Capítulo 35 El Zarpazo Final #2
La recámara estaba vacía. Había consumido el último cartucho en el tiroteo previo de la ladera sin haber tenido un solo segundo para recargar durante la carrera desesperada por la explanada.
Torres frenó en seco al escuchar el percutor en falso.
Giró la cabeza hacia mí. Durante una fracción de segundo, sus facciones se desencajaron en una mueca de desprecio salvaje, una mueca cargada de toda la soberbia aristocrática que durante años había utilizado para aplastar a cualquiera que interfiriera en sus negocios.
—Tú... —masculló, con la voz rasgada por la bilis y el cansancio—. Una insignificante restauradora de lienzos. Una artesana de taller a la que contraté para barnizar cuadros viejos... ¿De verdad creías que podías derribar el Banco Trasatlántico con un puñado de informes químicos?
—Tus cuentas de Ginebra están en los servidores de la UDEF, Torres —le espeté, sosteniéndole la mirada mientras intentaba ganar un paso más para interponerme entre su línea de tiro y Adrián—.
Ramos tiene las pruebas periciales de Setúbal, las actas falsificadas con mi firma y el rastro del dinero con el que ordenaste matar al comisario Silva en Madrid.
Tu entramado ha dejado de existir. Eres un prófugo arruinado en el rincón más aislado del planeta.
El rostro del banquero se tiñó de una palidez cenicienta. La mención de las pruebas físicas, del rigor pericial que había desmantelado su entramado societario desde los cimientos, destruyó el último vestigio de cordura que le quedaba.
—No habrá juicio para nadie —rugió.
Viró el arma directamente hacia mi pecho.
El silenciador emitió un bufido sordo, apenas un chasquido ahogado por el vendaval marino.
El impacto no fue un dolor inmediato; fue un empujón brutal y seco que me golpeó de lleno en el costado.
La fuerza del proyectil me hizo girar sobre mí misma.
El aire abandonó mis pulmones en un estertor entrecortado y las piernas se me doblaron bajo el peso del cuerpo.
Caí de rodillas sobre el pasto empapado, soltando el arma inútil mientras mis dos manos volaban instintivamente hacia la herida, buscando contener la hemorragia que comenzaba a empaparme la ropa de un calor espeso y punzante.
Torres dio un paso al frente, la mirada extraviada y el cañón apuntando a mi cabeza.
—Se terminó la restauración, Valeria.
Una detonación ensordecedora desgarró la llanura de Ahu Tongariki.
No vino de la pistola plateada de Torres.
A quince metros, Adrián se plantó sobre la grava con el peso asentado y los dos brazos extendidos, sosteniendo la nueve milímetros con una fijeza marmórea.
Su rostro estaba completamente desprovisto de piedad: sostenía en la mirada el peso exacto de la verdad que había perseguido desde la muerte de su padre.
El primer plomo alcanzó a Antonio Torres en el hombro, haciéndolo retroceder con violencia mientras el arma plateada caía en el fango. Antes de que el cuerpo del banquero pudiera tocar la hierba, la pistola de Adrián rugió por segunda vez.
El proyectil impactó de lleno en el pecho de Torres.
El banquero se desplomó de espaldas contra la toba volcánica de la terraza ceremonial.
Su cuerpo rebotó sobre la piedra y quedó inmóvil, con los ojos vidriosos clavados en el cielo plomizo y los brazos abiertos sobre el barro negro.
El hombre que había tejido una red de falsificaciones y expolio financiero a través de dos continentes acababa de convertirse en un despojo frío a los pies de los gigantes de Rapa Nui.
El eco de los disparos murió en el rompiente de las olas.
Adrián dejó caer el arma sobre el pasto y corrió hacia mí. Derrapó de rodillas en el barro, ignorando el dolor de la pierna lastimada y la tensión del hombro herido, hasta envolverme con sus brazos.
—¡Valeria! —Su voz llegó cargada de una urgencia contenida, baja y temblorosa—. Mírame. No cierres los ojos. Mírame a mí.
Parpadeé con dificultad. El cielo gris giraba sobre mi cabeza y el dolor en el flanco derecho era una mordedura ardiente que me cortaba la respiración cada vez que intentaba expandir el tórax. Apreté los dientes, sintiendo el sudor frío resbalar por mis sienes.
—Estoy... consciente —susurré, clavando los dedos en la manga de su cazadora para anclarme a la realidad—. La bala... entró en el costado.
—No hables. Déjame ver.
Sus manos, firmes y precisas a pesar de la tensión que endurecía sus hombros, apartaron mis dedos de la herida.
Con un movimiento rápido y certero rasgó la tela de mi abrigo y la camisa de lino, dejando la piel al descubierto.
La sangre manaba tibia y brillante, tiñendo el algodón blanco de un carmín denso.
Como si estuviera analizando una grieta estructural en una tabla renacentista, forcé a mi mente a evaluar las sensaciones físicas: no había sangre espumosa en la boca, lo que descartaba una perforación pulmonar; la respiración, aunque entrecortada por el trauma muscular, mantenía un ritmo constante; el vientre no presentaba la rigidez en tabla característica de una hemorragia peritoneal masiva.
Adrián deslizó la palma de su mano con extrema suavidad por detrás de mi cintura, buscando el recorrido del proyectil en la espalda.
Solté un gemido sordo cuando sus dedos presionaron el tejido inflamado cerca de la cresta ilíaca.
—Respira despacio, Valeria. Solo un segundo más.
—Dime... qué ves —exigí entre dientes, conteniendo un grito contra el pecho.
—El orificio de salida está limpio, dos centímetros por encima de la cadera —dijo él, y por primera vez en semanas sentí que el peso abrumador que aplastaba su pecho cedía en una exhalación profunda—.
Ha atravesado el músculo oblicuo de lado a lado.
No ha tocado cavidad abdominal ni arterias principales. Es un desgarro muscular limpio.
Extrajo un paquete de gasas hemostáticas y una venda compresiva del bolsillo táctico. Apoyó el apósito estéril directamente sobre la entrada del proyectil, aplicando una presión continua con la palma de la mano para cortar el flujo venoso.
El ardor me arrancó un estremecimiento involuntario, pero apoyé mi propia mano sobre la suya, reforzando la compresión contra la herida.
—Duele como mil demonios —murmuré, forzando una respiración más profunda mientras el aire fresco del amanecer entraba en mis pulmones.
—Va a doler unos días, pero estás entera —respondió Adrián con voz templada, pasando la venda elástica alrededor de mi torso con movimientos medidos y seguros—. Vas a salir caminando de esta isla.
Ajustó el vendaje con un nudo firme que estabilizó el flanco herido, mitigando la punzada punzante con la presión del tejido elástico. Luego, pasando un brazo por detrás de mi espalda, me incorporó con lentitud hasta apoyar mi torso contra su pecho.
El calor de su cuerpo me envolvió de inmediato.
Apoyé la frente contra el hueco de su cuello, respirando el aroma familiar a lana húmeda y cuero viejo con el rastro de la pólvora disipada.
Sentí la pulsación constante de su pecho contra mi sien, un ritmo acompasado que contrastaba con el caos de los últimos meses.
—Te cruzaste a campo abierto —dijo él en voz baja, con un matiz de reproche contenido en el tono, aunque sus dedos me acariciaban la nuca con una delicadeza infinita—. Ibas desarmada, Valeria. Pudo haberte matado antes de que yo pudiera hacer fuego.
—Iba a dispararte por la espalda —le repliqué, levantando apenas el rostro para mirarlo a los ojos—. Tenía el silenciador encarado a tu nuca y tú estabas concentrado en el cuerpo del sicario. No iba a quedarme detrás de una piedra viendo cómo te ejecutaba después de haber llegado hasta aquí.
—Teníamos un acuerdo.
—Exacto. Al cincuenta por ciento —recalqué, logrando dibujar una sombra de sonrisa en mis labios a pesar del escozor del vendaje—. Mi parte incluía vigilarte la retaguardia.
Adrián guardó silencio durante un largo instante. Sus ojos recorrieron las facciones de mi rostro, deteniéndose en el corte de mi pómulo y en el barro que me manchaba la frente, antes de inclinar la cabeza y apoyar los labios en mi coronilla.
—Eres la restauradora más terca y peligrosa que ha pisado este planeta —susurró contra mi pelo.
—Y tú el perro guardián más eficiente.
Giré despacio la cabeza hacia la explanada.
A pocos metros, el cuerpo sin vida de Antonio Torres yacía abandonado sobre la hierba empapada de Ahu Tongariki.
El viento del Pacífico soplaba sobre sus ropas empapadas, agitando los jirones de tela sin que el hombre pudiera ya ordenar una sola muerte ni destruir otra vida para proteger sus balances bancarios.
La jaula de sombras que se había cerrado sobre nosotros en Madrid, obligándonos a cruzar fronteras con identidades falsas y la muerte pisándonos los talones, acababa de quebrarse para siempre.
El sol terminó de emerger sobre la línea del océano, derramando una luz dorada y limpia sobre los quince colosos de piedra volcánica. El resplandor encendió las crestas de las olas y disipó los últimos velos de niebla sobre la llanura.
Cerré los ojos, respirando el aire puro del Pacífico mientras la mano de Adrián sostenía la mía con un agarre firme y cálido en el confín del mundo.