para la empresa de mudanzas?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Consultoría externa. Operaciones e implantación.

Lo dijo como si aquello debiera aclararlo todo.

No lo hizo.

Antes de que pudiera seguir preguntando, Clara apareció cargando una planta.

—Emma.

—¿Sí?

—¿Dónde pongo esto?

Miré la maceta.

—¿Eso estaba en tu mesa?

—No.

—¿Entonces por qué la llevas?

—Porque alguien la iba a tirar.

El hombre de la caja miró la planta.

—Zona B.

—No le hagas caso —dije—. Lleva cinco minutos aquí y ya reparte territorio.

Clara sonrió.

—Al menos alguien sabe dónde van las cosas.

Él dejó la caja en el sitio indicado.

Después me miró.

—¿Qué haces exactamente?

—¿Además de discutir con consultores externos que mueven mis cosas?

—Además.

—Comunicación Interna. Soy responsable de proyectos.

Asintió.

—¿Y eso significa?

—Que cuando Dirección toma una decisión que nadie entiende, nosotros la explicamos de una forma que no provoque motines.

Miró alrededor.

—Entonces hoy tienes trabajo.

—Estoy pensando en falsificar mi propia muerte.

Eso sí le hizo reír.

—Leo.

—¿Qué?

—Mi nombre.

—Ah.

—Pensé que sería útil si vamos a seguir discutiendo.

—Emma.

—Ya lo sabía.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

Señaló mi acreditación.

Miré hacia abajo.

EMMA MARTÍN — COMUNICACIÓN INTERNA

—Bien.

Él sonrió.

—No quería romper el misterio.

Antes de que pudiera responder, alguien llamó desde el pasillo.

—¿Quién ha dejado esto aquí?

Nos giramos.

Una caja de archivo descansaba junto al ascensor.

En la etiqueta se leía:

DIRECCIÓN GENERAL — CONFIDENCIAL

—Eso no debería estar ahí —dije.

Leo la vio.

—No.

Se acercó y la levantó.

—Va a la cuarta. Despacho 4.12.

Lo dijo demasiado rápido.

Miré la etiqueta.

No había ningún número.

—¿Trabajas mucho aquí?

Hubo una pausa breve.

—He estado entrando y saliendo desde que empezó la implantación.

No respondía exactamente a lo que había preguntado.

—Entiendo.

Su expresión decía que sabía que no era verdad.

Se marchó con la caja.

Me quedé mirando cómo entraba en el ascensor.

No porque hubiese nada especialmente interesante que mirar.

Simple curiosidad profesional.

• • •

A las once y media, AURA nos informó de que la sala 3.06 debía quedar completamente despejada antes de las doce.

No explicó por qué.

El problema era que dentro había medio material de Comunicación Interna.

Cuando llegué, Leo ya estaba vaciándola.

—No.

Levantó la cabeza.

—Buenos días otra vez.

—Eso no sale de aquí.

Señalé varias carpetas apiladas.

—La orden es dejar la sala vacía.

—AURA no sabe qué son.

En la pared, junto a la puerta, había uno de los nuevos paneles de gestión. Toqué el icono de AURA y abrí el inventario de la sala.

La voz salió del pequeño altavoz.

—Las carpetas contienen materiales correspondientes a campañas internas entre 2018 y 2023.

Miré la pantalla.

—Perfecto. Entonces sabes que necesito revisarlas antes de moverlas.

Leo bajó la cabeza para disimular una sonrisa.

Me puse de rodillas frente a las carpetas.

—¿Cuánto tenemos?

—Veintidós minutos.

—¿Tenemos?

—Yo tengo que dejar la sala vacía.

—Y yo impedir que desaparezcan cosas útiles.

Leo observó las pilas.

—¿Cuántas son útiles?

—No lo sé.

—Eso complica el método.

—Gracias por tu aportación.

Abrí dos carpetas.

Campaña antigua.

Manual desactualizado.

—Vale. Esto se puede destruir.

Leo empezó a separar cajas.

Era sistemático.

Muy sistemático.

Una pila para conservar, otra para almacenar y otra para destruir.

Yo tardé aproximadamente dos minutos en cansarme de su método.

—Así no llegamos.

—Estoy evitando que dentro de diez minutos me digas que he tirado algo importante.

—Podemos hacerlo más rápido.

—¿Cómo?

Cogí una caja vacía.

—Lo que nadie haya utilizado en los últimos dos años va aquí. Lo que tenga versión digital se destruye. Lo legal o contractual se guarda. Lo demás lo revisamos.

Leo se quedó pensando.

—Tiene agujeros.

—Muchos.

—Pero puede servir.

Empezamos.

En pocos minutos habíamos reducido el contenido de la sala casi a la mitad.

Leo levantó un archivador.

—¿Esto?

—Fuera.

—Tiene la palabra «estratégico».

—Todo tenía la palabra estratégico en 2021.

Dejó el archivador en la caja de destrucción.

Seguimos trabajando.

Cuando quedaban cinco minutos, intenté mover una caja que llevaba toda la mañana atravesada en mitad del pasillo.

No se movió.

Leo se acercó.

—Déjala.

—Puedo.

—Llevas media hora demostrando que no.

La cogió.

Sin esfuerzo visible.

Vi sus manos cerrarse alrededor del cartón y las venas marcadas en los antebrazos.

Fue una observación completamente innecesaria.

Y, por tanto, decidí ignorarla.

—Presumido.

—Eficiente.

—AURA te va a adorar.

—Espero que no.

Aquello me hizo mirarlo.

El tono ligero había desaparecido.

—¿No eres fan?

Leo dejó la caja en el carro.

—Digamos que prefiero saber quién toma las decisiones.

—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.

El ascensor tardaba.

Nos quedamos esperando junto al carro.

—¿Tú qué opinas realmente? —preguntó.

—¿De qué?

—De AURA.

—Creo que acabas de verme discutir con ella varias veces.

—Eso me dice que te irrita.

Esperó.

Me apoyé en la pared.

—Creo que puede ser útil.

Leo no dijo nada.

—Y creo que cuando una empresa dice que una herramienta no va a sustituir a nadie, alguien debería empezar a actualizar LinkedIn.

—Bastante optimista.

—Trabajo en Comunicación. El optimismo corporativo consume toda mi cuota diaria.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Crees que podría sustituirte?

La respuesta fácil era no.

Me salió otra.

—No lo sé.

Leo asintió.

No intentó tranquilizarme.

—Tiene sentido.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entramos.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué hace exactamente un consultor de operaciones e implantación?

—Depende del día.

—Sigues sin concretar mucho.

—Hoy, mover tus archivadores.

—Carrera prometedora.

—No me quejo.

Sonreí.

Llegamos a la tercera planta.

Leo empujó el carro fuera.

—Nos vemos, Emma.

—Eso dependerá de AURA.

La puerta empezó a cerrarse.

—Entonces seguramente sí.

Y desapareció.

• • •

A las doce y seis recibí una notificación.

AURA — ENCUESTA DE INTERACCIÓN

Abrí.

Evalúa tu experiencia con personal externo durante la reorganización de espacios.

Del uno al cinco.

Marqué tres.

ACEPTABLE

La pantalla cambió.

¿Deseas modificar tu valoración?

Marqué NO.

Apareció otra línea.

La interacción asignada se prolongó un 41 % respecto al tiempo estimado para completar la tarea.

Miré el monitor.

Abrí el campo de observaciones y escribí:

Eso se llama trabajar con personas.

La respuesta apareció debajo.

Registrado.

Añadí:

No significa que quiera cambiar la valoración.

Entendido.

Cerré la ventana.

Clara levantó la cabeza desde la otra mesa.

—¿Otra vez discutiendo con ella?

—Ahora también controla cuánto tardo trabajando con alguien.

—Pensaba que la evaluación era al revés.

—Eso pensaba yo.

Mi ordenador emitió el pequeño sonido que ya empezaba a odiar.

Una corrección apareció en pantalla.

La interacción fue registrada con Leonardo Vega a las 10:47.

Me detuve.

Leonardo.

Claro.

Aparentemente hasta su nombre tenía versión ejecutiva.

Volví a abrir el cuadro de AURA.

Escribí:

¿Qué más sabes de Leonardo Vega?

La pequeña animación circular apareció en la pantalla.

Duró algo más de lo habitual.

No puedo facilitarte esa información.

Fruncí el ceño.

¿Por qué?

No es relevante para tus funciones.

Miré hacia el pasillo por el que Leo había desaparecido un rato antes.

Un consultor externo de operaciones que movía cajas y conocía de memoria un despacho de Dirección.

Volví a mirar la pantalla.

Curiosa respuesta.

AURA no contestó.

Y por primera vez desde que había aparecido aquella mañana, tuve la impresión de que su silencio decía bastante más que sus estadísticas.