Mi jefa es un algoritmo Capítulo 1
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Mi jefa es un algoritmo

Mi jefa es un algoritmo

Por Mara Bellver

© inepub.com

Capítulo 1

AURA ha llegado

La empresa llevaba veinte años sin conseguir que la máquina de café de la tercera planta aceptara una moneda de un euro a la primera, pero aquella mañana íbamos a descubrir cómo la inteligencia artificial iba a revolucionar nuestras vidas.

Llegué dos minutos tarde a la reunión general.

Técnicamente, uno.

El segundo lo perdí intentando decidir si entrar por la puerta principal del salón de actos, donde doscientas personas podrían verme llegar tarde, o utilizar la lateral, donde solo me verían ciento noventa y ocho.

Elegí la lateral.

No funcionó.

—Emma.

Clara me hizo una seña desde la sexta fila.

Había reservado dos sitios en el centro y colocado el bolso sobre uno de ellos con esa autoridad moral que solo tienen las personas capaces de llegar con doce minutos de antelación a cualquier sitio.

Avancé intentando hacerme invisible, tropecé con un pie, pedí perdón, golpeé una rodilla y volví a pedir perdón antes de dejarme caer a su lado.

—Te has perdido la parte importante —susurró.

—¿Han anunciado los despidos?

—Todavía no.

En la pantalla gigante del escenario aparecía una frase:

NEXORA NEXT

EL FUTURO COMIENZA CONTIGO

Debajo había una fotografía de siete personas excesivamente felices mirando una tablet.

Ninguna parecía haber trabajado nunca en NEXORA.

—Cuando una empresa dice que algo está centrado en las personas —murmuró Clara—, normalmente significa que alguien va a decidir que sobran algunas.

La miré.

Sonrió, pero no demasiado.

Clara trabajaba en Diseño y llevaba dos semanas preguntándome, medio en broma y medio en serio, cuánto tardaría una inteligencia artificial en conseguir que alguien de Dirección se preguntara para qué necesitábamos diseñadores.

—Todavía no sabes qué van a presentar —dije.

—Ese es el problema.

Me quité el abrigo.

—Por cierto, la máquina de café está otra vez rota.

—¿Y?

—La he arreglado.

Clara me miró.

—Eres responsable de proyectos de Comunicación Interna.

—Ya. Pero Marta llevaba diez minutos intentando sacar un cortado.

—Un día vas a acabar arreglando el aire acondicionado.

—Mientras no me lo metan en objetivos.

Clara volvió la vista al escenario.

Allí arriba, el director general hablaba de transformación, personas, futuro y adaptación.

Nada bueno había ocurrido nunca después de una frase que contuviera esas cuatro palabras.

—…y precisamente por eso —decía— hemos decidido dar un paso que marcará un antes y un después en la historia de NEXORA.

Una nueva diapositiva apareció detrás de él.

Una A enorme.

Minimalista. Elegante. Amenazante.

Debajo:

AURA

—Ahí está —dijo Clara.

—¿Qué?

—La inteligencia artificial.

Giré la cabeza.

—¿Qué inteligencia artificial?

Clara me observó durante un segundo.

—El correo de ayer.

—¿Qué correo?

—El de Dirección.

—¿El que ponía «Nueva etapa estratégica»?

—Ese.

—Pensé que era otro webinar.

Clara abrió la boca, pero la iluminación del escenario cambió.

Y entonces escuché una voz.

—Gracias, Javier.

Me quedé inmóvil.

Hay voces que uno reconoce antes de que el cerebro tenga tiempo de colocarlas en algún sitio.

Aquella era una.

Primero reconocí la voz.

Después el reloj: un Omega de esfera oscura que yo misma había ayudado a elegir hacía cuatro Navidades.

Y finalmente recordé por qué llevaba tres años evitando un restaurante de Malasaña que servía brunch hasta las cinco de la tarde.

Daniel Salvatierra apareció en el escenario.

Dani.

Mi ex.

Clara giró lentamente hacia mí.

—No.

—Sí.

—¿Ese Dani?

—Ese Dani.

Dani llevaba traje azul oscuro, camisa blanca sin corbata y esa seguridad de quien sabía exactamente dónde debía colocar las manos cuando hablaba en público.

Había cambiado.

O quizá no.

Tal vez los tres años sin verlo me habían permitido recordar una versión ligeramente menos pulida.

En cualquier caso, allí estaba.

En mi empresa.

Presentando mi futuro.

—Buenos días —dijo—. Para quienes no me conozcáis, soy Daniel Salvatierra, nuevo director de Transformación y Estrategia.

Clara me miró de reojo.

Yo seguí mirando al escenario.

Dani explicó que había trabajado los últimos años en consultoría tecnológica, liderando proyectos de transformación digital y ayudando a empresas a redefinir procesos.

Mientras yo había pasado tres años intentando conseguir que Marketing dejara de escribir «urgente» en el asunto de todos los correos, Dani había estado redefiniendo organizaciones.

—Durante los próximos meses —dijo— vamos a cambiar la manera en que trabajamos.

En la pantalla volvió a aparecer AURA.

—Y AURA será una parte fundamental de ese proceso.

Clara se inclinó hacia mí.

—Tu ex acaba de ser nombrado director y va a implantar una inteligencia artificial que va a analizar nuestro trabajo.

—Lo estoy asimilando.

Dani explicó que AURA era un sistema diseñado para optimizar flujos de trabajo, detectar ineficiencias, mejorar la coordinación entre departamentos, gestionar calendarios y ayudar en la asignación de recursos.

Cada frase conseguía que la sala estuviera un poco más silenciosa.

—AURA no viene a sustituir el criterio humano —dijo Dani—. Viene a potenciarlo.

Miré a Clara.

—Eso lo ha escrito un abogado.

Ella sonrió.

Dani pasó a la siguiente diapositiva.

PERSONAS + DATOS + DECISIONES

—La clave —continuó— es que la tecnología nos permitirá dedicar menos tiempo a tareas repetitivas y más a aquello en lo que realmente aportamos valor.

Un hombre de Administración levantó la mano.

—¿Va a evaluar nuestro rendimiento?

Hubo varios movimientos en las butacas.

Dani respondió con calma.

—AURA analizará patrones de trabajo, pero su función no es evaluar personas.

—¿Entonces para qué necesita nuestros datos?

—Para entender cómo funciona la organización.

—¿Va a leer nuestros correos?

Otro murmullo.

Dani abrió la boca, pero no llegó a responder.

Una voz femenina surgió de los altavoces.

—Puedo responder a esa pregunta.

La sala se quedó quieta.

La voz era cálida.

Demasiado cálida para venir de un sistema informático.

—Buenos días —continuó—. Soy AURA. Durante las próximas semanas aprenderé cómo trabajáis para ayudaros a trabajar mejor.

Nadie respondió.

—Desde el inicio de esta presentación, las consultas internas relacionadas con privacidad han aumentado un trescientos cuarenta por ciento. No es necesario alarmarse.

El silencio no mejoró.

Clara murmuró:

—Qué alivio.

—AURA —dijo Dani—, responde a la pregunta sobre los correos electrónicos.

—Analizaré únicamente comunicaciones profesionales dentro de los entornos corporativos autorizados.

Una mujer de Recursos Humanos levantó la mano.

—¿Y conversaciones privadas?

—Las comunicaciones dentro de los sistemas corporativos están sujetas a las políticas internas de NEXORA.

Aquello no era exactamente un no.

La sala lo percibió.

Empezaron las preguntas.

Horarios. Teams. Calendarios. Ausencias. Objetivos. Teletrabajo.

AURA contestaba con una precisión inquietante.

Hasta que un hombre tres filas por delante volvió a preguntar si el sistema iba a controlar cuánto tardábamos en responder correos.

—Esa cuestión ha sido contestada hace cuatro minutos y diecisiete segundos —respondió AURA.

Clara bajó la cabeza para disimular la risa.

Saqué el móvil y le escribí por Teams.

Tres minutos en la empresa y ya está harta de nosotros.

Clara acababa de leerlo cuando la voz volvió a sonar por los altavoces.

—No experimento hartazgo, Emma.

Sentí que todo mi cuerpo dejaba de funcionar de forma coordinada.

Clara se tapó la boca.

—No te rías.

—Lo intento.

Varias personas se giraron hacia nosotras.

Yo miré al techo.

Dos minutos tarde.

Mi ex en el escenario.

Y una inteligencia artificial acababa de utilizar un mensaje corporativo para identificarme delante de doscientos compañeros.

Miré hacia Dani.

Él también me estaba mirando.

Solo fueron dos segundos.

Quizá uno.

Pero vi el instante en que me reconoció. Su mano se detuvo a mitad de un gesto y su expresión cambió apenas un milímetro.

Durante tres años había imaginado alguna vez cómo sería volver a verlo.

Nunca demasiado.

Solo esas escenas absurdas que fabrica la cabeza cuando cree que algo ya no le importa: encontrarnos por casualidad, intercambiar un saludo educado, descubrir que ninguno tenía nada importante que decir.

En ninguna versión estábamos rodeados de doscientos compañeros mientras él presentaba un sistema capaz de reorganizar mi vida profesional.

Dani volvió al público.

Yo también.

La presentación terminó veinticinco minutos después.

En cuanto se encendieron las luces, la sala explotó en conversaciones.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

—Sí.

—No tienes cara de sí.

—Tengo cara de reunión general.

Clara no insistió.

Nos levantamos.

Habíamos avanzado cuatro pasos cuando escuché:

—Emma.

Cerré los ojos.

Clara se volvió.

—Puedo irme.

—Sí.

Esta vez no necesitaba público.

Dani se acercó.

De cerca seguía siendo él.

Aquello resultó absurdamente incómodo.

—Hola —dijo.

—Daniel.

Sus cejas se movieron ligeramente.

Siempre había odiado que lo llamara Daniel.

Por eso lo había hecho.

—No sabía que seguías aquí.

—Yo tampoco sabía que volvías.

—Ha sido reciente.

—Ya.

Nos quedamos mirándonos como dos adultos perfectamente funcionales que habían visto al otro desnudo cientos de veces pero ahora no sabían si correspondía darse la mano.

—Tenemos que hablar —dijo.

—Qué amenaza tan elegante.

Una sonrisa apareció durante medio segundo en su cara.

La reconocí.

—Luego te busco.

—Estupendo.

—Emma…

—Daniel.

Asintió y se marchó.

Clara reapareció unos segundos después.

—¿Todo bien?

—Todo perfectamente profesional.

Mi móvil vibró.

Luego el suyo.

Después otros veinte a nuestro alrededor.

Lo saqué.

AURA HA ACTUALIZADO TU CALENDARIO

Abrí la aplicación.

Mi reunión de las once y media había desaparecido.

—Me ha cancelado una reunión.

Clara miraba su pantalla.

—A mí una con Recursos Humanos.

Abrí la notificación.

Reunión cancelada.

Motivo: objetivo no definido.

Me detuve.

—Quizá me caiga bien.

El teléfono vibró otra vez.

Nueva reunión programada: 12:15.

Definición de objetivos para reuniones recurrentes.

—Retiro lo dicho.

Volvimos a nuestras mesas.

Mi ordenador ya mostraba una ventana que no estaba allí una hora antes.

BUENOS DÍAS, EMMA.

—No.

He priorizado tus tareas pendientes.

Apareció una lista.

Revisar campaña trimestral.

Confirmar presupuesto de proveedor.

Enviar brief creativo.

Después vi la cuarta.

Enviar a Marta la versión corregida de la presentación antes de las 13:00.

Me quedé mirando.

Recordé la notificación de Teams que había aparecido en el móvil mientras peleaba con la cafetera.

No la había abierto.

AURA sí podía procesarla.

—AURA.

La interfaz se activó.

Sí, Emma.

Seguía siendo extraño conversar con una ventana del ordenador.

—¿De dónde has sacado esto?

De tus comunicaciones profesionales.

—Ni siquiera había abierto el mensaje.

Correcto.

Esperé, pero no añadió nada.

—Eso es un poco inquietante.

El mensaje de Marta estaba pendiente de lectura desde las 8:43.

—No era una pregunta.

Registrado.

Me recliné en la silla.

Aquello empezaba a ser ligeramente menos gracioso.

En ese momento apareció un mensaje.

Daniel Salvatierra: Tenemos que hablar.

Sentí una presión incómoda en el estómago.

No quería hablar con él.

Al menos no todavía.

Estaba decidiendo qué responder cuando apareció una nueva sugerencia de AURA.

Daniel Salvatierra dispone de una ventana de diecisiete minutos a las 13:10.

La miré.

—No te he pedido que mires su agenda.

Has indicado que teníais que hablar.

—Él ha indicado que tenemos que hablar.

Una breve pausa.

Distinción registrada.

—Y yo no quiero hablar con él.

Preferencia registrada. No programaré la reunión sin confirmación.

Eso era razonable.

Me molestó un poco más por ser razonable.

Unos segundos después apareció otra notificación.

He detectado resistencia significativa al cambio.

Respiré hondo.

Abrí la caja de respuesta.

Escribí:

He detectado que nadie te ha preguntado.

Pulsé enviar.

Tres segundos.

Registrado.

Clara asomó la cabeza por encima de la separación entre mesas.

—¿Estás discutiendo con el ordenador?

—Estoy estableciendo límites.

Volví a mirar la pantalla.

Escribí:

Te odio.

La respuesta llegó enseguida.

No puedo evaluar sentimientos personales. Si deseas comunicar una incidencia con el sistema, puedo abrir un ticket.

Me quedé mirando el mensaje.

Después miré a Clara.

—No quiero un ticket.

Un botón apareció bajo la respuesta.

AbrIR INCIDENCIA

Cerré el portátil.

Definitivamente, el futuro había comenzado conmigo.