Capítulo 36 Cenizas al Viento
El eco del último disparo murió contra el rompiente de la costa este antes de que el casquillo terminara de rodar sobre la toba.
El aire de Ahu Tongariki conservaba ese olor áspero y metálico de la pólvora reciente, mezclado con la humedad salina del oleaje que reventaba cincuenta metros más abajo contra los acantilados negros.
Mantuve el arma encartada dos segundos más, con los dos pulgares afianzados en la empuñadura y los talones clavados en la arcilla mojada. El cañón de la nueve milímetros humeaba en el aire frío de la madrugada.
Frente a mí, a doce pasos de la plataforma ceremonial, Antonio Torres yacía bocarriba sobre la hierba aplastada.
El torso permanecía inmóvil; los dos impactos en el pecho habían detenido de golpe la carrera desesperada del hombre que durante una década gobernó voluntades, compró jueces y ordenó ejecuciones desde la planta noble del Banco Trasatlántico.
Sus ojos, fijos en la bóveda plomiza del cielo del Pacífico, carecían ya de cualquier destello de mando.
A cuatro metros, en la zanja de drenaje abierta entre los helechos, el cuerpo del último mercenario reposaba doblado sobre sí mismo, con el fusil semiautomático encajado en el fango y la recámara abierta.
Bajé el arma a la altura de la cintura, expulsé el aire retenido en una exhalación larga y giré sobre los talones.
Valeria continuaba de rodillas en el pasto, con las manos apretadas contra el costado derecho.
Entre sus dedos manchados de barro asomaba un hilo continuo de sangre roja y espesa que empapaba la tela de su cazadora.
Respiraba con la boca abierta, entrecortando el ritmo a cada contracción del diafragma para no forzar la musculatura desgarrada.
Me arrodillé junto a ella de inmediato. La rodilla me protestó con una punzada sorda tras la carrera sobre las piedras volcánicas, y la vieja cicatriz de bala en mi hombro tiró del músculo dorsal con una quemazón familiar, pero bloqueé ambas sensaciones.
—Mírame, Valeria —dije en voz baja, apoyando la mano en su hombro sano para sostener su peso—. No cierres los ojos. Déjame ver la herida.
Ella levantó la barbilla despacio. Tenía la piel salpicada por esquirlas de piedra del tiroteo previo y un mechón oscuro pegado a la frente por el sudor frío, pero en sus pupilas no había rastro de confusión.
La lucidez con la que examinaba cada milímetro de una tabla antigua seguía intacta en el centro de su mirada.
—Ha sido un roce limpio... —murmuró, forzando las palabras entre los dientes apretados—. Quemó al entrar, pero... no ha perforado el peritoneo.
—Voy a comprobarlo.
Aparté sus manos con suavidad firme. Desabroché los botones de su abrigo, abrí la cremallera y rasgué con un tirón limpio la camisa de lino empapada.
La bala de Torres había entrado en el flanco derecho, dos centímetros por encima de la cresta ilíaca, abriendo un canal de cuatro centímetros en el músculo oblicuo antes de salir limpiamente por la parte posterior sin fracturar hueso ni tocar vísceras.
La sangre manaba con fluidez, pero no a borbotones arteriales.
Saqué del bolsillo táctico el paquete de primeros auxilios que había recuperado de la mochila del primer tirador en la ladera del Rano Raraku.
Rompí el precinto estéril con los dientes, extraje dos compresas hemostáticas de celulosa y las coloqué directamente sobre los orificios de entrada y salida.
—Va a picar —le advertí un segundo antes de presionar.
Valeria soltó un quejido áspero, un gemido seco que cortó clavando los dedos en el antebrazo de mi cazadora.
Sentí la fuerza de su agarre a través del paño grueso; sus uñas se hundieron en el cuero con una determinación férrea.
Mantuve la palma plana aplicando una presión constante durante dos minutos enteros, contando mentalmente los segundos al compás de las olas que azotaban la base del acantilado, hasta que el coagulante hizo su trabajo y el flujo carmesí empezó a reducirse a una secreción lenta.
—Toma esto —le dije, pasándole un frasco de desinfectante yodado—. Voy a vendarte el torso antes de que el músculo se enfríe y empiece a endurecerse.
Desenrollé la venda compresiva de tejido elástico.
Pasé la tira ancha alrededor de su cintura con movimientos medidos, cuidando de no comprimir las costillas flotantes pero asegurando la tensión exacta para inmovilizar el paquete muscular.
A cada vuelta, Valeria apoyaba la frente contra mi clavícula, respirando el olor a lana húmeda y pólvora fría de mi cuello mientras yo ajustaba las grapas metálicas sobre el vendaje.
Cuando terminé de fijar la última presilla, levantó despacio la cabeza y posó la palma de la mano sobre mi hombro izquierdo. Sus dedos buscaron con precisión la zona donde el tejido cicatrizal tiraba de la escápula.
—Tu hombro —dijo, notando la rigidez del músculo bajo su tacto—. Y la pierna. Te vi cojear cuando saliste tras el bloque caído.
—Solo es una distensión del tendón por el barro —respondí, aunque la punzada en el muslo me recordaba el esfuerzo de las últimas cuarenta y ocho horas sin descanso—. El hombro resiste.
—Siéntate un momento —insistió ella, deslizando la mano hacia el cuello de mi camisa con esa paciencia meticulosa que conocía tan bien—. Si no limpiamos el barro de las rozaduras, el salitre va a infectar la piel antes de que alcancemos el pueblo.
No discutí. Me senté sobre una losa plana de basalto, a espaldas del tercer moái de la plataforma, y dejé que sus dedos limpiaran con una gasa empapada en alcohol las raspaduras que la gravilla me había dejado en el cuello y en el antebrazo.
El contacto de sus manos, frías por el viento pero firmes y certeras, alejó la última descarga de adrenalina que todavía me mantenía los sentidos en alerta de combate.
Permanecimos un instante en silencio, escuchando el silbido del vendaval colándose entre los quince gigantes de piedra que dominaban la llanura.
El cielo del este empezaba a abrirse en franjas anaranjadas y violetas sobre el agua infinita, iluminando la silueta colosal de Ahu Tongariki con una claridad limpia y desprovista de sombras.
—Se acabó, Adrián —susurró Valeria, mirándome a los ojos mientras guardaba los restos del botiquín en el estuche.
—Aún no —dije, poniéndome en pie con un movimiento pausado—. Quedan dos cosas por cerrar antes de que la isla despierte.
Me acerqué al cuerpo de Antonio Torres.
El banquero permanecía tendido con la mandíbula caída y los brazos abiertos sobre el pasto húmedo.
El barro de la persecución cubría las mangas de su camisa cara y los gemelos de oro que solía exhibir en las reuniones del consejo en Madrid.
Me agaché a su lado, retiré la pistola plateada que yacía a medio metro de sus dedos y extraje el cargador antes de arrojar el armazón a una grieta profunda entre las rocas del acantilado.
Registré los bolsillos interiores de su cazadora impermeable.
Encontré una cartera de cuero con dos tarjetas bancarias emitidas en las Islas Caimán a nombre de una corporación fiduciaria, un fajo grueso de dólares estadounidenses precintados por una casa de cambio de Santiago de Chile y, en el bolsillo del pecho, un teléfono satelital de carcasa reforzada con antena retráctil y teclado sellado.
Era el terminal de enlace directo que Torres utilizaba para coordinar las cuentas puente en Ginebra y comunicarse con los intermediarios del mercado negro.
Regresé junto a Valeria. Extraje del bolsillo interior de mi abrigo la pequeña unidad de almacenamiento metálica que habíamos custodiado desde nuestra salida de Lisboa: el disco encriptado que contenía los informes espectrométricos de los lienzos falsificados, los balances reales de las sociedades patrimoniales y las órdenes de transferencia con las que Torres había financiado el asesinato de mi padre.
—El canal de Ramos —dijo Valeria, incorporándose con cuidado mientras se sujetaba el costado vendado.
—Es la hora —asentí.
Encendí el terminal satelital de Torres. La pantalla de cristal líquido parpadeó con un resplandor azul pálido mientras el procesador buscaba la cobertura de la red orbital sobre el Pacífico sur. Tardó quince segundos en enganchar la señal de tres satélites en posición geoestacionaria.
Conecté la unidad de memoria al puerto de datos lateral mediante el cable adaptador.
Luego abrí la aplicación de transmisión segura y tecleé de memoria el número de doce dígitos correspondiente al servidor encubierto que Ramos mantenía activo en una terminal aislada de la UDEF, fuera del alcance de la red central del ministerio.
Antes de redactar el texto, apunté la cámara integrada del dispositivo hacia el suelo.
Encuadré el rostro inerte de Antonio Torres, asegurando una toma nítida donde se apreciaban con claridad sus rasgos y los impactos que habían terminado con su fuga.
Añadí una segunda fotografía con los documentos de identidad hallados en sus bolsillos y una tercera con el mercenario abatido en la zanja de helechos.
El paquete de datos quedó configurado: las imágenes periciales del desenlace, el archivo completo de Setúbal con los análisis químicos de Valeria, el desglose de las cuentas en Suiza y las actas societarias originales que demostraban la falsificación sistemática de firmas en el Banco Trasatlántico.
Redacté un mensaje escueto en la línea de texto:
«Para inspector jefe Ramos. UDEF Central / Asuntos Internos.
Antonio Torres ha muerto en Rapa Nui tras enfrentamiento armado.
Adjunto paquete probatorio íntegro: peritajes de Setúbal, cuentas en Ginebra, identidades de los mercenarios y confirmación gráfica del deceso.
La red queda desarticulada en origen. Los objetivos Silva y Soto han cesado toda actividad operativa y no volverán a figurar en registros policiales ni judiciales.
Entrega el sumario a la Fiscalía Especial y cierra el expediente. Fin de la misión.»
Pulsé la tecla de envío.